Morfema Press

Es lo que es

David Morán Bohórquez

Por David Morán Bohórquez

Mientras Venezuela dependa de rutas marítimas opacas para importar combustibles básicos, su seguridad energética estará a merced de tribunales y patrullas extranjeras. La verdadera soberanía no se defiende con retórica, sino con activos en producción: elevar la refinación nacional al estatus de infraestructura humanitaria crítica es el camino para blindar el bienestar del ciudadano y neutralizar el riesgo de confiscaciones en alta mar.

Venezuela posee las mayores reservas petroleras del mundo, pero esa riqueza se pierde en la incapacidad de transformarla. El talón de Aquiles de nuestra industria no es la producción de crudo, sino una refinación que opera a niveles críticos —por debajo del 20% de su capacidad instalada de 1,3 millones de barriles diarios —, lastrada por infraestructura deteriorada y una gestión que prioriza el control político sobre la eficiencia técnica.

El resultado es devastador: exportamos crudo a descuento y nos vemos obligados a importar productos estratégicos como gasolinas, nafta, lubricantes y aditivos, esenciales para el transporte, la generación eléctrica y la producción de alimentos. Esta dependencia no solo empobrece al país, sino que lo expone a la vulnerabilidad total.

Un cambio de paradigma: De la renta petrolera a la supervivencia humana

La solución estratégica y defensible es enmarcar la refinación como infraestructura humanitaria crítica. Los combustibles y lubricantes no son instrumentos de control, sino insumos vitales para la supervivencia de la población.

Bajo este enfoque, la operatividad de las refinerías se justifica ante organismos internacionales, permitiendo inversiones seguras y limitadas incluso en contextos de sanciones. Al elevar la refinación a esta categoría, se construye un escudo ético y legal: cualquier interrupción de estos procesos se traduce en una agresión directa contra los derechos básicos de millones de venezolanos.

Blindaje industrial: La soberanía como defensa ante la «flota fantasma»

EE. UU. y otros actores internacionales no interceptan embarcaciones al azar; cada interceptación es una señal estratégica sobre flotas cuya logística es opaca y costosa. La estrategia de los «barcos fantasmas» es un paliativo de alto riesgo que solo profundiza la crisis. La defensa más efectiva no es naval, sino industrial:

Refinar más dentro del país: Cada barril transformado localmente reduce la exposición de activos en el mar. Producir internamente anula la necesidad de rutas marítimas vulnerables.

Gestión protegida y licencias específicas: Al enmarcar las refinerías como nodos de auxilio humanitario, se abre la puerta a que operadores internacionales gestionen unidades específicas bajo licencias de protección, siempre que el destino final sea el consumo interno.

Contratos BOO/BOOT: Mover tecnología y unidades modulares directamente al territorio nacional, pagando con productos refinados destinados al mercado doméstico, elimina la trazabilidad de riesgo en aguas internacionales.

Recomendaciones para una ruta de acción inmediata

Despolitizar la operación: Separar la refinación de la estructura de PDVSA, garantizando administración profesional y auditorías externas que aseguren que el producto llegue al ciudadano.

Modernizar unidades críticas: Priorizar plantas de hidrotratamiento y craqueo catalítico para producir gasolinas terminadas y lubricantes con estándares internacionales.

Priorizar el abastecimiento interno: Garantizar primero los insumos para transporte y electricidad, reduciendo la exposición a sanciones al eliminar la necesidad de importar lo que podemos producir.

Conclusión

Mientras la refinación sea un instrumento de opacidad, Venezuela seguirá perdiendo barcos en alta mar y calidad de vida en tierra firme. Si aceptamos que la refinación es una infraestructura humanitaria crítica, podremos proteger activos, garantizar el abastecimiento y convertir nuestro mayor talón de Aquiles en la columna vertebral de la seguridad energética nacional.

Actuar ahora no es una opción de política de quejas. es la única forma de evitar el colapso completo y proteger la seguridad del país y su ciudadanía.

David Morán Bohórquez es ingeniero industrial, miembro de la Comisión de Energía de la Academia Nacional de Ingeniería y Hábitat de Venezuela y del Consejo Directivo de Cedice Libertad

Por David Morán Bohórquez

Cuando el régimen necesita legitimarse, no busca votos: monta un espectáculo. Y llama democracia a lo que no es más que obediencia disfrazada

La historia del siglo XX y XXI está llena de dictaduras que, lejos de rehuir las elecciones, las organizan con entusiasmo. No como ejercicios de soberanía popular, sino como rituales cuidadosamente diseñados para consolidar el poder, desmovilizar a la oposición y proyectar una imagen de normalidad ante el mundo. Las llaman elecciones, pero no lo son: son escenografías autoritarias.

Lo que distingue a una elección democrática no es solo la existencia de urnas o el conteo de votos, sino la posibilidad real de alternancia, la igualdad de condiciones para competir, la libertad de expresión y la garantía de que el resultado refleje la voluntad popular. Cuando esos elementos están ausentes, el voto deja de ser un derecho y se convierte en una coartada.

Desde Haití hasta Bielorrusia, pasando por Nicaragua y Cuba, los ejemplos abundan. En 1961, François Duvalier se atribuyó más de un millón trescientos mil votos… sin ninguno en contra. En 2020, Alexandr Lukashenko se proclamó vencedor tras unas elecciones abiertamente fraudulentas, desatando protestas masivas y nuevas sanciones internacionales. En 2021, Daniel Ortega encarceló a todos los principales aspirantes opositores antes de “ganar” con más del 75% de los votos. En 2023, el régimen cubano celebró elecciones sin pluralismo, con una sola lista aprobada por el Partido Comunista. Todas estas jornadas tuvieron algo en común: no ofrecían al pueblo una opción, sino una confirmación forzada del poder establecido.

