Hay una obscenidad intrínseca en el poder cuando decide celebrar sobre los escombros. La historia no es más que el eco recurrente de unos cuantos déspotas bailando mientras el pueblo entierra a sus muertos, una macabra coreografía donde la indolencia se viste de gala y la soberbia se alimenta del hambre ajena.
Managua, diciembre de 1972. La tierra ruge con la furia ciega de las placas tectónicas, tritura la ciudad en cuestión de segundos y deja diez mil cadáveres enfriándose bajo el polvo gris. Los hospitales colapsan como castillos de naipes, el aire huele a cal viva y desesperación, y la familia Somoza, blindada en su búnker de impunidad, decide que el luto arruina la fiesta. La música sigue sonando a todo volumen, las copas chocan con estrépito, el champaña fluye ajeno al llanto de las madres que rascan los escombros con las uñas ensangrentadas. No fue un simple error de cálculo administrativo; fue la radiografía perfecta de una psicopatía institucional: para el tirano, la carne y el dolor del ciudadano valen infinitamente menos que el brillo superficial de una copa vacía.
Medio siglo después, el espejo infame de la historia se reencarna con idéntica crueldad en el Caribe. Venezuela tiembla, el doble terremoto fractura el suelo patrio y deja cicatrices profundas, comunidades enteras a la intemperie, familias con el alma rota y los bolsillos completamente vacíos. Y en lugar de ofrecer auxilio, reconstrucción o un mínimo atisbo de respeto por el dolor colectivo, el régimen de los Rodríguez decreta por capricho autocrático que la Navidad arranca el primero de noviembre. Es la imposición grotesca de la farsa sobre la tragedia, el insulto definitivo de convertir las sirenas de los rescatistas en coros de gaitas forzadas.
Pintar de colores fosforescentes la miseria colectiva no es gobernar; es escupir con premeditación y alevosía sobre la dignidad humana. Es una desfachatez criminal que raya en el delirio: encender luces artificiales y montar un circo mediático de alegría por decreto mientras el venezolano común hace malabares para sobrevivir entre la ruina material y el colapso moral. Es la bota del opresor pisoteando los dedos de quien intenta salir de la fosa, obligándolo además a sonreír para la cámara oficial.
Utilizan la fiesta como un arma química de distracción masiva, un anestésico social fabricado con pólvora de fuegos artificiales para cegar al pueblo ante su propia destrucción. La luz con la que iluminan sus tarimas navideñas no es más que el resplandor de su propia bajeza moral, un haz de luz cínico que en lugar de abrigar, quema y desgarra. Es un insulto a la inteligencia y a la memoria colectiva pretender que las guirnaldas de cartón piedra borren el hambre, el abandono y los sismos que continúan retumbando en las entrañas de la nación.
Unos bailaban con los muertos todavía calientes bajo los escombros de Managua; los otros encienden árboles de plástico sobre las ruinas humeantes y desoladas de Venezuela. Cambian las décadas, cambian las consignas ideológicas y los colores de las banderas, pero la calaña moral es exactamente la misma. Son regímenes vacíos de alma, tiranías podridas por dentro que han perdido cualquier vestigio de humanidad, gobernando desde el desprecio más absoluto hacia un pueblo al que consideran simple combustible descartable para su permanencia en el poder.
Vamos por más…
@jgerbasi


