Morfema Press

Es lo que es

Armando Martini

Hay artículos que surgen de la indignación, otros de la nostalgia, y los que nacen de una constatación más severa; cuando el debate público se vuelve susurro, la prudencia degenera en excusa y el abandono del carácter se siente como vacío ensordecedor. Las siguientes líneas no son elogio fácil ni consigna pasajera, sino reflexión con espíritu crítico, pero también con la franqueza que exige toda hora decisiva sobre liderazgo, coherencia y coraje en tiempos donde tales virtudes escasean. 

En política, como en la guerra, no siempre se derrota al adversario por la fuerza, a veces basta con que el propio bando renuncie al valor. Hay épocas en que los pueblos no claman por administradores, sino por temple, talante y condición. En esta hora áspera, cuando la resignación amenaza con vestirse de cordura, aparece una exclamación que no es un lema sino diagnóstico. ¡Qué falta haces!

No se trata de idolatría, el deporte tropical que tanto daño causa, sino de reconocer una cualidad escasa. La coherencia. En un escenario, en el que la ambigüedad se ha convertido en moneda de cambio y la astucia en sinónimo de claudicación elegante, su figura representa, para la inmensa mayoría, una línea recta en medio de un mapa torcido y, más importante, la voluntad del pueblo.

Su mayor virtud no ha sido la retórica inflamable —aunque sabe usarla—, sino la negativa obstinada a normalizar lo anormal. En un país donde la excepción se volvió norma y la provisionalidad se eternizó en sistema, ella insistió en llamar dictadura a la dictadura, fraude al fraude y miedo al miedo. Puede parecer un gesto menor, no lo es. Las naciones comienzan a extraviarse cuando el lenguaje se corrompe.

La política nacional ha oscilado entre la épica improvisada y el cálculo mezquino. Se ha confundido diálogo con rendición, estrategia con dilación y realismo con adaptación al abuso. Frente a esa gimnasia complaciente y acomodaticia, encarnó una incomodidad persistente. No brindó atajos ni espejismos; ofreció confrontación democrática, se legitimó, con costos claros y horizonte incierto. Y eso, en tiempos de fatiga colectiva, es un acto de honestidad invaluable.

Sus detractores la acusan de entusiasta rigidez, pero la historia no siempre avanza gracias a los flexibles. Hay momentos en que la firmeza, aunque desagrade, es el último bastión frente al cinismo. La flexibilidad sin principios deviene en complicidad; la solidez con fundamento y las convicciones pueden parecer temerarias, pero conservan intacta la brújula moral.

El drama contemporáneo no es solo la permanencia del autoritarismo, sino erosión de la esperanza. Cuando los ciudadanos comienzan a creer que nada cambia, que cada elección es simulacro y toda negociación un teatro predecible, el enemigo deja de ser el régimen y pasa a ser el desaliento. Allí radica la relevancia de los liderazgos que no administren la derrota, sino que desafíen la resignación.

No es que posea una varita mágica. Ningún dirigente serio debería prometerla. Pero su presencia activa en la escena pública ha demostrado que el miedo no es invencible y que la organización ciudadana puede articularse en torno a un propósito. Cuando millones se movilizan no por un poco de comida ni por una dádiva, sino por la aspiración abstracta —y por eso mismo sublime— de libertad y democracia, algo profundo se ha movido bajo la superficie.

En la tradición política occidental, los grandes momentos no se definen por la ausencia de dificultades, sino por la aparición de carácter. Winston Churchill comprendió que no se puede negociar con quien pretende someterlo todo; entendió que hay instantes en que la claridad moral vale más que cualquier aritmética parlamentaria. Y, salvando las distancias históricas, el principio es análogo: frente a la opresión sistemática, la tibieza no es virtud; es preludio de derrota.

¡Qué falta haces María Corina! No como figura mesiánica —la república no necesita mesías—, sino como símbolo de una política que no se arrodilla ante la conveniencia, el beneficio o el provecho. Falta tu voz cuando el silencio se disfraza y encubre su afonía. Firmeza, cuando algunos descubren de repente, las ventajas del acomodo placentero y el privilegio de la cercanía ilegal e ilícita. Tu claridad, cuando otros se empeñan en llamar estabilidad a la perpetuación de la arbitrariedad, violación de los Derechos Humanos e injusticia.

Las naciones no se reconstruyen solo con planes técnicos, aunque indispensables. Se rehacen con voluntad y la voluntad, en política, se contagia. Cuando un liderazgo transmite convicción sin odio, firmeza sin histeria y determinación sin cálculo egoísta, se reordena la conciencia colectiva.

El tiempo dirá si esta etapa fue una pausa o el preludio de una transformación. Lo que ya es evidente, en medio de la confusión deliberada y la extenuación inducida, la ausencia de una voz intransigente frente al atropello e ilegalidad. Deja un vacío difícil de llenar; aunque disfónicos lo ambicionen.

Hay momentos en que la historia no pregunta quién fue el más astuto, sino quién se mantuvo en pie. En esta hora incierta, esa estatura moral antes que política, es la que Venezuela echa de menos.

@ArmandoMartini

Donald Trump nunca dejó de ser hombre de negocios. Su visión de Venezuela no fue la de un político, sino la de un empresario ejecutando una adquisición de un activo subvalorado con una gerencia desastrosa, sentado sobre el colateral más valioso del planeta. Para entender mejor lo ocurrido, hay que olvidar los manuales de la política y centrarse en los libros de las finanzas corporativas.

