Los fenómenos morbosos

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Antonio Gramsci escribió en sus Cuadernos de la cárcel que la crisis ocurre cuando lo viejo no termina de morir y lo nuevo no puede nacer. En ese interregno, se comprueban los más diversos fenómenos morbosos. Lo escribió desde una celda fascista italiana. Venezuela lo vive a partir de una libertad que todavía no sabe cómo llamarse.

Enero 2026 fue, para unos, fin de la dictadura; para otros, violación de la soberanía. Pero más allá del juicio moral sobre la intervención, hay un hecho que merece atención; nadie salió a defender, tampoco a celebrar. Silencio que dibuja la Venezuela de hoy. Un país que no sabe qué es.

El chavismo pasó la página con una urgencia que sorprende y llama la atención. No hubo colapso ni vacío, solo reemplazo. El Estado sigue en manos delincuenciales y fraudulentas, el poder coercitivo incólume persiste con lo militar, policial y represivo. El sistema funcionó; solo cambió el rostro. Eso no es transición, es mutación. Y las mutaciones, en Venezuela, tienen historia.

Lo que vino después desafía décadas de política. El “enemigo de la Revolución” restableció relaciones y reconoció el interinato elogiando su gestión. Las imágenes del director de la CIA estrechando manos en Caracas, o del secretario de Energía estadounidense visitando campos petroleros, son, para quien haya seguido esta historia, algo difícil de procesar sin una pausa de silencio. La coherencia ideológica, es un lujo que el poder no se permite; la memoria, tampoco.

La pregunta, no es si hubo cambio, sino qué clase. Los teóricos de las transiciones distinguen como condición mínima, que se abra un proceso de desmantelamiento que producía la tiranía. En Venezuela, no ha ocurrido del todo. Hay una negociación bajo coerción externa. Washington no ocupa el país; lo tutela. Y, el interinato con desechos reciclados, no está interesado en un calendario electoral, sino en un decorado de favores.

Hay cambios verificables, cierto. Las protestas sociales aumentaron. La sociedad civil retomó las calles. Los presos políticos han disminuido, sin embargo, es una desgracia que aun existan. Hay cierta apertura y optimismo. Pero también un dato que comunicados no mencionan, el salario mínimo es un insulto, apenas centavos de dólar. Los servicios públicos avergüenzan. El imaginario bienestar no irradia hacia la mayoría y el país, alguna vez ejemplo petrolero, es un lugar donde los ciudadanos sobreviven como pueden; mientras los acuerdos geopolíticos se negocian en despachos de ciegos, sordos y mudos. La desconexión no es un detalle sociológico; sino el mayor riesgo político del proceso. Los pueblos toleran privaciones, pero no perdonan que se les ignore mientras prometen.

Allí el meollo del paréntesis venezolano. Lo viejo como proyecto de poder no termina de morir, aunque su fundador fue enterrado y su heredero disfrute atenciones del sistema carcelario estadounidense. Lo nuevo, una democracia funcional plena de libertades, que no infrinja Derechos Humanos y restituya los derechos civiles, militares y políticos; no dependiente de una economía petrolera; no termina de nacer. En ese espacio sin nombre proliferan, como predijo Gramsci, fenómenos morbosos. Coaliciones sin principios morales, acuerdos sin pueblo, pactos indecorosos, reformas sin legitimidad, calendarios sin fecha, mezcla extraña de insultos y resentimientos. Si la sociedad comete el error de comprar como bueno el sensacionalismo oportunista, pagara muy caro su equivocación por generaciones. 

Nadie puede asegurar con certeza hacia dónde va Venezuela. No por falta de datos, sino porque el rumbo no lo decide un solo actor. Lo resuelve la imposición externa, los cálculos de una élite gobernante que aprendió a adaptarse para sobrevivir, la capacidad de la oposición democrática para articular una alternativa que incluya a quien ganó las elecciones, y, aunque suene a lugar común, el cambio no tocó lo que de verdad importa. La paciencia de una sociedad que lleva años esperando que alguien le pregunte qué quiere.

El plan de tres etapas que Washington menciona, estabilización, recuperación, reconciliación, suena razonable. No obstante, hay una que no aparece en ningún documento, la que devuelve la palabra al pueblo, y restituye su mandato. Sin ella, las otras fases son gestión, no democracia.

El intervalo no es un espacio neutro. Gramsci tenía razón. Es un terreno peligroso, pantanoso, de arenas movedizas; Venezuela lo recorre sin mapa, ni brújula y demasiada insatisfacción social, sin que nadie le haya preguntado hacia dónde desea ir.

@ArmandoMartini

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