Lo que nos quedó, por Ricardo Ciliberto Bustillos

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Si bien había un agradable clima primaveral, las  tensiones, y sobre todo las emociones contrapuestas, estaban a flor de piel, lo que -en extremo- enrarecía el  ambiente. A las 2.45am de aquel lunes 7 de mayo de  1945, en Reims, Francia, en el cuartel general de los  aliados, se suscribía la rendición incondicional de la  Alemania nazi. En Berlín, el martes 8, lo haría el mariscal  de campo Wilhelm Keitel ante el general ruso Georgi  Zhukov. Días después, sorpresivamente, en las  elecciones celebradas en julio en el Reino Unido,  Clement Attlee derrotaba al líder y estadista Winston  Churchill. Más allá, los Estados Unidos, en agosto,  lograrían la capitulación del imperio nipón mediante el lamentable lanzamiento de dos bombas atómicas en  Hiroshima y Nagasaki. Responsabilidad, por cierto, que  le tocó asumir a Harry Truman, ya que Franklin Delano Roosevelt, ese gran presidente y descollante hombre de  Estado, había fallecido en abril. 

Y, precisamente, dentro de este marco de acontecimientos mundiales, Venezuela debatía quién  sería el sucesor del presidente Isaías Medina Angarita para el período constitucional 1946-1951. Las fuerzas  opositoras encabezadas por Acción Democrática  apoyaban -decididamente- la candidatura de consenso  del Dr. Diógenes Escalante, quien para la fecha era  embajador en Washington. Hasta esta ciudad se  trasladaron los primeros días de julio Rómulo  Betancourt y Raúl Leoni para asegurar el compromiso de  Escalante de promover y apoyar las reformas imprescindibles para que las futuras elecciones para la  presidencia de la República, entre otras, se hiciesen mediante el voto universal, directo y secreto. En este  punto, cabe apuntar que algunos historiadores y  articulistas pasan por debajo de la mesa un asunto  crucial: el malestar en el ejército, promovido y alentado  en gran medida por la logia denominada Unión  Patriótica Militar (UPM), encabezada por Marcos Pérez  Jiménez. A esta inocultable conspiración, Medina  Angarita no le dio la importancia requerida. En agosto, llega Escalante. A los pocos días se enferma y es  irremediablemente sustituido por Ángel Biaggini. Lo  demás es historia harto conocida. 

¿Qué nos quedó del 18 de octubre de 1945? El firme e irreversible propósito de vivir en libertad y democracia; nos dejó, también, la decisión de establecer un robusto  sistema de partidos políticos que fuesen sus pilares fundamentales; el procurarnos un régimen republicano, de progreso económico y social, en el cual el respeto a  los derechos individuales y colectivos fuese una  realidad. Además, el afán de rescatar el sempiterno  espíritu democrático del pueblo venezolano, sojuzgado  por tantos gobiernos autocráticos. 

En estos quehaceres nos hallamos todavía. A decir  verdad, la derrota definitiva del nazismo en 1945 abrió,  sobre todo en occidente, las compuertas de la  democracia, la libertad y la consideración de un justo  desarrollo socioeconómico. A partir del 18 de octubre,  Venezuela se enrumbó hacia estas metas y abrazó, por  consiguiente, semejantes aspiraciones. Ni la dictadura  de Pérez Jiménez ni estos tiempos de quebrantamiento de la democracia y de ruptura de sus instituciones han  podido enterrar estos legítimos afanes y anhelos. Esto,  al fin y al cabo, fue lo que nos dejó, a 81 años de  distancia, aquel 18 de octubre de 1945. En otras  palabras, nos legó un moderno proyecto de país. No  estaba errado Rómulo Betancourt cuando planteaba  con mucho énfasis que el triunfo de los aliados  constituía una vía idónea para democratizar a Venezuela. Como era natural, ignorábamos las  contradicciones y consecuencias de la inminente Guerra Fría.

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