Morfema Press

Es lo que es

Carlos Fernández

Por Carlos Fernández

Hace décadas, el abogado y escritor mexicano César Garizurieta acuñó una frase que quedó marcada para la posteridad en la política latinoamericana, “Vivir fuera del presupuesto es vivir en el error”. Una sentencia cargada de realidad e ironía que, con el paso del tiempo, sigue retratando muchas conductas del poder público en nuestro continente.

En el Panamá actual, pareciera esta frase tener su dosis de influencia y adicionalmente se suma a una obsesión silenciosa dentro de buena parte de la clase política, vivir pensando en la próxima elección antes de cumplir con la actual responsabilidad que el pueblo les entregó.

Resulta interesante observar cómo algunos funcionarios electos en 2024, representantes, alcaldes e inclusive diputados, parecieran acostarse y levantarse pensando en mayo de 2029. Apenas ha pasado poco más de un año y medio desde las elecciones, y ya muchos viven en modo campaña. Cada declaración o cada movimiento pareciera estar pensado más para medir aplausos y reacciones que para resolver los problemas de la ciudadanía. Basta observar cómo algunos viven pendientes del próximo video viral, al punto de que solo falta verlos bailando al ritmo de los nuevos retos de internet, situación que hemos visto en otros países.

Inclusive, algunos terminan apoyando decisiones totalmente contrarias a lo que prometieron en su reciente campaña, no porque hayan transformado su visión, sino porque entienden que, las nuevas posturas, les dan más exposición y presencia en redes sociales. La política de resultados ha ido cediendo espacio a la política del espectáculo, donde parece más importante mantenerse “vigentes” que gestionar de forma efectiva.

Debo aclarar, que el problema no es pensar en el futuro. Toda figura pública tiene derecho a aspirar a una reelección o a otro cargo. El verdadero problema aparece cuando la prioridad deja de ser gobernar, proponer o ejecutar decisiones para convertir la “gestión” en una precampaña política.

Las redes sociales han acelerado la ansiedad política y muchos creen que deben permanecer en campaña eterna para sobrevivir. Sin embargo, olvidan una verdad básica y elemental, ninguna estrategia electoral sustituye una buena gestión.

Asumir la responsabilidad entregada por los ciudadanos en cualquier cargo de elección popular debe implicar un compromiso inmediato, con tiempos de respuesta claros y con una planificación seria de metas a corto, mediano y largo plazo.

Gobernar no puede convertirse en una pausa entre campañas electorales. Es simplemente imposible renunciar a la construcción de soluciones ciudadanas para colocar intereses personales, cálculos políticos o aspiraciones futuras por encima de la voluntad y las necesidades del pueblo panameño. Quien recibe la confianza de los ciudadanos tiene la obligación moral y política de ejecutar y responder, no de vivir permanentemente distraído en la próxima elección.

Al final, las elecciones no se ganan únicamente con propaganda, sino con resultados, credibilidad y confianza acumulada.

Panamá necesita funcionarios menos obsesionados con el 2029 y más concentrados en el presente. Autoridades que entiendan que el mejor camino hacia una futura elección no es la campaña adelantada, sino hacer bien el trabajo para el cual fueron electos. Porque antes de pensar en volver a pedir el voto, primero hay que honrar el que ya fue otorgado.

Por Carlos Fernández

En los últimos años, la política ha dejado de ser un espacio estructurado de deliberación para convertirse en un terreno saturado de opiniones dispersas. Opiniones que no surgen necesariamente del análisis o del conocimiento, sino de la frustración, la desconfianza y la sensación creciente de abandono por parte de quienes deberían representar.

Hoy, el ciudadano no solo opina más, opina desde la herida. Desde su propia racionalidad, muchas veces válida, de que el sistema no responde, de que la institucionalidad no resuelve y de que la política, en lugar de ordenar la realidad, la complica. En ese contexto, la participación ya no está mediada únicamente por partidos, liderazgos o ideologías, sino por impulsos inmediatos, emociones y narrativas fragmentadas.

El filósofo alemán Leo Strauss sostenía que: “La democracia es un sistema que permite la búsqueda de la verdad a través del debate y la deliberación”. Una idea que no solo define su esencia, sino que subraya un principio fundamental, la verdad democrática no se impone, se construye a partir del intercambio de ideas y la confrontación de visiones.

Por ejemplo, podemos afirmar que, aunque la sociedad a veces coincide en el destino, son los actores políticos y sociales quienes imponen el camino y el vehículo. Y es ahí donde, entre coincidencias aparentes y contradicciones reales, se configuran las diferencias que terminan definiendo la acción y el liderazgo.

