Morfema Press

Es lo que es

Antonio Ledezma

Por Antonio Ledezma

La política venezolana ha estado marcada demasiadas veces por la fragmentación. Por eso, cuando emerge un liderazgo que entiende que la unidad no es un eslogan sino un método, conviene reconocerlo con serenidad y con justicia. María Corina Machado ha demostrado, a lo largo de estos años decisivos, que su conducta política ha estado orientada —con coherencia y firmeza— hacia un objetivo superior: la unidad como instrumento de cambio democrático.

La unidad por encima del agravio

Cuando fue objeto de una inhabilitación arbitraria, el propósito evidente del régimen era sacarla del juego y fracturar a la alternativa democrática. No lo logró. Ella optó por sobreponerse al agravio personal y respaldar otra candidatura. Esa decisión no fue menor. En contextos autoritarios, el ego suele ser el aliado silencioso del poder. María Corina eligió lo contrario: poner la causa por encima de la aspiración individual.

Las primarias del 22 de octubre de 2023

Pero la unidad no comenzó allí.

El 22 de octubre de 2023 marcó un hito histórico. Al promover las elecciones primarias abiertas, María Corina trasladó el poder de decisión al ciudadano. No fueron acuerdos de cúpulas; fue una convocatoria amplia, organizada con escasos recursos y enorme convicción. Millones participaron. Aquella jornada no solo definió una candidatura: reconstruyó la confianza en la fuerza del voto como expresión soberana.

Los comandos y los “Comanditos”

Luego vinieron los comandos y los “Comanditos”. María Corina dispuso que aquella estructura no fuera patrimonio exclusivo de un partido. Fue una red ciudadana donde confluyeron activistas de distintas organizaciones políticas y miembros de la sociedad civil.

Estudiantes, profesionales, amas de casa, dirigentes sociales. Cada quien aportó desde su espacio. Esa capacidad de articular voluntades diversas es, en esencia, una pedagogía de unidad.

La victoria del 28 de julio de 2024

La victoria del 28 de julio de 2024 —cuando Edmundo González Urrutia resultó electo en aquella gesta ciudadana extraordinaria— no puede entenderse sin ese tejido previo. Fue la consecuencia natural de un liderazgo que supo organizar, escuchar y delegar.

La hoja de ruta de 2026

Hoy, cuando María Corina reitera el llamado a la lucha unitaria, no estamos ante un giro discursivo. Estamos ante la continuidad de una conducta.

En su mensaje del 1 de marzo de 2026, afirmó: “Tenemos una agenda, una hoja de ruta que cumplir”. Y enumeró tres tareas clarasfortalecer la unión que comenzó con las primarias y los comandos; consolidar un Gran Acuerdo Nacional que garantice gobernabilidad en la transición; y prepararse para una nueva victoria electoral.

Ese planteamiento revela algo esencial: la unidad no es solo para conquistar el poder, sino para ejercerlo con estabilidad y legitimidad.

La transición democrática

También destacó que la transición democrática es “indetenible”. Esa convicción no se sostiene únicamente en la presión internacional ni en los encuentros con líderes globales. Se sostiene en el capital político construido internamente, en la capacidad de integrar factores diversos bajo un propósito común.

Un itinerario estratégico

María Corina ha comprendido que derrotar a un régimen autoritario exige, primero, cohesión moral; luego, articulación política; después, victoria electoral; y finalmente, consolidación institucional. Ese itinerario no es improvisado. Es estratégico.

Unidad frente a la dispersión

En América Latina, donde tantas veces los proyectos democráticos se han debilitado por divisiones internas, el ejemplo de una dirigente que antepone la unidad a la personalización merece ser subrayado.

No se trata de unanimidad. Se trata de convergenciaNo se trata de uniformidad. Se trata de propósito compartido.

Un llamado a todo un país

Cuando ella anuncia que regresará a Venezuela para continuar la tarea, no convoca a una facción. Convoca a un país. Por eso no debe sorprender su llamado del 1 de marzo. Es coherente con lo que ha hecho desde el primer día: abrir espacios, sumar voluntades, delegar protagonismo y confiar en el ciudadano.

En tiempos de dispersión, la unidad es liderazgo. Y en la Venezuela que lucha por reconstruirse, esa ha sido —y sigue siendo— la conducta de María Corinasiempre unitaria.

La reciente propuesta de una ley de amnistía, anunciada por Delcy Rodríguez en su condición de autoridad interina dentro de la estructura del poder dictatorial vigente, exige una evaluación que distinga entre el valor intrínseco de la libertad personal y la intencionalidad política de la medida. En contextos de regímenes no democráticos, la amnistía suele presentarse como instrumento de distensión; sin embargo, su eficacia normativa y su legitimidad dependen de condiciones estrictas que, de no cumplirse, la convierten en un mecanismo táctico antes que en una solución jurídica de fondo.

Desde el Derecho Internacional de los Derechos Humanos, la privación de libertad por razones políticas constituye una violación continuada. En consecuencia, la excarcelación no puede ser entendida como concesión graciosa del poder, sino como restitución tardía de un derecho conculcado. La amnistía, cuando se ofrece para “corregir” una injusticia creada por el propio Estado, corre el riesgo de normalizar la arbitrariedad previa, desplazando el foco desde la ilegalidad de las detenciones hacia la supuesta magnanimidad del liberador.

Amnistía versus impunidad

Un elemento central del análisis es la asimetría moral y jurídica que se produce cuando la amnistía se propone sin un reconocimiento explícito de la ilegalidad de los actos represivos. La doctrina contemporánea es clara: no puede haber amnistía que encubra crímenes de lesa humanidad, ni que anule el derecho de las víctimas a la verdad, la justicia y la reparación. Cuando una amnistía se formula sin estos resguardos, se transforma en una herramienta de impunidad, orientada a cerrar expedientes sin depurar responsabilidades. Eso deben tenerlo presente los lideres de gobiernos democráticos, especialmente el presidente Donald Trump, a quien hay que reconocerle el mérito de la presión eficaz ejercida, para que los ejecutores del terrorismo de Estado, ahora se vean forzados a presentar esa ruta de la amnistía.

Además, la experiencia comparada demuestra que las amnistías genuinamente orientadas a la reconciliación nacional suelen ir acompañadas de garantías institucionales verificables: cierre definitivo de causas judiciales, restitución plena de derechos civiles y políticos, levantamiento de medidas cautelares y compromisos creíbles de no repetición. Así como también debe preverse el cierre, no solo de la cárcel del Helicoide, sino de todos los centros de torturas existentes.  La ausencia de estos elementos revela una mutación de la represión, no su desmantelamiento.

