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La toma hostil más audaz, por @ArmandoMartini

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Donald Trump nunca dejó de ser hombre de negocios. Su visión de Venezuela no fue la de un político, sino la de un empresario ejecutando una adquisición de un activo subvalorado con una gerencia desastrosa, sentado sobre el colateral más valioso del planeta. Para entender mejor lo ocurrido, hay que olvidar los manuales de la política y centrarse en los libros de las finanzas corporativas.

Desde la perspectiva empresarial, no es una intervención humanitaria clásica ni un simple cambio de régimen o descabezamiento narcoterrorista; es la ejecución de una toma hostil, dirigida por un incursor corporativo que ve en Venezuela no un Estado fallido, sino un bien en dificultades con un potencial de retorno incalculable.

Venezuela dejó de ser una república para convertirse en una «sociedad anónima» en quiebra, una corporación con inmensos haberes energéticos, gerenciada por quienes violaron su deber fiduciario, mantuvieron relaciones indebidas, saquearon su tesoro, diversificaron ilegalidades y destruyeron el valor para los accionistas. Nicolás Maduro no era un dictador ideológico, sino un corrupto e incompetente que se atrincheró en la sede corporativa, rechazando ofertas de salida, emitiendo deuda ilícita sin autorización e imposible de auditar. 

La estrategia ha seguido con rigurosidad el manual de Wall Street. Primero, la fase de asedio financiero. Las sanciones fueron castigos diplomáticos y maniobra deliberada para estrangular el flujo de caja, depreciar el valor de la acción y forzar negociar o colapsar. Al cortar el acceso a los mercados de capitales y clientes solventes, convirtió a Venezuela en un activo inviable bajo la nefasta y podrida administración castro-chavista-madurista.

Se intentó cambiar mediante el voto de los accionistas (28 de julio), pero sin éxito debido a la coerción gerencial que controlaba el proceso. Forzando la opción de conflicto. La operación del 3 de enero de 2026 no fue irrupción tradicional; hubo la remoción para asegurar activos, infraestructura y campos petroleros. La orden de que los ingresos estén bajo administración estadounidense es el equivalente a llevar a la empresa a un proceso de quiebra. Washington actúa como síndico, protegiendo los derechos de valor económico de acreedores hostiles mientras se reorganiza la firma. La contratación para comercializar no es política; es empresarial de tesorería para generar liquidez.

¿Reestructuración o liquidación? La analogía corporativa revela su valor y advertencia. En una toma hostil, el objetivo es maximizar el retorno de la inversión y existen dos caminos; el del inversor responsable que implica una visión a mediano y largo plazo, invertir para rehabilitar infraestructura, renegociar inteligentemente la deuda, enmendar el capital humano y social, para que la “empresa” vuelva a ser productiva y valiosa de forma sostenible. Finalmente, un pacto de recompra con elecciones libres que legitimen la nueva directiva. 

Y está la del depredador corporativo, que prioriza el flujo de caja, extrae y vende a mayor ritmo, recupera inversión, cancela acreedores, e ignora mantenimiento y desarrollo; para un resultado final de cascarón vacío. La empresa (el país) queda sin capacidad productiva propia, con su tejido social dañado y el medio ambiente saqueado.

La falla de este modelo es el riesgo de los accionistas minoritarios olvidados, dispersos, sin voto ni poder en la administración impuesta. Su “acción social” (ciudadanía) se diluye si no se traduce con urgencia en poder político.

El pasivo oculto que ningún balance muestra es el colapso del capital humano y la legitimidad. Ninguna empresa prospera con una nómina enferma, desnutrida y desesperanzada. La deuda social es tan abrumadora como la financiera.

La metáfora de la adquisición hostil no normaliza los hechos; los clarifica y obliga interrogantes incómodas. La asamblea general ha sido reemplazada por la gobernanza corporativa asignada y la narrativa política se disuelve ante la lógica fría del balance. La pregunta no es sobre democracia, sino sobre el plan de negocios. 

Los venezolanos no pueden ser simples espectadores de esta operación financiera ejecutada, deben exigir transparencia y cronograma de inversión productiva versus extracción, también, el mecanismo y fecha para el “pacto de recompra” electoral, con la elección de los nuevos regentes.

Con el control asegurado, la directiva y sus gerentes en disciplina obediente, comienza la fase de reestructuración. Donald Trump aplicó la mentalidad del CEO. La historia juzgará si fue la de un reconstructor de empresas o un liquidador de activos. La diferencia para Venezuela será abismal. El reloj de Wall Street corre; la paciencia de la gente y su derecho a un futuro más allá de una valía en una carpeta de inversiones deben ser el verdadero termómetro de la victoria.

@ArmandoMartini

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