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Es lo que es

Benigno Alarcón

Por Benigno Alarcón

Cuatro meses después del 3 de enero, el proceso político venezolano comienza a definirse con mayor claridad. El país no está inmerso en una transición democrática, sino que avanza hacia la normalización económica sin condiciones políticas significativas, una estrategia que el gobierno de Delcy Rodríguez está llevando a cabo con notable disciplina táctica.

La secuencia de los acontecimientos recientes sugiere un plan coherente más que improvisación: un nuevo acuerdo con Chevron en la Faja del Orinoco; las licencias generales 56 y 57 de la OFAC; el registro de Rodríguez como candidato presidencial bajo la Ley de Registro de Agentes Extranjeros (FARA) de EE. UU .; la derogación unilateral de la Ley de Amnistía mientras 473 presos políticos permanecen detenidos; y la toma del poder del llamado Poder Ciudadano mediante el nombramiento de sus aliados Larry Devoe como fiscal general y Eglée González Lobato como defensora del pueblo. Estas acciones apuntan a un esfuerzo no solo por gobernar, sino por consolidar el poder bajo nuevas condiciones.

Ha habido cierta resistencia. Las reuniones europeas de María Corina Machado —que incluyeron encuentros en Francia, los Países Bajos, Portugal y España— confirmaron que la oposición aún conserva un importante apoyo internacional. La recepción que Michael Kozak, subsecretario interino de Asuntos del Hemisferio Occidental de Estados Unidos, ofreció el 22 de abril en Washington a Dinorah Figuera, presidenta de la Asamblea Nacional de 2015, demuestra que la administración Trump sigue recibiendo a figuras de la oposición a pesar de su buena relación con Rodríguez. Figuera fue una figura legislativa clave que ayudó al presidente interino Juan Guaidó a intentar derrocar al exdictador Nicolás Maduro.

Pero ninguno de estos esfuerzos altera la variable central: si la normalización económica estará ligada a condiciones políticas significativas. Hasta ahora, no lo ha estado.

Los líderes europeos siguen hablando de una «transición democrática pacífica». Kozak se refirió a una «transición estable, ordenada y consolidada». Sin embargo, estas fórmulas no son más que mera retórica diplomática, no criterios vinculantes. El levantamiento de las sanciones y la apertura económica no se han vinculado claramente a logros electorales verificables, reformas institucionales ni a la liberación de los presos políticos que aún permanecen en el poder.

Esa ambigüedad podría estar jugando a favor de Rodríguez.

Un nuevo encargado de negocios

El nombramiento de John Barrett como encargado de negocios de Estados Unidos, en sustitución de Laura Dogu, y su declaración a su llegada a Caracas de que continuaría implementando el plan de tres fases de la administración Trump —estabilización, recuperación y transición— ofrece un marco útil. El problema es que la tercera fase sigue sin estar definida.

El secretario de Energía de Estados Unidos, Chris Wright, afirmó que las elecciones se celebrarían «durante la administración Trump», dando a entender que podrían tener lugar en cualquier momento antes de enero de 2029. También sugirió que su organización requeriría al menos nueve o diez meses una vez que se inicie un esfuerzo coordinado. En el mejor de los casos, esto situaría las elecciones a mediados de 2027, después de las elecciones de mitad de mandato estadounidenses de noviembre.

Para entonces, el equilibrio político interno de Washington podría haber cambiado significativamente. Lo mismo podría ocurrir con la prioridad que le asigne a Venezuela.

Esta es la variable que la oposición tiende a subestimar: el tiempo favorece al gobierno. Cada semana que avanza la normalización económica sin condiciones políticas, Rodríguez se fortalece y la influencia de Washington disminuye.

Los recientes nombramientos en Citizen Power ilustran este punto. Devoe dedicó años a defender al Estado venezolano ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. González Lobato fue promovido por un sector de la llamada “oposición no radical”.

Su instalación cumple dos propósitos. Primero, ayuda a proteger a la coalición gobernante actual de una futura transición electoral. Un fiscal general leal reduce la probabilidad de que cualquier investigación llegue a la estructura de poder saliente. Segundo, y más importante, otorga al gobierno influencia sobre las consecuencias de cualquier transición negociada. Si se produce un cambio, instituciones como la fiscalía general y el defensor del pueblo determinarán quién es investigado, qué bienes se recuperan y cómo se exige rendición de cuentas.

