Es lo que es

Una red para el viejo trapecista, por Gustavo Coronel

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En 2003 mi esposa y yo regresamos a los Estados Unidos, después de haber permanecido en Venezuela durante casi 15 años. En 1989 había decidido irme de USA a Venezuela, animado por la nueva llegada a la presidencia de Carlos Andrés Pérez y atraído por sus nombramientos ministeriales que incluían a un grupo de jóvenes de excepcional talento y sólidas credenciales profesionales. En aquél momento todas las indicaciones apuntaban a un nuevo rumbo para el país, con un presidente aparentemente decidido a enderezar los entuertos populistas que tanto daño nos habían hecho, incluyendo aquellos que él mismo había generado durante su primera presidencia. Ya sabemos que esto no pudo ser y como esa presidencia terminó en tragedia personal para Pérez y en la incubación del cáncer chavista que iría a matar el alma de la nación.

Para mí esos 15 años en Venezuela representaron extraordinarias experiencias ciudadanas y un desastre financiero, como me lo había advertido mi esposa Marianela, al acceder noblemente a acompañarme en mi aventura.

A poco tiempo de mi regreso a Venezuela el presidente Pérez me llamó y me ofreció la presidencia del IVSS, la cual acepté, deseoso de limpiar aquel establo. Ganaría Bs. 40000 al mes, suma que – me informó mi esposa – apenas cubriría la renta de nuestro apartamento. Afortunadamente el sindicato de trabajadores del instituto vetó mi designación, ya que sabían que yo trataría de enderezar aquél desastre.

En 1993, después de estar algunos años en Caracas trabajando como consultor gerencial y de haber fundado una organización no gubernamental llamada Pro Calidad De Vida, mi esposa y yo decidimos mudarnos para una urbanización rural llamada Sabana del Medio, situada a unos 20 kilómetros de Valencia, en el camino al Campo de Carabobo. Allí construimos nuestra casa y sembramos unos 600 árboles frutales diversos. Nos propusimos demostrar que los venezolanos podíamos vivir en el campo tan bien, o hasta mejor, que en la ciudad. Hicimos nuestra casa con ayuda de la gente del lugar, incluyendo una piscina en la cual solíamos flotar apaciblemente por las tardes. Desde allí contemplábamos las bandadas de garzas que pasaban sobre nuestras cabezas todos los días, exactamente a la misma hora, la mitad blancas y la mitad negras, para ir a dormir – sin mezclarse – en sus respectivos árboles.

Al poco tiempo de estar allá, sembrando árboles, recibí una llamada del presidente de la CVG, Corporación Venezolana de Guayana, ofreciéndome la Dirección General de esa organización. Acepté, aunque mi remuneración sería la mitad de lo que necesitaba en la Venezuela de esos años. En la maravillosa Guayana permanecí casi dos años, tratando de lograr lo imposible, es decir, que la CVG se convirtiera en una empresa rentable para la nación venezolana. De esa experiencia me quedó un libro, como un hijo: “Una Perspectiva Gerencial de la Corporación Venezolana de Guayana”, Editorial Melvin, Caracas, 1995.

Al poco tiempo de mi regreso a Sabana del Medio fui llamado por el joven gobernador de Carabobo, Henrique Salas Feo, para integrar su equipo de gobierno regional como Director de Planificación y Presupuesto, aunque – se repetía la historia – mi remuneración sería muy inferior al monto que yo necesitaba. El resto tendría que salir de mis ahorros. Accedí porque me gustó Carabobo, estado que era una especie de isla del primer mundo en la Venezuela de la época. Mi trabajo en el estado Carabobo incluyó también un año en la presidencia del Puerto de Puerto Cabello, el cual – manejado por Carabobo y no por el gobierno central – pudo dar grandes ingresos, haciendo su trabajo con 200 empleados en lugar de los 2000 – la mayoría reposeros – que existían cuando era manejado por el gobierno central.

Durante 1998 me separé de estas tareas para coordinar el programa de gobierno del candidato presidencial Henrique Salas Romer y, en retrospectiva, no tengo dudas que si Salas hubiese ganado Venezuela no estaría en la ruina actual. Sin embargo, el país votó por el candidato que se le parecía más. Con la derrota de Salas perdí la oportunidad de ir a una posición desde la cual podría haber hecho un apreciable impacto en la vida de mi país.

Salí de Venezuela en 2003, no antes de tener una extraordinaria experiencia a cargo de un hotel-resort en la isla de Margarita, ver: “Dos años en Margarita”, en este mismo volumen.

