Es lo que es

Las buenas costumbres extinguidas, por Armando Martini Pietri

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Hubo un tiempo no lejano en Venezuela en el que los camioneros (autobuseros nunca) cedían el paso. Lo habitual era, que en un autobús los hombres sentados se levantaran para ceder sus asientos a mujeres y ancianos. Un policía detenía por alguna falta menor, y comenzaba la reprimenda con un “buenos días, ciudadano”; si el conductor vestía con seriedad y elegancia, “buenas tardes, doctor”; si era una señora de edad mediana, “buen día, misia”. Eran tiempos cuando los “buenos días” se deseaban al cruzarse las personas y se llamaba “don, doctor” o “señor” a los mayores de edad. Señales inequívocas de buena educación.

A los jóvenes se les decía mijo o mija -apretujamientos de “mi hijo(a)”. Y cuando se atravesaban, el de menor edad cedía el paso al que parecía mayor, escuchándose “gracias mijo(a)”. Cuando las fuentes de información eran El Universal, sobrio y recatado; El Nacional audaz; Últimas Noticias estruendoso en sus titulares, más cómodo por su formato; y El Mundo, alarmista de las tardes, combinaba grandes titulares de política y sucesos de sangre. El mismo solía leerse en casa mientras la mujer preparaba cena, los muchachos hacían tareas escolares y el hombre de trabajo descansaba de los rigores del día.

Aquella cordialidad

En Venezuela, ciudades, áreas rurales, urbanizaciones mejor provistas o de clase media, zonas populares, humildes y las menos favorecidas como barrios cerros arriba, ranchos de caminos y escaleras retorcidas eran de vecinos que poco se comunicaban entre sí, pero cuando abrían sus puertas −bastaba tocar un par de veces o apretar el timbre− lo hacían con una sonrisa igual al vecino, amigo, o familiar de visita. Y de inmediato se ofrecía un cafecito. También al cobrador de la electricidad, que solo quería ayuda para una dirección y el pordiosero que pedía una limosna por el “amor de Dios.”

Había cordialidad y actitud positiva en el portugués del abasto, en el canario de la panadería y el dependiente de la quincalla, zapatería, ferretería, botica. Se entraba en las megatiendas de Sears o Vam, paseaba con tranquilidad y curioseaba hasta encontrar lo buscado. Caminaba por el centro algo apurado, pero sin tropezones ni suspicacias. El tráfico automotriz era denso y desordenado, pero nadie le echaba encima un vehículo al peatón audaz o descuidado, como máximo un grito entre indignado y cariñoso preguntándole “estas asegurado, eres de goma.”

Se acabó. Honrar la palabra empeñada y rendir cuenta de lo ajeno es solo un recuerdo del buen proceder.

En estos tiempos, si llega a una barriada a buscar algo, a alguien, o porque perdió el rumbo, será vigilado con aversión y sospecha. Si toca una puerta le preguntarán sin abrirla con temor y mal acento, ¡quién es, qué quiere! El policía le tratará de ciudadano, pero la entonación será de quien sospecha, está listo para encañonarlo y llevarlo “retenido”. Cuando visita cualquier oficina pública nadie se ocupará hasta que logre detectar con quién debe hablar y el burócrata lo tratará con la lejanía del poder, un tono de yo puedo si quiero, tú solo podrás si a mí me da la gana. En muchos casos, los emolumentos pueden ablandar el carácter.

Hoy el funcionario público es un estafador mandamás y para el empleado no hay ciudadanos sino necios que necesitan algo. Lo que se apreciaba al acercarse a un cajero bancario era un gesto amable y disposición de ayudar, hoy si lleva o tiene depositado mucho dinero algún encargado de escritorio le atenderá pero con cara larga. Se acabó aquello del canal con velocidad fija, y pareciera que los vehículos eliminaron la palanca para las luces de aviso de cruce.

De la simpatía al temor

Simpatía, cordialidad y amabilidad eran cualidades automáticas del gentilicio venezolano. Lo respetuoso del andino, confianzudo del costeño, dicharachero del llanero, se acabaron, se olvidaron. Ahora solo hay dos clases, el que tiene o siente que tiene autoridad por ser militar, policía o militante del partido oficialista; y el común y corriente que vive mal humorado, amargado, lleno de frustraciones y temores.

Fuimos una nación con diferencias sociales y desigualdades, pero con opciones. En esta época somos un país atemorizado, restringido, con un Gobierno que promete, pero no resuelve; una oposición que nunca se sabe de qué ni de quién vive, que no rinde cuenta ni honra la palabra, prometiendo cambios que jamás llegan. Estuvimos orgullosos de los militares que ahora son represores. Contamos una nación con riquezas a la cual políticos, politiqueros de mando y de oposición nos enseñaron que el Estado era capaz y responsable de todo, somos ahora un pueblo que empieza a aprender que depende de sí mismo.

El presidente habla de hacer turismo externo a los mismos que no tienen suficiente para conocer la playa o Margarita. El castromadurismo se empeña en afirmar, engañar, que el país mejora cuando padecemos y sufrimos lo peor. Una nación entusiasta, llegada a la inferior de las condiciones. La resignación.

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