La cuenta regresiva para la Tercera Guerra contra Irán ya tiene fecha, y está escrita en el calendario electoral de Estados Unidos. El 3 de noviembre, cuando los votantes elijan un nuevo Congreso, vence la promesa con la que Donald Trump mantiene, por ahora, a sus bombarderos en tierra.
Todo lo que ocurre alrededor apunta en la misma dirección: portaaviones en camino, planes de ataque filtrados a la prensa, un estrecho casi cerrado y un arsenal nuclear que nadie puede inspeccionar. La tercera ofensiva de gran escala contra Irán en poco más de un año ya no parece una hipótesis lejana, sino el escenario más probable para las semanas que vienen.
Conviene ordenar el mapa. En junio de 2025, Israel lanzó la Guerra de los Doce Días y Washington se sumó bombardeando tres sitios nucleares iraníes. El 28 de febrero, ambos países atacaron juntos y mataron al líder supremo, Alí Jamenei. Un alto el fuego mediado por Pakistán rigió desde el 8 de abril, pero se quebró el 8 de julio, cuando Irán atacó buques en Ormuz. Desde entonces la guerra nunca terminó: Reuters recuerda que EEUU e Irán están formalmente en guerra desde aquel 28 de febrero.
Hay un patrón que la historia reciente vuelve difícil de ignorar: las dos grandes ofensivas empezaron con las negociaciones en marcha. Según la cronología de Al Jazeera, Israel atacó el 13 de junio de 2025 mientras Washington y Teherán seguían dialogando. Y los bombardeos del 28 de febrero de 2026 llegaron dos días después de la tercera ronda de conversaciones en Ginebra, mediada por Omán, cuyo canciller aseguró que Irán aceptaba no acumular uranio. Trump dijo ese viernes que Teherán no estaba dispuesto a ceder lo que Washington exigía.
Por eso las gestiones actuales de Pakistán y Omán admiten dos lecturas. Pueden ser una vía de salida, pero también, como ya ocurrió, la antesala de un nuevo ataque.
Lo que hoy se discute en Washington es el siguiente paso. El New York Times informó que Trump pidió al Pentágono nuevas opciones, entre ellas tres días de bombardeos intensivos contra la capacidad de misiles y drones de la Guardia Revolucionaria, su infraestructura energética y sus centros de mando. CNN agregó que los planes incluyen el uso de la GBU-43/B, la mayor bomba no nuclear del arsenal estadounidense, conocida como la madre de todas las bombas, contra objetivos nucleares y energéticos. Hasta ahora no se reportó ninguna decisión, pero el 13 de octubre el propio Trump dijo que la tomaría “muy pronto”.
Conviene, sin embargo, relativizar ese anuncio. La GBU-43 es un arma de efecto sobre la superficie, concebida para arrasar un área abierta y no para perforar instalaciones enterradas a gran profundidad, tarea para la que Estados Unidos dispone de otras municiones, como la GBU-57 que empleó contra Fordow en junio de 2025. La filtración puede leerse, entonces, como parte de una guerra psicológica: busca intimidar a Teherán y proyectar fuerza ante el público estadounidense. Esa dimensión narrativa exige cautela al leer los discursos de ambos bandos.
¿Por qué esperar? Porque Trump quiere llegar a las urnas sin una guerra abierta en los noticieros. El 8 de octubre prometió que no atacaría antes de las legislativas, y acusó a Irán de intensificar los ataques a buques para influir en la elección. Con los cierres de ICE como referencia, el Brent terminó el 13 de octubre en 105,69 dólares, un 46% por encima de los 72,48 con que cerró el 27 de febrero. Tres de cada cuatro estadounidenses, según Reuters/Ipsos en mayo, creen que su gobierno tiene al menos algo de responsabilidad en el alza de la gasolina.