Desde la perspectiva empresarial, no es una intervención humanitaria clásica ni un simple cambio de régimen o descabezamiento narcoterrorista; es la ejecución de una toma hostil, dirigida por un incursor corporativo que ve en Venezuela no un Estado fallido, sino un bien en dificultades con un potencial de retorno incalculable.

Venezuela dejó de ser una república para convertirse en una «sociedad anónima» en quiebra, una corporación con inmensos haberes energéticos, gerenciada por quienes violaron su deber fiduciario, mantuvieron relaciones indebidas, saquearon su tesoro, diversificaron ilegalidades y destruyeron el valor para los accionistas. Nicolás Maduro no era un dictador ideológico, sino un corrupto e incompetente que se atrincheró en la sede corporativa, rechazando ofertas de salida, emitiendo deuda ilícita sin autorización e imposible de auditar. 

La estrategia ha seguido con rigurosidad el manual de Wall Street. Primero, la fase de asedio financiero. Las sanciones fueron castigos diplomáticos y maniobra deliberada para estrangular el flujo de caja, depreciar el valor de la acción y forzar negociar o colapsar. Al cortar el acceso a los mercados de capitales y clientes solventes, convirtió a Venezuela en un activo inviable bajo la nefasta y podrida administración castro-chavista-madurista.

Se intentó cambiar mediante el voto de los accionistas (28 de julio), pero sin éxito debido a la coerción gerencial que controlaba el proceso. Forzando la opción de conflicto. La operación del 3 de enero de 2026 no fue irrupción tradicional; hubo la remoción para asegurar activos, infraestructura y campos petroleros. La orden de que los ingresos estén bajo administración estadounidense es el equivalente a llevar a la empresa a un proceso de quiebra. Washington actúa como síndico, protegiendo los derechos de valor económico de acreedores hostiles mientras se reorganiza la firma. La contratación para comercializar no es política; es empresarial de tesorería para generar liquidez.

¿Reestructuración o liquidación? La analogía corporativa revela su valor y advertencia. En una toma hostil, el objetivo es maximizar el retorno de la inversión y existen dos caminos; el del inversor responsable que implica una visión a mediano y largo plazo, invertir para rehabilitar infraestructura, renegociar inteligentemente la deuda, enmendar el capital humano y social, para que la “empresa” vuelva a ser productiva y valiosa de forma sostenible. Finalmente, un pacto de recompra con elecciones libres que legitimen la nueva directiva. 

Y está la del depredador corporativo, que prioriza el flujo de caja, extrae y vende a mayor ritmo, recupera inversión, cancela acreedores, e ignora mantenimiento y desarrollo; para un resultado final de cascarón vacío. La empresa (el país) queda sin capacidad productiva propia, con su tejido social dañado y el medio ambiente saqueado.

La falla de este modelo es el riesgo de los accionistas minoritarios olvidados, dispersos, sin voto ni poder en la administración impuesta. Su “acción social” (ciudadanía) se diluye si no se traduce con urgencia en poder político.

El pasivo oculto que ningún balance muestra es el colapso del capital humano y la legitimidad. Ninguna empresa prospera con una nómina enferma, desnutrida y desesperanzada. La deuda social es tan abrumadora como la financiera.

La metáfora de la adquisición hostil no normaliza los hechos; los clarifica y obliga interrogantes incómodas. La asamblea general ha sido reemplazada por la gobernanza corporativa asignada y la narrativa política se disuelve ante la lógica fría del balance. La pregunta no es sobre democracia, sino sobre el plan de negocios. 

Los venezolanos no pueden ser simples espectadores de esta operación financiera ejecutada, deben exigir transparencia y cronograma de inversión productiva versus extracción, también, el mecanismo y fecha para el “pacto de recompra” electoral, con la elección de los nuevos regentes.

Con el control asegurado, la directiva y sus gerentes en disciplina obediente, comienza la fase de reestructuración. Donald Trump aplicó la mentalidad del CEO. La historia juzgará si fue la de un reconstructor de empresas o un liquidador de activos. La diferencia para Venezuela será abismal. El reloj de Wall Street corre; la paciencia de la gente y su derecho a un futuro más allá de una valía en una carpeta de inversiones deben ser el verdadero termómetro de la victoria.

@ArmandoMartini

Cuando el cambio se vislumbra arrollador, no son las fuerzas declaradas las que representan el mayor peligro, son las que operan agazapadas, emperifolladas de normalidad. En política, las sombras hablan antes que la luz, nada es casualidad y menos cuando el reloj marca lo inevitable.  

Si los rumores se repiten y dejan de murmurar para gritar, se convierten en plan. Lo que se está desarrollando no es una competencia política, es un sofisticado diseño de sabotaje para frustrar la transición hacia la libertad democrática. Se arrastran como víboras en la penumbra; la conspiración deliberada está en marcha para estropear la transformación a un país de excelencia.

Los artífices del entramado, una coalición de sinvergüenzas heterogéneos cohesionados para defender vagabunderías. Discípulos adoctrinados, colaboradores gratificados que, en pánico, ven esfumarse privilegios. Funcionarios de transacciones, chantaje y extorsión; empresarios vivianes de lo amañado. Politiqueros camaleónicos, y siniestros apoderados cuya lealtad es inversamente proporcional a su oportunidad, y quienes, con charreteras relucientes, uniformes y convicciones flexibles, apartados del honor institucional que juraron defender, negocian el precio de su lealtad. 

Su consenso, tácito pero firme, es cualquier cambio auténtico, es una amenaza existencial. Su objetivo no es gobernar para el futuro, sino perpetuar el pasado para beneficio. Y, en un coro desafinado, acuerdan abortarlo antes de que nazca. Tiemblan aterrados ante la transparencia, sabedores de que sus secretos no resistirían la luz del día.

