Venezuela se arregló…

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Quien caminara por Las Mercedes hacia finales de 2022 podía comprar jamón ibérico, cerveza belga o queso holandés en cualquiera de los más de doscientos bodegones que habían brotado por varias zonas comerciales de Caracas. Sin entenderlo mucho, los venezolanos presenciaban un signo dentro de un proceso acelerado que se etiquetó con aquello de «¡Venezuela se arregló!

Esta Caracas de 2022 contrastaba con una dura realidad que los venezolanos habían vivido apenas cuatro años antes, época de la mayor escasez, en décadas, de productos básicos en los anaqueles y que la gente aún no había olvidado. Como aderezo, en una metáfora del equilibrio inestable de la Venezuela de esos años, no podemos dejar por fuera la escena sobre la ciudad, de un restaurante suspendido de una grúa a cincuenta metros de altura, mientras las luces de la capital se extendían debajo en titilante perplejidad.

Nada de esto era falso. Los bodegones existían; el jamón ibérico era real; la grúa sostenía de verdad la plataforma. El constructo (la simulación) era la conclusión a la que ese paisaje nos invitaba, la de que Venezuela, el mismo país del que en la entrega anterior vimos huir a ocho millones de personas, se había arreglado. La consigna corrió por las redes sociales durante un par de años, impulsada por empresarios, influencers e incluso por Nicolás Maduro. Se trataba de una de las piezas de ingeniería narrativa más elaboradas que ha producido el chavismo, y quizás la más reveladora, porque, a diferencia de casi todo lo demás en esta serie, no se construyó ocultando la realidad, sino exhibiéndola, pero en un contexto fuera de lo real.

El primero de esos bodegones en ganar notoriedad fue Ágape, inaugurado a mediados de 2019 en el Centro Ciudad Comercial Tamanaco, con sus anaqueles desbordados de chocolates belgas, vinos españoles y quesos holandeses. En apenas dos años, más de un centenar de establecimientos similares se multiplicaron por la capital, amparados en una exoneración de aranceles a las importaciones y en una dolarización de facto que el propio régimen terminó reconociendo como política de Estado. “No hay contradicción entre dolarización y revolución. Hay complementación”, declaró Maduro en enero de 2021 ante medios oficialistas, unos días después de haber proclamado, la Nochebuena anterior, que “Venezuela está de pie y victoriosa”.

Ese optimismo “elevado” comenzó a declinar a principios de 2023, cuando en marzo estalló el escándalo de corrupción vinculado a PDVSA. El superintendente de criptomonedas, Joselit Ramírez, fue de los primeros en ser detenidos. Con él también cayeron varios empresarios constructores de buena parte de los nuevos edificios en Las Mercedes, identificados como aliados cercanos del entonces ministro de Petróleo, Tareck El Aissami. Es decir, al menos una parte de la Venezuela que se había arreglado había sido construida, literalmente, con el mismo dinero drenado y lavado de la corrupción en la industria petrolera. Algunas fuentes, sin que hasta hoy exista evidencia pública que lo confirme, han insinuado que el propio ministro habría impulsado deliberadamente esa imagen de recuperación, calculando que una Venezuela fotogénica facilitaría el terreno reputacional antes de la elección presidencial de 2024 y con la que alguna vez, él mismo había fantaseado.

Cuando el andamiaje físico de esa Venezuela fabricada empezó a desmoronarse; con Altum, el restaurant de la grúa, cerrado y los bodegones reducidos a nicho de una minoría con dólares, la misma lógica de fabricar evidencia migró hacia un soporte más barato y más difícil de desmontar. En febrero de 2023, Héctor Mazarri, vocero de la organización Cazadores de Fake News, revisaba un video que circulaba en redes sociales. Un presentador de nombre Noah, rubio y de dicción impecable, narraba en inglés que Venezuela vivía una temporada vacacional espectacular, con hoteles a tope de ocupación durante el Carnaval. Los parpadeos eran demasiado regulares y la sincronía entre labios y voz presentaba un desfase casi imperceptible. Mazarri terminó rastreando el origen, un catálogo comercial de avatares llamado Synthesia, del que Noah y su compañero Daren habían sido tomados para vestirse de corresponsales extranjeros y narrar, en un canal de YouTube bautizado como House of News en Español, una Venezuela que no existía. El hallazgo, publicado primero por El País de España, llegó incluso hasta la televisora oficialista Venezolana de Televisión, que difundió los reportajes como si fueran una fuente independiente. Cuando le preguntaron por el episodio, Maduro respondió con una frase irónica: “Yo soy un robot”. Ya el proceso en su caos no necesitaba una grúa con una plataforma colgante o un local para un bodegón, era ahora un nuevo formato de simulacro montado en un constructo de IA y una suscripción barata de avatares.