QUINCE AÑOS MÁS VIEJO Y $250.000 MÁS POBRE

Cuando regresé a USA en 2003 tenía 70 años, no solo 15 años más sino alrededor de $250.000 menos que cuando me fui a Venezuela. Ciertamente no regresaba victorioso. Mis aspiraciones de mejorar a Venezuela se habían estrellado contra el suicidio colectivo que representó la elección de Hugo Chávez a la presidencia. Al salir de Venezuela vendimos nuestra casa rural a unos jóvenes vecinos que se habían enamorado de ella, aceptando el dinero que ellos tenían, bastante menos del costo original de la construcción. Al regresar a USA nos dimos cuenta inmediata del cambio que había experimentado el país durante esos años. Se hizo evidente que el dinero que aún nos quedaba no serviría ni para adquirir el más modesto apartamento. Comenzar a buscar trabajo a los 70 años no era tarea fácil.

Al pararme frente al espejo vi un viejo trapecista, balanceándose de manera precaria en las alturas, sin red de seguridad, es decir, sin suficientes ahorros, sin empleo y sin seguros médicos. Me dije en el espejo: Gustavo, va a ser difícil para ti lograr el sueño americano.

2022

Pero, casi 20 años después, de una manera que pudiera llamar milagrosa, puedo decir que he logrado alcanzar mi sueño americano. Ya estoy en el umbral de los 90 años, tengo un techo sobre mi cabeza, me alimento bien, duermo bien, camino unos tres kilómetros casi todos los días, tengo seguros médicos (MEDICARE) y aún poseo una modesta cuenta de ahorros, casi con la misma cantidad de dólares que tenía al llegar en 2003. Durante casi todo este tiempo he sido enormemente feliz, viviendo en un ambiente apacible, disfrutando de las tibiezas del sol primaveral y admirando las nieves del invierno.

Mi total felicidad fue compartida con mi esposa hasta una madrugada de Julio 2020, cuando me dejó de manera inesperada. Lo que he aprendido desde ese momento de su partida es que el ser amado nunca se va realmente de nosotros, se aloja firmemente en nuestro corazón y se hace parte indivisible de nuestra persona, hasta que nosotros también partamos y nuestro recuerdo pueda ser mantenido mientras sea posible por quienes nos hayan amado.

He logrado permanecer esencialmente feliz. He incorporado a mi bagaje sentimental los imposibles anhelos de ver de nuevo a mi amada, el deseo imposible de abrir de nuevo una puerta cerrada con aterrorizante finalidad, la cual es como un preludio de mi propia muerte.

Se han ido abriendo otras puertas Al viejo trapecista se le ha dado de mágico regalo una red finamente tejida por sus hijos y sus amigos quienes, desde hace años, vigilan en silencio su bienestar. Yo los he llamado ángeles de mi guarda y también me he referido a ellos y ellas como una Asociación de Amigos de Gustavo, quienes han velado y velan por mantenerme sano, contento y sin las angustias que van matando a los desposeídos. Es mi más ferviente deseo que todos pudiesen disfrutar de la inmensa cosecha de afecto que he tenido.

Desde mi regreso a USA mis hijos y mis amigos se movilizaron para ofrecerme seguridad mientras conseguía algún empleo. Me dieron techo, me dieron un primer empleo que me estabilizó por dos bienvenidos años. Gracias a ese apoyo pude irme insertando de manera armoniosa en la sociedad estadounidense. A pesar de mis años logré trabajos temporales en universidades, hice traducciones, elaboré documentos de investigación, contribuí a escribir libros, he escrito docenas de artículos remunerados para revistas y periódicos, todo lo cual ha representado – junto con el apoyo de mis hijos y mis amigos – ingresos suficientes para mantenerme viviendo dignamente.

Para mí sería maravilloso poder nombrar a mis benefactores y reconocerles públicamente el decisivo apoyo que me han dado, pero ellos sabrán a quien me refiero.

Nunca fue necesario pedirles ayuda, me han abrumado con su generosidad.

Sigo leyendo, escribiendo y, sin ser religioso, me reúno semanalmente con un grupo de devotos metodistas que hacen extraordinaria labor comunitaria; me reúno con cierta regularidad con mis compatriotas venezolanos en un grupo que fundamos hace 40 años para tratar de “componer” el país y vivo cerca de mis hijos, quienes me han mantenido a flote material y espiritualmente. Durante once años, interrumpidos por la pandemia, fui voluntario en un hospital de Virginia, donde acumulé unas 2.400 horas de trabajo y logré comprender mejor el significado de la compasión, ver “Una Vida Ciudadana” en este volumen.

Y aún hoy escribo esto, lleno de amor, la mejor señal de estar vivo. Y como Worsdworth, veo bailar a los narcisos con el ojo interior que es la felicidad de los solitarios y mi alma se llena de deleite y danza con ellos.

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