La metodología es un patrón reconocible que la ciencia política ha documentado. Encuentros circunspectos que desaparecen; tratos de ultratumba; incentivos para la división con promesas lucrativas, prebendas y cuotas de poder; escándalos mediáticos para confundir a la ciudadanía exhausta. Y, la más perniciosa, promoción de un discurso de «paz» y «estabilidad» que significa la prolongación de la impunidad. Presentando la disyuntiva como una elección entre «orden» y «caos», cuando la realidad es una elección entre «cambio» y «continuidad de la corrupción».

Revelan un esquema inequívoco. Lo llaman “normalización”, en realidad es miedo disfrazado de orden. No se trata de desvaríos ni paranoias, es un plan elaborado para descarrilar la bienvenida de un nuevo ciclo político, bajo un manto de aparente legalidad, como si la mentira se legitimara con sellos y firmas.

No son fantasmas, sino maniobras concretas. Sin embargo, el costo del retraso es alto y doloroso. Cada día que logran postergar el cambio representa múltiples tragedias simultáneas. Un día más de oxígeno para un modelo moribundo; un día más de riqueza mal habida; un día más de exilio, represión, miseria, presos, torturados, exiliados, desaparecidos, y un día menos de justicia para las víctimas.

Pero, la subestimación fatal, un error de los conspiradores, ignorar, desconocer la voluntad soberana de un pueblo, que no se archiva ni se firma en secreto. La paciencia ciudadana, aunque extensa, no es infinita. Está demostrado que cuando la mayoría alcanza un punto de inflexión, ningún discurso, uniforme o pacto la detiene. La fuerza legítima de las urnas y de la calle siempre termina por imponerse sobre la ilegítima de la coerción y el fraude. Se enculillan con el cambio, pero aún más a la justicia que lo acompañará. Su resistencia no nace del patriotismo, sino de que sus faenas no resistirían el escrutinio de instituciones transparentes. Verdad que incomoda.

La disyuntiva histórica se presenta clara y urgente, vivimos la bifurcación que definirá el destino por décadas. O bien la voluntad popular se impone, conduciendo a una transición pacífica, ordenada pero firme hacia la restitución del Estado de derecho, o seremos testigos de la perpetuación de un sistema que convierte a los verdugos del presente en supuestos salvadores del futuro. La gran ironía, quienes invocan símbolos patrios son los primeros en preparar su huida hacia jurisdicciones serviciales.

La decisión final no habita en despachos oficiales o secretos de alcoba. Reside en la capacidad ciudadana para discernir entre el auténtico interés nacional y aquellos que se disfrazan para proteger lo injustificable. No hay neutralidad cuando la dignidad institucional está en juego. El silencio encubridor se convierte, inevitablemente, en complicidad activa con el deterioro.

El aguante, no es eterno. Llegó la hora en que la determinación debe zarandear a la resignación, y la acción organizada reemplazar a la esperanza pasiva. La transición hacia la democracia plena no es un favor negociable, es un derecho que se conquista.

En el pliegue de la historia, la luz de la justicia rara vez ilumina, pero el lamento de los olvidados siempre resuena. No hay mayor traición a la humanidad que normalizar el sufrimiento ajeno. Forzados al silencio por quienes idolatran el poder y castigan la fragilidad, los disidentes caen en el abismo de la indiferencia; mientras el mando, sin validación de obediencia voluntaria y respeto ciudadano discute abstracciones, goza del frívolo protocolo ceremonial, permitiendo insignificantes formalidades.

Personas con nombre, familia, sueños y dignidad son inhabilitadas, perseguidas, encarceladas y exiliadas. ¿Su crimen? Denunciar atropellos, defender la libertad y luchar por la democracia. ¿Su castigo? Tortura, prisión, ostracismo y el silencio de quienes deberían indignarse.

La dignidad humana no es negociable. Los derechos humanos no son un favor del Estado; son el cimiento de la civilización. Cuando se ignoran y la sociedad tolera su violación, entrega su esencia, siembra su propia decadencia y cava su tumba. La historia no juzgará a los pueblos por sus monumentos, sino por su humanidad. La grandeza de una nación no se mide por su riqueza o armas, ni se calcula por su PIB, sino por cómo trata a sus débiles. Si permitimos que la injusticia se vuelva costumbre, perderemos batallas legales; pero también el alma como sociedad.

Cuando un niño duerme en la calle, si comunidades son desplazadas por la violencia, si el pueblo padece hambre o si enfermos mueren sin medicinas, no es un «fallo del sistema», es un fracaso ético y moral. ¿De qué sirve una Constitución con principios nobles si se pisotea? ¿Qué vale la ley si solo protege al privilegiado? La injusticia no es un error, es el sistema funcionando como fue diseñado. Y persiste, porque beneficia a unos pocos, a los mismos que duermen serenos y sin remordimiento mientras otros agonizan.  

No es casualidad que sean los mismos sacrificados en nombre de la política o la economía. Sus derechos reconocidos en tratados y constituciones son violados con exceso e impunidad. ¿Dónde queda «todos nacen libres e iguales en dignidad» cuando un inocente se pudre en una celda sin juicio, o un pueblo huye de la muerte? No basta con denunciar, hay que exigir que se cumpla el deber sacro de proteger a las víctimas de la crueldad y la indolencia.

El poder, con su cinismo habitual, habla de “daños colaterales”, “ajustes necesarios” y “realidades duras”. Pero detrás de esos eufemismos hay rostros: el ciudadano decente, el obrero trabajador, el migrante sofocado, la madre que entierra a su hijo por extraños desafueros y sinrazones. La injusticia se perpetúa con acciones y silencios. Cada vez que un gobierno antepone el poder a la vida y la sociedad mira hacia otro lado se consuma un crimen contra la humanidad.

