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Roosevelt: Un bronco en la Casa Blanca II, por Orlando Viera-Blanco (@ovierablanco)

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Cuando pienso hoy en Roosevelt no recuerdo solamente al presidente, al guerrero o al reformista. Recuerdo al hombre que convirtió su fragilidad en fuerza y su vida en una batalla permanente contra la mediocridad, el miedo y la resignación

ORLANDO VIERA-BLANCO
02/06/2026

Antes de Theodore Roosevelt, la presidencia estadounidense era un despacho. Después de Roosevelt, la Casa Blanca se convirtió en el centro del poder mundial.

Nunca olvidaré aquella madrugada del 14 de septiembre de 1901.

La noticia llegó como un disparo que atravesó la montaña. Theodore Roosevelt se encontraba en North Creek, descendiendo apresuradamente desde Adirondack después de haber recibido informes contradictorios sobre la salud del presidente William McKinley. Horas antes todos pensaban que sobreviviría al atentado en la Pan-American Exposition de Buffalo. Pero el anarquista Leon Czolgosz había cambiado el destino de América.

Theodore Roosevelt con sólo 42 años asumiría lo que el destino había reservado a él y a su nación: Ser Presidente de EEUU y convertirla en la primera potencia del mundo. Un legado que aún vive.

La gran tragedia, las grandes batallas, el bronco salvaje

Recuerdo perfectamente el silencio de Roosevelt cuando leyó el telegrama confirmando la muerte de McKinley. No habló durante varios minutos. Miró hacia los bosques oscuros, respiró profundamente y finalmente dijo: “Una gran tragedia ha caído sobre la nación.”

Viajamos toda la noche hacia Buffalo. Theodore comprendía que el país no sólo había perdido un presidente; había entrado en una nueva era. Cuando juró como presidente [26] de los EEUU en la casa de Ansley Wilcox con apenas 42 años, se convirtió en el presidente más joven de la historia americana. Muchos republicanos conservadores estaban aterrados.

Lo recuerdo entrando al salón con una mezcla extraña de solemnidad y energía contenida. No parecía un hombre que hubiese alcanzado el poder. Parecía un hombre preparándose para una batalla. Y en efecto lo era.

Los viejos dirigentes republicanos, encabezados por el senador Mark Hanna, desconfiaban profundamente de Roosevelt. Lo consideraban impulsivo, impredecible, demasiado independiente. Temían que destruyera la alianza entre Wall Street, las corporaciones y el Partido Republicano que había dominado la política estadounidense desde la Guerra Civil.

Uno de sus detractores me confesó una noche en Washington: “Ese hombre [Roosevelt] es un bronco salvaje. No podremos controlarlo.” Tenían razón. Desde el primer día Roosevelt entendió algo fundamental: la presidencia no debía ser un cargo administrativo sino un instrumento activo de transformación nacional.

La Casa Blanca cambió inmediatamente. Hasta entonces era una residencia ceremonial y distante. Theodore la convirtió en un hervidero político. Periodistas entrando y saliendo, asesores discutiendo estrategias, diplomáticos extranjeros aguardando reuniones improvisadas, oficiales militares consultando mapas del Caribe y el Pacífico.

Roosevelt vivía la presidencia como un soldado vive una campaña militar. Dormía poco. Leía compulsivamente. Dictaba cartas a velocidad frenética. Cabalgaba en las mañanas, boxeaba dentro de la Casa Blanca y caminaba como un huracán por los pasillos.

Recuerdo que una tarde, mientras observábamos desde una ventana del ala oeste [West Wind] me dijo: “No hay nada más solitario que la presidencia. Pero tampoco existe mayor oportunidad para hacer historia.” Y Theodore quería hacer historia todos los días.

Muy pronto inició su guerra contra los monopolios. EEUU vivía dominado por gigantes corporativos: ferrocarriles, bancos, compañías petroleras y conglomerados industriales acumulaban riquezas inmensas mientras millones de trabajadores sobrevivían en condiciones miserables.