Pero la promesa tiene letra chica. Un día después de formularla, Trump dijo a Rudaw que no descarta atacar antes del 3 de noviembre: “Veremos”. A Time le dijo que es “posible” intensificar los bombardeos tras los comicios, y el 9 de septiembre, según Reuters, aseguró que la guerra terminaría inmediatamente luego de la elección porque Irán no puede resistir más.
Los datos explican la cautela. Una encuesta de Reuters/Ipsos de agosto mostró que la aprobación de Trump se estancó en 33%, igual a su piso histórico, que solo el 31% de los estadounidenses respalda la acción militar contra Irán y que el 83% espera una guerra prolongada. En julio, Ipsos halló que el 68% cree que la guerra no vale la pena, y CBS News/YouGov que el 78% quiere que termine ya. Con ese respaldo, Trump tiene motivos para evitar otro estallido antes de votar, pero también para buscar un desenlace que pueda presentar como victoria.
El despliegue militar sigue ese mismo cronómetro. Según The Wall Street Journal, el portaaviones USS Theodore Roosevelt, que zarpó de San Diego el 27 de septiembre, llegará a la región a fines de noviembre junto al grupo anfibio Makin Island, con unos 2.000 infantes de marina de la 13.ª Unidad Expedicionaria. Con ellos se sumarán entre 9.000 y 10.000 efectivos a los más de 50.000 que Estados Unidos ya tiene en Medio Oriente. Hoy hay dos portaaviones en la zona, el George H. W. Bush y el George Washington, que relevó al Abraham Lincoln tras más de 260 días ininterrumpidos en el mar. La llegada del tercero, justo después del escrutinio, difícilmente sea una casualidad.
Hay, sin embargo, un límite material. El CSIS estimó en julio que a Estados Unidos le quedaban menos de 827 interceptores Patriot y menos de 278 THAAD, de unos 2.200 y 452 antes de la guerra, y fuentes que hablaron con CNN dijeron que esas cifras eran cercanas a las internas del gobierno. Según Asia Times, la Oficina Presupuestaria del Congreso calcula que se gastó entre la mitad y dos tercios del inventario de defensa antimisiles desde junio de 2025, y que reponerlo puede llevar al menos cinco años. La Casa Blanca sostiene que tiene “más municiones que nadie en el mundo”, pero los contratos de urgencia pare reponerlos y el recorte a los envíos a Ucrania usando la excusa de arsenales exhaustos, lo desmienten.
Ese desgaste puede frenar una guerra larga, pero no necesariamente una campaña corta y concentrada como la que se discute. ABC News recogió la opinión de analistas para quienes Washington puede escalar a una guerra de gran escala si quiere hacerlo.
Mientras tanto, Ormuz se asfixia. Por ese paso circulaban unos 85 buques comerciales por día antes de la guerra, según el promedio de IMF PortWatch; el 4 de octubre pasaron cuatro y el 11, apenas dos. La Casa Blanca sostiene que el petróleo sigue fluyendo gracias a las escoltas navales y a los trasbordos nocturnos de crudo en el golfo de Omán, y Trump llegó a hablar de 22 millones de barriles en una sola noche. Pero el conteo satelital de buques cuenta otra historia: la de un bloqueo de hecho sostenido por el miedo.
Ese miedo se alimenta de los ataques en el mundo real. El centro británico UKMTO contabiliza una veintena de incidentes en lo que va de octubre, y al menos diez barcos fueron alcanzados desde el domingo 11, el ritmo más alto de toda la guerra para un período similar, según Irán International. Dos fueron hundidos.
Funcionarios iraníes dijeron a Reuters que extenderán los ataques más allá del estrecho para mantener alto el precio del petróleo antes de las elecciones estadounidenses. El secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, Mohsen Rezaei, advirtió en la televisión estatal que sus fuerzas golpean un promedio de cinco “barcos contrabandistas” cada noche.