Los estadistas no son los que acumulan poder, sino los que alzan la voz por los que no tienen. Mandela, Luther King y Gandhi entendieron que la justicia no es utopía, sino un camino que se construye. Hoy, esa vía exige reparar lo irreparable, dar justicia, no limosna; ya es suficiente la impunidad, donde hay opresión debe haber consecuencias. La justicia tardía es justicia negada. Ningún progreso es real si no vemos al otro como igual.

No se avanza sin sentido común, con discursos vacíos, indignación pasajera o declaraciones incumplidas. La historia evidencia que los derechos se conquistan cuando la ciudadanía comprende que la pasividad es connivencia. La justicia no se ruega, se exige. La libertad no se mendiga, se defiende. Cada generación enfrenta una prueba, la nuestra es clara: ser espectadores del colapso moral, decoro, pundonor y respetabilidad, o ser la voz que lo reclama.

¿Cómo llamarnos civilizados si permitimos que el ser humano sea tratado como mercancía, estadística u obstáculo? La indiferencia es coautora y partícipe. El silencio, criminal. A los líderes: ¿dónde está su valentía y valor? A los ciudadanos: ¿dónde está su preocupación, disgusto y arrojo? A la comunidad internacional: ¿dónde están los mecanismos para hacer cumplir sus propias leyes?

Que las futuras generaciones no nos recuerden por nuestra cobardía, sino por el coraje de haber dicho ¡Basta! Es momento de actuar, exigir responsabilidades, porque mañana los silenciados podríamos ser nosotros. Y, como escribió Albert Camus -ensayista, filósofo y periodista argelino-francés-, «un hombre solo siempre es vencido, pero el pueblo unido cambia el mundo». 

Se visualiza de proporciones épicas el derrumbe de la confianza y la pérdida de legitimidad que sepultará al intruso castrismo. Las instituciones que otrora sostenían su cimiento, se resquebrajan bajo la corrupción y desinterés. El oficialismo, que de adalides del bien común se convirtieron en una casta privilegiada; gandumbas y fantoches de haberes tenebrosos, bufones del abuso y la opresión, preocupados por sus intereses que por el bienestar ciudadano; son incompetentes en las soluciones a contrariedades que aquejan a la sociedad.

El mundo politiquero se asemeja a una estampida desbocada, donde la razón ha sido pisoteada por el torrente de mondregos enfurecidos. Ya no se trata de debates ideológicos constructivos, sino de una lucha visceral por la permanencia, donde la verdad es una mercancía manipulable y la ética es relegada a un oscuro rincón.

Las herramientas de conexión y conocimiento se han transformado en campos de batalla virtuales, correveidile de insultos y descalificación como armas predilectas. La información veraz se ve opacada por un afluente de noticias falsas y propaganda, creando una realidad distorsionada donde la desconfianza y el miedo reinan supremos.

En este frenesí, la cordura parece animal en extinción. Los líderes, convertidos en gladiadores de la retórica, atizan las llamas del divisionismo, sembrando discordia entre sus seguidores y demonizando a sus oponentes. La moderación es vista con ingratitud y debilidad, el consenso como traición y la empatía como flaqueza. La ciudadanía, mira estupefacta cómo sus voces son acalladas y sus anhelos desconocidos. La fe se desmorona. El ciudadano contempla cómo se demuele quien alguna vez prometió un futuro justo y próspero.

Las causas son múltiples y complejas. Corrupción endémica, falta de transparencia y rendición de cuentas, mentira e ineficiencia institucional, desconexión entre las élites y el pueblo, erosión de los valores éticos, morales, deterioro de los principios y violación de los derechos humanos, han creado un caldo de cultivo perfecto para la decepción, frustración y desilusión.

La responsabilidad recae en holgazanes, sempiternos politiqueros embusteros, oportunistas y asaltantes del erario público; permitiendo que la podredumbre se arraigue.
Cediendo ante el miedo, tolerando la mediocridad y falta de liderazgo. Las consecuencias, son devastadoras para el oficialismo. La confianza en las instituciones se ha desplomado, la participación ciudadana paralizada y haragana. La capacidad de resolver los problemas comunes atrofiados, lo que genera una profunda crisis de legitimidad. La polarización social se intensifica, creando un clima de crispación y violencia. La economía arrasada, arruinada, mientras que la pobreza, desigualdad e indigencia ha sido exponencial.

La ciudadanía convertida en espectador apático, impotente ante un sistema arbitrario y abusador, que responde a intereses de una minoría. Sin embargo, la apatía no es respuesta. Afortunadamente, despierta del letargo en las calles con indignación y prende la llama de diversos movimientos sociales que exigen cambio, libertad y reclaman democracia. Es hora de tomar las riendas del destino. Defender las libertades y luchar por una sociedad de oportunidades.

Hoy, el continuismo, vencido en la política, ética y moral, además del comportamiento ejemplar de la ciudadanía su gran derrota. El castrismo charlatán lo sabe, lo huele, lo siente, es evidente, irreversible. El oficialismo derrotado por un entusiasta sentimiento de cambio; además de la esperanza que representa María Corina Machado, que trabaja incansable, con generosidad cede su prestigio y capital político a Edmundo González Urrutia, quien con señorío e hidalguía honrará la transición, devolviendo en corto plazo, a su legítima representante, sin condicionamiento alguno de los buitres oportunistas.

