Anne Applebaum entrevista

Por Daniel Helft en La Nación

El gobierno de Estados Unidos avanza sobre el Estado de derecho y lo que suceda dependerá de la Corte Suprema, dice la historiadora estadounidense; publicó un libro en el que analiza las nuevas autocracias

En septiembre, Anne Applebaum lanzó su sexto libro, Autocracia S.A. (Debate), que examina a los principales autócratas del mundo, sus negocios corruptos, sus alianzas y sus ataques contra la división de poderes y la libertad de prensa de las sociedades abiertas del planeta.

El libro pone la lupa sobre los gobiernos de Rusia, China, Irán, Corea del Norte, Venezuela y Azerbaiyán, entre otros. A meses del lanzamiento, esta escritora multipremiada, columnista de The Washington Post y una de las voces más lúcidas a la hora de analizar el crecimiento de los totalitarismos en el mundo, se ve obligada a volver al teclado para incorporar a su libro a un nuevo líder: el presidente Donald Trump, al que Applebaum no duda en tildar de “mentalmente desequilibrado.”

“En Estados Unidos se está intentando cambiar la esencia del sistema, socavar la Constitución, el Estado de derecho y las tradiciones de transparencia y responsabilidad de los funcionarios públicos”, dice Applebaum en entrevista con este diario por videoconferencia desde Washington, donde reside parte del año. “Y por supuesto, esto supone un cambio en las alianzas tradicionales que ha tenido nuestro país”.

Aun se puede revertir lo que está ocurriendo en Estados Unidos, a pesar de la enorme agresividad que esta desplegando el gobierno de Trump”

La tesis del libro de Applebaum es que los países autocráticos ya no se rigen por una ideología determinada. Se trata en cambio de alianzas oportunistas entre regímenes que pueden ser teocráticos, comunistas o ultraderechistas, pero que están unidos por un desprecio compartido por cualquier institución que pueda limitar el poder del líder.

Los gobiernos de estos países no quieren sistemas judiciales independientes, no reconocen la legitimidad de la oposición política, buscan controlar a los medios y se enfrentan a los que defienden el Estado de derecho. “Cualquiera que utilice el lenguaje de la democracia es su enemigo”, dice Applebaum.

Los autócratas colaboran entre ellos para mantenerse en el poder. Applebaum cita los ejemplos de Bielorrusia y Venezuela como ejemplo. Estos países sufren sanciones de Occidente, pero decenas de países autocráticos los apoyan, lo que evita su debilitamiento y mantiene a sus líderes en el poder.

Appelbaum, historiadora y periodista, lleva toda una vida analizando las sociedades más dictatoriales del planeta, en particular Rusia y su relación con los países de Europa Central. En sus días de estudiante de Yale y la London School of Economics, vivió en San Petersburgo, donde aprendió a hablar ruso. En 2004 se alzó con un Pulitzer por su libro sobre los campos de trabajos forzados soviéticos. Cubrió la caída del Muro de Berlín como corresponsal de The Economist y la caída del comunismo. Entre sus muchos libros, escribió sobre la opresión que el régimen soviético ejerció sobre los países de Europa Central y la hambruna a la que Joseph Stalin sometió a millones de ucranianos en la década de 1930, conocida como Holodomor.

Es posible que haya grandes beneficios potenciales para Trump derivados de una relación privilegiada con Putin, que también es billonario”

Más recientemente, en 2020, su libro Twilight of Democracy (Vintage Books) puso el foco en el debilitamiento de las democracias liberales, particularmente en países de Europa Central, como Polonia, donde ella reside, dado que su marido, Radoslaw Sikorski, es el actual ministro de Relaciones Exteriores de ese país. El libro integró la lista de best sellers de The New York Times y de Der Spiegel.

En una semana en la que tres expresidentes norteamericanos criticaron a Trump por sus excesos autoritarios, ¿cuáles son las iniciativas de su gobierno que más le preocupan?

–Mire, hay tantos frentes abiertos… Estamos ante una gran confrontación entre la Casa Blanca y la Corte Suprema por un hombre que fue deportado sin causa a El Salvador y la Casa Blanca está mirando para otro lado, como si nada hubiese ocurrido. Hay varias causas legales para frenar a Elon Musk y su destrucción irreversible de agencias gubernamentales de enorme importancia para el país. Hay otras tantas acciones iniciadas para frenar ataques contra las universidades y contra grandes estudios de abogados. Mucho de lo que suceda dependerá de la Corte Suprema y su capacidad de resistir los múltiples asaltos contra el sistema político que hoy se están llevando a cabo.