Ninguno de los dos montajes fue una improvisación aislada. Son la versión más reciente de un oficio con un siglo de antigüedad. El 11 de enero de 1923, el bolchevique Artur Artuzov creó, dentro de la naciente policía política soviética, una oficina dedicada a lo que empezó a llamarse dezinformatsiya. Según cuenta el desertor de la inteligencia rumana Ion Mihai Pacepa, habría sido el mismo Stalin quien habría decidido darle a esa oficina un nombre de sonoridad francesa, para que sus víctimas creyeran que la técnica tenía un origen occidental. Cierta o no esa anécdota puntual, lo que sí documentan con rigor historiadores como Thomas Rid es que aquella oficina de 1923 fue el origen institucional de una disciplina que la Unión Soviética refinaría durante décadas, hasta convertirla en un instrumento capaz de desgastar a un adversario sin disparar una sola bala. No era sólo una manera sofisticada de mentir. Se trataba de construir narrativas en capas, con documentos forjados, organizaciones fachada que aparentaban independencia y una paciencia que ningún propagandista improvisado podía igualar.

El mejor ejemplo de esa paciencia fue la Operación Denver, también conocida como Operación INFEKTION. En julio de 1983, el diario prosoviético Patriot, editado en Nueva Delhi, publicó una carta anónima atribuida a un supuesto científico estadounidense que afirmaba que el sida había sido fabricado en el laboratorio militar de Fort Detrick. La historia, plantada por la KGB con apoyo de la Stasi alemana, no buscaba viralizarse de inmediato. Se dejó lentamente fermentar. Casi cinco años después, en 1987, un presentador de la cadena estadounidense CBS, Dan Rather, la retransmitía ante millones de televidentes como si fuera una hipótesis científica legítima. La desinformación soviética no competía en velocidad. Lo hacía en persistencia, dejando que la mentira se lavara a través de intermediarios que ni siquiera sabían que repetían un guion escrito en Moscú.

Ese mismo oficio se había sembrado deliberadamente en Caracas a través de Cuba. Cuando en 1961 se fundó la Dirección General de Inteligencia cubana, el vínculo con el aparato soviético se estableció casi de inmediato. Tras la crisis de los misiles de 1962, Moscú invitó a unos 1.500 agentes cubanos, entre ellos el propio Che Guevara, a formarse en los centros de la KGB, y en 1970 un equipo de asesores soviéticos llegó a La Habana para reorientar el servicio cubano según los estándares de Moscú. Pero Cuba no se limitó a recibir la doctrina. La exportó, a través de lo que su jefe de inteligencia, Manuel Piñeiro, bautizó como Departamento América, la instancia encargada del espionaje y la subversión en toda la región, entrenando para 1970 a cientos de cuadros guerrilleros sandinistas y colaborando con el desertor de la CIA Philip Agee en un boletín financiado por la KGB. Si en una entrega anterior de esta serie describí a Cuba como tutora del aparato de seguridad interna del chavismo a través de la DGCIM, aquí hablamos de una escuela distinta pero paralela, la que enseña no a vigilar a los propios sino a fabricar la realidad que consume el resto del mundo.

