Por Daniel Rodríguez Herrera
Trump ha vuelto a hacer de las suyas esta semana con dos movimientos que, aunque parezcan no tener nada que ver, explican por qué la derecha norteamericana lo idolatra como a un mesías, a pesar de que a veces parezca un villano sacado de un tebeo. Por un lado, ha enviado una flota de buques a las costas de Venezuela para frenar el narcotráfico del régimen chavista. Por otro, se ha propuesto limpiar el desastre que es Washington D.C. tras décadas de gobierno demócrata. Y al hacerlo demuestra la energía y el liderazgo que los republicanos no veían desde los tiempos de Ronald Reagan. Alguien que no se limita a hablar y lamentarse sino que actúa, aunque en ocasiones sus acciones puedan terminar siendo contraproducentes, y que obliga a que sean los demás quienes reaccionen a él.
Envío de buques a Venezuela
Empecemos con Venezuela. Trump ha desplegado varios buques de guerra, con unos 4.000 efectivos, incluidos más de 2.000 marines, frente a las costas del país de Nicolás Maduro. El objetivo es frenar el tráfico de drogas del cártel de los Soles, que no es otra cosa que la propia cúpula chavista, tanto la política como la militar, convertida en una banda de narcotraficantes, un régimen que ha hundido Venezuela en una miseria tal que ha expulsado a más gente que Siria en plena guerra civil mientras se forra con el narcotráfico. Un desastre absoluto que, por cierto, a ciertos iluminados de la izquierda radical española les parece un modelo digno de admiración.
Otros presidentes, ya fueran republicanos o demócratas, se habrían limitado a soltar un discurso incendiario, agitar los brazos con gestos de indignación y, como mucho, imponer sanciones que no sirven para nada. Pero Trump no es de esos. Él manda barcos, marines y un mensaje claro: esto va en serio. ¿Funcionará? Ni idea. Puede que frene el narcotráfico, puede que no haga ni cosquillas. Lo que está claro es que es una jugada que pocos líderes se atreverían a hacer. Y no, no es que a Trump le quite el sueño el bienestar de los venezolanos; su prioridad son los norteamericanos y los problemas que el narco les trae a casa. Es América Primero, no Venezuela Primero, y eso lo tiene muy claro.
Control de Washington
Ahora, pasemos a Washington D.C., la capital que no es un estado, sino un distrito controlado, en teoría, por el Congreso; los padres fundadores pensaron que el poder federal no podía estar preso del estado donde estuviera su sede. Desde los años 70, se permitió que la ciudad eligiera a su alcalde y concejales, que, oh sorpresa, siempre son demócratas. ¿La razón? El 95% de los votantes de Washington, en su mayoría burócratas federales, votan azul en cada elección, con una precisión que ya quisieran los relojes suizos. Y el resultado es el mismo que el de las tantas grandes ciudades gobernadas por demócratas en modo régimen de partido único: delincuencia desbocada, campamentos de indigentes y un aspecto que parece más de una ciudad tercermundista que de la nación más poderosa del planeta. Trump ha dicho basta. Ha decidido meterse de lleno en la gobernanza de la ciudad, especialmente en temas de seguridad, limpieza de parques y calles, y deportación de inmigrantes ilegales.


