Si bien había un agradable clima primaveral, las tensiones, y sobre todo las emociones contrapuestas, estaban a flor de piel, lo que -en extremo- enrarecía el ambiente. A las 2.45am de aquel lunes 7 de mayo de 1945, en Reims, Francia, en el cuartel general de los aliados, se suscribía la rendición incondicional de la Alemania nazi. En Berlín, el martes 8, lo haría el mariscal de campo Wilhelm Keitel ante el general ruso Georgi Zhukov. Días después, sorpresivamente, en las elecciones celebradas en julio en el Reino Unido, Clement Attlee derrotaba al líder y estadista Winston Churchill. Más allá, los Estados Unidos, en agosto, lograrían la capitulación del imperio nipón mediante el lamentable lanzamiento de dos bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki. Responsabilidad, por cierto, que le tocó asumir a Harry Truman, ya que Franklin Delano Roosevelt, ese gran presidente y descollante hombre de Estado, había fallecido en abril.
Y, precisamente, dentro de este marco de acontecimientos mundiales, Venezuela debatía quién sería el sucesor del presidente Isaías Medina Angarita para el período constitucional 1946-1951. Las fuerzas opositoras encabezadas por Acción Democrática apoyaban -decididamente- la candidatura de consenso del Dr. Diógenes Escalante, quien para la fecha era embajador en Washington. Hasta esta ciudad se trasladaron los primeros días de julio Rómulo Betancourt y Raúl Leoni para asegurar el compromiso de Escalante de promover y apoyar las reformas imprescindibles para que las futuras elecciones para la presidencia de la República, entre otras, se hiciesen mediante el voto universal, directo y secreto. En este punto, cabe apuntar que algunos historiadores y articulistas pasan por debajo de la mesa un asunto crucial: el malestar en el ejército, promovido y alentado en gran medida por la logia denominada Unión Patriótica Militar (UPM), encabezada por Marcos Pérez Jiménez. A esta inocultable conspiración, Medina Angarita no le dio la importancia requerida. En agosto, llega Escalante. A los pocos días se enferma y es irremediablemente sustituido por Ángel Biaggini. Lo demás es historia harto conocida.
¿Qué nos quedó del 18 de octubre de 1945? El firme e irreversible propósito de vivir en libertad y democracia; nos dejó, también, la decisión de establecer un robusto sistema de partidos políticos que fuesen sus pilares fundamentales; el procurarnos un régimen republicano, de progreso económico y social, en el cual el respeto a los derechos individuales y colectivos fuese una realidad. Además, el afán de rescatar el sempiterno espíritu democrático del pueblo venezolano, sojuzgado por tantos gobiernos autocráticos.
En estos quehaceres nos hallamos todavía. A decir verdad, la derrota definitiva del nazismo en 1945 abrió, sobre todo en occidente, las compuertas de la democracia, la libertad y la consideración de un justo desarrollo socioeconómico. A partir del 18 de octubre, Venezuela se enrumbó hacia estas metas y abrazó, por consiguiente, semejantes aspiraciones. Ni la dictadura de Pérez Jiménez ni estos tiempos de quebrantamiento de la democracia y de ruptura de sus instituciones han podido enterrar estos legítimos afanes y anhelos. Esto, al fin y al cabo, fue lo que nos dejó, a 81 años de distancia, aquel 18 de octubre de 1945. En otras palabras, nos legó un moderno proyecto de país. No estaba errado Rómulo Betancourt cuando planteaba con mucho énfasis que el triunfo de los aliados constituía una vía idónea para democratizar a Venezuela. Como era natural, ignorábamos las contradicciones y consecuencias de la inminente Guerra Fría.