¿Por qué lo hacen? Porque simular democracia es más rentable que confesar la dictadura. Las elecciones permiten a los regímenes autoritarios exhibir cifras de participación como si fuesen muestras de respaldo, contener la presión internacional, dividir a sus críticos y, sobre todo, neutralizar la fuerza simbólica del voto libre.

Quien se opone a estos simulacros es tildado de antidemocrático. Así, logran lo impensable: convertir la defensa del voto en una supuesta renuncia al voto.

George Orwell lo anticipó con una claridad profética en 1984: el lenguaje, cuando es manipulado por el poder, no busca comunicar sino dominar. Si en la novela “la guerra es la paz” y “la libertad es la esclavitud”, en las dictaduras modernas “votar es obedecer” y “elegir es ratificar lo inevitable”. La mentira institucionalizada no solo falsea la realidad, sino que pretende modelar la conciencia colectiva. Por eso estas elecciones no son solo una farsa: son un mecanismo de control.

Votar en una elección sin garantías, con candidatos inhabilitados o presos, con árbitros sometidos y reglas hechas a la medida del régimen, no es ejercer un derecho: es prestarse al juego del opresor. Es matar el valor del voto.

Votar por votar no es resistencia: es resignación. Y abstenerse en estas condiciones no es pasividad, sino desobediencia cívica. Es un acto de denuncia que deja claro que el problema no es la apatía del ciudadano, sino la perversión del sistema.

Por eso, cuando nos enfrentamos a elecciones simuladas, la pregunta no es si debemos votar, sino si esa elección merece nuestro voto. Y en dictadura, la respuesta más democrática es no prestarse a la farsa.

Por David Morán Bohórquez

La economía, en su esencia más pura, se define como la ciencia que estudia la escasez. Desde los tiempos de Lionel Robbins, quien la describió como la disciplina que analiza cómo los seres humanos gestionamos recursos limitados frente a deseos infinitos, esta idea ha sido el pilar de la teoría económica. Nos enseña a racionar, a priorizar y a tomar decisiones en un mundo donde nunca hay suficiente para todos. Sin embargo, frente a esta visión de restricciones, la ingeniería y su hija predilecta, la tecnología, emergen con una propuesta radicalmente opuesta: crear abundancia, es decir, dar más con menos.

La economía nos confronta con la realidad de lo finito. Piensa en el agua, el petróleo o incluso el tiempo: son recursos que no podemos multiplicar a voluntad. Los economistas diseñan modelos para distribuirlos eficientemente, ya sea a través de mercados, políticas públicas o incentivos. Pero su enfoque parte de una premisa inamovible: el pastel es limitado, y la tarea es cortarlo bien. Por ejemplo, ante una sequía, el economista calculará cómo asignar el agua disponible entre agricultores, industrias y hogares, aceptando que alguien inevitablemente recibirá menos. Es un arte de la resignación disfrazado de precisión matemática.

La ingeniería, en cambio, no se conforma con aceptar los límites; los desafía. Donde la economía ve escasez, la tecnología busca abundancia. Siguiendo el principio de «hacer más con menos», los ingenieros han transformado el mundo a través de innovaciones que rompen las barreras de lo posible. Pensemos en la revolución agrícola: la invención de fertilizantes y maquinaria no solo aumentó la producción de alimentos, sino que redefinió lo que entendemos por «suficiente». O consideremos la revolución digital: el internet y los dispositivos móviles han democratizado el acceso a la información, un recurso que antes era exclusivo de élites con bibliotecas o imprentas. La tecnología no reparte el pastel; lo hace más grande.

Este contraste no implica que una disciplina sea superior a la otra, sino que ambas se complementan en un diálogo constante. La economía nos recuerda que los recursos no son infinitos y que las decisiones tienen costos. Sin esa perspectiva, la ingeniería podría caer en el exceso o la ingenuidad, creando soluciones sin considerar su sostenibilidad. Por otro lado, sin la audacia tecnológica, la economía se estancaría en un fatalismo estéril, resignada a un mundo de carencias perpetuas.

Un ejemplo claro está en las energías renovables: los economistas advierten sobre los costos de transición desde los combustibles fósiles, mientras los ingenieros desarrollan paneles solares más eficientes que hacen esa transición viable.

En última instancia, el futuro depende de cómo estas dos fuerzas encuentran nuevos equilibrios. La economía nos obliga a ser realistas; la ingeniería nos permite ser soñadores. Juntas, pueden transformar la escasez en una abundancia sostenible, no como una utopía inalcanzable, sino como un proyecto humano concreto.

Dar más con menos no es solo un lema tecnológico: es la promesa de un mundo donde los límites no sean una condena, sino un reto.

El caso de Venezuela: el realismo mágico del socialismo del siglo XXI

Sin embargo, hay contextos donde este equilibrio se rompe, y ni la economía ni la ingeniería logran cumplir sus promesas. Venezuela, bajo el «socialismo del siglo XXI», es un ejemplo devastador.

Con las mayores reservas de petróleo del mundo, el país tenía el potencial para combinar una gestión económica sensata con avances tecnológicos que generaran abundancia. En cambio, el modelo liderado por Hugo Chávez y Nicolás Maduro apabulló los preceptos más elementales de la economía con una mezcla de controles rígidos y una fe ciega en un realismo mágico, como si fueran alquimistas modernos al estilo de Melquíades, el personaje de Cien años de soledadde Gabriel García Márquez.

Pensaron que podían transmutar la realidad con controles de precios, del dinero, las divisas, los préstamos y la producción, desafiando las leyes básicas de oferta y demanda. El resultado no fue oro, sino una economía en ruinas: hiperinflación, desabastecimiento y colapso de servicios básicos.

Este desprecio por la economía tuvo su contraparte en el abandono de la tecnología y las condiciones meritocráticas necesarias para su desarrollo. Lejos de fomentar la innovación que pudiera diversificar la dependencia del petróleo, el socialismo del siglo XXI asfixió a la ingeniería con burocracia, expropiaciones y una aversión al mérito.