Presos políticos

La misma lógica se aplica a la Ley de Amnistía. Rodríguez la declaró terminada el 23 de abril, a pesar de que la ley no contiene ninguna cláusula de vencimiento. La medida ya había cumplido su propósito inicial: 8.616 liberaciones, aunque Foro Penal afirma que solo 186 eran verdaderos presos políticos. Ponerle fin ahora preserva la influencia que aún conserva el gobierno y les indica a los opositores que la represión selectiva sigue estando disponible.

Rodríguez también parece estar convirtiendo cada paso de la normalización económica en un paso hacia su propia normalización política sin Maduro.

Su inscripción en el registro FARA como candidata presidencial formaliza ante Estados Unidos lo que ya se infería: no se trata de una medida temporal, sino que está construyendo una plataforma electoral y buscando el reconocimiento estadounidense.

Al mismo tiempo, el cálculo interno del régimen sigue favoreciendo la represión institucionalizada selectiva siempre que los costos externos sean bajos. Informes de abusos en la prisión de El Rodeo I, reiteradas demoras en las audiencias de la adolescente Samantha Hernández, quien tenía 16 años al momento de su detención por oficiales de la Dirección General de Contrainteligencia Militar (DGCIM). La detención fue denunciada por organizaciones de derechos humanos como arbitraria, y su aparente propósito era forzar la entrega de su hermano, un oficial militar exiliado y figura de la oposición. El caso fue citado por el presidente del Comité Nobel Noruego, Jørgen Watne Frydnes, durante la presentación del Premio Nobel de la Paz 2025.

El mayor riesgo

Casos como este y la detención continuada de prisioneros militares excluidos de la amnistía sugieren una estrategia de Washington para poner a prueba los límites paso a paso.

El mayor riesgo, entonces, no es simplemente la ausencia de una transición, sino la simulación de la misma.

Eso podría significar unas elecciones no competitivas en 2027, con Rodríguez ya normalizado internacionalmente, la fiscalía y el defensor del pueblo alineados con el gobierno, el calendario electoral impuesto unilateralmente y con la presión internacional agotada por las concesiones económicas anteriores.

Tal resultado equivaldría a una normalización sin una transición genuina.

Para evitar este escenario, es necesario vincular las concesiones económicas a objetivos políticos medibles. Se requieren tres medidas urgentes: condicionar el levantamiento de futuras sanciones al nombramiento de una autoridad electoral independiente y a la liberación total de los presos políticos; aprovechar la llegada de Barrett a Caracas para establecer condiciones públicas claras para un mayor diálogo; y cuestionar formalmente el cierre unilateral de la Ley de Amnistía antes de que se pierda esta oportunidad de ejercer presión.

Rodríguez aún podría fracasar. Pero por ahora, parece comprender algo que sus oponentes y homólogos extranjeros suelen pasar por alto: en Venezuela, el proceso de transición se moldea menos por discursos que por la secuencia de eventos. Hasta el momento, la está secuenciando correctamente.

Por Benigno Alarcón

La pregunta que se hace todo venezolano es una sola: ¿cuándo habrá elecciones? Y aunque la mayoría hubiésemos preferido que se reconociera el resultado del 28 de julio de 2024 —fruto de una gesta ciudadana inolvidable—, asumimos el reto de repetir esa victoria comprendiendo que es el precio de una transición que, por razones que podemos compartir o no, se gerencia desde afuera porque no pudimos lograrla desde adentro.

Pero la pregunta por la fecha, con ser urgente, es insuficiente si no se acompaña de otra más profunda: ¿hasta cuándo permanecerá abierta la ventana de oportunidad que se abrió el 3 de enero? La historia de las transiciones en el mundo —pero también la de los múltiples intentos fallidos de negociar un cambio en Venezuela— nos advierte que lo que parece subordinación incondicional del régimen en lo económico puede ser exactamente lo que siempre ha sido: una táctica dilatoria para ganar tiempo y evitar el cambio político, tal como Jorge Rodríguez lo logró en cada proceso de negociación anterior.

Los hechos hablan por sí solos. Chevron y Shell negocian los primeros grandes contratos desde la captura de Maduro. El secretario de Energía de Estados Unidos proyecta un aumento de producción de 30-40% este año. Se restablecieron relaciones diplomáticas. Trump elogió a Delcy Rodríguez diciendo que “está haciendo un gran trabajo”. Y sin embargo, no existe un solo compromiso verificable sobre el calendario electoral que forma parte de la tercera etapa del plan de transición presentado por Marco Rubio al Congreso.

