Hay momentos en los que la impaciencia puede hacernos interpretar mal un proceso y Venezuela probablemente está atravesando uno de ellos. Cuando Marco Rubio planteó la secuencia para Venezuela, habló de tres fases: estabilización, recuperación económica y reconciliación, y finalmente transición democrática. Quizás uno de nuestros problemas actuales sea que estamos buscando permanentemente señales de la tercera fase mientras todavía estamos aprendiendo a reconocer lo que está ocurriendo en las dos primeras y eso puede llevarnos a dos errores igualmente peligrosos uno es concluir que nada está sucediendo porque todavía no hemos llegado a elecciones, y el otro es pensar que, porque empiezan a ocurrir cosas importantes en la economía o en la negociación política, la transición ya está garantizada.
Probablemente ninguna de las dos cosas sea cierta; por eso creo que este momento exige algo bastante más difícil: paciencia, pero no cualquier paciencia, sino la paciencia con los tiempos y una extraordinaria atención a las señales, porque paciencia no significa pasividad ni tampoco significa fe ciega; más bien, significa comprender qué debería producir cada etapa y observar cuidadosamente si realmente lo está produciendo.
Y estabilizar un país profundamente deteriorado probablemente no sea la etapa más espectacular de una transición. Muchas veces consiste simplemente en evitar que las cosas continúen rompiéndose mientras comienza a construirse algo nuevo, reducir incertidumbre, restablecer canales, recuperar capacidad económica, generar una mínima previsibilidad, volver a colocar actores que durante años no podían hablar dentro de un espacio donde puedan hacerlo. Nada de eso constituye todavía democracia pero tampoco deberíamos cometer el error de considerarlo irrelevante simplemente porque no es la estación final, la estabilidad no puede convertirse en el destino, pero probablemente sea difícil construir cualquier destino sin ella.
Después aparece la segunda fase, y quizás sea allí donde actualmente comienzan a ocurrir las cosas más interesantes, la recuperación económica y reconciliación política, dos procesos que a primera vista parecen diferentes pero que, en una reconstrucción nacional, probablemente tengan que avanzar juntos. En el terreno económico comienzan a aparecer inversiones, compromisos petroleros, recuperación de infraestructura y empresas dispuestas nuevamente a mirar hacia Venezuela y eso importa no solamente porque pueda aumentar la producción petrolera, sino porque comienza a reconstruirse algo mucho más difícil de medir y es la confianza. El capital que estaba dispuesto a permanecer fuera empieza a considerar regresar; empresas comienzan a calcular nuevamente riesgos venezolanos; proyectos que durante años parecían imposibles vuelven a colocarse sobre una mesa, pero nada de eso garantiza el desarrollo, aunque sí comienza a crear las condiciones para que pueda existir.
Simultáneamente está ocurriendo otra cosa que merece ser observada con igual atención, y es la reunión prevista a partir del 15 de septiembre entre Dinorah Figuera, en representación de la Asamblea Nacional de 2015, y Jorge Rodríguez adquiere importancia y no porque el 15 de septiembre sea una fecha mágica, ni porque debamos esperar de esa reunión la solución del problema venezolano, sino precisamente porque representa una de esas señales que debemos aprender a observar. Ya existió una primera ronda donde hubo conversaciones, mesas de trabajo y determinados compromisos, ahora viene un segundo encuentro donde lo relevante no será solamente que vuelvan a sentarse, sino que lo realmente importante será comenzar a preguntarnos algo diferente ¿el segundo encuentro construye sobre el primero? ¿Lo acordado comienza a ejecutarse? ¿La conversación se amplía hacia garantías políticas y civiles? ¿Aparecen mecanismos concretos? ¿Se construye continuidad?
Una fotografía captura un instante, un proceso deja una secuencia y quizás durante los próximos meses nuestro trabajo no debería consistir en adivinar diariamente cuál será el desenlace, sino en aprender a reconocer esa secuencia, por eso creo que necesitamos desarrollar una especie de paciencia activa; no pedirle a la sociedad que confíe, sino pedirle que observe. La primera disciplina debería ser tener paciencia con la secuencia, Venezuela no llegó a esta situación en seis meses, y décadas de deterioro institucional, económico, político y social no desaparecen porque alguien anuncie una hoja de ruta y pretender que estabilización, recuperación, reconciliación y democratización ocurran todas simultáneamente puede terminar generando una frustración que no necesariamente corresponde con la realidad del proceso, pero paciencia no significa renunciar a los objetivos, significa entender que algunas condiciones tienen que preceder a otras.
Durante demasiado tiempo hemos evaluado Venezuela desde titulares. Una declaración nos entusiasma, otra nos destruye la esperanza, un rumor parece anunciar el desenlace definitivo, una fotografía produce una teoría completa, por lo que quizás ha llegado el momento de cambiar el instrumento. En lugar de preguntarnos diariamente si todo va bien o todo va mal, deberíamos comenzar a acumular evidencia ¿aumenta realmente la inversión? ¿La inversión anunciada se materializa? ¿Se recupera producción? ¿Se construye infraestructura? ¿Comienzan a aparecer empleos? ¿Continúan las conversaciones políticas? ¿Los acuerdos alcanzados se cumplen? ¿Se amplían derechos? ¿Aparecen garantías? ¿Se reconstruyen instituciones? ¿Cada nueva reunión deja algo que la siguiente pueda desarrollar? Un acontecimiento aislado puede decir muy poco pero la dirección de cincuenta acontecimientos puede decir muchísimo.
Y la tercera disciplina quizás sea la más importante, no confundir paciencia con renuncia a preguntar. Podemos comprender la lógica de la estabilización y preguntar cómo sabremos cuándo ha cumplido su objetivo, podemos celebrar que vuelva la inversión y preguntar de qué manera se transformará en bienestar para los venezolanos, podemos valorar que Figuera y Rodríguez vuelvan a sentarse el 15 de septiembre y al mismo tiempo, querer saber qué ocurrió con lo acordado anteriormente y qué nuevos compromisos emergen y podemos apoyar una secuencia sin convertirla en un acto de fe. Eso no debilita un proceso y mas bien deja claro que una sociedad adulta acompaña preguntando.
Hay dos maneras de esperar, una consiste en cerrar los ojos y confiar en que alguien conoce el camino y la otra consiste en comprender qué debería estar ocurriendo, observar si efectivamente ocurre y acumular suficiente evidencia antes de emitir un juicio. Venezuela necesita la segunda.
El 15 de septiembre, por tanto, no debería ser entendido como una fecha para celebrar anticipadamente ni como un plazo para condenar el proceso si no produce resultados espectaculares, debería ser visto como algo mucho más útil: un nuevo punto de observación, una oportunidad para comparar, para preguntarnos si existe continuidad entre una reunión y otra, si las conversaciones comienzan a producir institucionalidad, si la recuperación económica comienza a acompañarse de recuperación política, y si poco a poco podemos identificar el puente que debería llevarnos de las fases uno y dos hacia la tercera.
Porque quizás estemos cometiendo un error al buscar desesperadamente señales de la fase tres cuando todavía estamos aprendiendo a reconocer las señales de las fases uno y dos.
No necesitamos ingenuidad, pero tampoco desesperanza, necesitamos paciencia con los tiempos, rigor con los hechos y los ojos suficientemente abiertos para reconocer la dirección cuando finalmente comience a aparecer.
Rafael Egáñez Anderson