La infraestructura se deterioró, las empresas tecnológicas huyeron y la producción agrícola e industrial, que pudo haber creado abundancia, se desplomó y la pobreza creció. Chávez y Maduro no sólo fracasaron en repartir el pastel, sino que lo dejaron reducirse hasta casi desaparecer, atrapados en una fantasía donde las leyes económicas y el potencial tecnológico eran meras ficciones que podían reescribirse con discursos y decretos.

Venezuela es una advertencia de un triste y lamentable caso: cuando se desdeñan tanto la prudencia de la economía como la audacia de la tecnología, la escasez no solo persiste, sino que se convierte en tragedia.

X: @morandavid

David Morán Bohórquez es ingeniero industrial (UCAB). Miembro de la Comisión de Energía de la Academia de Infeniería y Hábitat de Venezuela y del Consejo Directivo de Cedice Libertad

Por David Morán Bohórquez

La conciencia ambiental ha crecido desde los Baby Boomers hasta la Generación Z, y las empresas tecnológicas son ahora protagonistas. Lo socialmente aceptable será que la tecnología regenere ecosistemas, un estándar que la Generación Alpha podría imponer.

Las generaciones tienen nombres que resuenan como títulos de una saga: Baby Boomers, Generación X, Millennials, Generación Z. Estos términos, acuñados por sociólogos, demógrafos y hasta publicistas, buscan encapsular las experiencias, valores y contextos históricos de grupos nacidos en ciertas décadas. Pero, ¿son estas clasificaciones un reflejo fiel de la realidad o solo una herramienta simplista para entendernos?

Baby Boomers, Generación X, Millennials, Generación Z: cada una lleva un nombre que evoca una identidad, un momento histórico. Pero más allá de sus etiquetas, me interesa explorar cómo ha cambiado entre ellas la conciencia sobre proteger el medio ambiente. ¿Es esta una preocupación que crece con el tiempo o un reflejo de las circunstancias que cada generación enfrentó? A continuación, miro sus características y reflexiono sobre cómo han abordado —o ignorado— la relación con el medio ambiente

Las generaciones y las megatendencias ambientales

Las generaciones han moldeado nuestra relación con el medio ambiente, desde los Baby Boomers hasta la Generación Z, a través de leyes, movimientos y actitudes cambiantes. Hoy, dos megatendencias definen el panorama energético: la electrificación de la demanda energética, que crece exponencialmente, y la descarbonización de la matriz energética, que busca eliminar los combustibles fósiles. Las empresas tecnológicas son protagonistas clave en tendencias, mientras la rendición de cuentas ESG (ambiental, social y de gobernanza) redefine lo socialmente aceptable. Exploremos cómo estas fuerzas se entrelazan con el pasado, el presente y el futuro del cuidado ambiental.

Baby Boomers: Los hijos del auge (1946-1964)

Los Baby Boomers sentaron bases regulatorias con leyes como la NEPA (1970) y la creación de la EPA en EE.UU., mientras movimientos como el Día de la Tierra marcaban un despertar ecológico. Empresas tecnológicas como IBM impulsaban la revolución informática, pero sin foco en sostenibilidad. La electrificación era incipiente, limitada a hogares y fábricas, y la matriz energética dependía del carbón y el petróleo. Lo socialmente aceptable era el progreso económico sin cuestionar el impacto ambiental. Su legado es contradictorio: avances tecnológicos, pero poca descarbonización.

  • Edad en 2025: 61-79 años.
  • Tamaño estimado: En su pico (décadas de 1970-1980), representaban una gran parte de la población mundial debido al boom de natalidad post-Segunda Guerra Mundial, especialmente en EE.UU., Europa y América Latina. Hoy, con una población global de 8,200 millones y considerando que la esperanza de vida promedio es 73.3 años (OMS, 2020), ajustada al crecimiento, podrían ser entre 700 y 900 millones vivos en 2025. Esto se basa en que representan el 8-11% de la población global, según distribuciones demográficas históricas (Pew Research ajustado a ONU).

Generación X: Los olvidados (1965-1980)

La Generación X vio leyes como la Ley de Agua Limpia (1972) y el auge de Greenpeace. Empresas como Microsoft nacieron, enfocándose en software más que en energía limpia. La electrificación crecía lentamente en hogares y oficinas, pero la matriz seguía anclada en combustibles fósiles. La conciencia ambiental emerge, aunque no era prioritaria. Fueron testigos de un mundo en transición, sin liderar ni la electrificación ni la descarbonización, pero preparando el terreno para ambas.

  • Edad en 2025: 45-60 años.
  • Tamaño estimado: Esta generación es más pequeña que los Boomers debido a la desaceleración de la natalidad en muchos países. Representan aproximadamente el 15-18% de la población mundial (basado en UN World Population Prospects y tasas de natalidad de 1965-1980). Esto daría entre 1,200 y 1,500 millones de personas vivas hoy.

Millennials: Los transformadores digitales (1981-1996)

Los Millennials aceleraron ambas megatendencias. La electrificación de la demanda se disparó con la adopción masiva de dispositivos electrónicos y la Ley de Reducción de la Inflación (2022) impulsó energías limpias. La descarbonización avanzó con movimientos como Fridays for Future. Empresas como Tesla (movilidad eléctrica), Google (IA para eficiencia energética) y Enel (renovables y redes inteligentes) lideran el cambio. Lo socialmente aceptable incluye consumir energía sostenible y rechazar lo no ético. Para ellos, la tecnología debe electrificar y descarbonizar simultáneamente.

  • Edad en 2025: 29-44 años.
  • Tamaño estimado: Son una de las generaciones más grandes debido al crecimiento poblacional en Asia, África y América Latina durante esos años. Se estima que son el 23-25% de la población mundial (Pew Research y ONU), lo que equivale a 1,900-2,050 millones de personas.

