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María Corina Machado: El fenómeno que hace llorar al mundo, por Omar González Moreno

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Hay liderazgos que se explican y hay liderazgos que se sienten.

El de María Corina Machado pertenece al segundo tipo, a ese territorio sagrado donde la política deja de ser discurso y se convierte en emoción pura, en un estremecimiento colectivo que atraviesa fronteras y generaciones.

Lo que ocurre cuando ella aparece —en una tarima, en una pantalla, en un audio, incluso en una simple fotografía— es algo que ningún laboratorio político puede fabricar, una ola humana que conmueve, que quiebra voces, que hace temblar corazones y hacen brotar lagrimas de los ojos.

Millones de personas -hombres, mujeres, ancianos, jóvenes y hasta niños- lloran cuando la ven y la escuchan.

No es debilidad; es memoria. Es el desahogo de un país que llevaba demasiado tiempo sin sentir esperanza verdadera.

Es el choque repentino entre la dignidad y la verdad después de años de oscuridad.

También sucede en otros países, es una conexión emocional global.

¿Por qué ocurre?

Porque María Corina no solo habla: encarna lo que millones desean ser.

Representa la valentía frente al miedo, la coherencia frente a la mentira, la constancia frente al abuso, la fe frente al despojo.

Cada palabra suya es un recordatorio de que la libertad está viva, que no se rindió y que aún tiene quien la defienda con moral, inteligencia y coraje.

Ese sentimiento alcanzó uno de sus momentos más profundos en Oslo, Noruega, durante la ceremonia del Premio Nobel de la Paz.

Bastó verla aparecer —aun desde la distancia, aun sabiendo que estaba allí porque vulneró las brutales medidas del regimen de Maduro para impedir que viajar— para que millones se quebraran por dentro.

En casas, en plazas, en aeropuertos, en cientos de ciudades del mundo, ciudadanos lloraron al verla en Oslo, porque ese instante condensaba décadas de lucha, sacrificio y resistencia.

Era la victoria moral de un pueblo como el venezolano que nunca se resignó.

En Madrid, en Santiago, en Miami, en Buenos Aires, en Bogotá, en Roma, en Ciudad de México, y en innumerables rincones del planeta, el fenómeno se repite.

Ciudadanos que no se conocen entre sí terminan abrazados, llorando, sintiendo que María Corina les habla directamente al alma.

En Venezuela, la reacción es aún más intensa.

Allí, donde la dictadura sembró miedo, ella provoca lo contrario: gente que corre, que abre ventanas, que se asoma a balcones, que grita su nombre como si gritara por la libertad misma.

Lo suyo ya no es solo liderazgo político.

Es un fenómeno espiritual, emocional, histórico.

Es la reivindicación de millones que creían haber sido olvidados.

Es la voz que devuelve la noción de país.

Es el símbolo de que sí se puede, incluso cuando todo parecía perdido.

María Corina no promete milagros.

Ella es el milagro humano de un pueblo que decidió levantarse.

Por eso lloran los venezolanos.

Porque después de tanto dolor, verla y oírla —y especialmente verla honrada en Oslo, como la líder moral de un pueblo herido pero invencible— es recordar que la esperanza todavía tiene nombre.

Y que ese nombre camina con ellos, habla como ellos, sueña como ellos… y los hace sentir que el futuro, por fin, volvió a abrirse.

Omar González Moreno

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