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La única vía: el semipresidencialismo francés, por Vladimir Petit Medina @vladimirpetit

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El general De Gaulle registró una gran evolución: de rechazar los partidos políticos a aceptar que debía tener uno y además compartir liderazgo dentro del mismo, del personalismo mesiánico a admitir que se necesitaban límites claros y de concebir un presidente todopoderoso a aceptar ser uno que compartiera legitimidad con el parlamento. Eso definió el perfil de Charles de Gaulle como gobernante en la búsqueda de una comunión casi mística con la nación y lo hizo un estadista que por sobre todas las cosas, se esmeró en entender lo que necesitaba su país por encima de lo que él quería (Eduardo Suárez, 2017)

La misma grandeza de De Gaulle será necesaria para rediseñar la nueva república después del desastre chavista. De alguna forma es necesario mitigar el poderío de la presidencia en los términos actuales y a la par, establecer un contrapeso que impida el empoderamiento de un cónclave como el tristemente célebre gobierno parlamentario. Y existe un solo sistema que puede garantizar el debido contrapeso a ambos poderes: el semipresidencialismo francés. No en balde la Europa democrática toda asumió variaciones del esquema parlamentario como salvaguarda y previsión después del horror nazi y dentro de ellos, los franceses lograron un esquema que respetó su tendencia a un centro de poder fuerte pero regulado.

Asumamos ahora 3 requerimientos para reedificar la república: 1. la necesidad de un nuevo marco constitucional; 2. la obligatoriedad de imponer límites y previsiones; y 3. una nueva ruta nacional claramente definida en la carta magna. Pues bien, solo el semipresidencialismo francés garantiza satisfacer esos 3 requerimientos de manera eficiente. Veamos.

En el sistema francés el presidente en ejercicio es jefe de estado con absoluta preeminencia sobre política exterior, defensa e interior así como con la prerrogativa de presidir el consejo de ministros. Por otra parte, una vez elegida la representación popular en el parlamento, de esa mayoría el presidente escogería quién formaría gobierno como primer ministro, atendiendo básicamente a la posibilidad de lograr acuerdos y preservar la estabilidad de gobierno. Esta circunstancia sería en sí misma una garantía de equilibrio pactada para que nunca más se verificaran ni el arrollador presidencialismo que condujo al abuso chavista, ni el reparto de botín de aquel gobierno parlamentario ficticio conocido como el interinato. Check and balance pues.

Así el nuevo sistema sería parecido al que utilizan además de Francia, países sumamente estables como Austria, Portugal, Finlandia, Islandia, Polonia, y Bulgaria ya que crearía un mando central fuerte y frenos poderosos. El país pasaría a contar con un presidente con amplios poderes, elegido de manera directa por los ciudadanos y como contrapeso y contrafigura, un primer ministro y su gobierno elegidos por la asamblea nacional. Así el presidente, como jefe de estado, tendría como origen de legitimidad el voto popular mientras que, a la par, el primer ministro o jefe de gobierno lo escogería el poder legislativo, integrado por distintos partidos. Al ser designado así, el primer ministro y su equipo de gobierno podrían ser sujetos de voto de censura que ocasionaría su cese y el correspondiente adelanto de elecciones, si fuere el caso.

En lo sucesivo entonces sería casi imposible que un pensamiento único se apoderara del estado y del gobierno al mismo tiempo e incluso de la asamblea nacional y si así sucediera las instituciones podrían frenar cualquier intento de apropiación de la república desde la jefatura de estado o reparto de tajadas desde la asamblea. Lo más probable sería, entonces, la necesidad de coexistir o cohabitar ideologías diferentes en un marco de estabilidad, transparencia y respeto a menos que se contara con una mayoría clara y absoluta aunque en todo caso también estaría sometida a límites y contrapesos legales y constitucionales. Nadie podría avasallar a nadie. El estado y el gobierno tendrían que respetarse, aceptarse y cooperar so pena de una convocatoria anticipada a elecciones mediante disolución de la asamblea que lograra aclarar todo mediante el sufragio popular, el cual debe volver a ser expresado manualmente.

En el caso de un presidente y un primer ministro del mismo partido, el sistema asemejaría uno presidencialista aunque con marcados límites mientras que en caso de disparidad, se parecería a un sistema parlamentario con presidente con poderes institucionalizados como contrapeso.
A todo evento, esta discusión adquiriría mayor vigencia en el marco de una redefiniciín constitucional que iniciará, necesariamente, por el diseño de una nueva ruta y destino para la nación.

La guinda del pastel sería eliminar de plano la causa eficiente de los peores males de nuestra república: la reelección presidencial. En correlativo, el período presidencial sería largo y suficiente pero hasta allí, porque nuestra cultura política ha demostrado no resistir los embates de un presidente en búsqueda de su reelección hasta el punto que sería mejor evitar este supuesto de hecho…al menos por ahora.

Como se verá, se trataría de una nueva realidad más estable, segura y controlable.

Claro está, primero hay que coronar. Sin embargo, paralelamente aprovechemos de repensar la república y soñar con una inmensamente mejor a partir de las lecciones aprendidas de esta dolorosa experiencia.

Pero esta es otra historia.

@vladimirpetit
@vladimirpetitmedina

www.vladimirpetit.com

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