–¿Tiene confianza en que las instituciones norteamericanas podrán frenar esta avanzada antidemocrática?

–Aún es posible revertir lo que está ocurriendo, aunque no se si sucederá, dada la enorme agresividad que está desplegando este gobierno. Es interesante escuchar lo que dijo esta semana la senadora republicana Lisa Murkowski, de Alaska, quien ya había demostrado independencia al votar en contra de varias nominaciones de funcionarios de Trump. Ella señaló que el nivel de presión y hasta de amenazas físicas e intimidación que sufren los miembros del Partido Republicano que osan pararse del lado de la Constitución es de una fuerza que la gente no se puede imaginar. Y hemos escuchado esto de varios senadores, tales como Mitt Romney [ahora con mandato recién cumplido], entre otros. Estos senadores están bajo amenaza física personal y tienen el temor de regresar a sus distritos y ser blanco de ataques violentos contra ellos o sus familiares directos. El grado de intimidación es tan importante que está teniendo un impacto directo en estas personas.

Sería función del Congreso y del sistema judicial poner un freno a esta avanzada tan violenta.

–Así es. El Congreso podría, por ejemplo, disponer un freno a las enormes tarifas que Trump impuso al comercio exterior y llevar estas decisiones a donde corresponde, que es el Congreso mismo, pues allí se determinan el presupuesto y los impuestos. Pero el Congreso aún no está dispuesto a actuar porque ambas cámaras están controladas por el Partido Republicano, aunque por una mayoría pequeña. Mire, si tan solo cuatro republicanos en el Senado y cinco representantes en la Cámara baja cambiasen de opinión, podríamos elegir nuevos lideres legislativos y bloquear tanto a Trump como a Musk. Se podrían bloquear los aumentos de las tarifas y otras violaciones. Pero estamos apenas a cien días de la asunción del gobierno, el sistema político ha sido tomado por sorpresa y las objeciones legales llevan tiempo. Por esto, el avance de Trump es hasta ahora imparable.

Rusia, Venezuela e Irán son países que muestran debilidades muy serias. Estas autocracias han empobrecido mucho a su población”

El tema de las tarifas está provocando una fuerte caída en los mercados y abre la perspectiva de una recesión que sería muy perjudicial para Estados Unidos.

–La aplicación de esas tarifas fue un shock para millones de norteamericanos. Creo que va a ser una lección importante para todas aquellas personas que creen que despreocuparse del sistema político es una opción. Las tarifas fueron aplicadas de manera completamente azarosa, sin ningún sentido, y provocaron una terrible reacción de los mercados. Muchas pequeñas empresas que importan componentes de China van a quebrar y se darán cuenta de las consecuencias reales de tener una persona mentalmente desequilibrada en la Casa Blanca. En la medida en que la gente comprenda mejor que esas tarifas no tienen sentido y que no hay estrategia alguna por parte del gobierno, tal vez comiencen a comprender por qué es importante preocuparse por quién ocupa la presidencia del país.

Ayúdeme a comprender las razones por las cuales Trump apoya a un dictador como Putin y destrata a Zelensky, cuyo país está luchando por defenderse de una invasión.

–Acá hay varias cosas que están sucediendo de forma simultánea. Por un lado, Trump quiere mostrar que puede terminar la guerra, tal como prometió varias veces. Está avergonzado de no haber logrado avances y cree que con esta actitud puede lograr algo. A su vez, tiene mucha simpatía por Putin y cree que ese sentimiento es recíproco, lo que no es así. Cree tener una relación especial con él, aunque yo creo que está equivocado. Por otro lado, Trump se ha beneficiado enormemente a lo largo de su carrera de los contactos que ha tenido con millonarios rusos y mucho dinero de esa proveniencia ingresó en sus negocios. Es muy posible que haya grandes beneficios potenciales para Trump derivados de una relación privilegiada con Putin, que también es billonario. Es, nuevamente, parte de esta llamada “presidencia patrimonial”, donde la política exterior del país tiene que ser provechosa para el presidente. Todo esto resulta en políticas increíblemente incoherentes. Tan incoherentes que hay gente dentro del mismo gabinete de Trump que no comparte estas visiones. Hemos tenido pequeñas manifestaciones en ese sentido por parte del secretario de Estado, Marco Rubio, o del enviado especial a Ucrania y Rusia, Keith Kellog. pero la incoherencia desemboca en que actualmente no haya ninguna estrategia respecto de la agresión rusa a Ucrania.

