El grito que un día resonó en los cielos, y que hoy late como un pulso de esperanza en el corazón de un pueblo que anhela ser libre.
La frase “Quis ut Deus?” es mucho más que una expresión latina; es una proclamación eterna que nace en el corazón mismo de la fe. Su eco viene del Libro de Daniel y del Apocalipsis, donde el Arcángel Miguel —cuyo nombre en hebreo (מִיכָאֵל / Mīḵāʼēl) significa precisamente “¿Quién como Dios?”— se yergue no con un grito de guerra, sino con una afirmación de soberanía: la victoria última pertenece a Dios, defensor de su pueblo.
No es una pregunta, sino una certeza. Un recordatorio metafísico de que ninguna fuerza terrenal, por poderosa que parezca, puede usurpar el lugar de lo sagrado. Frente a la soberbia de quien —como Lucifer— pretendió elevarse por encima del Altísimo, esta declaración humilde y firme sostiene el orden de la creación: solo Dios es Dios. Y en Él, todo lo creado —incluida la libertad humana— tiene su fundamento y su destino.
Hoy, en medio de las sombras, esta verdad no es un consuelo pasivo. Es la fuerza interior que sostiene al pueblo venezolano. Lo que vivimos no es solo una crisis política; es un momento espiritual en el que se pone a prueba lo que somos. Y en lo más hondo de esa prueba, late una promesa: la luz siempre vence a la tiniebla, porque la tiniebla no puede apagar la luz.
El mal puede disfrazarse de pragmatismo, la travestirse de realismo, y la complicidad, de supervivencia. Pero la conciencia humana, creada para la verdad y la libertad, reconoce lo falso. Y aunque haya quienes claven su aguijón en la esperanza, no podrán matar lo que es más fuerte que el miedo: la dignidad inquebrantable.
Porque la gente de bien no se define por banderas partidistas, sino por esa luz moral que brilla en la oscuridad. Son aquellos que, incluso cuando todo parece perdido, eligen creer, crear, amar y resistir. Llevan dentro un fuego que ningún opresor puede apagar: la chispa divina de la libertad.
Esta lucha, aunque se vive en lo concreto, tiene una dimensión espiritual. Y por eso, su desenlace no depende de las apariencias momentáneas. La libertad de Venezuela no es una ilusión, sino una certeza que se construye con cada acto de valor, con cada gesto de solidaridad, con cada oración en silencio. Será el amanecer que sigue a la noche más larga, no como un regalo caído del cielo, sino como fruto de una co-creación humana llena de fe y coraje.
Lo que estamos viviendo no es el fin; es una revelación. Un “apocalipsis” en su sentido más hondo: el desvelamiento de la verdadera naturaleza del bien y del mal. Es la purificación que precede al renacer.
Prepárense, pues.
No con temor, sino con esperanza activa. No para recibir pasivamente la libertad, sino para acogerla con los brazos abiertos cuando irrumpa con la fuerza serena de la verdad. El amanecer que se acerca será tan luminoso que hará que el dolor de hoy se convierta en cimiento de una Venezuela nueva, reconciliada y dueña de su destino.
Recordaremos este tiempo no solo como una época de prueba, sino como el crisol donde forjamos nuestro carácter colectivo. Donde aprendimos que la libertad no se mendiga, se vive. Que la dignidad no se negocia, se encarna. Y que el bien, al final, triunfa no por la fuerza, sino por su verdad intrínseca.
¡Quis ut Deus!
Porque nadie es como Dios. Y en esa verdad, encontramos la razón más profunda de nuestra esperanza: si Él es libre, y nosotros somos imagen suya, entonces la libertad es nuestra herencia y nuestro destino.
La victoria final ya está inscrita en el corazón de la realidad. Solo debemos perseverar con fe para verla florecer en nuestro tiempo.
Vamos por más.
@jgerbasi