Roosevelt decía constantemente: “No estoy en contra la riqueza. Estoy contra la riqueza depredadora.” Fue entonces cuando comenzó la ofensiva contra los grandes trusts. Con la Ley Sherman Antitrust enfrentó a poderosos intereses económicos que ningún presidente anterior se había atrevido. Recuerdo particularmente su choque con J.P. Morgan y la Northern Securities Company, el gigantesco monopolio ferroviario.

Muchos empresarios creían que Roosevelt simplemente estaba actuando para ganar popularidad. No entendían que él concebía la regulación como una cuestión moral y patriótica. “El gobierno no pertenece a Wall Street, pertenece al pueblo estadounidense.”

La guerra política en Washington. El Square Deal

Los periódicos conservadores comenzaron a llamarlo socialista. Los magnates financieros lo acusaban de destruir la prosperidad nacional. Pero las clases medias y los trabajadores lo adoraban. Theodore había descubierto una nueva fuente de poder: la opinión pública.

Fue probablemente el primer presidente moderno en comprender el valor estratégico de los medios de comunicación. Invitaba a periodistas constantemente a la Casa Blanca, ofrecía entrevistas improvisadas y utilizaba la prensa para presionar al Congreso. Recuerdo verlo caminar sonriendo entre reporteros mientras decía: “No puedo gobernar sin el pueblo.” Y el pueblo lo escuchaba.

Durante la gran huelga del carbón de 1902 observé quizás uno de los momentos más decisivos de su presidencia. El país estaba al borde de una crisis energética. Los propietarios de minas se negaban a negociar con los trabajadores y millones de estadounidenses corrían el riesgo de quedarse sin calefacción durante el invierno.

Roosevelt tomó una decisión sin precedentes: intervino como mediador entre empresarios y obreros. Hasta entonces los presidentes solían alinearse automáticamente con las grandes compañías. Theodore rompió esa tradición […] Recuerdo la furia de varios industriales cuando Roosevelt insinuó utilizar tropas federales para garantizar la producción de carbón. Pero él insistía: “Un Square Deal [trato justo] para cada hombre.”

*Aquella frase—Square Deal—se convirtió en el símbolo de su presidencia. No era socialismo. No era populismo. Era algo distinto: un nacionalismo progresista donde el Estado actuaba como árbitro entre el capital y la sociedad. La Casa Blanca también se convirtió en escenario de sensibles disputas raciales.

Nunca olvidaré la cena que Theodore ofreció a Booker T. Washington en 1901. Fue la primera vez que un líder afroamericano era invitado oficialmente a cenar con un presidente en la Casa Blanca. El sur segregacionista explotó de indignación. Gobernadores, senadores y periódicos sureños reaccionaron como si Roosevelt hubiese destruido el orden racial estadounidense.

Theodore sabía perfectamente el costo político de aquel gesto, pero aún así lo hizo. Más tarde me confesó: “No podía tratar como inferior a un hombre al que respeto intelectualmente.” Pero Roosevelt era también un hombre lleno de contradicciones propias de su tiempo. Admiraba el coraje de los soldados negros que combatieron junto a él en Cuba y al mismo tiempo aceptaba muchas de las estructuras raciales predominantes en la sociedad estadounidense. Era progresista y conservador a la vez.

Así era Theodore: una mezcla compleja de modernidad y tradición.

Sin embargo—hemos comentado—su pasión casi espiritual era la naturaleza. Su fascinación por la vida silvestre era trepidante y podría decir que su interpretación del poder era tan majestuosa y vital como su pasión y respeto por la cultura verde y originaria. Era un León enjaulado en la Casa Blanca, que rugía cuando le embestía y salivaba sed de justicia.

Entre árboles gigantes y océanos te vea…

Nunca vi a Roosevelt tan feliz como durante nuestras excursiones por Yosemite, Yellowstone o los grandes bosques del Oeste. Miraba los árboles gigantescos como si fueran monumentos sagrados. “La nación se destruye cuando destruye su tierra,” repetía. Una frase muy potente e inmensamente atinada, porque cada nación, cada ciudadano es su tierra y la tierra es sólo tiempo y espacio silencioso, sin su corazón que son sus lugareños. Sí un nativo atenta contra su hábitat, atenta contra su vida.