¿Como ve a Rusia en su intento de conquistar Ucrania?

–La guerra le pegó muy fuerte a su economía y creó muchas dudas en las fuerzas armadas rusas, dado que no han podido imponerse a un país en teoría mucho más débil. No están logrando ningún avance en el terreno y la figura de Zelensky está muy agigantada por haber permanecido en su país y por haber armado una defensa que nadie creía posible. Cometió errores, pero mantiene una popularidad importante. El destrato que le propinó Trump cuando lo recibió en la Casa Blanca es de una vulgaridad que nunca se ha visto en un presidente norteamericano.

Usted vive en Europa y conoce bien a los más altos funcionarios del continente. ¿Cómo están reaccionando a todo esto?

–Los europeos tienen muy en claro el mensaje y ya han tomado estrategias independientes de los Estados Unidos. Algunos tratan a Trump más amigablemente y otros menos, pero lo cierto es que como grupo de países entendieron que Estados Unidos tomó un camino diferente y que los ha abandonado. Los alemanes han votado una ley para tomar prestado fondos frescos para armas, los británicos hicieron algo similar y redujeron algunos gastos para incrementar su presupuesto militar. Los polacos ya están asignando el 4% del PBI a inversiones militares. Hay un cambio muy significativo. Los europeos están coordinando acciones para contrarrestar acciones de espionaje ruso y la guerra informativa a través de medios tecnológicos. Pero también están respondiendo de forma coordinada a la guerra comercial desatada por los Estados Unidos. De modo que, en términos generales, estamos frente a cambios profundos en la alianza interatlántica.

Usted habla del caso de Venezuela como ejemplo paradigmático del funcionamiento de las autocracias.

–Lo que explico es por qué el gobierno de Venezuela puede sobrevivir cuando es increíblemente impopular luego de haber creado un desastre económico en lo que fue el país más rico de Sudamérica. ¿Por qué sigue Maduro ahí? La respuesta es que sigue allí por las armas rusas, las inversiones chinas, la asistencia cubana a sus servicios sociales, la intervención de Irán para evitar sanciones y toda una serie de asistencias de países autocráticos que ayudan al régimen chavista a sobrevivir. A eso me refiero en relación a la cooperación entre estos países y al aprendizaje colectivo que generan. Los autócratas tratan a los disidentes de la misma forma, utilizan las mismas teorías conspirativas y hacen las mismas acusaciones de corrupción.

¿Puede caer el régimen de Maduro?

–Podría haber caído, pero la clave estuvo en que las fuerzas armadas permanecieron leales, en parte porque el país se ha puesto tan pobre que los militares dependen del dinero y el alimento que el régimen les puede dar. Pero, tal como sucedió en Siria, puede llegar un momento en que hasta los militares ya no quieran un líder tan incompetente y corrupto. La oposición en Venezuela ha hecho muchas cosas muy bien. Lograron juntar la evidencia necesaria para mostrar que Maduro se robó las últimas elecciones y demuestran un nivel de organización social admirable. Venezuela tiene hoy una elite alternativa que viene trabajando unida y de forma efectiva.

Sólo el 12% de las personas en el mundo vive en democracias liberales. ¿Se están fortaleciendo estos gobiernos autocráticos en desmedro de las democracias?

– Creo que es importante recordar que nada es inevitable y que estos regímenes tienen debilidades importantes. Recientemente colapsó el régimen sirio. Rusia, Venezuela e Irán son países que muestran debilidades muy serias. Estas autocracias han empobrecido muy sustancialmente a su población. Sucede que el Estado de derecho también es bueno para los negocios y la economía. El inversor se siente más cómodo apostando por países previsibles, donde se sabe que existen garanías y hay reglas. Mirando hacia adelante, no sabemos qué va a suceder y lo que suceda dependerá de lo que todos nosotros hagamos hoy. Lamentablemente, la victoria de Donald Trump y el asalto que él y sus colaboradores están lanzando contra el sistema político norteamericano ayuda a las autocracias, porque Estados Unidos siempre fue un pilar del mundo democrático. Incluso cuando cometió errores importantes siempre fue admirado por sostener valores democráticos.