El riesgo del uso instrumental del derecho

En regímenes autoritarios, el derecho es frecuentemente utilizado como lenguaje de legitimación. La propuesta de una ley de amnistía, en este marco, puede responder a objetivos extrajurídicos: reducir presión internacional, fracturar consensos opositores o proyectar una imagen de apertura sin modificar las estructuras de control. De allí la necesidad de evaluar no solo el texto de la iniciativa, sino el contexto político, la práctica administrativa y la conducta posterior del Estado.

Conclusión

Saludamos, sin ambigüedades, toda liberación. Cada persona que sale de prisión es una victoria de la dignidad humana sobre la arbitrariedad. Pero el análisis serio obliga a afirmar que la libertad no se negocia, se restituye, y que una amnistía auténtica no puede ser un paréntesis táctico dentro de una estrategia de dominación. La credibilidad de esta propuesta dependerá de si inaugura un quiebre real con la lógica del castigo político o si, por el contrario, confirma su sofisticación jurídica.

La historia reciente enseña que la prudencia no es escepticismo: es responsabilidad intelectual y moral.

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Nos reducen a una caricatura ideológica como si el dolor humano tuviera partido, como si el exilio se escogiera en una urna electoral y no bajo amenaza.

Quien así habla de la diáspora venezolana no sólo desconoce nuestra historia: la niega, la humilla y la vuelve a expulsar, esta vez con palabras. Y las palabras, cuando estigmatizan pueblos enteros, también hieren, también persiguen. Eso tiene nombre: odio.

La diáspora venezolana —más de nueve millones de personas regadas por el mundo— no es un capricho ni una moda política. Es una explosión humana provocada por la destrucción sistemática de un país: la demolición del Estado de derecho, la persecución del disenso, el hambre como política pública y el miedo como método de control.

Lo que ocurre en Venezuela no es una narrativa de partido. Son hechos documentados y denunciados por la Misión de Determinación de Hechos de la ONU, la Unión Europea y la OEA. Bastaría leer el Informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, en donde se concluye que “la dictadura desarrolla un Terrorismo de Estado”. Se trata de crímenes de lesa humanidad, tortura y persecución sistemática que han sido elevados hasta la Corte Penal Internacional.

No emigramos por ideología.
Emigramos por supervivencia.

Un éxodo con memoria

Resulta particularmente doloroso escuchar estos ataques —aislados, afortunadamente— en España, porque la historia nos une mucho más de lo que algunos quieren recordar. Durante décadas, Venezuela fue tierra de refugio para miles de españoles que huían de la guerra, del hambre y de la represión. Llegaron con una maleta, con acento herido y con esperanza. Y fueron recibidos con brazos abiertos.

En Venezuela nadie preguntaba por quién habías votado o cuál era tu tendencia ideológica para darte trabajo, techo o pan. Pero sobre todo, afecto y respeto. Se compartía lo poco o lo mucho. Se construyó país juntos. Gallegos, canarios, andaluces, vascos, italianos, portugueses, alemanes… Europa entera echó raíces en Venezuela, y Venezuela los abrazó como hijos.

Por eso duele que hoy algunos pretendan borrar esa memoria y levantar muros morales donde antes hubo mesas compartidas.

Mi historia no es una consigna

Hablaré en primera persona, porque no soy una abstracción sociológica ni una etiqueta ideológica. Soy, entre miles, una víctima de persecución política.

Fui preso más de mil días por disentir de esa dictadura. Mi detención —o más bien secuestro— se produjo el 19 de febrero de 2015. Fui víctima de palizas propinadas por efectivos militares y policiales del régimen, hasta necesitar hospitalización.

Enfrentamos dos golpes militaristas de Estado en el transcurso del año 1992. Vi cómo el poder arbitrario arrasó con la Alcaldía Metropolitana que gané con votos el 23 de noviembre de 2008, para ser reelecto, muy a pesar de ese acorralamiento, en diciembre de 2013. Hice huelgas de hambre para defender los derechos de los ciudadanos.

Y finalmente tuve que organizar mi propia fuga para autoliberarme, después de que fuerzas policiales me sacaran arrastrado brutalmente desde mi “casa por cárcel” en la medianoche del 1 de agosto de 2017.

El fin de año tiene la virtud de convocar la memoria como quien enciende una lámpara en medio de la penumbra. No para quedarse atrapado en la nostalgia, sino para reconocer en el pasado las raíces que nos sostienen y nos dan fuerza para seguir andando. Recordar de dónde venimos no es una debilidad melancólica: es una fortaleza moral, una reserva espiritual que nos permite mirar el porvenir con esperanza.

En estas fechas regreso, casi sin darme cuenta, a las calles de mi pueblo natal, San Juan de los Morros. Me veo otra vez correteando por los pasillos de la escuela Vicente Peña, con la inocencia intacta y los sueños aún sin nombre. Me escucho pronunciando discursos improvisados en algún recodo del Liceo Juan Germán Roscio; mis primeras entrevistas en Radio Guárico, 1060 am, “La Voz del Llano Venezolano”, dirigida por Jesús Ghersi, sin saber que la palabra, esa herramienta poderosa, terminaría marcando mi destino.

Revuelo en las lecciones caseras, que iban desde tender la cama diariamente, tener listo mi uniforme y hacer mis tareas escolares, como señal de orden, disciplina y responsabilidad. Las enseñanzas de saber decir “buenas noches” o “muchas gracias”, hasta asimilar el significado del trabajo creador que te va moldeando en la vida, como el que cumplía los fines de semana en el mercado municipal de San Juan atendiendo un puesto de verduras, o el de promotor publicitario de Sastrería Santa Rosa. 

Las remembranzas de las misas de aguinaldo en la plaza Bolívar, la emoción de escalar las colinas del San Juanote saboreando unas arepitas dulces; las zambullidas en el pozo del Calvario, aquel balneario popular donde el agua era fiesta y alivio. Evoco las largas caminatas hacia Los Baños Termales, o con rumbo a Las Palmas, a Camoruquito o a las faldas imponentes de los Morros de San Juan, testigos silenciosos de tantas ilusiones juveniles.

