Morfema Press

Es lo que es

La reinvención del venezolano: quiénes somos después del exilio?, por Rafael Egañez Anderson

Comparte en

Hagamos catarsis!

La identidad venezolana, fragmentada por el exilio, enfrenta el desafío de reconstruirse más allá de la geografía, integrando las experiencias de quienes se fueron y quienes se quedaron. 

José Ignacio Cabrujas veía la venezolanidad como un relato en permanente reinvención, y esa es la clave: reconocernos como una red psíquica y cultural en evolución, donde el migrante no sea un externo, sino un agente clave en la transformación del país. Como diría Arturo Uslar Pietri, Venezuela necesita “sembrar el petróleo” en su gente, apostando por una identidad dinámica que no dependa solo del territorio.

Solo en la integración de estos opuestos podrá emerger una identidad renovada, capaz de trascender fronteras y adaptarse a un mundo en constante cambio. Esto es Alquimia, la que necesitamos.

Carl Jung describió el proceso de individuación como el viaje hacia la integración de todas las partes del ser, una confrontación con la sombra que lleva al renacimiento de una identidad más auténtica. 

Venezuela, como ente colectivo, atraviesa su propio viaje de individuación. La diáspora ha funcionado como el gran disolvente, el evento que fractura la identidad nacional y obliga a quienes se fueron y a quienes se quedaron a redefinirse desde la ausencia. 

Cómo se construye una nación cuando su psique está dispersa en múltiples geografías?

La respuesta no puede limitarse a la nostalgia ni a la resistencia. Se necesita un nuevo diseño de identidad, un modelo que trascienda la territorialidad que permita la integración de los fragmentos en una unidad renovada. 

Venezuela ya no es solo un país físico, es una red psíquica de historias, recuerdos y aspiraciones entrelazadas que deben encontrar un punto de convergencia. Un puente entre dos orillas.

El reto no es solo definir qué significa ser venezolano después del exilio, sino cómo se reconstruye el vínculo entre quienes migraron y quienes permanecieron. La desconexión entre ambas orillas no es solo geográfica, es emocional, narrativa y hasta ideológica. 

El venezolano en el exterior ha sido moldeado por la urgencia de la adaptación, por la necesidad de construir un nuevo hogar con materiales ajenos. Mientras tanto, quienes siguen en el país han desarrollado un lenguaje propio para resistir, evolucionando en un ecosistema donde la crisis dejó de ser una excepción para convertirse en la norma, en el estilo de vida diario, sin diferencia de clases.

El puente no puede construirse con discursos abstractos ni con llamados a la unidad que ignoren las profundas diferencias en las experiencias de cada grupo. Para que exista un punto de encuentro real, la identidad nacional debe replantearse como un sistema abierto, dinámico y en expansión. La clave no es la uniformidad, sino “la intersección.”

Desde la perspectiva jungiana, la individuación no ocurre a través de la negación del otro, sino mediante la integración de los opuestos. 

La identidad venezolana post-exilio debe operar bajo esta misma lógica. No se trata de imponer una sola narrativa, sino de permitir que todas las voces —las del adentro y las del afuera— encuentren un espacio de expresión y reconocimiento.

Se debe intentar diseñar una identidad del venezolano en expansión.

Para que este puente sea más que una metáfora, debe existir un diseño concreto de conexión. No basta con la nostalgia ni con los discursos de retorno: hace falta un modelo de integración en el que la diáspora deje de ser vista como una extensión distante y se convierta en un actor activo en la transformación del país.

Los espacios de convergencia no pueden limitarse a lo político o económico; deben construirse en el ámbito cultural, intelectual y simbólico. 

La venezolanidad debe ser redefinida no como una pertenencia geográfica, sino como un código de experiencia compartida. Se necesita una plataforma donde la voz del migrante no sea percibida como externa, sino como una pieza clave en la reconfiguración de la psique nacional.

La construcción de este nuevo modelo de identidad venezolana post-exilio exige una ruptura con las estructuras mentales que asocian la nación exclusivamente con el territorio. La diáspora debe verse no como una fuga, sino como una expansión. 

El venezolano que ha construido su vida en el exterior no es menos parte del país, sino una extensión de su evolución. Del mismo modo, quienes permanecieron no pueden ser vistos como un eco del pasado, sino como los guardianes del alma de una nación que aún resiste.

Si Venezuela es un organismo en transformación, entonces la diáspora y quienes permanecieron son sus hemisferios cerebrales: distintos en función, pero inseparables en propósito. 

La individuación de la identidad venezolana solo será completa cuando ambos hemisferios encuentren una vía para comunicarse, integrando lo que se ha aprendido afuera con lo que ha resistido adentro.

Tal vez el venezolano del futuro no sea ni el que se quedó ni el que se fue, sino el que entienda que su identidad no está en un punto fijo del mapa, sino en la capacidad de conectar, construir y evolucionar, sin importar en qué coordenadas del mundo se encuentre.

De eso se trata, de encontrar a la Venezuela que realmente queremos y eso solo depende de cada uno de nosotros. Manos a la obra!

Por Rafael Egañez Anderson.

WP Twitter Auto Publish Powered By : XYZScripts.com
Scroll to Top
Scroll to Top