Por Soledad Morillo Belloso
Hay en la mesa de negociación un tufo rancio a alfombra vieja y el zumbido persistente de un aire acondicionado de hotel que ha visto pasar demasiadas temporadas botando gotas de agua. De lado y lado se sientan con la parsimonia cansada de quienes ya se conocen de memoria los ademanes, los carraspeos y las pausas calculadas. Intercambian carpetas de cuero sintético con la solemnidad de quien sostiene las tablas de la ley, cuando en realidad la política nacional se ha convertido en un sainete decadente donde los actores olvidaron el guion e improvisan sobre la marcha para no pagar la cuenta.
Nos han querido vender la idea de que la política es un oficio de filigrana, de comisiones que parecen comités de condominio donde se discute durante tres horas el color de la pintura del pasillo mientras el edificio se derrumba por las filtraciones. Que si la mesa técnica para lo económico, que si el grupo de trabajo para la cooperación, que si la redacción del enunciado del tercer párrafo del comunicado conjunto… Pura burocracia con olor a café frío y galletas de soda. Pretenden hacernos creer que esos aderezos son la sustancia, cuando no son más que el encaje barato con el que buscan tapar la desnudez de unos acuerdos que nunca terminan de nacer.
En esa mesa hay un gran ausente: el pueblo venezolano. Y eso, se diga lo que se diga, es grave y peligroso.
La eficacia de la delegación de la AN2015 no se mide por las fotos de grupo ni por las sonrisas de compromiso frente a una prensa internacional que siempre llega tarde y se va temprano. La eficacia no se evalúa por la elegancia del léxico ni por las concesiones de utilería. La única vara con la que el ciudadano de a pie —ese que hace milagros para estirar la pensión o para que el agua llegue los martes— puede medir si esa delegación sirve para algo o solo para gastar viáticos, cabe en seis cuentas de un rosario muy preciso.
Derechos humanos y libertad real: No hay mesa que valga mientras haya un solo hombre o una sola mujer comiéndose las uñas en una celda por haber dicho lo que piensa o por sostener una postura incómoda para el régimen. La liberación de todos los presos políticos no es una ficha de cambio; es la prueba moral mínima de que en el bando contrario hay voluntad y no chantaje. Sin una puerta giratoria que se trabe para siempre, la libertad de los inocentes seguirá siendo un juego perverso de quita y pon.
Un árbitro y un tribunal dignos: Viene luego el armazón legal que desmontaron a martillazos para adueñarse de los cimientos. Hablar de institucionalidad mientras el TSJ responda al teléfono de un partido es una burla de botiquín de mala muerte. Si para noviembre de 2026 no hay un TSJ renovado, integrado por magistrados de expediente intachable y sin militancia en el bolsillo, el resto es cuento de camino.
Reestructuración del CNE: La misma exigencia aplica para la casa del árbitro electoral. Un CNE que requiere reestructuración urgente para esa misma fecha de noviembre de 2026, porque nadie juega un partido de fútbol si el réferi lleva la camiseta del equipo contrario y les pita gol en contra desde el vestuario.
Devolución de los partidos: Hay que devolver las siglas y derechos a sus verdaderos dueños. Los partidos políticos no son sellos de goma para alquilar al mejor postor ni tarjetas secuestradas por advenedizos de última hora mediante sentencias de medianoche. La política exige que las organizaciones vuelvan a las manos de quienes las fundaron y las militaron, nos gusten o no sus caras.
Cese de las inhabilitaciones: Junto con la devolución de las tarjetas, se necesita una escoba completa sobre las inhabilitaciones: el fin absoluto de ese invento administrativo que decide, con el dedo de un burócrata tarifado, quién puede y quién no puede someter su nombre al escrutinio público.
La cita con la historia: Y finalmente, la cita con las urnas, sin trampas ni prórrogas: elecciones presidenciales y parlamentarias conjuntas para el año 2027. Ese es el horizonte. No una promesa difusa para el día que San Juan agache el dedo, sino una fecha tallada en mármol que le devuelva a la gente la certeza de que el futuro se decide en una mesa de votación y no en un conciliábulo a puertas cerradas entre Caracas y Washington.
Todo lo demás —las comisiones de seguimiento, los discursos inflamados para las redes sociales, los apretones de manos para la foto y las frases edulcoradas sobre la concordia nacional— es puro oropel. Es el adorno de plástico que se le pone a la torta cuando el bizcocho no sabe a nada. Si la delegación permanece en esa mesa sin amarrar y firmar esos seis puntos, podrá traer resmas de papel y muy buenas intenciones, pero habrá fracasado en la única tarea que la historia y el país le encomendaron.
Al venezolano de a pie ya no lo encandilan con serpentinas ni con la retórica acartonada de los diplomáticos de ocasión. Tras tanta decepción acumulada y tanto discurso inflado que se espicha en la primera curva, la paciencia dejó de ser una virtud para convertirse en un lujo impagable. La gente sabe distinguir perfectamente entre la paja y el grano, entre el circo de las formas y la contundencia de los hechos.
Si la delegación de la AN2015 no entiende que su única razón de ser en esa negociación es usar las llaves para abrir esos seis candados, sobran las ruedas de prensa y los comunicados lánguidos. Que no vengan a vender humo empaquetado en lenguaje técnico ni a disfrazar la derrota con palabrería condescendiente. Aquí no se está negociando el menú de un banquete; se está jugando la supervivencia de una nación. Y razón tiene el joven que escuché ayer en el autobús: “Puro mareo y paja”.
Sin esos seis puntos cumplidos a cabalidad —sin trampas de última hora ni letras chiquitas— cualquier firma será una capitulación y cualquier aplauso, una farsa. El resto, lo sepan o no, lo acepten o lo callen, no es más que puro adorno.
Aunque el respaldo popular la acompaña, Dinorah no hallará tolerancia ni comprensión frente a omisiones o desaciertos. Su legado se debatirá entre dos memorias: la de la figura que abrió los candados de una nueva era, o la de aquella que sostuvo las llaves de la oportunidad y terminó lanzándolas al vacío. Espero que sea lo primero.