El tema es complejo y controvertido, no existe solución única ni universal. Recuperemos el valor de la lealtad, rectitud y diálogo, la escucha activa, glorificar la palabra empeñada y el respeto mutuo. Aprendamos la complejidad de las ideas sin caer en la simplificación y fanatismo. La verdad no reside en un solo lado, sino en la búsqueda honesta y abierta del conocimiento.

El camino hacia la recuperación será arduo, pero millones comparten la visión de un mejor mañana. La estampida es una realidad y el deslave innegable. Es hora de actuar y exigir cambio, construir un mundo mejor para nosotros y las generaciones venideras.

@ArmandoMartini

Desde su inicio e instalación desafía el dilema de una encrucijada. Sin embargo, siempre llega el tiempo de plantearse una situación en la que personas, grupos, sociedades y países, se encuentran en algún momento de sus vidas. Se trata de una disyuntiva que se presenta cuando se debe tomar una decisión trascendental, y ambas opciones parecen igual de atractivas o problemáticas.

En estos casos, la elección no es fácil ni cómoda, ya que cualquier decisión tiene consecuencias significativas. Esta intersección surge en diferentes ámbitos de la vida, ya sea en el trabajo, en la vida personal o en cualquier otro contexto en el que se deba tomar una providencia importante.

El problema con la disyuntiva de una confluencia, es que genera un alto grado de estrés y ansiedad en quienes lo experimentan. Muchas veces, la obediencia, el miedo, la indecisión, ambigüedad, falta de temple y personalidad a tomar una decisión equivocada y desacertada, pueden paralizar a las personas, impidiéndoles avanzar.

Es valioso recordar que, en última instancia, el fallo que se tome debe ser basado en objetivos, conciencia ética, buen proceder, principios y valores. No existe una respuesta correcta o incorrecta, sino más bien una que sea valerosa, de conducta coherente y de actuación vinculada a la ciudadanía.

Es crucial reflexionar, analizar detenidamente cada opción, considerando ventajas y desventajas. Además, conveniente escudriñar consejo y orientación, escuchar a personas de confianza, ya sea amigos, familiares o expertos en el tema en cuestión. Pero lo vital, más importante, interpretar a la mayoría, que no es otra, que la ciudadanía decente, honesta, que no se rinde ni abandona, que no cede ni negocia principios. Que anhela ser libre y vivir en democracia.

El dilema de una encrucijada no es dificultad ni contrariedad nueva; en un mundo en constante cambio y evolución, es cada vez más frecuente. La globalización, las nuevas tecnologías, los cambios sociales y culturales pueden generar incertidumbre y dudas, ante decisiones de importancia.

En definitiva, la clave para superarla es tener confianza en sí mismo, actuar de manera imparcial, jamás obedecer la imposición despreciable y servil de terceros interesados, convenientemente instalados. Si bien es cierto, que tomar una decisión no es el fin del mundo y siempre se pueden corregir errores; no es menos cierto, que las consecuencias pueden ser nefastas al demorar por años una sociedad condenada al oscurantismo, la corrupción y el atraso intelectual.

Venezuela exige una decisión de la comisión de primaria, que sea acorde a sus anhelos, conforme a sus deseos, conteste a su futuro. La ciudadanía venezolana, en su inmensa mayoría, es una sociedad de naturaleza libertaria, así lo demostraron nuestros padres fundadores y el Libertador Simón Bolívar es un gran ejemplo. Honremos el legado, enaltezcamos el gentilicio y glorifiquemos el linaje.

Integrantes de la comisión de primaria, tienen una gran responsabilidad, una decisión que parece difícil; pero en realidad es fácil, solo tienen que interpretar el sentir de la enorme mayoría. Colóquense del lado correcto de la historia.

Si así lo hiciereis, que Dios, sus familias y la Patria os premien. Si no, que os lo demanden.

@ArmandoMartini

Quienes indebidamente ejercen la representación opositora, no pueden señalar como aquel militar derrotado, “todo se perdió menos el honor”.

En la Venezuela devastada y un interinato engañado, hasta el honor quedó en el camino. Se puede respaldar jurídicamente, pero muy difícil amparar a quien está siendo víctima de los mismos a quienes defendió, confió su destino político y, con él, futuro de generaciones.

No despertó de un sueño y decidió ser presidente, aunque interino. La cuestión se les ocurrió a otros, producto de cálculos y discusiones, a lo largo de las cuales se dieron cuenta de la porquería que estaban poniendo y mientras criticaban, más fuerte se hacía el régimen castrista, ignorante de generar economía sólida, en cambio, hábiles diseñando perversidades para mentir de forma que parezca no lo están, o que los embustes llevarán a verdades mañana.

A los ingenuos se les puede apreciar, estimar, mirar con simpatía, pero no jugarse la vida por ellos. Le ofrecieron al joven dirigente con ansias de país, un respaldo que duró poco, creó un concepto publicitario con el cual despertó la esperanza, y en eso se quedaron, en titular.
Lo exhibieron por América y Europa, recibió honores y protocolo de mandatario, pero con la misma facilidad después se traicionaron unos a otros, lo abandonaron cuando la gloria ostentada del cargo se atrasaba y el tiempo comenzaba a ser enemigo. Ansiosos de burocracia y prebendas miserables, pusieron oídos a propuestas pequeñas, insidiosas, desleales, que engañan tanto que se mienten a sí mismos.