El bloqueo a los puertos iraníes, en cambio, funciona. Un funcionario del Tesoro dijo la semana pasada que Irán dejó de cargar y descargar petróleo y que el crudo varado fuera del perímetro bajó a unos 20 millones de barriles. Trump afirmó que Irán no cargó crudo en septiembre. Pero el bloqueo no reabre Ormuz ni neutraliza misiles. La pregunta es por qué Washington prepara bombas si la presión económica rinde, y la respuesta más plausible es que estrangular no es lo mismo que ganar: la Casa Blanca necesita un resultado que pueda mostrar.
Irán también tiene prisa, aunque por razones distintas. El FMI proyectó el 13 de octubre que su economía se contraerá un 7,6% este año por la guerra, el bloqueo naval y las sanciones, una caída peor que la de Arabia Saudita (3,3%) o los Emiratos Árabes Unidos (3,9%). Un régimen sofocado y convencido de que el tiempo corre en su contra tiende a escalar, no a ceder.
El general Yadollah Javani, de la Guardia Revolucionaria, dijo el 14 de octubre que las consecuencias de la guerra son comparables a las de una guerra mundial, y los aliados de Teherán ya estiran el frente. Un misil hutí mató a 13 personas e hirió a más de 300 en el aeropuerto de Riad el 10 de octubre y la coalición encabezada por Riad respondió con nuevos ataques. Los hutíes amenazaron con una respuesta “dolorosa” si Estados Unidos se suma a la ofensiva saudí, y Trump advirtió que podría asumir un segundo frente atacando a los hutíes.
En el Golfo, el costo ya es visible. Según el FMI, solo Omán mantendría un crecimiento positivo este año, de 2,4%. Los vecinos de Irán son el blanco de sus represalias, y por eso miden su apoyo o su rechazo a una nueva ofensiva de Washington.
Y es por eso que juegan a dos puntas. Según CNN, los líderes del Consejo de Cooperación del Golfo llegaron a su reunión con Trump en Nueva York, el 22 de septiembre, con dos temores: más guerra y menos protección estadounidense. Bloomberg informó que coordinaron un pedido para que evite cualquier escalada, y CNN recordó que una apelación conjunta de esos líderes ayudó a convencerlo, un mes antes, de contener el fuego. Pero a la vez quieren ayuda de Washington frente a ataques inminentes: si hay guerra, reclaman que los proteja.
Las posiciones no son iguales. Qatar, cuyas exportaciones de gas dependen del estrecho, quiere evitar nuevos golpes a su infraestructura energética. Los Emiratos, por su parte, acercaron posiciones con Teherán: su asesor diplomático, Anwar Gargash, , según CNN, dijo que ambos coinciden en “pasar la página”.
El frente de Yemen es, por eso, la otra mitad del problema. Los hutíes intensifican sus ataques contra Arabia Saudita y buscan controlar el estrecho de Bab el-Mandeb, según CNBC, mientras Riad corre para reparar un oleoducto clave hacia Yandur. Si Washington se suma a la campaña saudí tendría que sostener dos campañas a la vez con las mismas reservas de interceptores. La demanda de Patriot y THAAD para defender el reino ya crece, según The National, y el analista Ryan Bohl advirtió a Iran International que una implicación militar más profunda de Washington corre el riesgo de conducir a una ampliación de la guerra con Irán.
Del otro lado, el poder se concentró en manos más duras. Tras la muerte de Alí Jamenei, la Asamblea de Expertos eligió el 8 de marzo a su hijo Mojtaba como líder supremo, y en agosto este renovó la cúpula militar, con Alí Abdollahi como jefe del Estado Mayor, según Iran International. El jefe de la Guardia Revolucionaria, Ahmad Vahidi, sostiene que Ormuz es la línea roja estratégica de Irán.
El presidente Masoud Pezeshkian y el canciller Abbas Araghchi, en cambio, dicen que no abandonarán las negociaciones pese a los ataques estadounidenses tras cada ronda. Dos lógicas conviven en Teherán, y la de los uniformes parece pesar más en el mar.