Mientras tanto, la Misión de la ONU documentó esta semana que las estructuras represivas siguen operativas, con 87 nuevas detenciones desde enero, y que la Ley de Amnistía excluye a centenares de presos políticos. El régimen anuncia más de 7.700 “libertades plenas”, pero la mayoría corresponde a personas que ya estaban en libertad con medidas cautelares. Foro Penal registra más de 500 detenidos por motivos políticos.

Esta coexistencia de apertura económica y cierre político no es una contradicción. Es una estrategia. Y tiene precedentes cuyo desenlace debería alarmar a quien los conozca.

En Egipto, tras la caída de Mubarak en 2011, el ejército prometió transición y permitió elecciones, pero nunca desmanteló su control sobre la economía ni las instituciones. Cuando el presidente electo intentó gobernar con autonomía, los militares dieron un golpe, convocaron comicios bajo sus reglas y construyeron un régimen más represivo que el anterior. La comunidad internacional lo aceptó porque Egipto ofrecía estabilidad. La normalización se tragó la democracia.

En Myanmar, la junta militar abrió el sistema en 2010: liberó a la líder opositora, atrajo inversión, fue celebrada dentro y fuera del país. Occidente levantó sanciones, las empresas llegaron. Pero cuando unas elecciones amenazaron el poder real del ejército en 2021, simplemente revirtieron toda la apertura con un golpe. Las sanciones tuvieron que reimponerse, pero la ventana ya se había cerrado.

La lección es inequívoca: cuando la presión externa se agota en normalización económica sin haber asegurado hitos políticos verificables, la transición no se congela. Se pierde. Chile ofrece el contraste exacto. Bajo presión internacional, Pinochet convocó un plebiscito en 1988. La oposición, en vez de rechazar el mecanismo, se unificó y ganó. La diferencia decisiva fue que la presión estaba canalizada hacia un hito concreto con fecha y condiciones: La elección presidencial de 1989.

El reloj que nadie menciona

Las elecciones de medio término en Estados Unidos, en noviembre de 2026, son la variable más importante del proceso venezolano y la más subestimada. Si la administración Trump pierde el legislativo —como es muy probable que ocurra—, o si la atención presidencial se desplaza hacia otros frentes que demanden mayor compromiso, la capacidad de Washington para presionar al gobierno de Rodríguez se reducirá drásticamente. Y los Rodríguez lo saben. Toda su estrategia responde a un solo cálculo: ganar tiempo. Vivir un día más, un día a la vez, como los enfermos terminales que se aferran no al futuro sino a la próxima hora.

Si ese cálculo les funciona, las consecuencias no serían un simple regreso al punto de partida. Serían peores. Un régimen que sobrevive a una intervención militar extranjera y a la mayor presión internacional de su historia regresaría fortalecido en lo que algunos llaman el “mito de invencibilidad”: la percepción de que al chavismo no se le puede derrotar. Lo que seguiría es predecible y devastador: represión sistemática contra quienes apoyaron la intervención o a la oposición democrática, persecución judicial y política a escala sin precedentes, y un giro geopolítico hacia China, Rusia e Irán, que estarían más que dispuestos a llenar el vacío que deja Washington. Un nuevo éxodo masivo de venezolanos que pierden toda esperanza de cambio. Y la consolidación de un eje autoritario en el hemisferio con capacidad de proyección sobre el Caribe y la frontera colombiana.

Lo que falta

Hay que decirlo con claridad: Venezuela y la comunidad internacional tienen hoy algo que rara vez se encuentra en las transiciones: una líder con legitimidad democrática abrumadora, con una visión liberal y de mercado afín a los valores de Estados Unidos y de las democracias occidentales, y la capacidad demostrada de ganar una elección limpia de manera contundente. Desperdiciar esa alineación por haber invertido el tiempo en priorizar contratos petroleros (que podrían firmarse después con mayores garantías de estabilidad) sobre la democracia sería un error estratégico difícil de revertir que Washington lamentaría durante décadas, y uno de los mayores fracasos internacionales de la administración Trump y de la gestión de Marco Rubio, quien hasta ahora ha demostrado un firme compromiso con la democracia en Venezuela.

