Cuando Estados Unidos decide emplear la fuerza contra un régimen hostil, el desenlace operativo no es una incógnita: la doctrina está escrita, probada y repetida durante tres décadas.
Por: Víctor González y Coello de Portugal – Voz Pópuli
El patrón operacional es claro: distancia, saturación y parálisis estructural. No se trata de conjeturas, sino de un manual ejecutado en Yugoslavia (1999), Irak, Siria y Libia (2011), antes de que cualquier soldado pise tierra. Al activarse la opción militar para desmantelar al régimen de Nicolás Maduro, el desarrollo de los acontecimientos seguirá pasos perfectamente definidos.
- Fase 1: la apertura desde el mar
- Fase 2: el dominio aéreo a distancia
- Fase 3: supresión electrónica y caza de sensores
- Fase 4: presión desde portaaviones y bases del Caribe
- Fase 5: control del mar y cierre del espacio operativo
- Fase 6: posponer, no precipitar, la entrada terrestre
El Departamento de Defensa, hoy de Guerra, ha dejado claro durante décadas su preferencia por las operaciones de precisión de “stand-off power”, es decir, golpear sin entrar en el espacio aéreo enemigo. Como resume el analista Michael O’Hanlon, del Brookings Institution, la doctrina estadounidense moderna busca “degradar sistemas críticos, cegar defensas y mantener riesgo mínimo para el personal propio”. Venezuela, con unas Fuerzas Armadas debilitadas, dependientes de tecnología rusa parcialmente obsoleta y con problemas de mantenimiento crónico, sería especialmente vulnerable a un enfoque así.
Primero caerán los ojos del régimen
En esta primera fase, el inicio será casi ritual. La apertura será una tormenta de misiles de largo alcance lanzados desde destructores de la clase Arleigh Burke y submarinos Virginia. Los Tomahawk neutralizarán radares, centros de mando, bases aéreas y nodos de comunicaciones. Esa fase no admite excepciones: la doctrina norteamericana exige ceguera inmediata del adversario. En pocas horas, las defensas antiaéreas venezolanas que dependen de sistemas rusos de los años 80, 90 -y alguna sorpresa mal Escondida- quedarán aisladas, incapaces de operar de forma coordinada. Esto no es una valoración: es cómo opera siempre el Pentágono. Esta técnica, utilizada extensamente en Irak en 2003 y descrita por el Congressional Research Service, tiene como objetivo “colapsar el sistema nervioso militar del adversario en las primeras 24 horas”.
Precisión quirúrgica desde el aire
Con las defensas desordenadas, los bombarderos estratégicos B-52H y B-1B comenzarán a lanzar misiles JASSM-ER desde miles de kilómetros. El objetivo será eliminar la estructura militar que sostiene al régimen: baterías antiaéreas, depósitos de munición, infraestructura de guerra electrónica y pistas operativas. No habrá combates aéreos ni incursiones arriesgadas: ningún piloto estadounidense entrará en espacio venezolano mientras exista un radar operativo. Venezuela, cuya defensa del aire depende en parte de personal asesor ruso y cubano, vería limitada su capacidad de resistencia si las comunicaciones son interrumpidas.
La guerra electrónica
Tras los misiles, los EA-18G Growler suprimirán cualquier radar o emisor que siga funcionando. Los RC-135 Rivet Joint rastrearán señales para ubicar las últimas defensas. Su función sería identificar los restos del sistema defensivo, localizar emisores activos y facilitar una segunda ronda de ataques quirúrgicos. Este es el punto en el que la capacidad militar del régimen, ya fragmentada, colapsará técnicamente. Aquí no hay margen para improvisación: así actuó Estados Unidos en Libia en 2011 y así actuará de nuevo. Según la NATO Joint Air Power Competence Centre— la combinación de supresión electrónica y vigilancia de señales “colapsó la capacidad del régimen libio de coordinar su defensa aérea en menos de 72 horas”. El narco-gobierno de Maduro perderá sus capacidades de coordinación en muy pocas horas.