Regresan también los mandados que hacía para mi mamá o para mis tías América, Carmen y Cointa, en aquellos tiempos del kerosene que luego sería sustituido por las bombonas de gas. Las bodegas de Santana o Gamalier donde se conseguía de todo: tabaco en rama, aguardiente, combustible, frutas, carne, queso de cincho (duro) y los más variados y peculiares dulces. Espacios de encuentro donde la vida se contaba sin prisa.

Cómo olvidar las conversaciones en las esquinas de la avenida Bolívar, al lado del taller de Penso, en la pensión Roma o en la heladería Monte Carlo, donde se confundían acentos y orígenes: inmigrantes llegados de Italia, Portugal, de Siria, del Líbano, de Turquía, de Palestina y de Israel. Discutían con pasión, sí, pero todo terminaba en paz. Era una lección temprana de convivencia, de respeto, de democracia vivida sin discursos grandilocuentes.

Guardo memorizado el asombro colectivo cuando llegó la luz eléctrica y se disipó la oscurana, o la emoción de sentir la presión del agua potable tras la inauguración del embalse de Tierra Blanca. Eran signos claros de progreso, de un país que avanzaba y ofrecía oportunidades. Emocionante y desbordado orgullo sentíamos cuando se establecieron el Instituto Tecnológico en Valle de La Pascua, Calabozo y Altagracia de Orituco y la Universidad Rómulo Gallegos en la capital guariqueña. 

Y están, por supuesto, las Navidades: los aguinaldos, mi presencia como tamborero en el grupo Los Gaiteros del Momento, dirigidos por el inolvidable Reyes Waldrop. Los infaltables estrenos del 24 y del 31… ¿cómo hacía mamá para lograrlo? Aún me lo pregunto. Como también recuerdo aquel billete de la Lotería de Oriente, comprado en la agencia el Hit de Oro, que resultó premiado y que convirtió a mi madre en dueña de una suculenta cuenta bancaria, celebrada no con envidia, sino con la sincera alegría de los vecinos.

Era la Venezuela donde el éxito ajeno se festejaba como propio. Donde miles de familias ascendieron socialmente al amparo de la democracia. Yo mismo pasé de vivir en un pueblo a ser gobernador del Distrito Federal y posteriormente alcalde de Caracas. Y, aun así, nunca dejé de sentirme acogido por los vecinos que me hicieron tan caraqueño en Catia, en La Pastora o en Caricuao.

Por eso, al cerrar un año más, no reniego de la memoria. La abrazo. Porque en ella están las vivencias que templaron nuestro carácter y nos recuerdan que sí es posible volver a construir un país de encuentros, de progreso y de esperanza. Saber de dónde venimos nos ayuda a no perder el rumbo hacia donde debemos ir.

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He vivido en carne propia el infierno de las prisiones del régimen. Sé lo que significa ser arrancado de la libertad sin debido proceso, ser sometido a procedimientos viles, orquestados con frialdad macabra por jueces sicarios que no administran justicia, sino obediencia. Conozco ese olor a encierro injusto, esa sensación de indefensión absoluta frente a un Estado que ha convertido el Derecho en un instrumento de tortura.

Por eso no me sorprende —aunque sí me indigna— el espectáculo cínico que el régimen pretende montar cada vez que anuncia supuestas “liberaciones”. No lo son. No pueden serlo. Se trata apenas de excarcelaciones, porque nadie que es inocente debió haber sido privado de su libertad. La libertad no se concede como una dádiva del tirano: es un derecho humano inviolable.

El caso de Marggie Xiomara Orozco es una prueba obscena de esa farsa. Una mujer sentenciada a 30 años de prisión por el “delito” de cuestionar a la dictadura en redes sociales. Treinta años, como si hubiera cometido un crimen atroz. ¿Y luego la excarcelan? Con ese solo acto queda en evidencia lo que siempre hemos denunciado: sentencias sin base jurídica alguna, dictadas únicamente para castigar la disidencia y sembrar el terror.

Lo mismo ocurre con los menores de edad. Muchachitas arrancadas de sus hogares, expuestas a ultrajes inimaginables en cárceles que se han convertido en depósitos humanos del horror. Entre julio y agosto de 2024, más de dos mil personas fueron lanzadas a ese abismo. Hoy excarcelan a algunas, como si el país tuviera que agradecerles por no seguir violando brutalmente a quienes nunca debieron estar allí.

Esta historia se repite año tras año. Sacan a unos pocos, dejan tras las rejas a centenares. Hoy siguen más de 800 presos políticos secuestrados. Y casi de inmediato vuelve a girar la puerta perversa: la misma que libera para capturar, que muestra una cara “humanitaria” mientras afila los colmillos para la próxima redada. Es la metodología del terror.

Estamos frente a un régimen que practica terrorismo de Estado. El mismo que ha sido denunciado por crímenes de lesa humanidad. El mismo que ejecuta extrajudicialmente a miles de venezolanos, que desaparece forzosamente a centenares de ciudadanos inocentes, que persigue no solo al disidente, sino también a sus familiares, como si el castigo tuviera que extenderse por vía sanguínea.

Esa trituradora no se va a detener sola. No se detendrá con comunicados ni con gestos cosméticos. Solo se detendrá cuando salgamos de la tiranía y desmontemos todo ese arsenal del crimen, junto con las mafias que lo sostienen.

Claro que nos alegramos por cada compatriota que recupera la libertad. Sería inhumano, no hacerlo. Pero no podemos bajar la guardia, ni concederle tregua a un régimen que juega con seres humanos como monedas de cambio y convierte a inocentes en rehenes.

No pidamos migajas. Exijamos lo que corresponde. Excarcelarlos a todos. Ya.

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El objetivo de este artículo es examinar las relaciones políticas, económicas y estratégicas entre los regímenes de Hugo Chávez Frías y Nicolás Maduro Moros y la República Islámica de Irán, así como los acuerdos suscritos entre ambos estados que han servido de marco para una creciente cooperación en materia de seguridad. Asimismo, se analiza el reciente pronunciamiento del expresidente estadounidense Donald Trump, el cual, a nuestro juicio, introduce una diferencia cualitativa respecto a designaciones previas vinculadas al llamado «Cartel de los Soles», al señalar directamente a Nicolás Maduro y a su círculo ministerial como una organización terrorista. Finalmente, se evalúan las implicaciones geopolíticas de un eventual bloqueo petrolero y su posible lectura como un escenario de confrontación abierta.