La oposición democrática debe convertir la pregunta genérica de “¿cuándo habrá elecciones?” en un benchmark concreto e innegociable: reforma del CNE, observación internacional plena, habilitación de todos los candidatos, cronograma electoral en el primer semestre de este año, y elecciones libres antes de que termine 2026. Sin ese referente verificable, la narrativa de “Venezuela está mejorando” solo abona en favor de quienes controlan las instituciones —hoy vistos como protegidos de Washington que, “por ahora”, cultivan la relación y apuestan a ganar por default.

Las ventanas de oportunidad no se cierran con un portazo. Se cierran con un lento deslizamiento: un contrato aquí, una licencia allá, la postergación del regreso de Machado por razones de seguridad, la estabilidad primero, entre otras excusas. Venezuela tiene hoy lo que Egipto tuvo en 2012, lo que Myanmar tuvo en 2015 y lo que Chile tuvo en 1987: una oportunidad real pero con fecha de vencimiento. La diferencia entre una transición exitosa y una frustrada no radica en si la oportunidad existe, sino en si los actores —y en especial Estados Unidos— serán capaces de gerenciarla antes de que se agote.

Venezuela no puede darse el lujo de descubrirlo demasiado tarde.

Recientemente, el gobierno sorprendió con la detención de una alcaldesa en el Zulia por tráfico de drogas, así como de otros funcionarios regionales y dos generales que comandaban las ZODI de Anzoátegui y Trujillo, respectivamente. A esto se agrega la muerte del Koki en una operación policial realizada el pasado fin de semana. En paralelo, si bien algunas instancias internacionales tratan de propiciar el regreso a la mesa de diálogo, el gobierno continúa con la negociación, pero no precisamente en México, sino internamente y con quien conviene, del reparto de la torta del Tribunal Supremo de Justicia

En estos primeros días de 2022, el mundo ha estado sometido a una fuerte tensión. A nivel internacional, la amenaza de Rusia de invadir a Ucrania ha puesto a correr a los gobiernos de Europa, de Estados Unidos y a organizaciones como la Unión Europea, la OTAN y la ONU. No obstante, las repercusiones de esta crisis que podría llevar a una guerra, también se sienten en América Latina, especialmente en países como Colombia y Venezuela por la injerencia rusa en lo político y militar.

Si nos centramos en Venezuela, estas semanas han estado marcadas por sucesos que parecieran no estar conectados, pero que, en realidad, podrían formar parte del proyecto del gobierno de mantener y fortalecer su autoritarismo. Por una parte, está la Operación Mano de Hierro donde sorprendieron las detenciones de la alcaldesa del municipio Jesús María Semprún, en el estado Zulia, Keyrineth Fernández, vinculada con Diosdado Cabello, por supuesto tráfico de drogas. Lo mismo ocurrió con el alcalde del municipio Independencia, en Anzoátegui, Carlos Vidal, y el exalcalde de Cantaura, igualmente en Anzoátegui, Daniel Haro, por presunto contrabando de gasolina. Por estas operaciones están detenidas 17 personas más.

Paralelamente a esto, se anuncia la detención de dos generales del ejército venezolano: Lenin Herrera, comandante de la Zona Operativa de Defensa Integral (ZODI) de Trujillo; y Marcos Tulio Álvarez, comandante de la ZODI Anzoátegui. Aquí hay un hilo vinculante: ambos oficiales son muy cercanos al ministro de la Defensa, general en jefe Vladimir Padrino López.

Inicialmente se sabe que Herrera tenía un fuerte conflicto con el gobernador de Trujillo, Gerardo Márquez, desde antes que éste asumiera la gobernación. Llama la atención que el gobernador Márquez prohibió a sus funcionarios asistir a la toma de posesión del nuevo comandante de la REDI Trujillo, general Donato Tenore Damiani, “por problemas éticos y políticos”. Damiani, después de 1992, fue conocido como uno de los centauros de la revolución. Por su parte, el general Álvarez estuvo buen tiempo en el Palacio de Miraflores. Luego pasó a la zona oriental como comandante de la ZODI.

Considerando la evidencia de que son muchos quienes se mantienen cercanos a la cúpula del régimen, pese a conocerse su vinculación directa con actividades como el contrabando de combustible, estas detenciones, más que como una operación anticorrupción, lucen como un ajuste de cuentas entre élites gubernamentales, como las que representan Diosdado Cabello y Vladimir Padrino López.

Otros interpretan que las órdenes de detención vienen directamente de la presidencia, como un intento de mayor control político por parte del gobierno que estaría considerando que, tras derrotar a la oposición, es el momento de poner orden para consolidar el proyecto autoritario. Las detenciones y destituciones pudieran ser un mensaje dirigido a quienes han venido gozando de libertad para hacer negocios y han querido aprovechar la anarquía para ganar mayor autonomía.