Generación Z: Los nativos digitales (1997-2012)

La Generación Z intensifica estas tendencias. La electrificación abarca transporte (vehículos eléctricos), calefacción y más, mientras la descarbonización se acelera con normas de la EPA sobre emisiones y movimientos como Extinction Rebellion. Empresas como Apple (neutralidad de carbono para 2030), Vestas (líder en turbinas eólicas) y Ørsted (transición de fósiles a renovables) son ejemplos clave. La ESG es obligatoria: lo aceptable es que toda empresa tecnológica reduzca su huella y electrifique la vida diaria. Ellos exigen un mundo donde la matriz energética sea limpia y accesible.

  • Edad en 2025: 13-28 años.
  • Tamaño estimado: Con un crecimiento poblacional aún alto en regiones como África y Asia, representan el 24-26% de la población (ajustado a UN Population Division). Esto equivale a 2,000-2,100 millones de personas.

Generación Alpha: El futuro en construcción (2013-presente)

La Generación Alpha heredará un mundo hiperconectado. La electrificación será total, desde hogares inteligentes hasta transporte masivo, y la descarbonización podría lograr matrices 100% renovables. Empresas como SpaceX (innovación tecnológica) o Siemens (soluciones de redes verdes) podrían liderar. Lo socialmente aceptable será un planeta regenerado por la tecnología, con ESG como estándar mínimo.

  • Edad en 2025: 0-12 años.
  • Tamaño estimado: Nacidos en un período de tasas de fertilidad declinantes (2.09 hijos por mujer en 2024, ONU), pero con una base poblacional grande, podrían ser el 16-18% de la población mundial en 2025, o sea, 1,300-1,500 millones. Esto incluye los nacidos hasta febrero de 2025 (unos 12 años de nacimientos a 135-140 millones por año).

Población mundial actual

A febrero de 2025, la población mundial se estima en unos 8,200 millones de personas, según proyecciones del World Population Prospects 2024 de la ONU, que indicó 8 mil millones en noviembre de 2022 y un crecimiento anual de aproximadamente 0.8-1% (unos 70-80 millones por año).

Las nuevas generaciones y lo previsible para el futuro

Millennials y Generación Z ya ocupan roles de poder. En lo empresarial, dirigen compañías tecnológicas sostenibles; en lo político, impulsan leyes verdes; en lo social, normalizan el rechazo al «greenwashing». Para el futuro, es previsible que la Generación Alpha eleve el estándar: la tecnología podría integrarse con la naturaleza (piensa en ciudades inteligentes con cero emisiones), y la ESG evolucionará hacia métricas más estrictas, quizás obligando a las empresas a compensar todo daño ambiental pasado. Lo socialmente aceptable podría ser un mundo donde la tecnología no solo mitigue, sino regenere el planeta.

Los estudios sobre los cambios de percepciones en las generaciones

Existen varios estudios que exploran cómo las diferentes generaciones perciben y se relacionan con los temas ambientales, especialmente el cambio climático y la sostenibilidad.

Por ejemplo, se sabe que las generaciones más jóvenes, como la Generación Z (nacidos entre 1997 y 2012) y los millennials (nacidos entre 1981 y 1996), tienden a mostrar una mayor preocupación por el medio ambiente en comparación con generaciones mayores como los baby boomers (nacidos entre 1946 y 1964) o la Generación X (nacidos entre 1965 y 1980). Un estudio destacado es la Encuesta Global 2024 a Millennials y Generación Z en España, que reveló que estas generaciones están más dispuestas a reducir su impacto ambiental y exigen acciones más contundentes de gobiernos y empresas frente al cambio climático. Aproximadamente el 60% de los millennials y el 58% de la Generación Z estarían dispuestos a pagar más por productos ecológicos, lo que refleja un cambio en las prioridades de consumo.

Por otro lado, generaciones mayores como los baby boomers muestran una conciencia creciente, pero su compromiso suele ser menor en términos de cambios de hábitos. Un dato interesante del estudio de GlobalWebindex indica que cerca del 46% de los baby boomers estarían dispuestos a pagar más por productos sostenibles, lo que sugiere que, aunque no lideran el movimiento, están empezando a alinearse con estas ideas, quizá motivados por el legado que dejarán a sus nietos.

En América Latina, el Centro de Opinión Pública de la Universidad del Valle de México (COP UVM) realizó una encuesta en 2022 que mostró que el 89% de los mexicanos cree que las generaciones futuras no tendrán recursos naturales suficientes para vivir, una percepción que cruza generaciones pero que es más marcada entre los jóvenes de 18 a 34 años, quienes también se sienten más responsables por la contaminación ambiental (78-79% en ese rango de edad).

Otro ejemplo relevante es el Global Shapers Survey del Foro Económico Mundial, que desde hace años ha identificado que los millennials consideran el cambio climático como uno de los problemas más graves a nivel global (48.8% en una edición reciente), seguido por conflictos sociales y desigualdad. Esto contrasta con generaciones mayores, donde la preocupación ambiental existe, pero a menudo se priorizan cuestiones económicas o de estabilidad inmediata.

Las nuevas generaciones en Venezuela

En Venezuela, el pensamiento de las nuevas generaciones respecto a la sostenibilidad ambiental está influenciado por una mezcla de factores históricos, educativos, sociales y económicos, aunque los estudios específicos sobre este tema no son tan abundantes ni centralizados como en otros países. Sin embargo, hay evidencia de un creciente interés y conciencia entre los jóvenes, particularmente en contextos urbanos y a través de iniciativas locales, que reflejan cómo estas generaciones están abordando la sostenibilidad ambiental.