Mientras la presión sube, el aparato militar iraní resiste mejor de lo que prometió la Casa Blanca. Evaluaciones de inteligencia estadounidense citadas por The New York Times indican que Irán conserva cerca del 70% de su arsenal de misiles balísticos previo a la guerra, alrededor del 60% de sus lanzadores y cerca del 40% de sus drones. En mayo, la vocera de la Casa Blanca, Olivia Wales, calificó de delirantes las sugerencias de que Teherán reconstruyó sus fuerzas y sostuvo que su poder militar fue aplastado.
Reportes de octubre atribuidos a inteligencia occidental y citados por Bloomberg hablan de entre 1.800 y 2.000 misiles preservados en ciudades subterráneas. Evaluaciones de inteligencia estadounidense de los últimos meses indican que Rusia y China aportan imágenes satelitales para fijar blancos y componentes para armas, según dos personas informadas citadas por Reuters. Un funcionario dijo a Bloomberg la semana pasada que Rusia le suministra misiles, y The Washington Post y The Wall Street Journal informaron que Moscú le provee datos de blancos. Hay además reportes de que China entregó lanzadores portátiles antiaéreos y ayudó a Teherán a eludir las sanciones sobre su petróleo.
El 12 de octubre, sin embargo, Trump escribió en Truth Social que no cree que China y Rusia ayuden a Irán “en absoluto”: si lo hacen, dijo, es “a un nivel muy bajo”, y tienen “demasiado que perder”. Reuters subrayó que esas palabras contradicen a los propios servicios de inteligencia estadounidenses. En septiembre, además, Trump desestimó un informe según el cual Irán obtuvo de entidades chinas imágenes satelitales de una base en Jordania antes de un ataque que mató a tres soldados estadounidenses.
La brecha entre el mensaje y los datos despierta otro temor: que la Casa Blanca se guíe por percepciones y no por informes de analistas especializados, y que eso influya en los objetivos y medios de una campaña contra Irán. Es allí donde la dimensión narrativa compite con la militar.
El frente nuclear es el que más pesa en la ecuación. Según el cálculo de la OIEA difundido en abril, Irán acumulaba 440,9 kilos de uranio enriquecido hasta el 60% de pureza, a un paso técnico del 90% que exige un arma. Su director, Rafael Grossi, estima que unos 200 kilos permanecen en los túneles de Isfahan, y advirtió a la agencia AP que el stock alcanzaría para hasta diez bombas si Teherán decidiera fabricarlas. Los inspectores no entran a esos sitios desde junio de 2025, de modo que nadie puede confirmar siquiera si los sellos siguen intactos.
Ningún bombardeo resuelve por sí solo ese problema. Grossi dijo que sacar el material de Irán exige un acuerdo político o una gran operación estadounidense en territorio hostil, y que lo esencial es que ese uranio salga del país o sea diluido. Vladimir Putin ofreció custodiarlo, pero Trump desestimó la oferta. 50.000 hombres no parecen ser suficientes para alcanzar todos los sitios en donde Irán dispersó sus activos nucleares mas comprometedores.
El OIEA agregó que una nueva planta de enriquecimiento declarada en Isfahan no habría sido alcanzada por los ataques de este año ni del anterior. Otra vez la narrativa versus las realidades.
Si las bombas no alcanzan a retirar unos 200 kilos enterrados, la campaña que se prepara apunta menos a eliminar el programa que a degradarlo. Qué papel tendrán los 2.000 marines que acompañan al Roosevelt es la gran incógnita: hasta ahora no se conocen detalles públicos de los planes. La duda es si tienen un rol en el detente nuclear planeado por el Pentágono.
La diplomacia, por su parte, parece agotada. Irán ofreció reabrir Ormuz y reanudar las conversaciones nucleares a cambio de levantar el bloqueo, y Trump dijo a Time que no era suficiente, porque no aprobaría hoy lo que no habría aprobado hace un año. El portavoz de la cancillería iraní, Esmail Baghaei, informó el 12 de octubre que Teherán estudia la última respuesta estadounidense. Grossi describió una frustración mutua: ambos dicen querer un acuerdo, pero discrepan sobre qué debe ocurrir primero. En abril, el secretario de Estado, Marco Rubio, dijo que los iraníes son negociadores hábiles que buscan ganar tiempo.