La realidad es que las persecuciones del oficialismo contra su propia gente no es algo inédito ni nuevo y, como suele pasar con las revoluciones, éstas se devoran a sus propios hijos. Para muestra basta recordar que un porcentaje muy alto de los presos políticos son militares, algunos de ellos figuras emblemáticas comprometidas con la revolución desde sus orígenes, como son los casos de los generales y exministros Raúl Isaías Baduel y Miguel Rodríguez Torres, pero también poderosas figuras civiles como Rafael Ramírez, sin contar las decenas de funcionarios que nunca conoceremos por los medios y que pagan cárcel o han tenido que huir del país.

Los enfrentamientos en Tejerías

En un ámbito distinto, y aparentemente sin relación con la Operación Mano de Hierro, se concreta la persecución y abatimiento de Carlos Luis Revete, alias “el Koki”, luego de un operativo policial que duró tres días en la zona de Las Tejerías, estado Aragua, donde bandas delictivas además de controlar establecimientos industriales y comerciales, también han tomado el sector llamado Minas de Níquel, como espacio geográfico desde donde se controla la distribución de drogas.

Según comentan en los predios policiales, el regreso de este peligroso delincuente desde Colombia a Venezuela fue vislumbrado por la inteligencia nacional a comienzos de enero de este año. Aprovechando el relajamiento en los controles durante las fiestas decembrinas de 2021, el Koki habría llegado al país con algunos de su banda, y avanzado en retomar el control en la Cota 905, en Caracas.

Lo que parecería haber ocurrido en este caso es que el gobierno trató de enmendar la crisis que generó al haber empoderado y armado a bandas criminales para hacer control social y político que, con la reducción de recursos provenientes del Estado, terminaron independizándose y asumiendo el control directo de sus territorios, que el gobierno trato de manejar mediante acuerdos de palabra que implicaban la entrega de esos espacios hasta que la situación se complicó y se le empezó a ir de las manos, como sucedió también con Wilexis en Petare, estado Miranda, solo por nombrar otro de los casos más conocidos.

La negociación, entre la mesa de México y el Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela

Mientras todo esto ocurre, la situación política sigue siendo compleja. Sobre la posibilidad de un retorno a la mesa de negociación en México, se observa un contraste entre la actitud de debilidad por parte de los representantes de la oposición, casi rogando para volver a las reuniones, y un gobierno que se muestra fortalecido y menos dependiente de los acuerdos, lo que era predecible tomando en cuenta los resultados de las elecciones regionales y municipales de noviembre de 2021.

De hecho, el gobierno no muestra mayor interés en restablecer estas conversaciones. Por el contrario, sigue colocando obstáculos al proceso, como lo es la excusa de la extradición de Alex Saab o la exigencia de que se agreguen nuevos actores a la mesa. En esa línea de acción, esta semana la dirigencia del partido Alianza Progresista dio unas declaraciones sobre la necesidad de que éstas y otras organizaciones políticas sean incorporadas a la Mesa, todo esto coincidiendo con declaraciones recientes de Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional 2020.

Y si bien es cierto que el gobierno no tiene prisa en volver a la negociación en México, no hay que ignorar que sigue negociando, pero en otras instancias y con determinados actores según su conveniencia. Esto incluye la posibilidad de otorgar a representantes de “las oposiciones” algunos cargos a magistrados dentro del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ). Este tema adquiere más relevancia en un momento como éste, cuando el gobierno tiene que tratar de suspender el proceso que se lleva adelante en la Corte Penal Internacional (CPI), pero también puede verse como un mecanismo clientelar de los que suele utilizar el oficialismo para controlar y apaciguar a la oposición.

En este sentido, la semana pasada fue designado el Comité de Postulaciones que preside el almirante Alessandriello. El resto de los legisladores son Gladys Requena, Rosa León, Génesis Garvett, Julio García Zerpa, Arnaldo Sánchez, Francisco Torrealba, José Gregorio Correa, Timoteo Zambrano, Luis Parra y Óscar Rondero. Por el lado de la sociedad civil están Carlos Ogly, Mercedes Gutiérrez, José Rafael Puente y Jesús González Pirela. Este último es el único vinculado con “las oposiciones”, específicamente con lo que se conoce como “la mesita”. La posibilidad de reparto de cargos es menor porque se reduce de 32 magistrados a 20. La posibilidad de otorgarle algunos cargos a la oposición será más limitada.