Históricamente, Venezuela ha tenido una relación ambivalente con el medio ambiente, marcada por su dependencia del petróleo y, más recientemente, por proyectos como el Arco Minero del Orinoco, que han generado críticas por su impacto ecológico. A pesar de esto, las nuevas generaciones, como la Generación Z (nacidos entre 1997 y 2012) y los millennials (nacidos entre 1981 y 1996), muestran signos de un cambio de mentalidad. Por ejemplo, organizaciones como Tierra Viva han impulsado proyectos como «Generación Sustentable», que buscan aumentar la participación y el liderazgo juvenil en temas de desarrollo sostenible en comunidades urbanas, rurales e indígenas. Este tipo de iniciativas sugiere que los jóvenes están interesados en asumir un rol activo en la protección ambiental, aunque enfrentan desafíos como la falta de recursos y la inestabilidad política.

Desde el ámbito educativo, la Constitución de 1999 (Artículo 107) estableció la educación ambiental como obligatoria, lo que ha sentado una base teórica para fomentar la conciencia ecológica. Sin embargo, estudios y análisis, como los disponibles en plataformas académicas o los informes del Observatorio de Ecología Política de Venezuela, señalan que esta implementación ha sido inconsistente, especialmente en las últimas décadas debido a la crisis económica y social. A pesar de ello, los jóvenes han encontrado formas de informarse y organizarse fuera del sistema formal, a menudo a través de redes sociales y movimientos comunitarios. Por ejemplo, en X se han visto menciones de proyectos que involucran a la juventud en temas de sostenibilidad, lo que indica un interés emergente, aunque no siempre respaldado por datos cuantitativos amplios.

En términos de actitudes, las nuevas generaciones en Venezuela parecen compartir algunas características con sus pares globales: mayor conciencia sobre el cambio climático y disposición a adoptar hábitos más responsables, como el reciclaje o el uso eficiente de recursos. Sin embargo, esta conciencia se ve limitada por las condiciones del país. La crisis económica ha llevado a que muchas personas, incluidos los jóvenes, prioricen la supervivencia diaria sobre acciones sostenibles a largo plazo. Aun así, en encuestas internacionales como el Global Shapers Survey del Foro Económico Mundial, donde se incluyen muestras de América Latina, los millennials y la Generación Z consistentemente destacan el cambio climático como una prioridad, y es probable que los jóvenes venezolanos no sean una excepción, aunque su capacidad de acción esté restringida.

Un aspecto interesante es cómo el pensamiento ambiental de estas generaciones se cruza con la identidad cultural y las realidades locales. En comunidades indígenas, por ejemplo, los jóvenes suelen combinar conocimientos tradicionales con ideas modernas de sostenibilidad, mientras que en áreas urbanas, como Caracas, hay un enfoque más práctico hacia problemas inmediatos como la gestión de residuos o la contaminación del río Guaire. Esto refleja una diversidad en el pensamiento ambiental que no siempre se captura en estudios amplios, pero que es visible en proyectos grassroots y en la narrativa de ONG locales.

Un comentario aparte: Trump y el ambiente, un eco del pasado

Cuando Donald Trump, a sus 78 años, asumió su segundo mandato en enero de 2025, sus primeras acciones ambientales resonaron como un eco de una era pasada. Su decisión de retirar a Estados Unidos del Acuerdo de París por segunda vez, junto con un discurso que prioriza la extracción de combustibles fósiles sobre la sostenibilidad, no sorprendió a quienes recuerdan su primer término (2017-2021). Sin embargo, este «eco del pasado» no es solo una repetición; es un desafío directo a un mundo que, en 2025, genera 31,000 TWh de electricidad y consume 27,000 TWh (IEA, 2025), con generaciones como Millennials (1,900-2,050 millones) y Z (2,000-2,100 millones) exigiendo un futuro descarbonizado.

Un legado de los Baby Boomers

Trump, nacido en 1946, encarna la mentalidad de los Baby Boomers (700-900 millones vivos hoy), una generación que vio la electricidad global crecer de 6,000 TWh en 1971 a 11,000 TWh en 1990 (Enerdata). En su primer mandato, desmanteló más de 100 regulaciones ambientales, desde el Clean Power Plan hasta la protección de especies en peligro (NYT, 2021), abriendo tierras públicas como el Arctic National Wildlife Refuge al petróleo. En 2025, su orden ejecutiva inicial —»drill baby drill»— y la declaración de una «emergencia energética» que debilita la Ley de Especies en Peligro (PBS, 2025) reflejan esa visión: el planeta como recurso, no como responsabilidad. Es un eco de los 70, cuando el crecimiento económico justificaba la explotación sin límites.

Por cierto, la expresión «drill, baby, drill» ha sido utilizada por políticos republicanos en Estados Unidos para promover la expansión de la producción nacional de petróleo y gas. Originalmente acuñada por Michael Steele durante la Convención Nacional Republicana de 2008, la frase ganó popularidad como un llamado a reducir la dependencia energética del extranjero mediante el aumento de la extracción doméstica de combustibles fósiles.

En su campaña presidencial de 2024, Donald Trump retomó este lema, prometiendo incrementar la producción de petróleo y gas en Estados Unidos para reducir los costos energéticos y fortalecer la economía nacional. Sin embargo, la implementación de esta política enfrenta desafíos significativos. A pesar de los esfuerzos por incentivar la extracción, las empresas energéticas han mostrado reticencia a aumentar la producción debido a la caída de los precios del petróleo y a las presiones del mercado para priorizar retornos a los accionistas sobre la expansión de operaciones.

El contraste generacional

Mientras Trump mira al pasado, Millennials y Generación Z —casi la mitad de los 8,200 millones de humanos (ONU, 2024)— empujan hacia adelante. En 2025, el 35% de la electricidad mundial es renovable (IEA), impulsada por su presión por electrificación (consumo subiendo al 4% anual) y descarbonización. Empresas como Tesla, Vestas y Ørsted lideran esta transición, mientras Trump insiste en fósiles que aún dominan el 55% de la matriz global. Su negacionismo climático —»el aire está más limpio que nunca», afirmó en 2025— choca con una juventud que ve el cambio climático como una emergencia palpable, no como una «estafa».