Los dirigentes de la complaciente oposición, expertos en fanfarronear, descubrieron la tentación de poner en evidencia e incluso fortalecer la posibilidad de que el castro madurismo se derrumbara por la presión internacional, asuntos de normativa constitucional que en los países importantes creen y cumplen sin desviaciones.
Poco faltó para que les funcionara, colocaron a la presidencia castrista en entredicho y buena parte del mundo a fijar la mirada en Venezuela. Uno de los que creyó, el diputado por La Guaira, de activismo político encendido, pero con insuficiencia práctica y exigua experiencia, que lo llevó a confiar en mañosos veteranos de la desvergüenza, duchos en desfachatez política, subestimando con desprecio las excepciones que alertaban sobre la pifia de no escuchar la realidad inteligente, coherencia, formación y osadías suficientes, sin perder la confiabilidad ciudadana; pero prefirió la irracional prosperidad, la absurda incompetencia y la insulto al arraigo, humillándose a la simpleza majadera.

El ciudadano experimentó el concepto general, pero ya no creen en los cabecillas partidistas en su mayoría de escasa capacidad, demostrada durante el interinato, incluyendo el manejo corrupto de los bienes públicos que se les confiaron. Sin embargo, queda esperanza e ilusión en manos y caminos de quienes se han negado valerosos a la componenda colaboradora, al pacto encubridor, al compromiso cómplice, y a la cohabitación alcahueta. Y ante lo acontecido, a pesar de ser escogidos por perjuros e ingratos, habrá que otorgar el beneficio de la duda, a los comisionados de ejecutar la primaria sean honestos, dignos, virtuosos a carta cabal, sin sucumbir al mandato infame de sus proponentes. Ya no pueden evitar el contraste. El país gira hacia la diferencia, a la ciudadanía plena, libre, democrática, liberal, moderna, con ideas y voluntad, sin la carga de zancadillas y patadas históricas.

Los traidores hicieron esfuerzos para que se disolviese, no ha sido obra exclusiva del atrevimiento castro madurista y el fastidio de gobiernos extranjeros. El G4/G3 y sus cúpulas percibieron que se quedaban fuera del juego, que el interino ya no es de ellos. No hay candidato servicial al sistema, que supere el arrojo valiente de quienes coherentes mantienen posición, no negocian principios ni valores, manifiestan verdades y rinden cuenta.

Los que ahora traicionan al interinato, son los mismos que vendieron la Consulta del 16J, entregaron al Tribunal Supremo en el exilio, en los que él, con ingenuidad criminal y pasión estulta, confió, fortalecer el decoro y proteger la dignidad democrática. Sin embrago, prefirieron sustraer en beneficio propio lo ajeno que les fue confiado. Comportamiento equivalente de quienes dicen adversar. El honor entre ladrones es el sentimiento de que incluso los delincuentes tienen un código de conducta entre ellos. Algunos aspectos pueden ser no robarse unos a otros o no testificar contra un compañero criminal. ¿Cómo apoyar a quien se dejó engañar por quienes pensaba gobernar? ¿Podemos confiar en su criterio? Aun con bemoles y justificaciones, la traición es incalificable, la ingratitud inaceptable, el olvido indigno y el abandono innoble. Si tienen algo de respeto, vergüenza y consideración con la ciudadanía, deberían renunciar, hacer acto de penitencia y reflexionar para de nuevo conquistar el aprecio y respeto de la sociedad.

@ArmandoMartini

¿Es Andrés Manuel López Obrador un importante miembro del Foro de Sao Paulo y Daniel Ortega representante de la derecha? ¿Nayib Bukele un salvadoreño de extrema derecha y Gabriel Boric un muchachón audaz del Grupo de Puebla? ¿Gustavo Petro un educado populista, Pedro Castillo un inútil e incompetente y Alberto Fernández un tímido aprovechador de circunstancias?

Quizás resida allí el germen del drama latinoamericano, en que parecemos que somos, pero no somos nada definido en realidad. Hablamos de comunismo y socialismo, de socialdemocracia y socialcristianismo más o menos como el comportamiento grosero lo hace de gobiernos y oposiciones, o el fanático del beisbol que en su vida ha ido a un juego de fútbol y platica con autoridad que le gusta más el Real Madrid que Boca, o arbitrario realiza mordaces comentarios sobre la conducta en el campo de los serbios en comparación con los peruanos.

Llevamos ya una larguísima lista de gobernantes y partidos políticos que han afirmado defender ideologías, a veces difíciles de entender por su anfibología y mezcolanza de varias, además de su promiscuidad, porque en realidad, protegen o buscan el poder por sí mismo, su praxis descarnada y no sueños desperdigados a diestra y siniestra. ¿Cómo pueden ser miembros en Venezuela de la Internacional Socialista partidos tan disímiles como Acción Democrática y Voluntad Popular?, ¿qué tienen que ver esos partidos y sus dirigentes con el socialismo del norte europeo, por ejemplo?

El presidente salvadoreño está haciendo lo que en otros países de la región se califica como violación de los derechos humanos, a cuenta de resolver por la fuerza el grave problema de la expansión nacional de la delincuencia con toda su violencia. En Colombia, en cambio, el primer mandatario alega su cultura y buen conversar para disimular su castrismo proponiendo el perdón a quienes, como él, fueron guerrilleros artífices de terrorismo, intimidación, muerte y terror que medio siglo después permanece en ese país.

Por un tiempo, algunos copeyanos pudieron ser reconocidos como voceros del pensamiento social obrerista de la Iglesia Católica, eran en política defendiendo valores del ser humano expresados en democracia. Después, en un desarrollo, dejaron de serlo y se convirtieron en otra cara del socialismo europeo, en socialcristianos, que en Alemania, a diferencia de Italia, simplemente eran los que no querían ser comunistas ni catolicistas, manoseaban con miedo la izquierda moderada como principio, ejecutado en democracia y con respeto de los derechos humanos.

