En el tenis de alta competencia, hay una diferencia abismal entre el espectador que critica desde la grada y el jugador que está en la cancha. Cuando un tenista de élite, alguien que ha dominado el court por años y cuya técnica es indiscutible, decide arriesgar una bola difícil, el aficionado casual suele gritar: «¡Eso no se hace!» o «¡Ese golpe es un error!». Pero el jugador no está mirando la jugada individual; está mirando el match point del torneo.
Hoy, ante las críticas sobre con quién se sienta o con quién dialoga María Corina Machado, observamos un fenómeno similar. Hay quienes, desde la comodidad de la opinión de pasillo y el romanticismo político, exigen una pureza que en la vida real es, a menudo, inoperante. Olvidan que no estamos en una partida amistosa de exhibición; estamos jugando el futuro de un país que ha sido demolido por años de escombros y telarañas.
Es curioso notar cómo aquellos que dicen confiar en ella, se convierten en sus jueces más severos ante el primer paso que no entienden. Seamos claros: María Corina no está «lavándole la cara» a nadie. Quien crea eso, subestima profundamente a la líder con más del 90% de aceptación en el país. Ella no está allí para hacer relaciones públicas con personajes cuestionados; ella está allí para remover los escombros que impiden la reconstrucción nacional.
Comparar su estrategia con una «jugada maestra» no es un cliché; es una necesidad analítica. Pensemos en la «Defensa Siciliana» en el ajedrez. Es una apertura que parece arriesgada, que invita al oponente a creer que tiene control o ventaja, pero que en realidad está diseñada para forzar un desequilibrio que solo el jugador que tiene el plan claro puede capitalizar. Ella sabe exactamente quién es cada quien. María Corina no improvisa; mientras otros se pierden en el chisme y el análisis superficial, ella está operando en un nivel de profundidad donde la ética se mide por el resultado final: una democracia en paz.
Confiar en María Corina no es un cheque en blanco, es un reconocimiento a una trayectoria. ¿Cuándo nos ha decepcionado? ¿En qué momento su coherencia se ha fracturado? Jamás. Ha sido la única capaz de mantener el norte cuando todos los demás perdían la brújula. Si ella está sentada en esa mesa, no es porque haya cambiado sus principios, es porque está haciendo lo que hay que hacer para sacar el país adelante.
Dejemos de lado el romanticismo ingenuo de la política de redes sociales. La política real, la que transforma naciones, no se hace con gestos para la galería, se hace tomando decisiones incómodas que nadie más se atreve a tomar.
María Corina está limpiando el terreno. Está moviendo piezas en un tablero donde otros solo ven piezas estáticas. Su claridad no está en la complacencia, está en la visión de futuro. Confiar en ella es entender que el objetivo no es ganar una discusión de pasillo, sino ganar el juego definitivo por Venezuela.
El campeonato está en juego. Y en la cancha, ella es la única que tiene la raqueta en la mano.
Vamos por más…
@jgerbasi