Voceros del régimen de Maduro insisten en acusar al presidente Donald Trump de «afectar los intereses petroleros de Venezuela», cuando la verdad es que son ellos mismos los que han destruido nuestra industria de hidrocarburos y saqueado los dividendos que se obtienen de la comercialización del crudo venezolano; la prueba más reciente fue lo admitido por el propio Nicolás Maduro, al detener y encarcelar a su correligionario, Tareck El Aissami, acusándolo de «robarse más de 26 mil millones de dólares» provenientes del tráfico del petróleo venezolano.

Desde comienzos del siglo XXI, Venezuela ha transitado un proceso de reconfiguración de su política exterior, caracterizado por el distanciamiento de los Estados Unidos y la consolidación de alianzas con actores considerados antagónicos al orden liberal internacional. En este contexto, la relación con la República Islámica de Irán ha ocupado un lugar central, no solo en el plano diplomático y económico, sino también en el ámbito estratégico y de seguridad. El análisis de estas relaciones resulta indispensable para comprender las tensiones actuales en el sistema internacional y las advertencias formuladas recientemente por actores políticos estadounidenses, cuyas implicaciones podrían redefinir el estatus del conflicto venezolano.

Durante el ciclo de Hugo Chávez Frías se estableció una relación privilegiada con Irán, sustentada en una afinidad ideológica marcada por el rechazo al liderazgo estadounidense y la promoción de un discurso antioccidental. Esta relación se tradujo en la firma de numerosos acuerdos bilaterales en áreas como energía, vivienda, industria, banca y cooperación tecnológica.

Bajo la dictadura de Nicolás Maduro, esta alianza no solo se mantuvo, sino que se profundizó, particularmente en un contexto de sanciones internacionales y aislamiento diplomático. Diversos analistas y organismos internacionales han señalado que algunos de estos acuerdos han carecido de transparencia y han servido para justificar una presencia iraní en territorio venezolano que va más allá de la cooperación civil tradicional, extendiéndose a ámbitos sensibles vinculados a la seguridad y la defensa. Si bien los regímenes involucrados han presentado esta cooperación como legítima y soberana, sectores de la comunidad internacional han advertido sobre los riesgos que implica la presencia de fuerzas o asesores extranjeros, dotados de pasaportes venezolanos, vinculados a estructuras militares iraníes en el Hemisferio Occidental.

En años anteriores, autoridades estadounidenses declararon al denominado «Cartel de los Soles» como organización terrorista internacional, asociándolo a redes de narcotráfico y crimen transnacional. Aquella decisión, aunque grave, se centró en una estructura criminal específica presuntamente vinculada a sectores militares venezolanos. Sin embargo, el reciente pronunciamiento del presidente Donald Trump introduce un cambio sustancial: la designación directa de Nicolás Maduro y de su tren ministerial como una organización terrorista en sí misma. Esta diferencia no es meramente semántica, sino que transforma el conflicto de una persecución penal contra actores específicos a una imputación política de carácter estructural contra el Estado venezolano de facto. Desde el punto de vista del derecho internacional y de la práctica diplomática, una designación de esta naturaleza tiene implicaciones profundas, al abrir la puerta a medidas extraordinarias que exceden el marco de las sanciones tradicionales.

A lo anterior se suma la advertencia de un bloqueo del tráfico ilegal de petróleo, medida que afectaría el principal sustento financiero de las mafias que operan desde el territorio venezolano. Históricamente, los bloqueos de esta naturaleza han sido considerados actos de coerción extrema, con consecuencias económicas y geopolíticas significativas.

La estrategia seguida, inicialmente por Chávez y luego por Maduro, al estrechar alianzas con regímenes y actores asociados a dinámicas de confrontación global, ha contribuido a situar a Venezuela en una posición de extrema vulnerabilidad internacional. La instrumentalización del discurso antiimperialista y la opacidad de los acuerdos firmados han alimentado percepciones que hoy se traducen en amenazas concretas contra la estabilidad del país.

«Jugar con el terrorismo», como sugiere el título de este artículo, no es una metáfora retórica, sino una advertencia sobre las consecuencias de convertir alianzas estratégicas y narrativas ideológicas en factores que legitiman la criminalización total de un Estado. Las decisiones tomadas durante las últimas dos décadas parecen haber conducido a Venezuela a un punto crítico, cuyas repercusiones aún están por definirse.

La vida está llena de pequeños detalles que, vistos en retrospectiva, terminan marcando el rumbo de lo que uno será. Hoy, mirando hacia atrás, reconozco que buena parte de la seguridad con la que he enfrentado auditorios, cámaras y adversidades se la debo a dos experiencias aparentemente menores: el teatro escolar y el semillero juvenil de Acción Democrática.

Todo empezó en la escuela Vicente Peña, en San Juan de los Morros. Mi maestra de segundo y cuarto grado, Zulme Azuaje —cuyo nombre guardo con gratitud evitando que el tiempo lo haya difuminado— tenía la costumbre de organizar actos culturales para todas las fechas importantes del calendario. Entre 1966 y 1968 me tocó protagonizar varias obras escenificadas en los auditorios de grupos escolares. Recuerdo la emoción y el miedo a partes iguales cuando había que salir, haciendo pareja con Rita del Corral, al escenario del salón de actos ante centenares de compañeros, padres y maestros. Aquellos aplausos —o los silencios cuando algo no salía bien— fueron mi primera academia de templanza. Actuar frente a tanta gente me ayudó a perder la timidez y a entender que el nerviosismo no es un enemigo, sino un compañero que hay que aprender a manejar.

Cuando en septiembre de 1968 ingresé al liceo Juan Germán Roscio, la vida me puso otra prueba distinta. Me incorporé de inmediato al semillero adeista, ese espacio de formación política que Acción Democrática tenía para los más jóvenes. Mi primera responsabilidad seria llegó a finales de enero de 1969, durante las elecciones del Centro de Estudiantes. Allí conocí a Rafael Ángel Marín, un líder nato que se convirtió en mi guía y en el de muchos otros. Varios muchachos cerramos filas en ese movimiento en el que se nos instruyó para deliberar en las asambleas de delegados de curso. ¿Cómo se pedía la palabra para formular una proposición con carácter previo?, así cómo se argumentaba una moción de orden. Con esos aprendizajes di mi primera batalla ganándole a Rommel Gonzalez la delegatura del curso de 1er año sección F.

