Es lo que es

Venir de pobre, por Manuel Cruz

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La exhibición pública de los padecimientos de sus antepasados que algunos hacen como si fueran propios resulta inútil y obscena. Seguimos sin saber nada del recién llegado al cargo, excepto su escaso pudor

De un tiempo a esta parte resulta cada vez más frecuente que cuando alguien accede a un cargo público de una cierta relevancia, los medios de comunicación se hagan eco de la información —por lo general filtrada por el propio gabinete de prensa del cargo en cuestión— según la cual los abuelos o los padres de este último no procedían de ningún sector acomodado, sino que eran de origen más bien humilde (cuanto más humilde fuera, más se destacan los detalles concretos).

Sin duda, no se trata de una información neutra o meramente anecdótica, sino que, tras la apariencia de estar proporcionando unos datos objetivos, subyace más de un mensaje que en ocasiones el propio protagonista se encarga de destacar en posteriores entrevistas. Si es de izquierdas (en cualquiera de sus variantes) le sirve para enfatizar que, en cuanto tome posesión y en la medida en que está familiarizado con la situación de los menos favorecidos, entenderá más fácilmente sus reivindicaciones. Si es de derechas (también ahí hay donde elegir) utilizará esos mismos datos para destacar que, en contra de lo que suelen afirmar sus adversarios, se puede proceder de sectores populares y abrazar ideas conservadoras, y que el tópico de que a los partidos de derechas solo les votan los ricos (o los tontos pobres) carece del menor fundamento.

La verdad es que el dato de la extracción social como clave para interpretar la posición política de un representante público resulta cada vez menos relevante. Quedaron irreversiblemente atrás aquellos reportajes de la época de la Transición en los que se nos describía cómo habían coincidido en el mismo colegio de pago del centro de Madrid los que, pocas décadas después, militarían en formaciones políticas enfrentadas. Y, aunque el ascensor social esté en nuestros días seriamente averiado, hubo un tiempo, no tan lejano, en el que, mal que bien, funcionaba y la suma de un cierto desarrollo económico y el establecimiento de una educación pública universal y gratuita ayudaron a que grandes contingentes de hijos de trabajadores accedieran a la educación superior. No pretendo convertir mi experiencia personal en argumento irrebatible, pero tampoco creo que carezca por completo de valor. Durante las cuatro décadas en que fui profesor en la Universidad de Barcelona pude comprobar de manera fehaciente y reiterada en qué medida el grueso de los estudiantes que me entregaban las fichas con sus datos personales ni siquiera vivían en la misma ciudad sino que procedían de localidades del cinturón industrial, esto es, de zonas inequívocamente populares.

De esta inicial constatación se desprende una segunda, que asimismo cuestiona otro de los mensajes subyacentes que a menudo parecen querer deslizarse tras la información acerca del origen social del nuevo cargo. Porque, también a diferencia de lo que ocurría en los primeros compases de la Transición, precisamente porque por fortuna ya no existe la feroz carrera de obstáculos con la que se tropezaba quien, procediendo de abajo, pretendiera una cierta promoción profesional, el hecho de haberla alcanzado finalmente no acredita por sí solo ni una hercúlea fuerza de voluntad ni una capacidad intelectual muy por encima de la del resto. (Como es obvio, esto no impide reconocer que siempre los ha habido que, por su cuna, lo han tenido todo más fácil).

En realidad, a poco que se piense, el hecho en sí no acredita apenas ya nada. Ni siquiera que, por haberlo pasado supuestamente peor que otros, se vaya a ser más solidario con quienes tuvieron parecida experiencia. He aquí una premisa desmentida de manera reiterada por la realidad, pero que ha adquirido gran predicamento como consecuencia del auge del discurso victimista, que parece haber calado por completo en nuestra sociedad. De tal manera que se diría que poder acreditar alguna cuota de pesares, por pequeña que sea, ya permite a cualquiera integrarse en las filas de las víctimas. Víctimas cuyo rasgo fundamental —lo que hace tan atractiva su figura, como ha desarrollado brillantemente Daniele Giglioli en su libro Crítica de la víctima— es no solo que, por el hecho de serlo, les sea debida toda la solidaridad y la comprensión del resto de los mortales sino, más importante aún, que nada les puede ser reclamado. Ya que parece aceptarse sin la más mínima reserva que aquellos pesares, debidamente destacados, les eximen de cualquier hipotética responsabilidad por cualquier comportamiento censurable que hubieran podido tener o tuvieran en lo sucesivo.

Conviene atender a este último matiz porque en buena medida explica un rasgo no infrecuente en la conducta de muchos de quienes se tienen por víctimas. Y es que, lejos de mostrarse particularmente solidarios y empáticos con quienes sufren análogos padecimientos, tienden a desentenderse casi por completo de los mismos. Se diría que la lógica subyacente con la que aquellos funcionan es más bien la de una especie de despiadado darwinismo que, si tuviera que ponerse en palabras, vendría a formularse en términos parecidos a: “Bastante ya he tenido que pasar yo como para tener que hacerme cargo ahora de los padecimientos, sin duda menos importantes, de otros”.

La cosa no debería venirnos de nuevas. Conocemos muchos casos, incluso en la historia más reciente, en los que las víctimas con mayor antigüedad no es que se desentendieran de las recién llegadas a esa condición sino que se veían resarcidas de sus viejos padecimientos asumiendo el papel de represoras (cuando no directamente de verdugos) de las nuevas. Quienes les resarcían de esos viejos padecimientos de semejante manera sabían lo que se hacían: estas víctimas con pedigrí se encontraban en condiciones de desempeñar dicha función represiva a la perfección. No experimentaban ni la menor mala conciencia.

Subyace a esta fría actitud un supuesto que se encuentra lejos de ser obvio. Piénsenlo. La cosa se hace patente si llevamos a cabo el experimento mental de trasladarnos a aquellas épocas del pasado en las que no pasaba línea de demarcación alguna por el hecho de haber experimentado o no determinados padecimientos, por la sencilla razón de que prácticamente nadie (excepto una muy exigua minoría) quedaba exento de ellos. Eran épocas en las que se daban por descontado cosas tales como que habíamos venido a este mundo a sufrir o que la vida humana transcurría en valle de lágrimas. En un universo mental así, en el que el sufrimiento o bien se daba por descontado, o bien se suponía que de él se extraía algo (sabiduría, por ejemplo), no cabía hacer uso del mismo como categoría que sobrecualificara moralmente a nadie.

Se desprendía de ello una conclusión que ahora debería resultarnos esclarecedora: lo específico, lo digno de eventual elogio, era la forma en que se reaccionaba ante dicho sufrimiento, no el sufrimiento mismo, que disponemos de abundantes testimonios de que tanto puede convertir al que lo padece en el más admirable de los héroes como en el más despreciable de los miserables. Tras Si esto es un hombre no podemos hacer como si no lo supiéramos. De ahí que en muchas ocasiones resulte tan obscena como inútil la pública exhibición de los padecimientos y los sinsabores de sus antepasados que algunos llevan a cabo como si fueran propios. Al finalizar la exhibición, seguimos sin saber rigurosamente nada del recién llegado al cargo, excepto su escaso pudor.


Manuel Cruz es filósofo y expresidente del Senado de España. Autor del libro Transeúnte de la política (Taurus).

Este artículo fue publicado originalmente en El País el 24 de diciembre de 2021

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