Médicos sin rostro y sin juramento hipocrático: la medicina en El Rodeo I, por Joel García Hernández

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Uno va al médico buscando un respiro. Alguien que mire los síntomas, que alivie el dolor, que cumpla la promesa elemental de cuidar la vida. Pero en El Rodeo I, ese penal de máxima seguridad en Guatire donde el control militar no deja rendijas sueltas, cruzar la puerta de la enfermería produce el efecto opuesto: pavor.

Allí la salud no repara. Se usa para quebrar.

A los presos políticos no los atiende un médico común y corriente. Olvídate del carnet visible, del nombre en la solapa o de una cara descubierta. El personal de salud aparece con pasamontañas tácticos, capuchas o tapabocas reforzados, respondiendo únicamente a alias de combate. Buena parte de ese equipo viene directamente del Hospital Militar Universitario Dr. Carlos Arvelo (HMUCA) de Caracas. Operan bajo el mando de un coronel técnico del servicio de sanidad militar, en un entorno donde cualquier rastro de ética médica quedó sepultado bajo el secreto penitenciario.

La bienvenida: asfalto ardiente y agujas a ciegas

La distorsión empieza desde el minuto uno. Apenas un recluso cruza la reja perimetral, el protocolo de ingreso se encarga de anularlo por completo: lo arrodillan sobre el asfalto hirviente de Guatire, con las manos esposadas a la espalda y un trapo oscuro, una capucha en la cabeza que le roba toda visión. Sin agua para beber. Sin bocado. Bajo un sol inclemente que cae como plomo.

En esa posición humillante arranca lo que llaman “revisión médica”:

*Tactos invasivos a ciegas: inspecciones corporales e invasiones genitales mientras el hombre sigue arrodillado, ciego e inmovilizado.

*Pinchazos anónimos: inyecciones de supuestas “vacunas” o compuestos líquidos de los que nadie da explicaciones, marcas ni motivos.

*Sangre sin destino: punciones en los dedos para extraer muestras capilares de las que jamás se entrega un comprobante.

No hay consentimiento. No hay cuidado. Es, pura y llanamente, el cuerpo del preso reducido a un objeto intervenido a la fuerza.

Tres candados antes del oxígeno

¿Qué pasa si a mitad de la noche a alguien le da un infarto? ¿Vomita sangre o se asfixia tras las rejas?

La biología humana pierde siempre contra el cerrojo. Ante una urgencia de vida o muerte, el auxilio no depende de un médico corriendo, sino de una burocracia absurda y paranoica que exige sincronizar tres llaves distintas:

*Primero hay que gritar hasta despertar al «Jefe de Letra», custodio del candado que traba el pasillo inmediato.

*Luego toca esperar al «Jefe de Piso», el único con autorización para abrir la reja hacia las escaleras.

*Y por último, aguardar al «Jefe de Régimen», quien carga la llave maestra de la torre entera.

Pasan los minutos. Suenan las cadenas, chirrían los radios y se cruzan claves de guardias mientras el cuerpo en el suelo se queda sin aire. Si un custodio no aparece o no contesta, el dolor choca contra los barrotes y se apaga en silencio.

Terapia con pasamontañas: tragar la resignación

En el área médica opera también una psicóloga militar. Se sienta frente al recluso con la misma capucha oscura que usan los celadores.

Sus sesiones no están diseñadas para tratar el trauma ni sostener la mente en el abismo. Todo lo contrario, son charlas interminables pensadas para que el preso asuma el hacinamiento en celdas de dos por tres metros, la oscuridad y el aislamiento como algo normal. Su frase de cabecera lo resume sin rodeos: “Tienen que entender que están verdaderamente presos”.

No busca curar; busca quebrar la capacidad de indignarse. Convencer al detenido de que la violación de sus derechos es simplemente su nueva realidad. Y cuando el colapso emocional amenaza con desbordarse, no recurre a la clínica: sin facultades legales para recetar fármacos, promueve el reparto de somníferos y ansiolíticos para anestesiar la lucidez de los internos y volverlos dóciles.

A quienes deciden rebelarse con el único recurso que les queda, la huelga de hambre, el servicio médico les aplica un castigo brutal; les meten sondas nasogástricas a la fuerza. Empujan el plástico por la fosa nasal, sofocan la protesta y de inmediato los mandan de vuelta a celdas de castigo en aislamiento absoluto.

El negocio con las pastillas ajenas

La enfermería de El Rodeo I es un cascarón vacío, sin reactivos, con monitores descalabrados y estantes pelados.

Los fines de semana, madres y esposas hacen colas interminables bajo el sol para entregar pastillas que compraron estirando sueldos que no alcanzan. Pero adentro manda una regla tajante: ningún preso puede guardar un solo blíster en su celda. La custodia de los tratamientos queda en manos de custodios y enfermeros encapuchados, sin rostros.

¿El desenlace? El de siempre. Las medicinas se “extravían” en los depósitos o terminan repartidas arbitrariamente entre los propios guardias. Un hipertenso crónico depende del humor del custodio de turno para saber si esa noche le dan la dosis que le salva la vida o si lo dejan pasar en blanco.

Y cuando no queda más remedio que hacer análisis de sangre, la trampa se vuelve documental:

*Entran bioanalistas privados sin gafete.

*Rotulan los tubos de ensayo con nombres y cédulas falsas para no dejar rastro del preso político en ningún laboratorio.

*Los resultados jamás llegan a manos del paciente ni de sus familiares. La salud pasa a ser un secreto de Estado.

El hospital de los nombres borrados

Rara vez sacan a un interno de El Rodeo I. Cuando el cuadro es tan grave que amenaza con convertirse en un muerto en custodia, las ambulancias toman un solo camino: el Hospital Militar Dr. Carlos Arvelo, en San Martín.

No es una elección al azar. Ese centro cuenta con alas enteras bajo control de la Dirección General de Contrainteligencia Militar (DGCIM). En esas salas vigiladas, el personal sanitario se alinea con los carceleros: falsifican libros de guardia, inventan diagnósticos en actas médicas y registran a los pacientes bajo identidades inventadas para maquillar secuelas de golpizas, desnutrición severa o falta de auxilio.

Tampoco sirve de mucho el paso periódico de los médicos del Servicio Nacional de Medicina y Ciencias Forenses (SENAMECF). Vienen, miran los moratones, miden fracturas mal soldadas, anotan la pérdida extrema de peso y llenan carpetas. Pero esos informes duermen en los archivos de los tribunales contra el terrorismo. Nunca abren una investigación penal ni frenan el daño. Es solo un trámite burocrático que legitima el horror.

En El Rodeo I el tormento no siempre llega con descargas eléctricas ni golpes secos. A veces viene con bata blanca, se esconde tras un pasamontañas y usa un estetoscopio para confirmar si el corazón todavía aguanta otra jornada de encierro.

Joel García Hernández

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