Pero las cosas van de mal en peor, ya ni siquiera quedan banderas ideológicas para levantar; más importantes en Colombia han sido los planteamientos verdaderos o mentirosos de Álvaro Uribe, Juan Manuel Santos, Iván Duque y ahora Gustavo Petro.

Se pregunta si Luiz Inacio “Lula” da Silva, formado en el ambiente político de izquierda caduca, con empeño y disciplina del sindicalismo, querrá llevar ahora a su país, dividido entre la dureza de Jair Bolsonaro y la indisciplina de Lula, a lo que pueda ponerlo a él, ya a los 80 años, al frente de la izquierda más o menos democrática de Suramérica, recordando que Brasil es poderoso por lo que han producido sus emprendedores y no el sindicalismo; tiene problemas por lo que esos gobiernos, y sus promesas abandonadas, han causado corrupción, pobreza, delincuencia y abandono.

Es el drama venezolano, pasó de la furia libertadora de Simón Bolívar a los militares que se sentían con derecho a ser recompensados por sus esfuerzos en la guerra más feroz de América, a civiles incapaces de controlar castrenses, a la disciplina sangrienta del benemérito, a los altibajos de dictaduras desarrollistas, democracias anticomunistas, otras acomodaticias y mandos militares, corruptas e incompetentes con alardes de revolución.

Con el detalle de que todas, buenas, malas, civiles, militares, demócratas, autoritarios, reflexivos, caudillos, han prometido lo mismo a los venezolanos: somos un país rico que debe por ello mantener en el bienestar a sus ciudadanos, cuando lo que debe, es proporcionarle educación, salud, herramientas y oportunidades para que creen su propia riqueza, dicha y ventura.

@ArmandoMartini

Salvo pataleos casuales y rechiflas esporádicas, las aguas del Lago de Maracaibo suelen ser, serenas, apacibles, eso sí, con mucha brisa y suficiente hálito. Sin embargo, hay veces en las cuales, irritaciones y furias del Catatumbo parecen desatarse entre recios murmullos de traición, serpentinos silbidos de adulación y sinuosa conveniencia, cuando aparecen zulianos que tienen la fortaleza de dejar a un lado la perseverancia y honestidad que proclaman con sinfonía y ritmo contagioso, las maravillosas e inigualables gaitas; practicando con descaro e hipocresía, una especie de talasoterapia lacustre no salubre, pero con mucho componente exótico.

Como dudar, por un instante la importancia política, social, venezolana y electoral del territorio atiborrado de riquezas, petróleo, ganadería, plátanos, frutas, producción de carne y leche, tanto como no es fácil encontrar traición, alabanza servil, jalabolismo y oportunismo en un zuliano. Pero nada ni nadie es perfecto, los pecados se cometen en las mejores familias, hasta en las que se han beneficiado con prebendas que se creyeron merecidas y resultaron ser sólo desembolsos nauseabundos a la doblez, fingimiento y gollete sumiso.

Desde la Goajira hasta las plantaciones que ya el chavismo arruinó con el pretexto embaucador de que los rusos las cuidarían mejor que los zulianos, desde la ribera oeste hasta el sector oriental, en los muelles, tuberías petroleras que el régimen deja podrirse bajo las aguas y en las ciudades, son como los conocemos y apreciamos; alegres, leales, afables, trabajadores, siempre con una mueca, una sonrisa y un chiste caluroso bajo el sol, durante los apagones perversos de una revolución, que odia a la tierra de La Chinita y abriéndose cuando cruzan el puente para regresar al hogar, terruño generoso que un poeta señaló, era y sigue siendo amada por el sol.

Pero en todas partes se cuecen habas, nos recuerda el refrán, y bajo el manto espléndido de la Virgen de la Chiquinquirá, a veces aparece un furúnculo, un flemón, que unos tiempos alaba a la socialdemocracia, al día siguiente se convierte en seguidor de un rebelde, cobra beneficios porque los perjuros y renegados siempre recaudan, aunque expertos pero ingenuos en el trato a los hipócritas, reclamen después que les dieron Monómeros con dinero y posiciones para cobrar a pacer, gusto y sin control, que engañaron a medio país con su estilo populachero y querendón para luego entregarse con morral, enseres, cabeza doblada y sonrisa elástica, a quien los derrotó.

Nunca falta alguien así, que se estremece de emoción cuando lo visita el poder, y ejercita su capacidad de poner en acción caras variadas según quien le hable, cuándo y dónde. En el Zulia, tierra de gente buena y siempre con la fisonomía limpia, ya han engañado sujetos así que se aprovechan y valen de la bondad ciudadana, gente de trabajo y mano extendida para timarlos y hacerles creer, defienden sus intereses en vez de los propios.

Cruzó el Lago el conductor de torpezas e ignorancias, sometido a Moscú, Teherán, La Habana y el enano moral se puso a brincar talanqueras con el entusiasmo de la hipocresía, con la fuerza del entrenado en saltarlas, y el bolsillo siempre hambriento de sinecura y recompensa. Allá se encontraron el jefe entregado a erudiciones extranjeras y el retorcido con alma de excepción, recibió instrucciones y salió a dar cara lavada a los zulianos que se dejaron seducir por él.

El que exclamó al mundo con seguridades, el interinato era la gran salida, el futuro de una nación oprimida y abusada; para al poco tiempo, asegurar, lo que cuenta es el régimen, que declara el CNE es más puro que una virgen vestida de blanco, confiando en que más ingenuos e incautos voten por él, cuando sería candidato de la minoría opositora que actúa ilegitima como mayoría, para entregarle el poder al régimen violador de los Derechos humanos y con recompensa por su captura en bandeja de plata, manos levantadas y cabeza mirando hacia abajo, esperando su gratificación.

