Morfema Press

Es lo que es

Vivir es la Rebeldía, por José Ignacio Gerbasi (@jgerbasi)

Comparte en

Durante siglos, la arquitectura de la psique humana se ha cimentado sobre una falacia tan antigua como peligrosa: la idea de que la justicia es una transacción simétrica de dolor y que el honor se recupera únicamente devolviendo el golpe. Sin embargo, hoy emerge una vanguardia existencial que entiende que la verdadera rebelión no es contra el agresor externo, sino contra el guion de victimismo que el pasado intenta imponernos, pues como bien advertía Miguel de Cervantes en su sabiduría imperecedera, «confía en el tiempo, que suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades». Esta confianza no es una espera pasiva, sino un ejercicio de soberanía íntima donde la victoria definitiva no consiste en mimetizarse con el daño recibido, sino en negarse rotundamente a ser el espejo de lo que nos hirió. En esta nueva economía del alma, el rencor se revela como una inversión ruinosa, una hipoteca emocional que nos obliga a pagar intereses perpetuos sobre una deuda que nosotros no contrajimos, convirtiéndonos en prisioneros de una celda cuya llave entregamos voluntariamente al verdugo.

Entender que no poseemos «presupuesto para el odio» es el acto de inteligencia financiera del espíritu más radical que un ser humano puede realizar en la era del ruido y el conflicto. Es comprender, desde una psicología profunda, que si usamos nuestra energía vital para alimentar el resentimiento, estamos permitiendo que quien nos dañó siga habitando nuestras noches, cobrando un alquiler gratuito en una mente que debería ser un santuario de posibilidades. La vieja máxima de que un ladrón que roba a otro merece perdón es, bajo esta lupa disruptiva, una trampa de mimetismo ontológico; la realidad es que el odio mutuo no equilibra la balanza, sino que duplica la oscuridad, y quien busca justicia a través de la herida ajena incurre en lo que los antiguos llamaban la «hybris» del alma, perdiendo su propia esencia en el proceso. La verdadera madurez no endurece el corazón para sobrevivir, pues la rigidez es el estado previo a la ruptura; por el contrario, la verdadera fortaleza reside en la permeabilidad, en la audacia de mantenerse sensible en un mundo que premia la coraza, reconociendo que «la senda de la virtud es muy estrecha y el camino del vicio, ancho y espacioso», y que transitar la primera requiere una elegancia que el rencor jamás podrá costear.

Por todo esto, la decisión de sembrar en tierras de convicción y no en el árbol seco del resentimiento es una maniobra de alta sofisticación ética que rompe el paradigma de la supervivencia básica para entrar en el reino de la trascendencia. Nadie ha logrado construir una vida con significado desde los escombros de la venganza, ya que el odio es un arquitecto que solo sabe diseñar ruinas. Ser feliz deja de ser entonces un anhelo ingenuo o un estado de ánimo volátil para convertirse en el acto de desobediencia civil y metafísica más potente de nuestra historia personal. Es el momento en que notificamos al ayer que su contrato de arrendamiento ha expirado y que nuestro presente ha sido declarado territorio libre de fantasmas. Al final, en honor a cada batalla que nos dejó cicatrices —esas que hoy no son marcas de vergüenza sino brújulas de experiencia—, la mayor subversión contra el dolor es la capacidad de florecer con una intensidad tal que el pasado se convierta, simplemente, en una nota al pie de página en un libro que ya no nos define, porque como sentenciaría el Quijote ante la libertad recobrada: «Cada uno es artífice de su propia ventura», y la nuestra se escribe hoy con la tinta de la paz y el pincel de la alegría.

Vamos por más…

@jgerbasi

WP Twitter Auto Publish Powered By : XYZScripts.com
Scroll to Top
Scroll to Top