A tres semanas de su inesperada partida, el eco de la voz serena y analítica de Julio César Moreno León sigue resonando en los pasillos de la política venezolana. Fallecido el 27 de octubre en una clínica de Isnotú, estado Trujillo, este líder de la democracia cristiana, exdiputado y embajador dejó un vacío que trasciende generaciones. En un país azotado por la corrupción y la polarización, Moreno representaba un faro de integridad y compromiso cívico, como lo recuerdan sus compañeros en tributos recientes que han inundado redes sociales y medios independientes.
Nacido en las tierras andinas de Trujillo, Moreno encarnaba el espíritu de la «Generación del 58», esa cohorte de jóvenes que, tras la caída de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, se forjó en las aulas liceístas y universitarias defendiendo el frágil ensayo democrático. Su ingreso al Partido Social Cristiano (COPEI) no fue casual: allí aprendió los pilares del humanismo cristiano –diálogo respetuoso, competencia pacífica y respeto al adversario–, valores que lo guiaron en medio de los embates de la extrema izquierda durante los gobiernos de Rómulo Betancourt y Rafael Caldera. «La lucha política no es una guerra de exterminio, sino una competencia donde se gana y se pierde», recordaba en sus reflexiones, enfrentando intentos de implantar un modelo cubano en Venezuela.
Su trayectoria es un catálogo de servicio público. En 1970, escaló como secretario general nacional de la Juventud Revolucionaria Copeyana (JRC), liderando a miles de jóvenes en una era de tensiones ideológicas. Para 1976, ya formaba parte del Comité Nacional del partido, y en 1979, bajo el mandato de Luis Herrera Campíns, asumió como viceministro de Juventud, impulsando políticas honestas y aspiracionales para la nueva generación. Su paso por el Congreso Nacional, como diputado por Trujillo entre 1984 y 1993, fue emblemático: presidió la Comisión de Medios de Comunicación Social, librando batallas por la libertad de prensa en tiempos de amenazas veladas.
En el segundo gobierno de Caldera (1994-1999), Moreno extendió su influencia diplomática como embajador en Chile y Guatemala, fortaleciendo lazos con la democracia cristiana internacional. «Desde tales posiciones, nos representó cabalmente», escribe Gehard Cartay Ramírez en un conmovedor in memoriam publicado en ResumenTe, donde lo describe como «un político de pensamiento y acción, pero sobre todo un buen amigo y compañero leal».
En sus años de retiro, se volcó a la academia y el periodismo: investigó la historia política venezolana, escribió ensayos incisivos y cofundó la revista digital Humanismo Integral junto a Macky Arenas y Marcos Villasmil, un espacio para debates filosóficos y políticos en tiempos de crisis.
La noticia de su deceso, a los 84 años, desató una ola de condolencias que trasciende fronteras partidarias. Primero Justicia, a través de un comunicado, lamentó la pérdida de «un exembajador y dirigente de vasta trayectoria», extendiendo solidaridad a su familia.
En X (antes Twitter), figuras como el periodista Alberto Ravell compartieron el tributo, mientras que el Colegio Nacional de Periodistas (CNP) Caracas lo despidió como «colega, exparlamentario, exembajador y convencido demócrata».
David Morán, un viejo amigo, tuiteó: «Mucha tristeza me ha causado la muerte de Julio César Moreno León. Un gran venezolano. A su esposa Maru, hijos, nietos, familiares, amigos… mis más sinceras condolencias».
Incluso la Asamblea Nacional expresó su pesar por el padre del diputado Julio César Moreno Rangel, deseando «mucha fuerza para ella y su familia en este duro momento».
En Chile, su legado diplomático conmovió a veteranos de la juventud demócrata-cristiana, como destaca un artículo en América Nuestra, donde se resalta cómo su fallecimiento «causó profunda tristeza entre dirigentes que aprendieron de él».
En el Instagram de la Biblioteca Rafael Caldera, un carrusel de fotos –retratos familiares, archivos políticos y paisajes andinos– acompaña un texto que captura el asombro colectivo: «Su muerte fue una pérdida repentina que nos privó del que alimentaba nuestras discusiones con su análisis agudo y su espíritu venezolano ferviente».
Cartay cierra su semblanza con un adiós definitivo: «Hasta siempre, querido amigo y compañero!», un eco que resuena en Encuentro Humanista, que lo califica como «un hermano demócrata cristiano».
Hoy, en una Venezuela «devorada por la corrupción y la ostentación de la riqueza mal habida» –como lo describe el tributo calderista–, el testimonio de Moreno León brilla como recordatorio: en la política caben hombres y mujeres cuyo único interés es «servir al país para el bien de todos los venezolanos». Su legado, fuente de orgullo para su esposa Maru, hijos y nietos, invita a la reflexión en esta sección de Morfema Press: ¿Cuántos Julio César quedan por redescubrir en nuestra historia fracturada?


