Estoy delante de una estatua de Simón Bolívar, héroe de la independencia de Sudamérica. Junto a ella, un puesto que vende “perros calientes” atrae a una fila de gente, mientras que a unos pasos un cartel en español dice “Playa Flamingo”, con una bandera venezolana que ondea al viento.
Por: Fabiola Ferrero – NY Times
Estas tres cosas sugieren que podría estar en Venezuela. Excepto que no lo estoy. Estoy en el Mediterráneo, en un pequeño pueblo costero llamado Marina di Camerota, enclavado en la región meridional italiana de Campania.
La primera vez que vine aquí desde Venezuela fue hace más de una década. Estaba visitando a mi tía en el sur de Italia e insistió en llevarnos a Marina. Quería que viéramos las referencias desperdigadas a Caracas, la capital venezolana, que había por todas partes. Era el invierno de 2012, años antes de que un gobierno cada vez más autocrático y una crisis económica obligaran a ocho millones de personas a abandonar Venezuela. Ver rastros de mi hogar en un pueblecito de algún lugar de Europa me pareció divertido entonces, una extraña curiosidad. No el patrón conocido en el que se convertiría más tarde.
Aunque es un secreto para gran parte del mundo, Marina di Camerota, que tiene unos 3000 habitantes, es conocida localmente por haber sido moldeada —casi construida— por italianos que migraron a Venezuela y más tarde regresaron. Gran parte de su desarrollo se debió al dinero que ganaron durante los años del auge del petróleo en Venezuela, y casi todo el mundo tiene alguna relación con Caracas.
En mi segunda visita a Marina, en 2024, la Venezuela que había dejado atrás era muy diferente: la crisis, la represión y la migración dominaban los titulares. (A principios de enero llegó la extraordinaria noticia de que fuerzas estadounidenses incursionaron en Caracas en plena noche y capturaron a Nicolás Maduro y a su esposa. En Marina, como en otras partes del mundo, su derrocamiento provocó tanto alegría por su marcha como inquietud por el gobierno que quedó a cargo).
Venezuela tiene una enorme diáspora esparcida en varios países, y ver un pueblo lleno de venezolanos ya no era algo extraño. Pero el tema de Marina surgió hace un par de años durante una conversación con un amigo. Había estado allí recientemente y me dio el número de un italiano venezolano, Domingo Bagnati, quien se ofreció a alquilarme una habitación y presentarme a sus amigos venezolanos.
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