El Congreso, por ahora, tampoco aparece como un freno. El Senado aprobó por primera vez, por 50 votos a 48, una resolución de poderes de guerra el 23 de junio, pero la revirtió al día siguiente, según CNN, en la undécima votación sobre el tema en el año. AP había calificado la medida de en gran parte simbólica. Otra iniciativa similar fracasó el 24 de septiembre, según NPR.
El costo ya no es solo regional. Antes de la guerra pasaban por Ormuz 17,1 millones de barriles diarios de crudo, según CNN, y las exportaciones de productos refinados cayeron en octubre a 1,33 millones de barriles diarios, frente a 3,6 millones previos, según datos de Vortexa y AP. Un alto funcionario de la ONU advirtió a Reuters que, si Washington y Teherán no acuerdan en semanas un plan respaldado por la ONU para mover fertilizantes por el estrecho, podría desatarse una crisis de seguridad alimentaria en partes de Asia y África.
El costo humano también se acumula. Los ataques de Estados Unidos e Israel sobre Irán y los de Israel sobre el Líbano han matado a miles de personas y desplazado a millones, según Reuters. En julio, un ataque iraní contra una base en Jordania mató a tres soldados estadounidenses, según The Times of Israel. Ya suman 21 desde el inicio de la guerra.
En esta trama, Israel no es un espectador. Según la reconstrucción de los hechos previos al conflicto, fue Benjamin Netanyahu quien le planteó a Trump que Irán podía ser derrotado con rapidez: sus misiles balísticos podían destruirse en pocas semanas y el país quedaría demasiado débil para cerrar Ormuz. Ambas predicciones fueron desmentidas por los hechos. Hoy, el estrecho está prácticamente cerrado y gran parte del arsenal sobrevivió bajo tierra.
Israel pagó un costo alto por esa apuesta. Irán le disparó más de 500 misiles balísticos hasta abril, con una tasa de intercepción del 92% sobre zonas pobladas e infraestructura clave, según las Fuerzas de Defensa de Israel citadas por The Times of Israel. En paralelo, Israel invadió el sur del Líbano tras los ataques de Hezbolá y mantiene allí una zona de seguridad autoproclamada que agudizó lss tensiones regionales. Israel e Irán no intercambian fuego directo desde junio, pero ninguno de los dos cree que esa pausa vaya a durar. Allí hay un tercer frente que podría reabrirse y agregar una demanda defensiva a los arsenales de los EEUU.
El factor decisivo es el calendario israelí. Los israelíes votan el 27 de octubre, una semana antes que los estadounidenses, y el principal rival de Netanyahu es el exjefe del Estado Mayor Gadi Eisenkot. Axios informó el 13 de octubre que Netanyahu habló con Trump la semana pasada sobre una nueva campaña antes de ambas elecciones, con el argumento de que Irán intenta reconstruir su capacidad nuclear. El Canal 12 de Israel agregó que Netanyahu insistió reiteradamente en ese sentido, aunque ante sus jefes de seguridad dijo que fue Trump quien planteó el tema. Su oficina lo niega y ambas versiones no evitan la posibilidad de escalada.
Dentro de Israel, sin embargo, hay frenos. El jefe del Estado Mayor, Eyal Zamir, habría advertido que reanudar los combates podría obligar a postergar los comicios, y funcionarios de seguridad dijeron al Canal 12 que no ven un cambio en la inteligencia que justifique un operativo conjunto en las próximas dos o tres semanas. El 14 de octubre, Netanyahu dijo que atacar antes de la elección “no es conveniente para nosotros”. Pero se negó a hablar de lo que ocurra después de votar, y esa omisión dice tanto como sus palabras.