Volviendo a la Mesa de México, lo más probable es que el gobierno solo esté dispuesto a retomar las negociaciones con la oposición si y solo si Estados Unidos paga la entrada, que no es otra cosa que “dado que ha habido algunos avances, vamos a retirar algunas sanciones para demostrar nuestra buena voluntad”. De no ser este el caso, el gobierno no cedería pues no tendría ninguna ganancia. Asimismo, es predecible que el gobierno insistirá en la reconfiguración de la mesa de negociación para que “las oposiciones” sean incluidas, considerando los resultados de la última elección, y en consecuencia que haya también una reconfiguración de la agenda de temas.

Hay que observar que el gobierno ha sido muy exitoso en aplicar la estrategia que mencionamos en nuestros eventos de Prospectivas del I y II semestre de 2021, y Prospectivas I semestre 2022, según la cual su mejor opción sería sumar voces diferentes a las oficialistas en una campaña contra las sanciones. Es así como ahora hay gobernadores, alcaldes, chavismo disidente y sociedad civil rechazando las sanciones, lo que no solo compromete la postura de Estados Unidos sino también debilita a la oposición, porque las sanciones son el único elemento que tiene para ejercer presión en la mesa de negociación en el presente momento.

El cerco electoral

Mientras tanto, los dilemas electorales siguen presentes. Hay que estar claros de que en Venezuela las condiciones electorales siempre van a ser inversamente proporcionales a la competitividad del gobierno. Es decir, de la misma manera que el gobierno hizo lo que dio la gana con el Referendo Revocatorio, está dispuesto a hacer lo propio con las condiciones electorales para las presidenciales de 2024. Si las cosas siguen como van, no habrá mejores condiciones porque el gobierno se sabe en desventaja y no está dispuesto a correr riesgos.

Y en ese sentido ya se está preparando para dichos comicios. En estos momentos el gobierno está presionando fuertemente para que el informe final de la Misión de Observación Electoral que participó en las elecciones de noviembre 2021 no sea presentado públicamente, lo que ha generado un desacuerdo entre el gobierno y la Observación Internacional Europea, que demanda la autorización para presentar el informe en Venezuela, según lo que estaba programado. Pareciera entonces, que la Unión Europea ya ha sido vetada por el Consejo Nacional Electoral y esto ya nos anuncia que la observación para 2024 no está contemplada, ello habla del tipo de elecciones que cabe esperar.

En conclusión

Buena parte de la atención política de las últimas semanas se ha concentrado en las decisiones que el régimen ha ido tomando en su propia esfera, con detenciones a figuras civiles, específicamente alcaldes recién electos, y a militares, como ha ocurrido con dos generales en Trujillo y Anzoátegui. Son acciones que buscarían evitar cualquier fisura que pudiera presentarse, para así hacer más riguroso su control político, habiendo derrotado a la oposición, estaría considerando que es el momento de poner orden a lo interno para consolidar el proyecto autoritario.

Control que pasa también por rescatar territorios que han sido entregados a colectivos armados, incluidos factores delictivos que, ante la falta de incentivos económicos procedentes del gobierno, han dejado de hacer control social y político y se le han volteado, lo que en parte explicaría los enfrentamientos con bandas de mucho poder, entre ellas las de El Koki, quien cayó esta semana en Tejerías; así como el conflicto que se desarrolla con altibajos en Apure.

Mientras ello ocurre, la Mesa de México sigue a la espera, lo que demuestra la poca presión que el régimen tiene para activar estas negociaciones, aunque se prepara para ello mediante sus gestiones para que sus interlocutores no sean solo los del G4, sino otros factores como los que pertenecen a “la mesita”.

El tema electoral, luego de la jugada del CNE para desactivar el revocatorio, agrega más interrogantes de cara a las Presidenciales de 2024, donde las posibilidades de lograr integridad electoral son cada vez más remotas, como lo demuestra el hecho de que el gobierno intenta evitar que la Unión Europea presente su informe final sobre los comicios de noviembre pasado, programado para este mes de febrero.

Se trata de una situación cada vez más compleja, que amerita de parte de la dirigencia política y de los sectores civiles una revisión de las estrategias ante la creciente autocratización del sistema venezolano, que toma cada vez mayor impulso.


Este artículo fue publicado originalmente en Polítika UCAB el 14 de febrero de 2022

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