Durante décadas, el orden internacional liberal se sostuvo sobre una convicción casi litúrgica: que la soberanía, las elecciones y las normas compartidas acabarían imponiéndose incluso a los regímenes más cínicos. Venezuela fue uno de los escenarios donde esa fe se repitió con mayor insistencia… y donde fracasó con mayor claridad.
La captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses no es solo un acontecimiento militar extraordinario. Es una ruptura conceptual. Marca el final de una narrativa que insistía en que el poder autoritario podía ser desplazado por el simple peso de la legitimidad electoral. Lo que ha quedado al descubierto es una verdad más incómoda: el poder no se rinde ante las urnas si no existe una estructura capaz de hacerlo cumplir.
El régimen que no confiaba en su propio país
Uno de los datos más reveladores de esta operación no tiene que ver con misiles ni con portaaviones, sino con guardias. Según los informes oficiales, la mayor parte de las bajas no corresponden a venezolanos, sino a personal cubano armado que protegía al líder del Cártel de los Soles. Maduro llevaba años dependiendo de un contingente extranjero para su seguridad personal. No confiaba en su ejército. No confiaba en su entorno. No confiaba, a fin de cuentas, en su país.
Ese detalle resume mejor que cualquier discurso el estado terminal del régimen: un gobierno que se sostiene no por consenso, ni siquiera por coerción nacional, sino por una externalización total de la fuerza. Un Estado que ya no se defiende a sí mismo.
El día después: poder sin ilusión
Tras la captura de Maduro, Delcy Rodríguez asumió como presidenta interina. En público, denunció la intervención. En privado, según Washington, transmitió mensajes reiterados de disposición a cooperar plenamente con Estados Unidos. Esta dualidad no es contradictoria; es estructural. Los regímenes derrotados suelen conservar el lenguaje de la soberanía incluso cuando han perdido la capacidad de ejercerla.
Aquí conviene abandonar la retórica y observar los hechos. Venezuela se encuentra bajo un control indirecto pero total: embargo petrolero absoluto, comercio condicionado, poder militar desplegado en su entorno inmediato. Ninguna decisión económica significativa puede tomarse sin aprobación externa. En ese sentido, la afirmación de que “Estados Unidos gobierna Venezuela” no es una provocación, sino una descripción funcional.
La democracia como argumento tardío
Para muchos observadores —especialmente fuera del país— el momento planteó una pregunta automática: ¿por qué no entregar el poder de inmediato a María Corina Machado, figura central de la oposición y ganadora moral de las elecciones previas?
La respuesta ofrecida desde la administración Trump es brutalmente honesta: porque no controla el aparato coercitivo del Estado. Porque el ejército no le obedecería. Porque la seguridad no se decreta desde el exilio ni se importa en un avión.
Este argumento incomoda, pero no es nuevo. La historia europea del siglo XX está llena de gobiernos legítimos que fracasaron porque confundieron autoridad moral con poder operativo. La democracia no se sostiene solo con el voto; necesita instituciones capaces de hacer cumplir el resultado.
El regreso de la política de fuerza
Lo que estamos presenciando en Venezuela no es un caso aislado, sino parte de un cambio doctrinal más amplio. Bajo Donald Trump, Estados Unidos ha abandonado la pretensión de neutralidad moral global para abrazar una política explícita de interés nacional sin disculpas. En el hemisferio occidental, eso se traduce en una relectura directa de la Doctrina Monroe: ningún Estado vecino puede convertirse en plataforma estratégica de potencias rivales.
Desde esta lógica, Venezuela no era un problema humanitario, sino un riesgo geopolítico activo: proveedor energético para adversarios, nodo del narcotráfico transnacional, territorio permeable a redes armadas extranjeras. La operación no buscó “liberar” al país en términos idealistas, sino neutralizarlo como amenaza.
El precedente incómodo
El verdadero impacto de lo ocurrido no se medirá en Caracas, sino en otras capitales. Si un régimen puede ser desalojado no por resoluciones multilaterales ni por procesos diplomáticos, sino por una combinación de sanciones, cerco militar y acción directa, entonces el lenguaje del derecho internacional pierde centralidad frente al lenguaje del poder.
Esto plantea una pregunta inquietante: ¿estamos entrando en una era donde la estabilidad vuelve a depender menos de normas compartidas y más de correlaciones de fuerza explícitas? La respuesta, nos guste o no, parece afirmativa.
Venezuela, como advertencia
El futuro de Venezuela sigue siendo incierto. Habrá negociaciones, concesiones, quizá elecciones. Pero el marco ya ha cambiado. La transición no parte de la soberanía popular, sino de una derrota estratégica. Y eso condiciona todo lo que venga después.
Durante años, se nos dijo que el orden liberal sobreviviría porque era moralmente superior. Venezuela demuestra algo distinto: que sobrevive solo allí donde puede defenderse. Donde no, es reemplazado, no siempre por algo mejor, pero sí por algo más fuerte.
Esa es la lección que deja Caracas. Y es una lección que el mundo haría bien en no ignorar.
Antonio de la Cruz