A la vez, Israel sabe que la decisión final está en Washington. Trump dijo a Time que Israel es un “jugador de equipo” y que “parará cuando yo pare”. La dependencia es también material: según el CSIS, Estados Unidos e Israel usaron más de 150 interceptores THAAD en la guerra de junio de 2025, y el desgaste actual de las reservas limita cuánto puede cubrir de nuevo ese paraguas.
Netanyahu, por su parte, aseguró en una entrevista con el Canal 14 que los aliados de Irán buscan atacar a Israel antes de las urnas, y esa es quizás la pieza más peligrosa del tablero: un misil de Hezbolá, de Hamás o de los hutíes que cruce la frontera en las próximas dos semanas podría empujar a Israel a responder y arrastrar a Estados Unidos antes de lo previsto.
En rigor, hay tres caminos. El primero es un acuerdo de último momento, que hoy parece el más lejano porque las posiciones no se acercan. El segundo es un golpe limitado de tres días, como el que filtró el Times, seguido de una nueva pausa. El tercero es una campaña prolongada que combine bombardeos, aislamiento marítimo y, quizá, una operación para asegurar el uranio.
Las señales por seguir son concretas: la llegada del Roosevelt a fines de noviembre, el movimiento de aviones cisterna y bombarderos, la evacuación de personal diplomático en el Golfo y el resultado de las elecciones del 27 de octubre en Israel y del 3 de noviembre en EEUU.
Hay otro factor para ponderar: el control del Congreso. Una derrota republicana no le quitaría a Trump su autoridad de comandante en jefe, pero sí el blindaje político que hoy lo protege. Una Cámara opositora podría bloquear el pedido de 87.600 millones de dólares que la Casa Blanca envió en junio, en su mayor parte para costear la guerra, según Military Times, y que en el Senado necesita 60 votos, según Jewish Insider. También podría impulsar nuevas resoluciones de poderes de guerra y abrir investigaciones sobre el manejo del conflicto.
De ahí que el período entre la elección y el 3 de enero, cuando asumen los nuevos legisladores, sea otro tramo crítico. En esas semanas Trump conservará las mayorías en ambas cámaras, y el Roosevelt llegará, según The Wall Street Journal, a fines de noviembre, dentro de esa ventana. Para un presidente que perdió las elecciones, es el plazo en el que todavía puede actuar con respaldo legislativo antes de que cambie el equilibrio.
Nada de esto vuelve inevitable la guerra. Trump amenazó muchas veces con golpear a Irán sin cumplir, Pakistán y Omán siguen tendiendo puentes y la fatiga de la flota es real. Pero las razones para atacar, un estrecho cerrado, un arsenal que resistió y un uranio fuera de control, siguen intactas, y las razones para esperar vencen todas el mismo día.
Cuando el 3 de noviembre cierren las urnas, el Roosevelt aún estará navegando hacia el Golfo, pero el reloj electoral que contenía el ataque se habrá detenido. Washington y Teherán llegarán a esa fecha con las mismas diferencias, un estrecho casi cerrado y un uranio que nadie puede contar. La pregunta que hoy se hacen las cancillerías ya no es tanto si habrá una tercera guerra, sino si alguien conservará la capacidad de detenerla.
El refrán dice que la tercera es la vencida. Pero una guerra no termina cuando cae la última bomba, sino cuando alguien acepta que perdió, y en poco más de un año ninguna de las partes lo ha hecho: Trump proclamó la victoria en marzo y, sin embargo, Irán siguió disparando.
Si esta nueva ofensiva tampoco produce un vencedor y un vencido, el conflicto se volverá crónico y su costo no se limitará a Medio Oriente. Los viejos motivos del enfrentamiento, el uranio y los misiles, y los nuevos, el control del estrecho y las represalias acumuladas, seguirán reclamando nuevas rondas. Y si la tercera no es la vencida, no habrá otra cosa que perdedores.


