Morfema Press

Es lo que es

¡Qué falta haces! por @ArmandoMartini

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Hay artículos que surgen de la indignación, otros de la nostalgia, y los que nacen de una constatación más severa; cuando el debate público se vuelve susurro, la prudencia degenera en excusa y el abandono del carácter se siente como vacío ensordecedor. Las siguientes líneas no son elogio fácil ni consigna pasajera, sino reflexión con espíritu crítico, pero también con la franqueza que exige toda hora decisiva sobre liderazgo, coherencia y coraje en tiempos donde tales virtudes escasean. 

En política, como en la guerra, no siempre se derrota al adversario por la fuerza, a veces basta con que el propio bando renuncie al valor. Hay épocas en que los pueblos no claman por administradores, sino por temple, talante y condición. En esta hora áspera, cuando la resignación amenaza con vestirse de cordura, aparece una exclamación que no es un lema sino diagnóstico. ¡Qué falta haces!

No se trata de idolatría, el deporte tropical que tanto daño causa, sino de reconocer una cualidad escasa. La coherencia. En un escenario, en el que la ambigüedad se ha convertido en moneda de cambio y la astucia en sinónimo de claudicación elegante, su figura representa, para la inmensa mayoría, una línea recta en medio de un mapa torcido y, más importante, la voluntad del pueblo.

Su mayor virtud no ha sido la retórica inflamable —aunque sabe usarla—, sino la negativa obstinada a normalizar lo anormal. En un país donde la excepción se volvió norma y la provisionalidad se eternizó en sistema, ella insistió en llamar dictadura a la dictadura, fraude al fraude y miedo al miedo. Puede parecer un gesto menor, no lo es. Las naciones comienzan a extraviarse cuando el lenguaje se corrompe.

La política nacional ha oscilado entre la épica improvisada y el cálculo mezquino. Se ha confundido diálogo con rendición, estrategia con dilación y realismo con adaptación al abuso. Frente a esa gimnasia complaciente y acomodaticia, encarnó una incomodidad persistente. No brindó atajos ni espejismos; ofreció confrontación democrática, se legitimó, con costos claros y horizonte incierto. Y eso, en tiempos de fatiga colectiva, es un acto de honestidad invaluable.

Sus detractores la acusan de entusiasta rigidez, pero la historia no siempre avanza gracias a los flexibles. Hay momentos en que la firmeza, aunque desagrade, es el último bastión frente al cinismo. La flexibilidad sin principios deviene en complicidad; la solidez con fundamento y las convicciones pueden parecer temerarias, pero conservan intacta la brújula moral.

El drama contemporáneo no es solo la permanencia del autoritarismo, sino erosión de la esperanza. Cuando los ciudadanos comienzan a creer que nada cambia, que cada elección es simulacro y toda negociación un teatro predecible, el enemigo deja de ser el régimen y pasa a ser el desaliento. Allí radica la relevancia de los liderazgos que no administren la derrota, sino que desafíen la resignación.

No es que posea una varita mágica. Ningún dirigente serio debería prometerla. Pero su presencia activa en la escena pública ha demostrado que el miedo no es invencible y que la organización ciudadana puede articularse en torno a un propósito. Cuando millones se movilizan no por un poco de comida ni por una dádiva, sino por la aspiración abstracta —y por eso mismo sublime— de libertad y democracia, algo profundo se ha movido bajo la superficie.

En la tradición política occidental, los grandes momentos no se definen por la ausencia de dificultades, sino por la aparición de carácter. Winston Churchill comprendió que no se puede negociar con quien pretende someterlo todo; entendió que hay instantes en que la claridad moral vale más que cualquier aritmética parlamentaria. Y, salvando las distancias históricas, el principio es análogo: frente a la opresión sistemática, la tibieza no es virtud; es preludio de derrota.

¡Qué falta haces María Corina! No como figura mesiánica —la república no necesita mesías—, sino como símbolo de una política que no se arrodilla ante la conveniencia, el beneficio o el provecho. Falta tu voz cuando el silencio se disfraza y encubre su afonía. Firmeza, cuando algunos descubren de repente, las ventajas del acomodo placentero y el privilegio de la cercanía ilegal e ilícita. Tu claridad, cuando otros se empeñan en llamar estabilidad a la perpetuación de la arbitrariedad, violación de los Derechos Humanos e injusticia.

Las naciones no se reconstruyen solo con planes técnicos, aunque indispensables. Se rehacen con voluntad y la voluntad, en política, se contagia. Cuando un liderazgo transmite convicción sin odio, firmeza sin histeria y determinación sin cálculo egoísta, se reordena la conciencia colectiva.

El tiempo dirá si esta etapa fue una pausa o el preludio de una transformación. Lo que ya es evidente, en medio de la confusión deliberada y la extenuación inducida, la ausencia de una voz intransigente frente al atropello e ilegalidad. Deja un vacío difícil de llenar; aunque disfónicos lo ambicionen.

Hay momentos en que la historia no pregunta quién fue el más astuto, sino quién se mantuvo en pie. En esta hora incierta, esa estatura moral antes que política, es la que Venezuela echa de menos.

@ArmandoMartini

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