Reflexión final: Un mundo en transformación

La electrificación y la descarbonización son megatendencias imparables, impulsadas por generaciones jóvenes y empresas tecnológicas. Trump representa un retroceso, pero el futuro pertenece a quienes integran sostenibilidad y progreso. En mi opinión, el éxito dependerá de que estas empresas no solo sigan las tendencias, sino que las amplifiquen, convirtiendo la tecnología en el motor de un planeta habitable.

La conciencia ambiental ha crecido desde los Baby Boomers hasta la Generación Z, y las empresas tecnológicas son ahora protagonistas. La rendición de cuentas ESG marca un antes y un después: lo que hoy es aceptable —transparencia, innovación sostenible— será insuficiente mañana si no evoluciona con las nuevas generaciones. El futuro pertenece a quienes usan la tecnología para sanar el planeta. Lo socialmente aceptable será que la tecnología regenere ecosistemas, un estándar que la Generación Alpha podría imponer.


David Morán Bohórquez es ingeniero industrial (UCAB) y miembro de la Comisión de Energía de la Academia de Ingeniería y Hábitat de Venezuela

X: @morandavid

Las elecciones regionales convocadas por el régimen no son un ejercicio de democracia, sino un mecanismo de legitimación.

En 1984, la obra maestra de George Orwell, el Partido mantiene el poder absoluto no solo mediante la represión, sino también con la manipulación del lenguaje, la fabricación de una oposición controlada y la eliminación de cualquier disidencia real. En el contexto venezolano de 2025, tras el desconocimiento del triunfo opositor en las presidenciales de 2024, el chavismo convoca elecciones regionales para preservar la apariencia de democracia. En este escenario, se repiten los mecanismos orwellianos de control. En este artículo los veremos en detalle.

El nuevo espectáculo electoral: la participación controlada

Las elecciones regionales convocadas por el régimen no son un ejercicio de democracia, sino un mecanismo de legitimación. La propaganda oficial presenta la convocatoria como una “oportunidad de diálogo y reconciliación”, pero en realidad se trata de un proceso diseñado para:

  • Mantener la ilusión de pluralismo político mientras el verdadero poder sigue centralizado.
  • Dividir a la oposición entre quienes rechazan el proceso y quienes deciden participar.
  • Imponer candidatos opositores dóciles que acepten las reglas del régimen.

En 1984, el Partido permite la existencia de una “resistencia” ficticia para canalizar el descontento sin poner en peligro su poder. En Venezuela, el chavismo promueve a ciertos opositores como interlocutores “legítimos”, mientras excluye a quienes representan una amenaza real.

1- Los opositores permitidos: La disidencia controlada

Para que la farsa electoral sea efectiva, el régimen necesita una oposición que participe sin desafiar la estructura de poder. Sin exigir ninguna garantía electoral. A estos personajes se les permite existir, siempre y cuando jueguen dentro de los límites establecidos. Sus características son:

Aceptan el marco institucional chavista: No cuestionan la legitimidad del CNE, la Asamblea Nacional oficialista ni las inhabilitaciones políticas.

Se presentan como moderados y pragmáticos: Critican al gobierno, con mano de seda, y rechazan la confrontación directa y los llamados a la resistencia cívica.

Descalifican a la oposición real: Acusan de “radicales” a figuras como María Corina Machado y justifican su exclusión del proceso político.

Reciben visibilidad en medios oficiales y semi-oficiales: Se les da espacio en la propaganda gubernamental para reforzar su rol de “verdadera oposición”.

Así, mientras a líderes como Machado se les inhabilita y censura, el régimen impulsa a figuras que, aun autodenominándose “opositores”, juegan un papel funcional al chavismo.

Orwell probablemente los calificaría como colaboracionistas del Partido o como practicantes del doblepensar. En 1984, hay personajes como O’Brien, que fingen ser opositores mientras en realidad trabajan para el régimen. También está el concepto de herejía controlada: permitir una disidencia manejada para dar la ilusión de pluralismo, mientras se garantiza que nunca represente una amenaza real.

Los que llaman a participar en las elecciones regionales bajo un régimen que desconoció las presidenciales encajan perfectamente en esa lógica. Orwell los vería como:

– Tontos útiles – Creen sinceramente que es posible una transición pacífica dentro de las reglas impuestas por el régimen, ignorando que el juego está amañado desde el inicio.

– Colaboracionistas pragmáticos – Saben que no hay verdadera democracia, pero buscan mantenerse en el sistema para obtener beneficios personales, sea por dinero, poder o simple supervivencia.

– Agentes del Partido – Su rol es controlar la disidencia y canalizar la frustración hacia caminos inofensivos, evitando que se convierta en una verdadera amenaza.

En términos orwellianos, estos actores serían parte del Ministerio de la Democracia Participativa, encargados de transformar la derrota en una victoria del régimen, mediante la manipulación del lenguaje y la resignación política.

2- María Corina Machado y la Criminalización de la Oposición Real

A los opositores que rechazan el teatro electoral no se les debate: se les demoniza, se les persigue y, cuando es posible, se les borra del discurso público. En el caso de María Corina Machado, la estrategia sigue un guión claro

A una opositora real como María Corina Machado, que ha llamado a no participar en las elecciones regionales del régimen, el aparato chavista la manejaría con una estrategia de deslegitimación, censura, represión y aislamiento, en línea con la lógica orwelliana de 1984.

