«Francia tiene una plantilla de altísimo nivel. Eso sí, sin franceses». Esta simple frase, ni siquiera una línea, soltada en tono jocosete por el ex presidente Rajoy en una columna deportiva, ha levantado un auténtico terremoto político. Al Gobierno francés le ha sentado muy mal y el español ha aprovechado el lance para desatar una de sus habituales campañas de propaganda. Es notable, porque, en realidad, todo el mundo entiende lo que Rajoy ha querido decir. Sí: Rajoy está hablando, en oblicuo, del reemplazo étnico, que es una evidencia. Pero es justo el tipo de cosas que, si en el habla de la calle circulan sin trabas, en el lenguaje del poder no se consienten, porque contravienen la ideología oficial. Ahora bien, aquí es precisamente donde está la miga del asunto: ¿por qué el lenguaje del poder considera pecado vincular cualquier nacionalidad europea con la pertenencia étnica? El Gobierno francés se ha apresurado a subrayar que, de los 26 jugadores de su plantilla, 23 han nacido en Francia. Bien, pero: ¿eso les hace realmente franceses? El presidente de la Asamblea Nacional de Senegal lo dijo claramente en vísperas del partido entre Francia y su país: gane quien gane, ganará África. Pero él lo puede decir porque es africano. En boca de un europeo, es blasfemia.
Por: José Javier Esparza – La Gaceta de la Iberosfera
La cuestión que Rajoy plantea, aunque él no lo sepa, es la siguiente: ¿en qué medida la nacionalidad implica un sentimiento de pertenencia? Esta es una pregunta que hasta hace poco no ofrecía problema alguno: uno era nacional de un país y ese mero hecho ya presuponía no diré un patriotismo, que eso exige un cierto grado de compromiso personal, sino, mucho más modestamente, un sentimiento de pertenencia, es decir, la conciencia instintiva, primaria, de que uno pertenece a una comunidad política y de que esa comunidad política le pertenece. Pero esto, ya digo, era antes. Ahora las cosas han cambiado.
Hoy las naciones europeas han acogido a decenas de millones de personas que pueden disponer, sí, del título administrativo de la nacionalidad, pero que muy frecuentemente carecen por completo de ese sentimiento: gentes venidas de otras latitudes, de otros ámbitos culturales y políticos, de otras civilizaciones, donde el sentimiento comunitario de pertenencia no se identifica con la idea de nación (y aún menos con una nación europea). Por eso es tan frecuente ver comunidades musulmanas en Francia o en el Reino Unido que expresamente hacen gala de su pertenencia al lugar de origen de su familia, y no al suelo de acogida. Para esas comunidades, ser francés o español o británico es algo puramente administrativo; la nacionalidad es un trámite legal que no implica ningún lazo afectivo. Y para nosotros, europeos, esto es nuevo. Porque, para nosotros, lo «nacional» remite a un ámbito común de experiencias heredadas, una memoria colectiva por así decirlo, donde lo étnico juega también un papel, aunque sea instrumental. Poseer la nacionalidad de un país significa, de manera implícita, pertenecer a él y sentir que él te pertenece, y esto no viene dado por un documento acreditativo, sino por todas esas otras cosas que van mucho más allá del sello del funcionario.
La ideología dominante, que es expresamente antinacional, cierra los ojos e insiste: cualquiera puede ser nacional de cualquier parte si tiene los papeles en regla. Y bien, sí, eso es verdad desde el punto de vista administrativo, pero ser «nacional» es algo más que eso. Es interesante que Rajoy lo descubra ahora, aunque sea por vía futbolera, porque su etapa de Gobierno se caracterizó por una completa ausencia de pulso nacional: mucho Bruselas, mucha OTAN, mucha España de las autonomías, rechazo expreso de cualquier patriotismo de fondo… También Rajoy pensaba que la nacionalidad no era más que un accidente administrativo. Es la típica presunción del occidental moderno: creer que cualquiera será como él si paga impuestos y rellena los formularios adecuados. Pero no es verdad: las identidades colectivas existen, se vinculan a historias singulares y a formas concretas de civilización, es decir, formas de estar en el mundo, y rara vez son intercambiables. Cambiar de molde no es imposible, pero exige un esfuerzo de voluntad. Por eso no basta nacer en España o en Francia para ser español o francés. O sea que Rajoy, desde este punto de vista, tiene razón. Lástima que lo haya descubierto tan tarde.


