Escuché un murmullo. Era muy temprano y en esos días yo dormía hasta las nueve o las diez, porque así los días se hacían más cortos. Pensé que soñaba.
La segunda vez entendí que no era un sueño, que alguien me hablaba desde abajo. Yo dormía en la parte de arriba de una litera.
“Nos ganamos el Nobel”.
Era la voz de Perkins. Ya estaba despierto y todavía no entendía nada. Pensé, por un instante, que la cárcel lo estaba afectando.
Me bajé de la litera. Me dijo que a María Corina Machado le habían dado el Premio Nobel de la Paz, que lo acababa de oír en la radio. Era el viernes 10 de octubre de 2025. El anuncio se había hecho en Oslo a las once de la mañana: las cinco de la madrugada en Caracas. Estábamos aislados. Yo llevaba así desde el 10 de diciembre; él, casi cuatro meses más. Pero habíamos logrado pasar un radio pequeño que de vez en cuando, entre la censura, nos traía algo de acceso al país.
Empezamos a celebrar. El premio era de ella, pero también era de todos. Entendimos, esa mañana, que estábamos más cerca de la libertad.
Solo uno de los dos lo estaba.
A Perkins Rocha lo había conocido pocos meses antes del 28 de julio de 2024, en la Quinta Bejucal. Habíamos cruzado un par de palabras amables, nada más. El 2 de agosto lo acompañé a dar unas declaraciones tras el ataque contra el comando de campaña. Para entonces casi toda la dirigencia estaba presa o escondida y muy pocos se atrevían a hablar. Ese día entendí que Perkins era un hombre valiente, capaz de levantar la voz en el peor momento. Lo que nunca imaginé fue que las circunstancias nos obligarían a hacernos amigos.
Veinticinco días después lo detuvieron. Fue el 27 de agosto de 2024, en la calle, sin orden de aprehensión. Tres testigos declararon sobre la violencia del procedimiento: lo arrastraron por el cuello y lo metieron a golpes en un vehículo. Esa misma noche, unos diez hombres sin identificación entraron a su apartamento sin orden judicial y se llevaron equipos y libros. Lo imputaron de madrugada, el 29 de agosto, dentro de El Helicoide, sin defensa privada: terrorismo, traición a la patria, conspiración, asociación para delinquir e instigación al odio. Cinco delitos para el coordinador jurídico de Vente Venezuela, representante del Comando Venezuela ante el Consejo Nacional Electoral y abogado personal de María Corina Machado. Ese era su expediente, haber sido una de las voces que sostuvo públicamente la denuncia del fraude.
Desde mi primer día en El Helicoide hasta el último compartí con él. Meses en dos celdas distintas. Nos fuimos entendiendo poco a poco, ambos con mucha cautela, pero no duró demasiado. Los dos somos profundamente liberales. Nos pasábamos los libros que nuestras familias lograban hacer llegar y los discutíamos hasta el fondo, porque teníamos todo el tiempo del mundo. Hayek. Rawls. Miranda. Borges. Un liberal que se sienta a leer a Rawls con atención, en una celda, sin nada que ganar con eso, es un hombre con una viva curiosidad intelectual.
Yo he leído poca poesía en mi vida. Ahí leí a Rafael Cadenas. Compartimos un libro suyo y sobre todo un poema, “Fracaso”, donde el fracaso deja de ser una condena y se vuelve, hablado en segunda persona, una forma de crecimiento. Leerlo en ese lugar era otra cosa. Cadenas también estuvo preso y exiliado bajo la dictadura de Pérez Jiménez. Sesenta años después, dos venezolanos leíamos a ese hombre en una celda venezolana.
Pero lo que más nos unió fue la música. En algún momento los dos llegamos a tener un reproductor de MP3. Los dos somos fanáticos del rock progresivo. Hablábamos de Yes, de Emerson, Lake and Palmer, de Pink Floyd. Él me hizo escuchar a Renaissance. Yo le puse Dream Theater y Porcupine Tree.
El 8 de febrero amaneció como todos los días desde el 3 de enero: con la ansiedad de creer que íbamos a salir en cualquier momento y el esfuerzo de no creerlo demasiado. Treinta y seis mañanas así. Desde el 8 de enero la gente empezó a salir por tandas, y uno aprendía a dormir con el oído y la esperanza puestos en los pasillos.
Ese día me tocaba visita. Era algo reciente; había pasado doce o trece meses sin poder oír la voz de mi madre ni la de Sairam. Me abrieron la celda y salí. En la celda de al lado vi las cosas de Luis Tarbay recogidas y a él no. Así se entera uno de que alguien salió, por lo que falta. Subiendo al piso de las visitas escuché que iban a liberar a Perkins. Corrí hasta su celda. Me emocioné mucho. Por fin iba a ser libre.
Nos abrazamos y nos despedimos.
Ese mismo día, en mitad de la visita de mi mamá, me dijeron que yo también salía.
La diferencia estuvo en que yo fui excarcelado y Perkins fue llevado a su casa, y ahí sigue encerrado. Los dos creímos lo mismo esa mañana. Los dos nos abrazamos celebrando la misma cosa. Uno de los dos escribe esto en libertad y el otro lleva seis meses con un brazalete en el tobillo, esperando que un juez asustado firme un papel.
Aquella mañana de octubre, Perkins bajó de su silencio para despertarme con la noticia de que la libertad estaba más cerca.
Tenía razón.
Simplemente no era la suya, todavía.
Libertad para Perkins y para todos los presos políticos.