Orwell describió este mecanismo en 1984 con la figura de Goldstein, el enemigo supremo del Partido cuya existencia era utilizada para justificar la represión y el control absoluto. En Venezuela, el chavismo convierte a Machado en su chivo expiatorio predilecto, mientras promueve un relevo opositor domesticado.

Criminalización y estigmatización: convertirla en el enemigo absoluto

La primera reacción del régimen es presentar a MCM como una amenaza contra la paz, la estabilidad y la democracia. Esto sigue la estrategia de Goldstein en 1984, el enemigo permanente al que todos deben odiar.

“María Corina Machado no es opositora, es agente del imperialismo”

  • Se intensifica la narrativa de que trabaja para EE.UU. y la oligarquía.
  • Se le acusa de sabotear las “salidas democráticas” promovidas por el chavismo.
  • Se le asocia con conspiraciones golpistas.

“Quiere la guerra y el caos en Venezuela”

  • Se la presenta como promotora de la violencia y el odio.
  • Se repiten imágenes de protestas pasadas para reforzar su “radicalismo”.
  • Se dice que su llamado a la abstención es una estrategia para justificar una intervención extranjera.

En 2014, el chavismo usó esta táctica tras las protestas de La Salida, acusándola de ser la mente detrás de un supuesto golpe de Estado.

Censura total: convertirla en una No-Persona, deshumanizarla

En 1984, los enemigos del Partido son “vaporizados”: desaparecen de la historia, de los registros y del discurso oficial. Con MCM, el chavismo hace algo similar:

Censura en medios

  • No se la menciona en la TV estatal ni en medios oficialistas, salvo para atacarla.
  • Se bloquea su nombre en redes sociales y tendencias en internet.

Eliminación de su imagen y registros

  • No se permite que aparezca en actos políticos.
  • Se impide que su imagen o nombre sean usados en campañas electorales.

Destrucción de su infraestructura política

  • Se persigue judicialmente a su movimiento Vente Venezuela.
  • Se desmantelan sus redes de apoyo con amenazas e inhabilitaciones.

En las primarias de 2023, el régimen bloqueó páginas web y saboteó el proceso para evitar que su candidatura se consolidara.

Represión física y jurídica: estrangular su movimiento popular

Si la censura y la deslegitimación no son suficientes, se usa la represión directa:

Inhabilitaciones y procesos judiciales

  • Se la inhabilita para cargos públicos bajo acusaciones falsas.
  • Se le abren investigaciones por traición, conspiración o corrupción.

Acoso y hostigamiento

  • Se detiene a miembros de su equipo y se les presentan cargos fabricados.
  • Se vigila y persigue a quienes la apoyan en redes o en protestas.

Restricciones de movilidad

  • Se le prohíbe salir del país o desplazarse libremente dentro de Venezuela.

Ejemplo: Desde 2015 ha sido inhabilitada y constantemente perseguida, sin una orden de detención formal pero con restricciones de facto.

Aislar, Destruir y Olvidar

El régimen usa la lógica de 1984 para manejar a MCM: Convertirla en el enemigo público, borrarla del discurso oficial, asfixiar su movimiento con represióny reemplazarla con una falsa oposición

Su estrategia es clara: porque la gente la apoya abrimadoramente, el régimen quieren hacer que parezca que nunca existió o que su existencia no importa.

3- La narrativa sobre la abstención

La propaganda oficial respondería a la abstención con una mezcla de intimidación, manipulación emocional y retórica de doblepensar. En clave orwelliana, el régimen usaría estas tácticas:

Doblepensar: La abstención es participación

La propaganda afirmaría que no votar es un acto contra la paz y la democracia. Algo como: “Solo los enemigos de la Patria llaman a la abstención. La democracia real es votar. Abstenerse es entregarse al imperio.”

A la vez, si la abstención es muy alta, el régimen puede decir lo contrario: “El pueblo se ha expresado de múltiples maneras, participando en su propio tiempo y espacio. La baja participación refleja confianza en la Revolución y en sus líderes.”

Criminalización de la abstención: El Ministerio de Armonía Ciudadana vigila

Se promoverían narrativas para identificar la abstención con el crimen o el terrorismo:

  • “Quienes llaman a no votar están saboteando la paz. Son agentes de la desestabilización financiados por el enemigo externo.”
  • “Si alguien te dice que no votes, denúncialo. El pueblo no se deja engañar.”

Se podrían abrir investigaciones contra líderes opositores o ciudadanos que promuevan la abstención, acusándolos de boicot electoral o incitación al odio.

El Gran Concilio Patriótico: La oposición oficialista pide votar

El régimen usaría a los Nuevos Opositores (los colaboracionistas) para dar una apariencia de debate y legitimidad:

  • “Los verdaderos líderes democráticos llaman a la participación. Solo los extremistas buscan dividir.”
  • “Si no votas, otros decidirán por ti. No dejes que los radicales te quiten tu derecho.”

Estos mensajes serían amplificados por los medios estatales y por influencers del chavismo disfrazados de independientes.

Coacción económica: Vota o pierdes beneficios

El régimen usaría la dependencia de la población de los programas sociales como arma electoral:

  • “Para acceder al Bono del Pueblo Soberano, asegúrate de ejercer tu derecho en las Elecciones Regionales.”
  • “Solo los verdaderos patriotas, los que votan, recibirán los beneficios de la Revolución.”

Además, podrían usar el carnet de la patria para monitorear y presionar a los empleados públicos y beneficiarios de subsidios.

La Victoria de la Democracia: Ganemos con un 176%

Independientemente de la abstención real, el régimen anunciaría una participación aceptable y diría que el pueblo ratificó su confianza en la Revolución. Si la abstención es muy alta, simplemente la ignorarían o la reinterpretarían:

“El pueblo ha hablado con su voto y con su silencio. Todos los caminos llevan a la Victoria del Pueblo.”

En resumen, la propaganda convertiría la abstención en un acto de traición, mientras manipula la narrativa para que el resultado siempre beneficie al régimen.