Pero los tiempos actuales también han dado paso a opinadores de oficio con la pretensión de imponer una única lectura de la realidad, construida desde marcos teóricos o intereses particulares que, muchas veces, poco tienen que ver con la experiencia cotidiana del ciudadano.

Ahí es donde emerge una de las mayores tensiones de la “nueva” política, la falsa racionalidad. Una racionalidad que se presenta como incuestionable, que descalifica lo distinto y que busca uniformar el pensamiento bajo la idea de que solo existe una forma correcta de entender el país. En el fondo, no es más que una visión que, bajo el disfraz de lo lógico, termina siendo profundamente excluyente.

Pero un país no es una sola voz, ni una sola lógica. Es la suma de realidades diversas, de experiencias distintas y de visiones que, aunque a veces chocan, son necesarias para construir un proyecto común.

La política, en su esencia democrática, no puede convertirse en un espacio de imposición ni de descalificación permanente. Por el contrario, debe ser el terreno donde las diferencias se confrontan con argumentos, con ideas, donde el disenso no se castiga, sino que se aprovecha, y donde el debate, aunque a veces sea incómodo, permita depurar ideas y acercarnos a mejores soluciones. Porque al final, la verdadera racionalidad política no es aquella que pretende tener siempre la razón, sino la que entiende que solo a través del contraste de visiones es posible construir respuestas más justas, representativas y, sobre todo, más cercanas a lo que Panamá realmente necesita y enfrenta.

La verdad nunca es uniforme ni monocromática. Tiene matices, contrastes y distintas pigmentaciones que reflejan la complejidad real de una sociedad viva. Porque el conocimiento no puede construirse desde la distancia, sino desde la experiencia. Desde lo que la gente vive, siente y confronta todos los días, y es ahí, donde empieza la verdadera política…

* El autor es director de Prodigious Consulting

Por Carlos Fernández en La Estella

Los ciudadanos tienen una opinión real sobre lo que viven día a día, pero no siempre encuentran el espacio para expresarla con libertad.

Ahí es donde la medición cobra sentido.

Una encuesta no es un titular o una consigna política. Es, cuando se hace de forma transparente, un intento honesto de escuchar. Escuchar sin interrumpir, sin empujar respuestas, mucho menos sugerir caminos.

Escuchar para entender qué está pensando y viviendo realmente el país.

En tiempos donde todo parece interpretarse desde posiciones previas, medir con rigor se vuelve casi un acto de equilibrio. Porque los números, por sí solos, no tienen intención, pero sí pueden ser utilizados con algún objetivo.

Por eso la diferencia no está solo en lo que se pregunta, sino en cómo se pregunta.

En el cuidado metodológico, en la independencia. En la decisión consciente de no intentar probar un punto, sino de descubrirlo.

Lo que buscamos no es solo validar ideas, sino también construir conocimiento.

Entender de dónde vienen las percepciones, cómo se transforman las opiniones y comprobar que mueve a las personas más allá de lo evidente. Muchas veces, lo que se dice en público no refleja lo que realmente se piensa en privado.

Porque al final, detrás de cada número hay una decisión en potencia, y en cada decisión, una forma de ver el país.. De entender su propia verdad, de vivirla y comprender que, si bien, se busca atender lo más cercano como prioritario, muchas veces esas decisiones se rigen por elementos nacionales, que determinan la realidad social del pueblo.

Ese recorrido, desde lo que se piensa, hasta lo que se hace, es el que termina definiendo el rumbo colectivo. Es el que modela el pensamiento y la acción social, y en ese trayecto, hay un momento clave donde todo converge, cuando el ciudadano decide participar y exige o desea ser escuchado.

Esta semana estaremos presentando una nueva medición nacional, que busca mostrar, una fotografía con claridad, qué está pensando actualmente el pueblo panameño.

Los días miércoles 22, jueves 23 y viernes 24, de abril, La Estrella de Panamá, estará publicando su encuesta Vea Panamá, realizada por Prodigious Consulting. Con más de 1500 entrevistas en todo el país, esta medición busca reflejar, con rigor y equilibrio, una realidad que muchas veces no se ve completa. Con un margen de error de 2.5%, un nivel de confianza de 95% y una distribución muestral representada porcentualmente igual al padrón electoral.

La encuesta se realizó en 8 provincias, más de 30 distritos y más de 70 corregimientos.

Porque entender al país no es un lujo, es una necesidad y escuchar bien es siempre el primer paso.

Los datos estarán disponibles para todos desde el día miércoles, mostrando el pensamiento ciudadano en los distintos sectores, provincias y realidades de nuestra sociedad.

Como dijo Aristóteles, “La única verdad es la realidad”. La pregunta no es si los datos existen, es si estamos dispuestos a mirarlos.

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