Mal va el país, y peor el régimen, si van a confiar en esta clase de guabinas morales y políticas, de gastronomía original del patacón, chivo y mojito en coco, del icaco y huevos chimbos, plátano lacustre, mandoca, dulce de limonsón y paledonia; que continúa sin agua ni electricidad, y sin opciones. Es una verdadera lástima.

@ArmandoMartini

Por Armando Martini Pietri

Hagamos un ejercicio en el que perdemos el juicio, olvidamos burlas, traiciones, apostasías, y participamos en la primaria propuesta por la quebradiza “oposición” y el siempre fracasado G4, para escoger un candidato a la presidencia, sin legitimar previamente a la Dirección Política Opositora. La jornada no será la deseable, la harán a su conveniencia, leal, saber y entender; con la intervención y asesoría del Consejo Nacional Electoral y la ausencia de los ciudadanos que han huido a otras latitudes. 

¿Aparecerá en la primaria partidista, un candidato fuerte, creíble, legítimamente opositor, que no negocie principios, rinda cuenta, diga la verdad y tenga posibilidades? ¿Serán impuestos los encubridores que reflejan la patética realidad de una oposición entregada, fragmentada? ¿O, saldrán beneficiados los cohabitadores temerosos, para denunciar las conclusiones del Informe de la Misión de Determinación de los Hechos de la ONU y levantar la voz, sobre los crímenes de Lesa Humanidad ventilados ante la Corte Penal Internacional?

La primaria, es lo que es, con las condiciones impuestas por el G4. Hay aspirantes nacidos y formados en el interior que se presentan como caraqueños de siempre. Los casi desaparecidos socialcristianos y la integración de alcaldes, que, con timidez, hacen oposición. El ridículo de las dos Acción Democrática. Lo pusilánime de gobernadores complacientes. El interinato, que busca desesperado a quién representar, en su ocaso a punto de fenecer. El eterno pretendiente y los creídos ególatras de siempre. Y no sigamos en esta retahíla porque el miserable consenso, está en vigencia, y por eso, lo insensato e irracional de la simulación electiva.

Una oposición en pedazos, con dirigentes señalados de corrupción, la misma de la cual se acusa al castro-chavismo. Una oposición que, en realidad no representa a la ciudadanía, solo defienden sus bastardos intereses. Tan mala y torpe, que el gobierno estadounidense, ya no les confía la interlocución y decide hacer reuniones, cesiones, concesiones directamente con el régimen madurista, a quien no reconoce. 

Y, la excepción. María Corina Machado. Quien tuvo la sinceridad poco habitual en las damas, de confesar su verdadera edad. Incansable y dura crítica de los dislates nacionales, que mantiene actitud valiente y coherente; no negocia ni traiciona principios, respeta y honra la palabra empeñada. Plantea soluciones en su propuesta: Tierra de Gracia. Defiende la verdad, como factor de lucha, y sin miedo, denuncia la humillación ciudadana, y el trato de enemigo interno que da el socialismo-chavismo, que, durante años, con apoyo de fuerzas extranjeras, confiscó bienes, escamoteó territorio y ahorros, robando el futuro, la tranquilidad y esperanza. 

Hace un esfuerzo enorme, para que la ciudadanía abra los ojos, convencida que, al hacerlo, verán la realidad, de lo que significa la ignominia castrista. La verdad es como el agua, se cuela y aparece; sólo es cuestión de tiempo. Práctica la comunicación veraz, responsable, sincera, abierta, sin ambigüedades ni guabineo. Entiende la diplomacia, como útil en tiempos democráticos, e insiste, en el diálogo franco, auténtico, de resultados concretos y resultas precisas para la restauración de la libertad y democracia. 

Pero, el tiempo conspira contra Venezuela. Instante que pasa, empeoran los servicios públicos, la calidad de vida se perjudica y el salario se deteriora. Cada día, se aventuran más ciudadanos en busca de un refugio lejano a la patria que los vio nacer. En horas, ciudadanos son asesinados, torturados. Cuanto antes, restauremos la democracia, más vidas se habrán salvado y menos madres, llorarán la pérdida de un hijo. Triste situación inédita en el mundo.

Se asegura, que el castro-madurismo está dividido en co-gobiernos. Una cosa piensa el ejecutivo y sus compinches, otra el PSUV y quienes siguen creyendo en él, además se están formando otros grupos; los que giran alrededor del que padece alteración del lenguaje, y habla hasta por los codos. Síntoma de trastorno neurológico, psiquiátrico propio de egocéntricos. Señal de fase maniaca del trastorno bipolar, en fases de ansiedad, agitación, psicosis orgánicas y exhibicionismo. Sin detallar los que se denominan “chavismo originario”, que plantean regresar a fórmulas de quien inició este desastre, el muerto para siempre. Y los comunistas, sinvergüenzas, que están de acuerdo en estar en desacuerdo con todo.

¿Porque sucede? Durante años, nosotros, países e instituciones, se hicieron los locos, miraron a otro lado, ante el avance del chavismo. El peligro del castrismo venezolano, no es sólo un problema interno, son muchos los que costean las consecuencias de la mentira y el disimulo. El régimen puede y tiene la posibilidad de concluir el drama, que vive y padece la familia venezolana, dando la oportunidad a otros, para que implementen correctivos y devuelvan la grandeza a la Venezuela, que todos merecemos. 

¡La libertad guiando al pueblo! 

@ArmandoMartini

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