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Mulino, el rey del cuadrilátero: la ironía amarga del Royal Rumble de Martinelli

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Editorial morfema.press

“El ganador del Royal Rumble: el primer año de Mulino”. Así resumió Ricardo Martinelli, desde su autoexilio, la paradoja de su delfín político convertido en emperador sin rivales. La metáfora —inspirada en la famosa batalla campal de la lucha libre— sintetiza un año turbulento en el que José Raúl Mulino, contra pronóstico y críticas, ha consolidado un poder casi sin contrapesos.

Mulino asumió la presidencia impulsado por la maquinaria y el caudal electoral de Martinelli, quien lo respaldó hasta la frontera del cuadrilátero. Pero apenas se colocó la banda presidencial, Mulino empezó a marcar distancia: nombró ministros sin ceder cuotas, derribó a figuras incómodas como Camacho y Marta Linares y resistió errores propios, como la improvisación presupuestaria de su llamado “súper ministro de economía”, sin que nada lo rozara políticamente.

Mientras el país lamenta el estancamiento económico, la pérdida de empleos y la eliminación de subsidios, Mulino ha aprovechado la debilidad de una oposición dispersa. Con mano firme, eliminó la influencia de sindicatos poderosos como Suntracs y el gremio bananero, enfrentó a los maestros sin concesiones y colocó un contralor de su confianza, sellando así un control institucional inédito para un presidente que se estrenaba como heredero y terminó actuando como caudillo.

El episodio más simbólico de su dominio ha sido su relación con Martinelli: el mismo padrino que lo impulsó desde el exilio diplomático terminó políticamente expulsado del escenario local. Mulino resistió incluso las presiones externas, como el roce diplomático con la administración Trump, y salió airoso, mientras sus adversarios se diluyen en pugnas internas o se marchan del país.

Hoy, Panamá asiste a una situación atípica: sin PRD funcional, sin Realizando Metas cohesionado, sin CD ni Panameñistas con brújula, con MOCA estancado y una izquierda sin discurso que una, Mulino gobierna solo, con la cancha despejada y con la narrativa de eficiencia autoritaria como su principal escudo.

La eliminación del Ministerio de la Mujer, del BDA y del Banco Hipotecario y el anuncio de recortes de más de mil plazas en la Asamblea no son solo gestos de austeridad: son símbolos de que Mulino, a diferencia de otros presidentes recientes, gobierna con el tablero casi vacío de fichas de contrapeso.

Mientras tanto, Martinelli observa desde Nicaragua cómo su creación política se consolida sin él. Y, como en el Royal Rumble, Mulino se mantiene en pie, mientras uno a uno sus rivales —y hasta sus aliados— son lanzados fuera del ring.

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