Ran-Ran-así llamábamos a Rafael Marín-, tenía reglas claras y útiles. Una de las más tajantes era: “jamás memorizar discursos, eso es un pecado mortal”, decía. Su razonamiento era contundente: “Si te acostumbras a repetir discursos de memoria, el día que se te olvide una frase te vas a paralizar y harás el ridículo delante de todos”. En cambio, insistía en desarrollar la capacidad de improvisar. “Un dirigente —decía— tiene que poder tomar la palabra en cualquier momento, incluso cuando las circunstancias apremian y no haya tiempo de preparar nada”.

Para mejorar la dicción nos ponía ejercicios que hoy suenan casi cómicos: leer en voz alta las noticias del diario El Nacional, mordiendo un lápiz entre los dientes. Aquello obligaba a articular con claridad y a modular la voz. Todavía me río cuando lo recuerdo, pero funcionaba.

Y luego estaba la formación intelectual. Nos enseñaban a leer la prensa todos los días, a estar al tanto de lo que ocurría en Venezuela y en el mundo. Según nuestra edad, nos daban cursillos básicos sobre corrientes ideológicas, doctrinas políticas, autores y pensadores que todo militante debía conocer. En la adolescencia, las lecturas se alternaban entre la realidad venezolana y la filosofía universal. Los cuentos y novelas de autores venezolanos revelaban los paisajes y la idiosincrasia del país. Nos entregaban una lista inicial, las novelas de Rómulo Gallegos, especialmente Doña Barbara; de Rómulo Betancourt, Venezuela, Política y Petróleo. Leíamos los enfoques sociales basados en la historia escrita por Ramon Diaz Sánchez. No podía faltar la Venezuela Heroica de Eduardo Blanco, ni los cuentos de Antonio Arráiz que abordaban temas de la vida cotidiana, tal como lo captamos en La Cucarachita Martínez y Ratón Pérez. La historia es vital, no limitarnos a conocer simplemente los datos, las fechas de las batallas, sino, como bien lo dice nuestra aguda historiadora Inés Quintero, “ahondar en las motivaciones e inspiraciones que dieron lugar a todas esas epopeyas”. 

La lectura de El Príncipe de Maquiavelo y las teorías sobre el marxismo despertaban la curiosidad. Obras de la literatura clásica como Los Miserables de Victor Hugo y la Divina Comedia De Dante Alighieri también resultaron impactantes. Cada página abría una ventana a un mundo nuevo, ampliando horizontes en donde aparecían siempre Marx, Lenin, Rousseau, Bolívar, Martí, Gramsci— y de ahí en adelante dependía de cada quien profundizar o quedarse en la superficie. La consigna era simple: un dirigente que no lee, no piensa; y quien no piensa, no dirige.

Cosas de la vida. Lo que empezó como juegos de teatro en una escuela de provincia y continuó con entrenamientos casi artesanales en un semillero político, terminó forjando herramientas que he usado durante décadas: hablar sin papel, improvisar bajo presión, articular ideas con claridad y mantener siempre la curiosidad por leer, aprender y escribir.

A veces los grandes destinos se construyen con ladrillos aparentemente insignificantes: una maestra que te empuja al escenario, un compañero mayor que te corrige la dicción con un lápiz en la boca y la disciplina de no dejar nunca de leer. Todo lo demás —cargos, exilios, prisiones, luchas— vino después. Pero la base, esa la pusieron aquellos años mozos en San Juan de los Morros.

Y aquí sigo, hablando sin leer un papel, improvisando cuando hace falta y tratando de no hacer el ridículo… aunque a veces la vida se empeñe en ponernos a prueba justamente ahí.

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En las sombras de la diplomacia de rehenes, donde los tiranos disfrazan sus debilidades con palabras almibaradas, Nicolás Maduro ha desplegado una nueva táctica: la carta conciliadora. Hace apenas dos semanas, el 6 de septiembre de 2025, Maduro envió una misiva personal a Donald Trump, revelada por la agencia de noticias Reuters, en la que insta a retomar el «diálogo» a través de Richard Grenell, el enviado especial de la Casa Blanca con quien el chavismo había pactado deportaciones y liberaciones de presos al inicio del año. «Presidente, espero que juntos podamos derrotar las falsedades que han empañado nuestra relación, que debe ser histórica y pacífica», escribió Maduro, clamando por «conversaciones directas y francas» para superar el «ruido mediático y las fake news». Es un tono de sumisión disfrazada de igualdad, un lamento por la «relación histórica» entre dos naciones que, según él, solo ha sido empañada por «falsedades».

Pero este súbito afán de paz no es más que un espejismo estratégico. Maduro no escribe desde la convicción de la reconciliación, sino desde la desesperación de un régimen acorralado. Tras el regreso de Trump a la Casa Blanca en enero de 2025, las tensiones han escalado: ataques estadounidenses contra embarcaciones venezolanas acusadas de narcotráfico, el despliegue de buques de guerra contra las mafias en el Caribe y la duplicación de la recompensa por la cabeza de Maduro a 50 millones de dólares, por sus certificados lazos con el «Cartel de los Soles» y el tráfico de cocaína. Grenell visitó Caracas en enero, posando con Jorge Rodríguez, uno de los espadachines de Maduro, ante la espada de Bolívar en un gesto que buscaba descolocar a la oposición, pero los acuerdos efímeros se evaporan ante las nuevas ofensivas de la Casa Blanca en Washington. Ahora, con misiles y submarinos nucleares en el horizonte acosando a los carteles del narcotráfico, Maduro agita el espectro de un «diálogo» que, en realidad, busca una tregua para su supervivencia.

Este cambio de tono choca brutalmente con la retórica incendiaria que Maduro ha escupido durante años contra el «imperio gringo», los «yankees» y, en particular, contra Donald Trump. No es casualidad: es la esencia del chavismo, un régimen que ha convertido el odio anti estadounidense en combustible ideológico, mientras sus líderes acumulan fortunas en paraísos fiscales. Recordemos el historial de agravios, no como anécdota, sino como prueba irrefutable de su hipocresía. No olvidemos que en esas patrañas está atravesada la cartilla de Fidel Castro, que primero Hugo Chávez y ahora Maduro, siguen “al pie de la letra».