4- Disidencia Dentro del Chavismo: Purgas y Lealtad Absoluta

En la lógica de 1984 la disidencia interna dentro del chavismo se manejaría con una combinación de cooptación, purgas selectivas y represión simbólica, siguiendo la lógica de 1984. Al igual que en el Partido en Oceanía, el régimen necesita mantener una apariencia de unidad absoluta, pero sin permitir que ninguna corriente alternativa se fortalezca demasiado.

Cooptación: Integrar y Neutralizar a los Críticos

Los primeros intentos para manejar la disidencia chavista serían a través de la asimilación:

  • Se ofrecerían cargos menores, espacios en medios de comunicación oficialistas o acceso privilegiado a recursos.
  • Se usaría la retórica revolucionaria para absorber las críticas sin cambiar nada: “El camarada tiene razón en señalar fallas, pero la solución no es apartarse del camino revolucionario, sino profundizarlo.”
  • Se crearía una Comisión de Autocrítica Revolucionaria, un organismo simbólico donde los disidentes puedan quejarse sin afectar el poder real.

Purgas Selectivas: Convertir a los Críticos en Traidores

Si la cooptación falla y la disidencia persiste, el régimen aplicaría tácticas de deslegitimación y persecución:

Se acusaría a los críticos de estar infiltrados por la CIA o ser agentes del imperialismo: “El enemigo utiliza traidores internos para debilitar la Revolución desde adentro.”

Se orquestarían campañas de difamación en medios oficialistas, revelando supuestos escándalos de corrupción o deslealtad.

Se les imputarían delitos como traición a la patriacorrupción administrativa o saboteo económico.

Algunos ejemplos históricos de purgas chavistas incluyen la persecución a exministros como Rafael Ramírez, Tareck El Aissami o Jorge Giordani cuando dejaron de ser útiles al aparato de poder.

El Concepto de “Evaporación”: Borrar a los Traidores

En 1984, los disidentes no solo eran perseguidos, sino que su existencia misma era eliminada de la historia. El chavismo haría algo similar con figuras incómodas:

Se les borraría de archivos oficiales, libros de historia y material de propaganda.

Sus nombres dejarían de ser mencionados en medios del Estado.

Se fomentaría el olvido colectivo: “Nunca fue un verdadero revolucionario.”

Uso de la Disidencia Controlada: Los Opositores Oficiales del Chavismo

Para aparentar pluralismo sin permitir una verdadera disidencia, se promovería a ciertos “críticos leales” que no cuestionan el poder real:

Se permitiría que algunos exfuncionarios cuestionen detalles menores de la gestión, siempre sin atacar a la cúpula.

Se promoverían grupos como el Chavismo Crítico, que canalizan el descontento sin ofrecer una alternativa real.

La gran confesión: La autocrítica como castigo público

Si un chavista caído en desgracia quiere sobrevivir, se le obligaría a un acto público de humillación:

Un mea culpa transmitido en televisión donde admita sus errores y exprese su lealtad eterna.

Un video confesando haber sido engañado por enemigos internos y pidiendo perdón al Comandante Supremo.

Una “segunda oportunidad” bajo vigilancia estricta.

En conclusión, la disidencia interna en el chavismo seguiría el guion orwelliano: primero se absorbe, luego se destruye y finalmente se borra. Siempre bajo el principio de que El Partido es infalible y el error nunca viene de la Revolución, sino de individuos desviados.

1984 y el régimen de Maduro: un espejo distópico

La novela 1984 describe a la perfección los métodos utilizados por el régimen de Maduro porque ambos sistemas comparten los mismos pilares de control: la manipulación de la verdad, la reescritura de la historia, la vigilancia constante, la eliminación de la disidencia y la existencia de una oposición funcional que refuerza el poder del Estado. En Venezuela, el aparato de propaganda oficial transforma la realidad a conveniencia, la represión y la censura garantizan la obediencia y la participación forzada en elecciones fraudulentas y sin garantías mantiene la ilusión de democracia. Como en el mundo de Orwell, no se trata solo de someter a la población físicamente, sino de controlar su percepción de la realidad y obligarla a aceptar la mentira como verdad.

En fin, elecciones sin elección

Las elecciones regionales de 2025, al igual que las anteriores organizadas por el chavismo, son un mecanismo de control y simulación. En clave orwelliana, cumplen la función de mantener la ilusión de democracia mientras se neutraliza a la oposición real y se refuerza el aparato de poder. La estrategia del régimen es clara:

  • Promover una oposición permitida que participe y valide el sistema.
  • Destruir y borrar a los líderes que representan una amenaza real.
  • Gestionar la disidencia interna con purgas y control absoluto.

Pero los juegos orwellianos no son eternos. Eventualmente, el poder basado en la manipulación y el miedo se desgasta, y la verdad se impone. La mayoría de los oprimidos, tarde o temprano, deciden dejar de obedecer y rechazan la mentira.

Cuando el miedo deja de funcionar y la población pierde el interés en la farsa, el Gran Hermano queda desnudo y sin poder. Así ocurrió recientemente en Siria con Bashar al-Assad: tras años de propaganda y represión, incluso sus aliados comenzaron a cuestionarlo y su dominio desapareció

Ejemplos recientes incluyen la Revolución Rumana de 1989, que terminó con la caída de Nicolae Ceau?escu; la Primavera Árabe, que derrocó a dictadores en Túnez, Egipto y Libia; y los movimientos en África, como la caída de Blaise Compaoré en Burkina Faso tras masivas protestas populares.

Venezuela no es una excepción; el momento en que los ciudadanos decidan no seguir el juego de la mentira y desobedecer  marcará el fin del régimen.

Nota final:

Este es el segundo artículo de análisis sobre el régimen de Maduro en el marco de la novela 1984 de George Orwell.

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