Santo Padre, los venezolanos no somos un pueblo alérgico al diálogo. Al contrario: crecimos escuchando homilías sobre el perdón, retiros sobre la reconciliación, catequesis sobre la paz. Sabemos de memoria las palabras de Jesús: “Felices los que trabajan por la paz”. Pero también hemos leído, una y otra vez, el momento en que Él mismo se planta frente a los hipócritas de su tiempo y les llama por su nombre. Y en esa tensión entre la misericordia y la verdad es donde hoy habitamos.
No nos oponemos al diálogo como camino cristiano; nos oponemos a esta caricatura de diálogo que nos ofrecen: sentarnos con quienes han destruido vidas, instituciones y futuro, mientras continúan encarcelando, torturando, persiguiendo y robando. Eso no es diálogo, Santo Padre, eso se llama cómplice ceremonia de la impunidad.
La Iglesia enseña que el perdón no anula la justicia, la presupone. No se absuelve al ladrón mientras sigue robando, no se bendice al violento mientras sigue golpeando, no se pone una mesa de “encuentro” mientras los presos políticos siguen en celdas sin luz. En Venezuela, cada vez que se ha hablado de diálogo, el poder ha entendido “tiempo”: tiempo para dividir, para comprar conciencias, para blanquear su imagen y para seguir haciendo lo mismo. Al final, los presos han sido los mismos, los muertos han sido nuestros, y los comunicados se han leído en nombre de una paz que nunca llegó.
Desde la fe, hay algo aún más grave: llamar “diálogo” a lo que en realidad es negociación con el pecado estructural. La Doctrina Social de la Iglesia habla de “estructuras de pecado” cuando el mal no es solo individual, sino organizado, mantenido y protegido por leyes torcidas y por instituciones al servicio de unos pocos. Eso es hoy el narcorégimen venezolano: una maquinaria que ha hecho del hambre, del miedo y del destierro un método de gobierno. ¿Cómo se dialoga con una estructura que sigue produciendo víctimas mientras se sienta a la mesa?
Jesús se sentó con pecadores, sí, pero no para legitimar su abuso, sino para ofrecer conversión. Zaqueo no siguió robando después del encuentro: devolvió lo que había tomado y reparó el daño. En cambio, cada “proceso de diálogo” en Venezuela ha terminado en lo mismo: más presos, más exiliados, más dolor. No ha habido propósito de enmienda, ni reparación, ni verdad. Sin conversión, lo que se llama “diálogo” se convierte en un sacrilegio político: usar palabras sagradas para cubrir actos profundamente injustos.
Muchos de nosotros seguimos teniendo fe; lo que ya no tenemos es ingenuidad. Sabemos que, en abstracto, el diálogo es un bien. Pero no existe el deber moral de dialogar con quien usa el poder para aplastar al débil. La obligación cristiana es, antes que nada, con la víctima, no con el verdugo. Los Evangelios no nos muestran a Jesús pactando con Herodes ni con Pilato para ‘administrar’ la injusticia, sino desenmascarando el abuso y cargando con sus consecuencias. Los Evangelios tampoco muestran a Jesús pidiéndole a Juan el Bautista que bajara el tono para preservar la comodidad del palacio; dejó que su Iglesia naciente aprendiera, desde ese martirio, que hay verdades que no se negocian sin traicionarse a sí misma. Así como los primeros cristianos no se sentaron a calcular cuántos hermanos podían sacrificar para ganar la simpatía del César, hoy la Iglesia no puede bendecir acuerdos que pidan a un pueblo crucificado que se acostumbre a su cruz. La cruz no fue fruto de un mal diálogo, sino del choque frontal entre la verdad y un poder que se negó a convertirse.”
Por eso, Santo Padre, cuando se nos invita una y otra vez a “dialogar”, lo que escuchamos detrás es otra cosa: “acepten convivir con su verdugo”. Nos piden que volvamos a la mesa mientras hay madres buscando a sus hijos desaparecidos, mientras hay jóvenes con los huesos rotos por protestar, mientras hay niños que rezan en países que no son el suyo porque en el suyo ya no había vida posible. Sentarnos con quien produjo todo eso, sin verdad ni justicia, no sería un acto de fe: sería una traición a los que han sufrido.
El Evangelio es claro: “Sí, sí; no, no”. Todo lo demás, dice Jesús, viene del Maligno. Ya dijimos “sí” demasiadas veces a procesos de diálogo vacíos, conducidos por quienes usan la buena fe de la Iglesia y de la comunidad internacional como escenografía. Ha llegado el momento del “no”: no a la farsa, no a la foto, no a la misa celebrada sobre el dolor de un pueblo al que aún no se le ha hecho justicia.
Desde el amor, queremos decirlo con firmeza: no estamos cerrando la puerta al perdón; estamos cerrando la puerta al abuso. Perdonaremos, sí, cuando haya verdad. Perdonaremos cuando cese la persecución. Perdonaremos cuando los torturadores dejen de tener despacho, uniforme y sueldo. Perdonaremos cuando la vida vuelva a ser posible en nuestro propio país. Pero no podemos llamar “diálogo” a lo que hoy es solo una estrategia de supervivencia de una élite que no está dispuesta a renunciar al pecado que comete, sino a maquillarlo.
Santo Padre, seguiremos rezando por usted, por la Iglesia y también por la conversión de quienes hoy sostienen este sistema. Pero mientras no haya signos reales de arrepentimiento y de cambio, mientras los crucificados de Venezuela sigan en su cruz, nuestro lugar no está en una mesa de diálogo que solo sirve para refrescar la imagen del poder. Nuestro lugar está, como siempre lo estuvo el Maestro, al pie de la cruz, junto a las víctimas.
Con amor, con inteligencia y con fe, desde ahí decimos: no, Santo Padre, así no podemos dialogar.