¿Cree que la democracia aún mantiene cierto atractivo en el mundo?

–Mire, incluso la gente que nunca leyó a autores como Thomas Jefferson o John Stuart Mill comprende que la democracia es un sistema más justo para todos. Estuve recientemente en África y visité países que tienen una conexión apenas tenue con Europa y Estados Unidos. Allí, sin embargo, hay mucha gente que reclama por sus derechos porque entienden que no es justo que unos pocos tengan todo el dinero y el poder.

Perfil: Anne Applebaum

Anne Appelbaum nació en 1964 en Washington D.C., Estados Unidos. Estudió en Yale, London School of Economics y St. Antony’s College , en Oxford.

Historiadora y periodista, fue corresponsal de The Economist, y de The Independent. Fue miembro del Consejo Editorial de The Washington Post, medio del cual es columnista. Es colaboradora de The New York Review of Books y escribe para The Atlantic.

Ha escrito varios libros sobre Rusia y su relación con países de Europa Central. Con Gulag. A History ganó el Premio Pulitzer de no ficción en 2004. Su libro Twilight of Democracy (El ocaso de la democracia, de 2021) integró la lista de best sellers de The New York Times y Der Spiegel.

Es miembro del Council on Foreign Relations e integra el directorio del National Endowment for Democracy.

Su último libro es Autocracia S.A. Los dictadores que quieren gobernar el mundo (2024, Debate).

Está casada con el ministro de Relaciones Exteriores de Polonia, Radoslaw Sikorski, con quien tiene dos hijos.

En noviembre de 2022, el gobierno ruso colocó a Applebaum en una lista de 200 ciudadanos norteamericanos que “promueven una campaña de rusofobia y apoyan el régimen de Kiev”.

Por Bruno Parto Porto en ABC

Anne Applebaum (Washington D. C., 1964) se ha pasado media vida estudiando el totalitarismo, tal vez por eso le preocupa tanto la democracia. La escritora, premio Pulitzer en 2004 por ‘Gulag’, ha dedicado su nuevo libro a los optimistas, un chiste que solo se entiende cuando se llega al final: ‘Autocracia S.A.’ (Debate) es una radiografía de cómo las autocracias, de Rusia a Venezuela, pasando por China, Zimbabue o Corea del Norte, están desestabilizando el mundo liberal a través de sofisticadas estructuras financieras cleptocráticas y toneladas de propaganda y desinformación. Su objetivo, explica al otro lado de la pantalla, no es tanto imponer un nuevo proyecto político mundial como acabar con el orden establecido, derribar consensos como los derechos humanos, la rendición de cuentas o la transparencia.

—Tras leer ‘Autocracia S.A.’ es difícil no pensar que hemos pasado del choque de civilizaciones que propuso Samuel P. Huntington al choque entre demócratas y autócratas, o entre liberales e iliberales.

—Hay una guerra de ideas en marcha, pero no es una cuestión de blanco y negro. No se puede trazar una línea tan clara entre autócratas y demócratas: hay democracias que están en decadencia, donde los partidos que han ganado las elecciones están cambiando las normas de la democracia. Y también hay estados autócratas que no están necesariamente interesados en socavar a Occidente o en cambiar el orden mundial, sino solo comerciar con Europa, con Asia, con Norteamérica. Esa lucha, además, no se produce solo entre sociedades distintas, sino también dentro de esas mismas sociedades. Hay una discusión dentro de Estados Unidos, dentro de España, dentro del Reino Unido, de Polonia, de Canadá, de Australia. Y también dentro de China y de Rusia. Quiero decir: hay un debate sobre cuál es la mejor forma de gestionar una sociedad, pero no hay un muro de Berlín que divida un lado del otro.

—Al final del libro propone la creación de los demócratas unidos del mundo, algo así como una suerte de asociación para defender la idea misma de democracia. ¿Está en peligro?

—Los demócratas de muchos países distintos deberían unirse para cambiar los aspectos de nuestros propios sistemas políticos que nos están socavando, que nos están haciendo daño. Deberíamos poner fin al lavado de dinero, a la cleptocracia, a las empresas anónimas. El hecho de que los más ricos puedan esconder su dinero, protegerlo de los impuestos y hacerlo de forma anónima, y a la vez seguir influyendo políticamente… Además, si las democracias no empiezan a regular el espacio informativo, la explosión de teorías de la conspiración y de información falsa les acabará destruyendo. Espero que los europeos hayan aprendido algo de las elecciones estadounidenses.