Muchos empresarios madereros lo odiaban por ello. No comprendían esas simbiosis entre hombre, naturaleza y ambiente […] Roosevelt creó reservas forestales, refugios de vida silvestre, monumentos nacionales y parques protegidos a una escala jamás vista en la historia moderna. Utilizó órdenes ejecutivas agresivamente, desafiando al Congreso y a los intereses privados.

Una noche, revisando mapas forestales junto a Gifford Pinchot [conservador padre de la gestión científica de los bosques de EEUU] me dijo: “Dentro de cien años nadie recordará nuestras discusiones políticas. Pero sí recordarán si salvamos estas montañas.” Y las salvó.

Protegió cerca de 230 millones de acres de territorio estadounidense [900 mil Km2 aprox] es decir, casi el equivalente a Venezuela, el doble de Francia o España [500 mil Km2] o casi el triple que Japón o Alemania [370 mil km2]. Y de proteger extensos territorios también visualizó el dominio de los océanos.

Un día amaneció viendo obsesivamente el Istmo de Panamá en un mapa. Buenos días Presidente. ¿Qué le preocupa? Reconocía perfectamente aquella mirada. Ojos que hablan, retina que late cuando se le metía algo en la cabeza (y en el corazón). “Quien controle ese canal controlará dos océanos,” decía.

Esa era la dimensión real de un pensamiento perdurable y trascendente en su tiempo. Ese es el gran legado para EEUU y el planeta. Y entre árboles gigantescos y océanos infinitos, el bronco —salvaje, justo e indómito—hizo otra América.

De suave hablar, con el mazo dando… Panamá

Theodore no sólo pensaba en América. Pensaba en el mundo. Su política exterior transformó radicalmente el papel internacional de EEUU. Recuerdo perfectamente la frase que más repetía: “Habla suavemente y lleva un gran garrote.” Aquella doctrina del Big Stick definió toda una época.

Roosevelt estaba convencido que el poder sin fuerza era inútil y que la diplomacia sólo funcionaba cuando detrás existía capacidad militar real. Veía el mundo como un escenario de competencia permanente entre grandes potencias. Admiraba al Imperio Británico, desconfiaba profundamente de Alemania y Rusia, y consideraba que EEUU debía convertirse inevitablemente en árbitro del hemisferio occidental.

Roosevelt impulsó decisivamente la independencia de Panamá frente a Colombia y garantizó militarmente el nacimiento del nuevo Estado panameño. Sus críticos lo acusaron de imperialista. Sus defensores lo consideraron un estratega visionario. Probablemente ambas cosas eran ciertas.

Cuando visitamos las obras del Canal en 1906, Theodore parecía un ingeniero más. Caminaba entre excavadoras, conversaba con obreros cubiertos de barro y examinaba personalmente los avances. Fue el primer presidente estadounidense que abandonó oficialmente el territorio continental durante su mandato. Y disfrutaba cada minuto.

La crisis venezolana de 1902 lo marcó profundamente.

Alemanes, británicos e italianos habían bloqueado puertos venezolanos exigiendo pagos de deuda. Roosevelt temía especialmente que Alemania utilizara el conflicto para establecer presencia militar permanente en el Caribe. Movilizó la marina estadounidense y promovió arbitrajes internacionales para evitar una escalada mayor. Theodore comprendía que el Caribe era el cinturón defensivo de EEUU.

También proyectó poder hacia Asia. Mantuvo relaciones complejas con Japón, admirando su modernización militar pero desconfiando de sus ambiciones imperiales. Mediando el fin de la guerra ruso-japonesa logró convertirse en el primer estadounidense en ganar el Premio Nobel de la Paz.

Paradójicamente, el hombre del gran garrote recibía el máximo reconocimiento diplomático del mundo.

Cuando recibió la noticia sonrió y dijo: “Preferiría haber ganado otra batalla en San Juan Hill.” Así era Roosevelt, un irreverente empedernido. Un potro salvaje de fusta en mano pero verbo suave. Guerrero, intelectual, reformista, imperialista, conservacionista, nacionalista y soñador al mismo tiempo.

