Petróleo, sangre y oscuridad, por José Ignacio Gerbasi

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Mientras en los despachos internacionales se firman con tinta y sangre los papeles que regalan el subsuelo por veinticinco años, nos venden un bodrio de entrega de soberanía que es pura comedia barata, inviable y copro, un remache electoral diseñado a las carreras para mendigar cuatro votos en noviembre que solo desnuda hasta dónde son capaces de arrastrarse por una cuota de poder, mientras del otro lado del mostrador se mide la debilidad con la frialdad de un buitre. Resulta desternillante si no diera ganas de vomitar: el mismo régimen que juró entre gritos patrióticos y venas abultadas que jamás entregaría ni una sola gota de petróleo al infame imperio, hoy se dobla con una docilidad de alfombra persa y ofrece los campos petroleros al mejor postor.

Mientras tanto, en la calle, la vida se reduce a una quiniela macabra donde el gran premio es que el destino te conceda luz y agua al mismo tiempo. Sobrevivimos a apagones de más de seis horas que te dejan asando al grill y a cortes de agua que duran dos días enteros, obligando a toda una nación a vivir abrazada a unos pequeños tanques plásticos que ya son parte de la familia como si fueran mascotas de primera necesidad. A esto se le suma la feria de la desnutrición con anaqueles de doble marcaje, donde un cartón de huevos oscila esquizofrenicamente entre bolívares de juguete y dólares de mentira, logrando que la única proteína que consuma el venezolano promedio sea pura desesperanza.

Claro, en las altas esferas del primer mundo esto lo aplauden como una cumbre de alta diplomacia, ignorando por completo que este simulacro de elecciones en noviembre y estos pactos de cúpula no tapan la hediondez de la miseria. Al final, todo este circo de los poderosos choca contra la única verdad incuestionable: la penumbra real, áspera y jodida en la que respiramos los venezolanos, donde ningún acuerdo de burócratas cínicos va a anestesiar a un pueblo que decidió sacudirse la modorra y está dispuesto a conquistar la libertad en todos los frentes posibles, hasta que el voto soberano les barra de una buena vez la fiesta.

Por eso, no podemos caer en la trampa ni tragarnos este embuste de categoría quimérica; este supuesto acuerdo no es más que una entelequia burocrática, una quimera electoral tan técnicamente inaplicable e infactible que pretender su cumplimiento operativo es como intentar meter un cometa por el ojo de una aguja. En esta partida de ajedrez y resistencia, no podemos salir corriendo a perseguir cada pelota bombeada que nos tiran desde la red del desánimo; juguemos como en un gran partido de tenis, plantados con frialdad e inteligencia táctica en la cancha, dejando que la bola gastada del régimen llegue sola a nuestras manos para conectar, con la precisión implacable del voto y la dignidad intacta, ese winner definitivo que nos dará el Gran Slam de la libertad.

Vamos por más…
José Ignacio Gerbasi
@jgerbasi

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