—¿Como qué?

—Europa, Canadá, Australia, Corea del Sur y otras democracias deberían pensar en cómo generar unas redes sociales donde los algoritmos no estén diseñados por definición para generar odio y rabia en las personas. Unas redes que unan. Porque hoy, con las actuales redes sociales, las personas consumen material cada vez más divisorio, extremista y conspiratorio. Me deja boquiabierta pensar por qué los europeos permiten que estas compañías estadounidenses que no tienen intenciones benignas hacia Europa marquen la agenda en las conversaciones políticas. Lleva mucho tiempo pasando. Hay que hacer algo.

—¿Da por perdido a Estados Unidos en esta lucha?

—Ahora mismo Estados Unidos tiene una administración que no va a querer hacer ninguna de esas cosas que he dicho. Estados Unidos no va a liderar la lucha contra la cleptocracia y no va a liderar el impulso para regular Internet. Las personas que han ganado las elecciones son precisamente quienes están a favor de la cleptocracia y quienes han peleado mucho para lograr tener el tipo de redes sociales que tenemos. En los últimos cuatro años ha habido un proyecto concertado por parte de activistas y políticos republicanos para acabar con cualquier clase de moderación en Internet. Y lo han conseguido.

—¿Cómo ve el futuro de la guerra de Ucrania a la luz de Trump?

—La verdad es que no sé qué tiene previsto hacer Trump. Han salido muchas opiniones de su círculo. Hay quien dice que para él esto es una cuestión incompatible, que quiere acabar la guerra y que no quiere que Ucrania caiga en un caos, porque eso le haría quedar muy mal. A Trump no le importa mucho Ucrania, pero sí su imagen. Todavía no he escuchado ninguna explicación sobre cómo van a obligar a Rusia a deponer las armas.

—De momento, ya ha nombrado a Tulsi Gabbard como nueva responsable de Inteligencia. Ella es conocida por sus posiciones cercanas a Rusia…

—Ella es alguien con vínculos muy largos con Putin en Rusia y con Assad en Siria, y es una persona que en la comunidad de inteligencia actual no obtendría las autorizaciones necesarias para trabajar en la CIA, por ejemplo. Así que ponerla a ella a cargo de estas agencias es como una forma clara de decir que lo que quiere hacer es destruirlas. Creo que es parte de su venganza. Quiere vengarse de lo que llamaríamos el ‘deep state’. Durante la campaña dijo que las iba a destruir y eso es lo que creemos que va a hacer. No sé si tendrá éxito, pero los nombramientos que ha hecho indican que eso es lo que persigue.

—Las autocracias del mundo, dice, no actúan de forma coordinada pero sí que cooperan entre ellas.

—Utilicé la expresión ‘Autocracia S.A.’ porque no es una alianza, no es un eje, no es una organización. No hay ninguna sala secreta como en las películas de James Bond donde todos los malos se junten. No funciona así. Pero sí creo que saben aprovechar la situación. No sé si lo que pasó el 7 de octubre en Israel estuvo coordinado con los rusos o no. Hay algunas evidencias circunstanciales que dicen que sí, que hubo contactos entre Hamás y Moscú, pero el hecho es que después de que se produjeran tanto Rusia como China vieron cómo esto les daba una oportunidad y les abría la puerta a nuevas posibilidades para generar caos y para socavar el mundo democrático. Son oportunistas; están buscando oportunidades para ver qué pueden hacer para socavar a los Estados Unidos y Europa, para ver cómo pueden desacreditar las democracias y sus ideales.

—Sostiene que a estos países los une su enemigo, la democracia, y los intereses económicos: poco más.

—No tienen un proyecto político, son estados ideológicamente muy distintos: la China comunista, la Rusia nacionalista, la Venezuela bolivariana, Corea del Norte… Son perfiles muy distintos. La mejor manera de entenderlo es decir que tienen un enemigo común. Y ese enemigo común somos nosotros, el mundo liberal. Su enemigo son las ideas de derechos humanos, del estado de derecho, de la transparencia y la rendición de cuentas: necesitan derrotar esas ideas. Y buscan derrotarlas a nivel doméstico, internamente, como vimos con el movimiento de las mujeres de Irán, y también buscan derrotar estas ideas en cualquier parte del mundo. A la vez, buscan ganar dinero juntos. Por ejemplo: los chinos venden tecnología de vigilancia a Rusia, y a Corea del Norte ya le han pagado por enviar tropas al frente ruso…

—Da la sensación de que en lugar de un proyecto político alternativo a la democracia liberal, lo que tenemos son autócratas manteniéndose en el poder para hacer negocio.