Jean Baudrillard resumió esta lógica mucho antes de que existiera la inteligencia artificial generativa, y mucho antes también de que un restaurante colgara de una grúa sobre Caracas. En Simulacra and Simulation invirtió la vieja fábula sobre el imperio que dibuja un mapa a escala 1 a 1 hasta cubrir exactamente el territorio que representa. Para Baudrillard, en la era de las simulaciones ya no es el mapa el que copia al territorio, es el territorio el que empieza a desvanecerse mientras el mapa, la simulación, ocupa su lugar y termina precediéndolo. Ese fue el mecanismo que atravesó Las Mercedes y Altum, un mapa hecho de anaqueles reales y de una grúa real, construido para sustituir, ante las cámaras, al territorio de pobreza y escasez que por esos mismos años seguía cubriendo a la inmensa mayoría de los hogares del país. Noah y Daren llevan esa operación un paso más allá, porque para ellos ya ni siquiera hizo falta un edificio. El mapa se fabricó directamente en el aire, sin anclarse en ningún lugar, exactamente como describe Zygmunt Bauman el poder que ya no necesita fijarse en ningún sitio para ejercer su dominio.

No es la primera vez que esta serie encuentra ese mecanismo operando en el corazón del chavismo. Ya lo vimos con la agonía de Hugo Chávez en La Habana, meses antes de que se confirmara su muerte, un simulacro montado con hospitales y médicos reales para sostener una ficción sobre el estado del paciente. Lo de Las Mercedes y Altum es, en el sentido más literal, ese mismo guion reloaded, escrito una década después con otro elenco, pero la misma convicción de que basta con construir suficiente evidencia física para que la ficción resulte, a efectos prácticos, indistinguible de un hecho. Podríamos decir, irónicamente, que tras la muerte del Comandante, esta sería una versión de Matrix Reloaded.

Cada narrativa alternativa que este dispositivo produce, ya sea un restaurante colgante o un avatar generado por IA, atenúa la capacidad colectiva para distinguir entre el mapa y el territorio, hasta que la ciudadanía termina, en medio de la incertidumbre, operando con información local e incompleta, tomando decisiones sin que ya medie ningún acuerdo compartido sobre las realidades básicas del país. Es la misma fragmentación que en la entrega anterior explicaba por qué unas familias emigraban mientras otras se quedaban, ahora vista desde el lado de la información y de la escenografía, que alimentaba esas decisiones.

Y como toda estructura líquida bien diseñada, esta también es antifrágil, en el sentido que Nassim Taleb da al término. Que Altum quebrara en seis meses, que Cazadores de Fake News desenmascarara a Noah y Daren en cuestión de días, o que la corrupción detrás de Las Mercedes terminara en titulares, no debilitó la técnica. La reforzó, porque su propósito nunca fue sobrevivir indefinidamente sin ser detectada, sino demostrar que puede reaparecer bajo cualquier forma, cuantas veces haga falta, con el costo de producción cada vez más cercano a cero. Cada desmentido se convierte, a su manera, en otro fragmento de ruido dentro del mismo sistema que la mentira original pretendía generar.

Conviene señalar, además, que el término con el que la teoría militar describe este tipo de conflicto ha sido capturado por la misma maquinaria que aquí describimos. Un sector amplio del ecosistema propagandístico chavista, desde portales como Resumen Latinoamericano hasta la cadena estatal Telesur, ha adoptado la etiqueta de guerra de quinta generación no para nombrar su propia operación de desinformación, sino para lo contrario, para presentar a Washington y a los medios internacionales occidentales como los verdaderos agresores de una Venezuela asediada por la manipulación ajena. Es la misma lógica del mapa que se impone sobre el territorio, llevada un paso más allá, un régimen que fabrica simulacros también fabrica el simulacro de ser víctima de un simulacro. Es justo aclarar que se trata de un concepto en disputa incluso dentro de la teoría militar, y que William Lind, el estratega cuya guerra de cuarta generación sirve de eje a esta serie, ha rechazado abiertamente la existencia de una quinta generación como tal. Pero la disputa académica importa menos, en este caso, que el uso político del término: un régimen acusado de mentir que construye, con la misma maquinaria, la acusación de que le mienten a él.

Alberto Ray

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