Desde su ascenso en 2013, Maduro ha erigido al «imperio yankee» como el gran demonio. En 2018, denunciaba una «campaña de chantaje» de Washington contra América Latina para aislar a Venezuela. En 2019, ante el reconocimiento del gobierno interino por Trump, Maduro expulsó al personal diplomático estadounidense en 72 horas, gritando «¡Yankee Go Home!» y acusando al gobierno de Trump de orquestar un «gobierno títere». Llamó a las acciones de EE.UU. un «golpe de Estado continuado» que violaba el derecho internacional, y rechazó las «virulentas amenazas» de Trump como un asalto a la soberanía venezolana.

Trump, por su parte, no se quedó atrás: en su discurso del Estado de la Unión de 2020, lo tildó de «tirano ilegítimo que brutaliza a su pueblo», prometiendo «aplastar y romper su agarre tiránico». Maduro respondió con veneno puro. En múltiples ocasiones, lo describió como un «vaquero racista vulgar y miserable», y acusándolo de desatar a la CIA para derrocarlo. En 2019, denunció un «asalto brutal» de la policía de Trump a la embajada venezolana en Washington, violando la Convención de Viena. Y en foros internacionales, como la ONU, ridiculizó una «reunión de la vergüenza» convocada por Trump contra la dictadura de Maduro en Venezuela.

Las amenazas no se limitaron a palabras. En 2020, Maduro demandó justicia ante la Corte Penal Internacional por «crímenes contra la humanidad del bloqueo imperial”, y en 2021, en el Día del Antiimperialismo Bolivariano, citó a Simón Bolívar para advertir que EE.UU. está «destinado por la providencia para plagar de miseria a la América en nombre de la libertad. Sus posts en X (antes Twitter) rebosan de esto: «El imperio de los EE.UU. no ha podido, ni podrá con Venezuela, no somos ni seremos jamás una colonia”.

En 2025, con Trump de vuelta, el guión se repite con más ferocidad. Ante el despliegue naval en el Caribe —que Washington justifica como lucha contra carteles—, Maduro juró defender la soberanía con 4,5 millones de milicianos, declarando una «república en armas» si hay una invasión. Acusó a Trump de buscar «cambio de régimen por petróleo de «agresión militar» en ataques a barcos que mataron a 11 personas, y de «terrorismo psicológico» con mensajes intimidatorios. «No hay forma de que entren a Venezuela», rugió, prometiendo «máxima rebelión» y que una guerra «mancharía las manos de Trump con sangre». En X, sus mensajes recientes evocan la «amenaza» del «imperio» y la defensa contra «sanciones yankees».

Este contraste no es sólo retórico; es la confesión de un régimen en quiebra moral. Maduro, que ha convertido Venezuela en un narcoestado —con acusaciones probadas de narcotráfico que él niega como «falsedades», pasa de amenazar con «repúblicas en armas» a suplicar «paz histórica». Es el mismo que, en julio de 2024, condenó el atentado contra Trump en un post inusual de solidaridad, solo para volver a los insultos meses después. ¿Diálogo genuino o maniobra para ganar tiempo? Es el mismo Maduro que se las arregló para que el expresidente Joe Biden le devolviera sus dos narco sobrinos, ya estaban sentenciados por narcotráfico y con ellos volviera de regreso a Venezuela su testaferro consentido Alex Saab (20 de diciembre de 2023). ¿El acuerdo? Maduro aseguró, jurando por dios, que “permitirá realizar elecciones libres y liberaría a los presos políticos». No cumplió para nada esos acuerdos que firmó en la negociación de Barbados.

La verdad está plasmada en el informe que el lunes 22 de septiembre presentó ante La ONU la Misión Internacional Independiente de Determinación de los Hechos sobre la República Bolivariana de Venezuela

Es un parte detallado dicha misión confirma que, “en Venezuela se ha instaurado un sistema de represión estatal, en el que todos los poderes públicos participan de forma coordinada para silenciar, perseguir y castigar a opositores reales o percibidos como opositores”. Destacan que “la violencia institucionalizada —detenciones arbitrarias, desapariciones forzadas, tortura, violencia sexual y asesinatos— no son incidentes aislados, sino parte de un terrorismo de Estado que utiliza el miedo como herramienta política”.

La Misión insta al Estado venezolano “a liberar a todos los detenidos arbitrariamente. Garantizar el acceso a justicia y reparación a las víctimas. Poner fin a la impunidad y permitir investigaciones internacionales. Desmantelar las estructuras de represión y las leyes utilizadas para criminalizar la disidencia”.

Los tópicos y frases claves a destacar dentro de la narrativa del informe, indican que “hay más de 2.220 personas detenidas tras las protestas de 2024, muchas de ellas sin orden judicial ni garantías. Más de 200 nuevas detenciones documentadas en 2025, confirmando que la represión sigue activa”. La Misión de la ONU califica estas prácticas “como crímenes de lesa humanidad por persecución política”.

La Misión confirma que “84 extranjeros de 29 países fueron detenidos y usados como fichas de negociación política; que se registraron 30 muertes, 25 en protestas y 5 bajo custodia del Estado; 30 desapariciones forzadas documentadas, con autoridades negando el paradero de las víctimas; se documentaron casas clandestinas de detención y manipulación de documentos oficiales; que la tortura sigue siendo política de Estado, llegando a aplicar descargas eléctricas en genitales, asfixia y aislamiento prolongado y que las celdas de castigo de un metro cuadrado mantienen a los detenidos en condiciones inhumanas. También se reporta violencia sexual sistemática contra mujeres, adolescentes, hombres y personas LGBT y que ninguno de los casos de violencia sexual ha sido investigado, garantizándole impunidad total para los agresores. La Misión concluye que “Venezuela vive bajo terrorismo de Estado, con el miedo como herramienta de control”.

Como ex alcalde de Caracas y preso político del chavomadurismo, he visto y padecido de cerca esta farsa, “en carne propia”. Maduro no busca paz; busca perpetuarse. Trump debe ignorar esta carta y presionar con la fuerza de la verdad: más sanciones contra los integrantes de la pandilla de esa corporación criminal y más apoyo a la resistencia cívica que lideran el legítimo presidente electo, Edmundo Gonzalez y la líder que guía espiritualmente a nuestro pueblo, María Corina Machado. Esa es la única manera y vía para restaurar la democracia. Venezuela no será colonia de nadie, pero tampoco será rehén de un tirano. El pueblo clama libertad, y el «diálogo» de Maduro es solo humo para ocultar su rendición inminente. ¡Hasta que caiga el régimen, no habrá paz verdadera!

