Caminar hoy por nuestras calles es habitar una paradoja constante, un vaivén emocional donde la sensación de avance se diluye a veces en un estancamiento que asfixia el espíritu. En esta montaña rusa que nos ha tocado vivir, el ciudadano de a pie se enfrenta no solo a una crisis externa, sino a un desafío psicológico y existencial que pone a prueba la estructura misma de su identidad. Nos hemos acostumbrado a medir nuestra valía a través de los logros que la realidad nos permite o nos arrebata, cayendo en la trampa de convertirnos en nuestros propios jueces más severos. Sin embargo, en la profundidad de este proceso, es vital comprender que nuestra esencia no está sujeta a los vaivenes de la economía ni a la parálisis de las circunstancias, sino a una verdad mucho más trascendental y eterna.
En el fragor de esta lucha, surge una distinción espiritual que debemos grabar en el corazón para protegernos del desánimo: el diablo conoce tu nombre, pero te llamará por tu error; Dios conoce tu error, pero te llamará por tu nombre. Esta sentencia no es solo una máxima de fe, sino una brújula psicológica fundamental. En un entorno donde la precariedad intenta definirnos, habrá voces, tanto externas como internas, que buscarán reducir toda tu existencia a tus sombras, a lo que no lograste o a lo que perdiste en el camino. Cuando alguien se acerque a tu vida únicamente para hablar de tus errores y señalar tus cicatrices, ya sabes de parte de quién viene. Esas voces buscan despojarte de tu dignidad, pero la divinidad, esa fuerza superior que nos sostiene, te reconoce por tu identidad sagrada, por tu nombre, recordándote que tus fallos son solo accidentes del camino y no el destino final de tu ser.
A veces, en el silencio de la noche, nos asalta la duda de por qué, a pesar de darlo todo, sentimos que no nos pasa nada bueno. La respuesta filosófica a este cansancio es de una nobleza infinita: quizás no te pasa nada porque tú eres lo bueno que le pasa a otros. En Venezuela, gente como tú no aparece porque sí; eres el ancla en la tormenta, la calma en medio del caos ajeno y la fuerza invisible que evita que otros se derrumben. Eres lo que la psicología llama un pilar de resiliencia, alguien que sostiene mundos enteros sin que nadie lo note. Aunque esto se convierta a veces en una carga pesada y se sienta profundamente injusto, no permitas que el agotamiento te haga olvidar quién eres. Tu amor y tu entrega son el tejido que mantiene unido lo poco que queda en pie, y esa es una misión que trasciende cualquier recompensa inmediata.
Debemos aprender a no castigarnos tanto, a entender que estamos de la mano de Dios y que el viaje, con todas sus subidas y bajadas, merece ser vivido con autocompasión. Disfrutar el trayecto en medio de la crisis no es una negación de la realidad, sino un acto de rebeldía espiritual; es decidir que la amargura no tendrá la última palabra sobre tus días. No te enfoques en lo negativo que te rodea, pues eso solo alimenta la sombra que quiere llamarte por tus errores. Enfócate en la luz que emanas al ser el refugio de otros. Al final del día, no somos sobrevivientes de una tragedia, sino arquitectos de una esperanza que se construye paso a paso, nombre a nombre, sabiendo que mientras caminemos con la frente en alto, estamos siendo el milagro que tanto le pedimos al cielo.
Vamos por más…
@jgerbasi