Llegará la aviación embarcada
Una vez debilitada la red defensiva, los cazas embarcados –F/A-18E/F Super Hornet y F-35C– se incorporarían para destruir depósitos de munición, centros logísticos y sistemas costeros como los misiles antibuque Bastión-P. Su participación, como en operaciones previas, dependería del grado de resistencia restante. La presencia de un Carrier Strike Group en el Caribe permitiría ciclos constantes de salidas aéreas y un paraguas de defensa antimisiles. No será un asalto terrestre, sino una campaña de desmantelamiento total. La marina venezolana, con buques obsoletos y bajo mantenimiento, no tendrá capacidad para ofrecer resistencia relevante.
El mar quedará bajo control USA
Una vez garantizada la superioridad aérea, Estados Unidos impondrá control absoluto del mar Caribe cercano. Aeronaves P-8 Poseidon rastrearán, mientras destructores asegurarán rutas marítimas y, si es necesario, lanzarán nuevas oleadas de misiles. El régimen quedará sin movilidad, sin comunicaciones y sin capacidad logística.
Lo más importante: no desembarcarán tropas
A diferencia de operaciones del pasado, Estados Unidos no abrirá la campaña con brigadas entrando en Caracas. No las necesita. La experiencia de Irak y Afganistán dejó una huella estratégica duradera. Cuando se controle el aire, el mar y las comunicaciones, el poder militar efectivo del régimen se habrá evaporado, reduciendo su capacidad de resistencia a enclaves desconectados e incapaces de sostenerse. El despliegue terrestre en Venezuela, será solo tras asegurar el colapso del aparato militar chavista: sin comunicaciones, sin defensa aérea y sin capacidad logística. Un escenario así facilitará la transición política y humanitaria que exigirá la comunidad internacional.
La conclusión inevitable
Lo que va a ocurrir, no es un misterio estratégico: Venezuela quedará paralizada desde el primer día. Lejos de improvisaciones, una operación de este tipo seguiría un patrón conocido: desarticular, aislar, dominar. Para un régimen sostenido por redes ilícitas, alianzas externas y un aparato represivo, la pérdida del control sobre el cielo y el mar equivaldría a perder el poder real. El colapso será político antes que militar. Una tiranía paralizada no por la entrada de divisiones blindadas, sino porque sus defensas, sus sensores y su capacidad de coordinarse serán eliminados con una precisión imposible de contrarrestar. Como concluye un buen amigo, “las operaciones modernas no buscan derrotar ejércitos, sino inutilizar estructuras que hacen posible su funcionamiento”. Venezuela no será la excepción. La fase decisiva no será la entrada de tropas, sino la noche en que las luces de los radares del narco-gobierno se apaguen. Cuando caiga la red de mando, caerá el régimen.
El cierre: la hora de Venezuela
Al final, quienes pagan el precio de esta tragedia chavista desde hace años no son los jerarcas del tirano, sino los venezolanos comunes: los niños que crecen sin electricidad estable, las madres que hacen colas interminables para conseguir medicinas, los abuelos que sobreviven con una pensión que no compra ni un kilo de harina y los millones de personas que han dejado su tierra. La miseria no es un accidente histórico: es la consecuencia directa de un régimen que convirtió al país más rico de la región en un territorio de privaciones.
Maduro y su séquito lo saben; por eso se esconden y se parapetan entre niños y mujeres en sus apariciones públicas. Sabe que el fin de su mentira se acaba. Por eso él ya no duerme dos noches seguidas en la misma cama. Ese miedo no nace de la fuerza de sus enemigos, sino del peso de sus propias decisiones. Si fuera mi amigo -y no lo es- le diría: vete ahora que puedes. Porque llega un momento en que la historia deja de conceder segundas oportunidades. Es la hora de la verdad, de la justicia y de la libertad. La hora de Venezuela.