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En un intento socarrón por desvirtuar la lucha de resistencia de millones de venezolanos, y en particular la de María Corina Machado, algunos “colaboradores” se han dedicado a banalizar su situación de clandestinidad, balbuceando frases preelaboradas con un lenguaje sibilino, pretendiendo descalificar tan arriesgado esquema de combate. Critican su llamado a la desobediencia civil y se esmeran en contrastar, con argumentos rebuscados y comparaciones absurdas, la realidad actual con los diez años de dictadura que comenzaron en Venezuela a finales de 1948, tras el derrocamiento del presidente Rómulo Gallegos. Sin embargo, la clandestinidad de entonces y la de hoy son mundos distintos, y minimizar el coraje del pueblo venezolano actual es un error que no podemos permitir.

En los años cincuenta, los presos políticos y quienes resistían clandestinamente no contaban con las herramientas que hoy damos por sentadas. En 1951 o 1957 no existía internet, ni Instagram, ni Facebook, ni YouTube, ni X, ni TikTok. La organización dependía exclusivamente de redes humanas: células que integraban ciudadanos corajudos que habilitaban los escondites de líderes como Leonardo Ruiz Pineda, Alberto Carnevali, Antonio Pinto Salinas o de Rómulo Betancourt antes de su destierro. Los sabuesos de la Seguridad Nacional, bajo el mando de Pedro Estrada, recurrían a delatores —los infames “sapos”— y a torturas inhumanas para arrancar información sobre el paradero de estos u otros luchadores. La represión era feroz, y la clandestinidad significaba vivir bajo la constante amenaza de ser capturado o asesinado. También en cada circunstancia se organizaron fugas espectaculares, como la de Alberto Carnevali, escapando del Puesto de Socorro en Caracas el 26 de julio de 1951 y la Operación Guacamaya, implementada a comienzos de mayo del año en curso, que dejó al desnudo las debilidades de la dictadura de Maduro.

Hoy, la tecnología ha transformado radicalmente la forma de resistir. ¿O es que no recordamos que la campaña electoral que cerramos con la épica victoria del 28 de julio se apoyó, fundamentalmente, en el uso de las redes sociales para proyectar los mensajes de María Corina y las imágenes de las masivas concentraciones de respaldo a la candidatura de Edmundo González Urrutia? Actualmente María Corina Machado y Edmundo González, por ejemplo, utilizan plataformas tecnológicas para realizar reuniones de trabajo, día tras día, en mañanas, tardes, noches y madrugadas. Esta comunicación instantánea permite coordinar esfuerzos de manera eficiente, algo inimaginable en la época de Pérez Jiménez.

Las redes sociales se han convertido en herramientas clave para difundir información, organizar movimientos y conectar con la comunidad internacional. Esta visibilidad global marca una diferencia abismal con el aislamiento que sufrían los luchadores de antaño. En tiempos de la dictadura de Pérez Jiménez los líderes se veían forzados, inevitablemente, a movilizarse, a salir de sus “conchas” o lugares de refugios para encabezar reuniones clandestinas; por eso agarraron y asesinaron a Leonardo Ruiz Pineda y a Pinto Salinas. Ellos organizaron redes secretas para desafiar al régimen militar. Estas «células valientes» coordinaban escondites, distribuían propaganda y planificaban acciones de ataques sin contar con la tecnología moderna de la que disponemos ahora, enfrentándose a una represión brutal liderada por la Seguridad Nacional y su temido jefe, Pedro Estrada. Esta lucha clandestina, combinada con protestas públicas relancinas, culminó en la caída de Pérez Jiménez en 1958, abriendo el camino hacia la democracia en Venezuela.

Pero que nadie se equivoque: la tecnología no reduce el peligro ni el valor de quienes enfrentan al régimen de Maduro. La clandestinidad sigue siendo una realidad arriesgada. Mujeres muy humildes, madres y abuelas desobedecen con una dignidad admirable las órdenes del régimen, negándose a participar en fraudes electorales a pesar de las amenazas de ser eliminadas de las listas que controlan la entrega de las míseras cajas de alimentos. Su valentía no necesita de torturas físicas para ser reconocida; el simple acto de desafiar al poder en un contexto de hambre y vigilancia ya es heroico.

Quienes pretenden desacreditar esta lucha argumentando que la clandestinidad actual es ficticia o menos dura por la existencia de la tecnología, ignoran la realidad. Tampoco resaltan que hoy existe la Corte Penal Internacional y contamos con una red mundial de medios globalizados que denuncian la supresión de la libertad de expresión, pero eso no elimina el peligro. Pero lo persigue, tal como está ocurriendo con el incremento de la oferta de 50 millones de dólares por la captura del dictador Maduro. No es una quimera. La información la ha dado a conocer oficialmente el Departamento de Justicia de Estados Unidos.  Una recompensa histórica de 50 millones de dólares por información que lleve al arresto de Nicolás Maduro. 

El régimen de Maduro ha adaptado sus métodos de represión a la era digital, utilizando la vigilancia electrónica y la persecución selectiva mediante la revisión arbitraria de teléfonos y monitoreo de redes sociales. Comparar maliciosamente ambos contextos es un ejercicio vacío que solo busca desmontar el ánimo de un pueblo que no se rinde y no toma en cuenta que, desde el 28J, enfrentamos una nueva etapa, porque el régimen le declaró la guerra abierta al pueblo. No quieren acuerdos; quieren sumisión. Frente a eso nos corresponde seguir luchando, la victoria llegará. Este régimen caerá. Viene una Venezuela nueva, más sana, más fuerte, fortalecida en la lucha y el dolor. Una Venezuela mejor preparada que nunca para el trabajo duro y para cosechar los frutos de la libertad.

En definitiva, subestimar la resistencia venezolana es un acto de ceguera. La lucha actual es tan legítima y valiosa como la de hace décadas, aunque se libre con otras herramientas y en otro escenario. No permitamos que estas comparaciones absurdas apaguen la determinación de quienes, como María Corina Machado, arriesgan todo por la libertad. Su ejemplo, y el de esas mujeres y hombres que desafían al régimen, merece nuestra admiración y apoyo incondicional. ¡Qué dignidad la de quienes se niegan a doblegarse, aun a costa de perderlo todo! La lucha por la libertad no conoce épocas ni tecnologías; solo requiere corazones valientes, y de eso, en Venezuela, sobran. Y en otras partes del mundo también.

