Por Elizabeth Sanchez Vegas
En la primera rueda de prensa de Enrique Márquez después de su excarcelación hubo algo más importante que la anécdota personal, más elocuente que sus agradecimientos y más revelador que cualquier gesto de emoción: el modo en que convirtió la experiencia de la cárcel en argumento político para legitimar la “nueva etapa” del mismo poder que lo metió allí.
Márquez merece todo el respeto por haber sufrido diez meses de prisión política injusta en el Helicoide: ese calvario merece respeto absoluto. Nadie puede escuchar su relato, el operativo del Sebin y la DGCIM, la semana esposado 24 horas, los diez meses incomunicado, la muerte de Alfredo Díaz en la celda, las casas robadas con la Ley de Extinción de Dominio— sin estremecerse. Pero justo cuando ese relato debería conducir a una exigencia frontal de justicia, la curva se desvía: el dolor se vuelve preámbulo para agradecerle al sistema la “oportunidad” de cambiar.
Ahí empieza el verdadero problema.
Su discurso está lleno de palabras nobles: paz, perdón, reconciliación, esperanza, unidad, transformación. El truco no está en las palabras, sino en lo que omite. Cuando afirma con descaro que “la realidad, nos guste o no, es que hoy Delcy Rodríguez ejerce la presidencia encargada de la República” y que “no podemos tapar el sol con un dedo”, no está siendo neutral: está legitimando el golpe interno del 3 de enero y entregándole al régimen la bendición que más necesitaba.
Sobre el 28 de julio, evita cuidadosamente las palabras que el país tiene atravesadas: fraude, usurpación, desconocimiento del resultado. Dice que “esa elección cumplió su objetivo… vendrá otra elección”. Reduce la mayor demostración de voluntad popular en décadas a un simple mensaje que ahora conviene archivar para facilitar el “borrón y cuenta nueva” que tanto le urge al régimen.
Sobre María Corina Machado, el silencio fue criminal. Preguntado tres veces por ella, respondió con absoluta frialdad: “No he conversado con ella desde que salí de prisión. No he recibido contacto ni hemos hablado”. Ni un gesto de unidad, ni una mención a su liderazgo indiscutible, ni un llamado a cerrar filas detrás de quien ganó las primarias con el 92 % de los votos y representa la esperanza real del país. En cambio, se dedicó a alardear de que habla “con todos”, rectores, Fedecámaras, Conferencia Episcopal, hasta con el Partido Comunista que lo apoyó en 2024 y presume que, en la cárcel, con gente vinculada al oficialismo y a la oposición, “hacíamos un ejercicio: tomábamos una lista de 100 temas y veíamos coincidencias y diferencias… 97 % de coincidencias y solo 3 % de diferencias”. El mensaje es claro y malintencionado: mientras Márquez se pinta como el político maduro y dialogante, deja a María Corina señalada como la extremista que divide. Esa es su verdadera jugada: fracturar la oposición desde dentro y debilitar a la única líder que el régimen jamás ha podido doblegar.
El relativismo moral alcanza su punto más bajo cuando afirma que “todos tenemos una cuota” de culpa. Equiparar 25 años de torturas, muertes en custodia, exilio de ocho millones y saqueo sistemático con “errores de la oposición” no es madurez: es traición pura. Así diluye responsabilidades y abre la puerta para que Tarek William Saab pueda reciclarse y Delcy siga mandando sin que nadie le exija cuentas reales.
Y luego está su declarado amigo José Luis Rodríguez Zapatero, a quien le profesa “todo mi afecto”, lo llama “hermano” por consolar a su esposa mientras él estaba preso, valora su “amistad” porque lo consideró “un amigo en prisión” y espera que “el tiempo lo reivindique” pese a ser el eterno lavador de cara internacional del régimen, el que durante años justificó fraudes, torturas y la destrucción de Venezuela ante el mundo entero.
Y, cómo no, tampoco podía faltar su rendido y servil homenaje al presidente Gustavo Petro, uno de los más fieles y descarados defensores internacionales del régimen, a quien presenta como “un gran aliado en la lucha por mi libertad” y con quien anuncia que pronto iniciará una “gira de agradecimiento” que pasará por Colombia y “también otros países, incluso en Europa” … todo un tour de genuflexión ante uno de los principales sostenes externos de la dictadura.
Pero mientras elogia con entusiasmo a los aliados internacionales del régimen y planea giras con ellos, su exigencia por la liberación de los presos políticos que aún quedan fue tibia, complaciente y sin verdadera urgencia.
Lo que calló es tan grave como lo que dijo. No exigió liberación inmediata y verificada de los presos que aún quedan. No mencionó a los más de treinta muertos bajo custodia. No habló de inhabilitaciones arbitrarias. No exigió un CNE completamente nuevo antes de cualquier elección. No condenó con dureza el robo legalizado de bienes. En cambio, aplaudió la Ley de Amnistía incompleta, celebró la nueva Ley de Hidrocarburos, defendió levantar sanciones y aceptó con gusto la invitación de Trump para vender la idea de que en Venezuela ya está ocurriendo una “transformación” de la que él forma parte.
Márquez se presenta como “factor de unidad” y “constructor”, pero su unidad es con Delcy, con Zapatero y con el sistema. Su “pragmatismo” es rendición disfrazada de inteligencia. Su “reconciliación” es capitulación vendida como madurez.
Ese es, precisamente, el desenmascaramiento necesario: no del hombre que sufrió prisión, ese merece respeto, sino del papel político que hoy se propone jugar. No es un detalle técnico. Es la diferencia entre una transición que devuelve el país a sus ciudadanos y una “transformación” en la que los ciudadanos vuelven a ser espectadores bien portados de lo que otros pactan sobre sus espaldas.
Caso cerrado