—Eso parece, aunque algunos son algo mucho más sofisticado. China, por ejemplo, tiene un proyecto nacional mayor, no solo tienen intereses económicos… Pero sí: muchos de estos líderes del mundo autocrático, a diferencia de lo que ocurría en el siglo XX, son multimillonarios. Así que tienen este incentivo adicional de querer conservar el dinero y de querer mantener sus secretos. Sabemos que Putin es millonario, pero no sabemos dónde tiene el dinero, cómo lo ha conseguido. Sabemos que Xi Jinping también es muy rico, pero no sabemos de dónde viene el dinero, ni dónde lo guarda. Para ellos, mantenerse en el poder, en parte, es también conservar este dinero y mantener su forma de vida. Todos han cometido delitos, todos han robado: no quieren perder poder porque entonces, quién sabe, podrían acabar asesinados o perdiendo todo su dinero.

—Hasta hace poco aún se creía que el capitalismo podría democratizar el mundo. ¿Hemos sobreestimado su poder?

—Sí, sin duda. Pero eras europeo, sobre todo alemán o alemana en los años 90, era razonable pensar así, porque desde la Segunda Guerra Mundial habías visto cómo los vínculos económicos creaban paz, democracia y estabilidad. Habías visto la caída del muro de Berlín. Acababas de asistir a todo eso, al clamor para que los europeos del Este se uniesen a esa democracia y prosperidad de Occidente. Y cabía pensar en un principio que podríamos incluir a Rusia y a China en este mundo democrático también, pero claramente hubo un punto en el que eso dejó de ser cierto. Creo fue en el año 2014. Ahí es donde se acabó. Ahí quedó claro que eso no iba a funcionar: Rusia se estaba poniendo en contra de Europa, China estaba cambiando su política exterior… De esto hace ya diez años. Y fue hace diez años cuando nosotros deberíamos haber dicho: vale, este proyecto se acabó, no está funcionando. Pero no lo hicimos y estamos pagando un precio muy caro por ello.

—Se han cumplido treinta años desde la publicación de su primer libro, ‘Entre Este y Oeste’, que era una crónica de viajes por Lituania, Bielorrusia, Ucrania… ¿Cómo está ese mundo hoy en comparación con entonces?

—Esa parte del mundo por la que yo viajé hoy en día es mucho más próspera que entonces. Las personas tienen muchas más oportunidades, mucho más acceso a distintas ideas y experiencias que hace treinta años eran impensables. Si nos fijamos en Ucrania: ¿cómo era Ucrania en los años 90? Kiev era un lugar oscuro, sombrío, raro, triste. Las personas tenían miedo de hablar con extranjeros, era un lugar muy primitivo. Hoy Kiev es una ciudad abierta, sofisticada, interesante, llena de personas jóvenes, con toda clase de ideas… Hay muchas cosas que son mucho mejores hoy de lo que eran entonces. No creo que estos treinta años hayan sido un fracaso, pero sí es cierto que ha habido un aumento en el cinismo. Hemos creado una clase de oligarcas mundial que ahora tiene su propia ética y sus propios objetivos políticos. Creo que eso quizás se podría haber impedido. Ahí es donde me parece que las cosas han ido a peor.

—¿Confía en que los países democráticos consigan regular y luchar contra los cleptócratas?

—Parecía que empezábamos a avanzar en esa dirección en Estados Unidos y Reino Unido, donde han intentado acabar con la existencia de compañías anónimas. Pero es muy difícil cambiar esta situación. Hay mucho dinero en juego y las personas que tienen ese dinero lo están usando para presionar a los políticos, para hacer lobbies en contra de estos cambios. Aunque si la Unión Europea decide que eso es lo que quiere hacer, creo que podría hacerlo. Tenemos que llegar a un punto en el que la gente entienda la gran amenaza a su modo de vida que suponen estas cosas. Tanto la corrupción como la desregulación de Internet se están convirtiendo en verdaderas amenazas para nuestras sociedades.

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