El movimiento de derechos civiles en Estados Unidos (décadas de 1950 y 1960), como las marchas lideradas por Martin Luther King Jr., igualmente incluyó esfuerzos clandestinos. Activistas organizaban reuniones secretas y redes de apoyo para evadir la vigilancia de autoridades racistas y grupos violentos como el Ku Klux Klan. Estas acciones, que combinaron resistencia pacífica y coordinación oculta, fueron fundamentales para desmantelar las leyes de segregación racial y lograr avances como la Ley de Derechos Civiles de 1964.

La resistencia polaca durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) . El “Armia Krajowa” (Ejército Nacional Polaco) fue una de las mayores redes clandestinas de la historia. Operando bajo la ocupación nazi y, posteriormente, soviética, esta organización llevó a cabo sabotajes, recopilación de inteligencia y apoyo a la población civil. A pesar de las duras represalias, su perseverancia contribuyó a mantener viva la esperanza de liberación y sentó las bases para la recuperación de la soberanía polaca tras la guerra. Estos ejemplos muestran que las luchas clandestinas triunfan gracias a la combinación de organización, valentía y adaptabilidad.

Cierro esta crónica con palabras recientes de María Corina Machado:

“Maduro y su régimen van a salir, de una manera o de otra. Con o sin negociación. Un día antes o un día después. Eso está escrito. Eso va a pasar. El gran desafío es esa Venezuela que tendremos que reconstruir desde las ruinas. Una responsabilidad histórica que ocurre poquísimas veces en la historia de la humanidad”.  

En definitiva, no todo se puede hacer ni decir; pero las instrucciones para nuestras estrategias son muy claras y están siendo ejecutadas. El pueblo se organiza cada vez más, con sigilo, para hacer lo que le toque cuando le toque. Estamos destinados a vencer, porque ellos tienen las armas pero nosotros tenemos la gente. Somos millones y, al final del día, nada nos podrá detener.

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Tanto María Corina Machado como Edmundo González, en sus recorridos por los pueblos de Venezuela, le hablaron con la mayor franqueza a los ciudadanos que venciendo todo tipo de dificultades, acudían a los actos de calle a escuchar sus discursos. Esos mensajes de María Corina y Edmundo estaban siempre presididos por la verdad, al confesar e ilustrar a las audiencias populares a las que se dirigían, diciéndoles que no encaraban «una simple y convencional campaña electoral, sino un desafiante y formidable combate entre el bien y el mal.” ¡Así de simple!

En efecto, la confrontación política en Venezuela se describe como una «guerra entre el bien y el mal» debido a varios factores que caracterizan la lucha contra el régimen de Maduro: Lo primero es su inocultable naturaleza percibida como una «tiranía» y una «peligrosa corporación criminal» que se vale de prácticas como el narcotráfico, el terrorismo, la corrupción y la represión para mantenerse en el poder. Estas acciones son consideradas intrínsecamente malvadas y destructivas para la sociedad. En segundo lugar, se trata de un régimen que frecuentemente viola los derechos humanos y se burla de la voluntad popular.

Al día de hoy, después de transcurrido un año de la espectacular epopeya protagonizada por millones de venezolanos, se mantiene vigente esa premisa, porque seguimos en medio de una guerra con una tiranía, luchando contra una mafia, contra una peligrosa corporación criminal que se vale de todo, de lo peor, como el narcotráfico, el terrorismo, las bandas delincuenciales, la corrupción y la represión más feroz, para desconocer su derrota, sin admitir que tanto Edmundo González como María Corina Machado tienen la legitimidad de la que carece el dictador Maduro y sus compinches que integran ese elenco de mafiosos que lo secundan.

A un año de esas elecciones del 28 de julio, la ciudadanía sigue en pie de lucha. No se rinde, no se entrega, no se deja paralizar por el miedo que infunde el régimen, sino que transforma ese sentimiento en una pieza de acción para convertir ese miedo en una razón de peso para insistir en hacer valer esa contundente victoria. El mayor miedo es perder definitivamente la libertad, la esperanza y la patria entrañablemente amada.

A Maduro lo derrotamos muy a pesar de su arsenal fraudulento, superando con creces, digna y valientemente, su ventajoso cuadro de poder. Le ganamos a pesar del control de sus «rectores» en ese Consejo Electoral manipulado. Le ganamos con todo y su registro electoral plagado de inconsistencias. Lo derrotamos a pesar de que nos castró del derecho a votar a 5 millones de ciudadanos de la diáspora venezolana. Le ganamos aunque perseguía a los activistas y metía presos a dirigentes que se convirtieron en nuestros primeros estímulos para no abandonar el combate. Los derrotamos después de haber inhabilitado de forma truculenta a María Corina Machado, quien inmediatamente respaldó, con entusiasmo y nobleza, la candidatura providencial y victoriosa de Edmundo González Urrutia.

Maduro se valió del torrente de recursos financieros del Estado, indebidamente usados, y de los fardos de dólares robados a la nación. Activaron sus pelotones de esbirros, sus élites militares, policías, colectivos armados y de su red de medios comprados y asaltados; se acuerparon con sus aliados internacionales rusos, iraníes, nicaragüenses, castristas, etc., y no pudieron detener a ese bravo pueblo. Como tampoco podrán invalidar la certificación que está plasmada en cada acta que revela el verdadero y auténtico resultado del pasado 28 de julio.

Por eso seguimos luchando, con nuestros líderes legítimos, con la imborrable huella de la victoria labrada ese día, con la comprensión de una comunidad internacional que sabe que ganamos y que tiene que meditar seriamente si nos deja a merced de esas mafias que son a la vez una amenaza cargada de riesgos para el mundo libre. La auténtica narrativa sugiere que estas mafias en el poder son una «amenaza muy peligrosa para el mundo libre», elevando la confrontación más allá de las fronteras venezolanas y posicionándose como una defensa de valores universales.

Esta perseverancia y valentía del pueblo venezolano en defender sus derechos y la victoria obtenida se alinea con la lucha por el «bien». De allí que hablar de nuevas elecciones sin primero resolver el acatamiento de lo que dictó el pueblo ese día 28 de julio, es traicionar a ese pueblo que insiste en la victoria que vale la pena. No se trata de renegar del derecho a ejercer el sufragio, sino de un firme gesto de desobediencia civil para condenar el fraude crónico que motoriza este régimen espurio. 

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