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Primera dama al cuadrado: Un libro necesario

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“El autor merideño José Gregorio Villegas, abogado de profesión, ha estudiado con esmero el papel desempeñado por las primeras damas de 1848 a 1999, pero el lugar de doña Alicia detenta una característica única en la categoría y genera esta obra particular de texto concentrado: acompañar en dos períodos presidenciales a su esposo, Rafael Caldera Rodríguez”

Por: Gerardo Vivas Pineda – Papel Literario de El Nacional

Si de sonreír se trata, la Fundación Tomás Liscano presentó en diciembre 2024 el libro mejor dispuesto a perfilar sonrisas merecedoras de un sitio nacional. Título y subtítulo, Alicia Pietri de Caldera. Primera dama, acompañan en portada y frontispicio la fotografía de esa señora sonreída, ocupando nuestra memoria mucho más allá de lo inolvidable.

El autor merideño José Gregorio Villegas, abogado de profesión, ha estudiado con esmero el papel desempeñado por las primeras damas de 1848 a 1999, pero el lugar de doña Alicia detenta una característica única en la categoría y genera esta obra particular de texto concentrado: acompañar en dos períodos presidenciales a su esposo, Rafael Caldera Rodríguez, democráticamente elegido por el voto popular libre de sospechas y escondrijos electorales.

Lo que ahora destacamos, la capacidad de sonreír en circunstancias diferentes, no elude los rigores difíciles de la vida pintando la seriedad en el rostro; de hecho algo de severidad asoma no más comenzar la lectura: en el reverso del frontispicio la primera dama, seria y cautelosa en un close-up admirable, apoya su quijada en la mano izquierda, como observando algún inconveniente de los que frecuentemente brotaban en el país hambriento de desarrollo.

Sin embargo, en 30 capítulos breves de texto y generosos de fotografía la obra reparte la sonrisa perpetua de la señora Caldera en todo tipo de circunstancias familiares, sociales, políticas y comunicacionales. 172 páginas del volumen albergan 193 reproducciones, concediendo los primeros lugares a las 27 fotos de la primera dama acompañando a Caldera –el hogar, campañas electorales, viajes nacionales e internacionales, hechos de gobierno–, 20 fotos con la familia –padres, hijos, nietos, hermanas–, otras 20 con presidentes, jefes de Estado y de gobierno– los reyes de España Juan Carlos y Sofía, Jackie y John Kennedy, Betancourt, Leoni, Herrera Campins, Nixon, Ford, Clinton, Herzog, Aznar–, que contrastan con apenas 11 instantáneas donde doña Alicia figura individualmente, incluso tocando el arpa clásica que cultivó con maestría.

En el extremo contrario el protagonismo categórico y el espacio de los afectos mayores lo detenta la niñez: 51 retratos despliegan la dedicación de la primera dama a la Fundación Festival del Niño, al Museo de los Niños, al programa televisivo Sopotocientos y a las Aeroambulancias Infantiles, programa creado por Betty de Herrera Campíns y retomado por Alicia en el segundo gobierno de su marido.

Tal exhibición sublima el blanco y negro de las imágenes –el color permanece ausente– en ágil diseño a cuarto de pliego. Al pasar la última página la alegría del recordado locutor y presentador Musiú Lacavalerie acompaña la sonrisa de doña Alicia, propiedad institucionalizada y afectiva de toda una nación, volando más allá de las fronteras. Hasta Cantinflas, genio del humor y la picardía continental, compitió en sonrisas al lado de la primera dama. Seamos objetivos: la singular contienda al parecer quedó tablas, según revela la página 105. Dan ganas de seguir mirando y leyendo. No era para menos.

Era para más: lo más sonoro, lo mejor sonreído

Hay en este libro un personaje colectivo de la venezolanidad que se viste de esperanza: las muchedumbres. 48 fotografías presentan a la señora Pietri de Caldera rodeada de multitudes tan diversas como ávidas de aprecio, pero una enorme reproducción a doble página digna de esa sonrisa especial trasciende a la carcajada, a pesar de que no está presente la primera dama: decenas de niños sonrientes y felices bajan del DC-9 de la línea Aeropostal Venezolana y corren hacia el terminal llevando al hombro los maletines del Plan Vacacional, programa de intensa colaboración institucional pública y privada creado por doña Alicia. Acompañada por un voluntariado como nunca se había visto en la nación, lo planificó para 105.000 chicos seleccionados con un objetivo extraordinario: “Que el niño venezolano sea feliz los 365 días al año”, como parafrasea José Gregorio Villegas en una cita de don Pedro Berroeta, “son lecciones vivas de geografía nacional”. Junto a estos logros también se exhiben eventos de significación singular: quince primeras damas nacionales y extranjeras acompañan a doña Alicia en compromisos de suma formalidad pero también de sencillez distendida: María Teresa Núñez de López Contreras, Irma Felizola de Medina Angarita, Carmen Valverde de Betancourt, Menca de Leoni, Blanca Rodríguez de Pérez, Betty de Herrera, Ligia Betancourt de Velásquez, Gladys Castillo de Lusinchi, Patty Nixon, Consuelo González de Velasco, Rosa Elena de Betancurt, Ruth de Cardozo, María José de Sampaio, Christiane Herzog y Hillary Clinton. Antes de la Alicia presidencial nunca hubo tal ascenso grupal de las primeras damas a la máxima dignidad femenina, reunidas por la iniciativa de afecto popular hacia la nación propia en función de crear analogías espirituales internacionales.

No por número, sino por jerarquía humana, escogidas fotografías culminan la oferta solidaria de este libro en cuanto al gentilicio de la Venezuela en proceso de integración. La sección dedicada al programa Un cariño para mi ciudad explica la iniciativa no gubernamental para la promoción del conservacionismo ambiental y la recuperación de espacios públicos que desde la Caracas en busca de estima proyectaba para todo el país el amor por el suelo propio. Otro capítulo da lugar a la personalidad predominantemente hispánica de la nación –¿acaso no lo dictan así siglos de lengua, culto, historia y carácter?, cuando gracias a doña Alicia se reafirmó su temperamento español en la instalación de una réplica de la nao Santa María sobre la laguna del antiguo Parque del Este durante el primer gobierno calderista, luego restaurada en el segundo período y reabierta con la presencia del príncipe Felipe de España. Eran tiempos en que la legítima identidad colectiva jamás se ponía en duda. Para consumar la misión venezolanista de la obra una foto muestra a Rafael Caldera saliendo de su quinta Puntofijo donde el liderazgo político de la patria fue capaz de pactar compromisos de construcción nacional, no voracidades ideológicas de disolución y ruptura. Doña Alicia y una familia entera fueron testigos presenciales y afectivos bajo su propio techo, con la fe católica practicante muy dentro de sus cuerpos. No por casualidad Alicia Pietri de Caldera –es imperativo mencionar la página 159– muestra su sonrisa más resuelta, serena y orgullosa al recibir de rodillas la Eucaristía de manos del papa San Juan Pablo II.

Por tanta entrega a su pueblo y a la hechura posible de futuro este es un libro necesario. Por cierto, a poco de su presentación la cadena librera más grande de Venezuela ha dispuesto esa portada sonriente en la estantería superior con las obras Top Ten en ventas. Más abajo otro anaquel ofrece complicidades desde el título Alicia en el País de las Maravillas. La sonoridad del nombre produce curiosas coincidencias entre el Lewis Carroll de la fantasía y la primera dama de las realidades. Mirando el juego de la simultaneidad da gusto contagiarse y sonreír.

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