Recuerdo una conversación nocturna en la Casa Blanca mientras observábamos el Potomac. Theodore parecía cansado por primera vez. Me dijo lentamente: “El gran problema de las democracias modernas será siempre el mismo: cómo impedir que unos pocos hombres ricos gobiernen sobre millones.”

Después de su Presidencia. El alce macho, el Bull Moose.

Cuando abandonó la presidencia en 1909, Roosevelt no se retiró realmente del poder ni de la historia. África lo recibió entre safaris, expediciones científicas y peligros que parecían alimentar nuevamente su espíritu aventurero. Más tarde regresó a la política para disputar otra batalla imposible: desafiar a su propio partido y construir el movimiento progresista Bull Moose.

Incluso después de recibir un disparo durante la campaña de 14/10/1912, insistió en continuar hablando ante la multitud antes de recibir atención médica. “Se necesita más que una bala para matar un Bull Moose” dijo aquella noche con el pecho ensangrentado y la voz intacta. No quiso asistencia médica y siguió camino a dar su discurso a Milwaukee Auditorium:

“Señoras y señores. No se si comprenden que acabo de recibir un disparo”. A pesar de tener una bala alojada en el pecho habló durante 84 minutos. Aquel hombre estuvo muy cerca de morir, pero como cazador sabía que resistiría porque no tosía con sangre, respiraba con relativa normalidad y un grueso estuche de gafas habría impedido que la bala atravesara a profundidad.

Pero el tiempo finalmente alcanzó al hombre, al bronco, al alce, que parecía indestructible. La muerte de su hijo Quentin durante la I Guerra Mundial quebró algo profundo dentro de Theodore. Nunca volvió a ser el mismo. Su energía feroz comenzó lentamente a apagarse.

La madrugada del 6 de enero de 1919, Theodore Roosevelt murió a los 60 años, mientras dormía en Oyster Bay, Nueva York. Muere por una embolia pulmonar. Secuelas de múltiples accidentes de caza, infecciones recurrentes, asma severa durante su infancia, pero además, el dolor profundo en el alma por las pérdidas de su padre, madre, esposa e hijo.

Cuando la noticia llegó al mundo, un viejo político republicano pronunció una frase que jamás olvidé: “La muerte tuvo que llevárselo dormido, porque si Theodore hubiese estado despierto, habría peleado.”

Cuando pienso hoy en Roosevelt no recuerdo solamente al presidente, al guerrero o al reformista. Recuerdo al hombre que convirtió su fragilidad en fuerza y su vida en una batalla permanente contra la mediocridad, el miedo y la resignación.

Fue tormenta y brújula. Fue pólvora y pensamiento. Fue la voz impaciente de una nación joven que descubre su destino. Y así partió Theodore Roosevelt, no en el fragor de una batalla ni bajo los reflectores de la tribuna que tantas veces conquistó con su voz, sino en el silencio sereno de la madrugada…La muerte encontró descanso donde la vida había encontrado propósito..

Roosevelt enseñó que el coraje no es ausencia de miedo, sino la decisión de avanzar a pesar de él; que la adversidad no es una excusa para la resignación, sino una invitación a la superación y que la grandeza de una nación comienza por el carácter de sus ciudadanos.

Más de un siglo después Theodore Roosevelt sigue recordándonos que la vida debe vivirse con vigor y honor. Como las montañas que admiraba y los bosques que ayudó a preservar, su legado se levanta al paso del tiempo: un monumento no de piedra ni de bronce, sino de voluntad, servicio y carácter. Es donde los hombres hacen historia. Cuando el valor no nace del ego sino del amor por la gente y su libertad.

Esa es la huella de Theodore Roosevelt. Una vida como la de un gran secoya: fuerte y resiliente, de raíces profundas y valores sólidos, cuya grandeza humilde se elevó hacia el cielo, siendo el primero saborear la luz, obligando a la historia a no pasar de él, sino haciendo que la historia cabalgara y se moviese con él…a su ritmo, a su paso, a su suave y denso respirar.

Abogado. Ex Embajador de Venezuela en Canadá
@ovierablanco. vierablanco@gmail.com

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