Hay momentos en la vida en que guardar silencio ya no es posible. Momentos en los que necesitamos decir esas palabras que hemos callado durante tanto tiempo, las que traen paz al alma, que liberan lágrimas, pero también siembran esperanza. Hoy es uno de esos momentos, y este mensaje es especialmente para ti, familiar de un militar venezolano: madre, padre, esposa, esposo, abuela, abuelo, hermano o hermana, hijo o hija. Para ti, que cada noche lidias con un torbellino de emociones —preocupación, amor, miedo, y tal vez también ese anhelo profundo de poder volver a sentir orgullo algún día.

Ustedes saben perfectamente lo que sucedió aquel 28 de julio. Nadie tuvo que contárselos, porque ustedes lo vivieron. Salieron temprano, hicieron largas colas, vieron a personas que quizás hacía mucho tiempo no veían. Sintieron en el pecho esa emoción única que se despierta cuando un pueblo entero se pone de pie para buscar justicia, reclamar dignidad, paz y libertad. Fue una jornada histórica, inolvidable. Nadie puede negar lo que sus ojos vieron ni borrar lo que su corazón sintió.

Aquella noche, muchos hogares como el tuyo lloraron. Lágrimas de emoción, de alivio, de esperanza. Porque por un instante, sentimos que Venezuela por fin cambiaría. Lloraron imaginando una nación donde sus hijos, esposos, hermanos o nietos, vestidos con orgullo con su uniforme, podrían servir realmente a su patria. También ellas: hijas, hermanas, madres uniformadas. Mujeres valientes que han jurado proteger, no someter. No para servir a quienes deshonran ese juramento, y traicionan la justicia.

Pero luego llegaron los días grises. Incertidumbre, confusión, mentiras, olvido forzado. Intentaron hacer desaparecer aquel día tan nítido, tan real, en que millones dejaron su mandato soberano. Pero tú lo recuerdas. Lo llevas en la conciencia. Y también sabes quiénes son los que hoy siguen aferrados a un poder vacío, sin respaldo, sostenido únicamente por el miedo y por el uso de militares como escudos de su propia culpa.

Este mensaje no busca señalar ni condenar. Nace del corazón y va directo al tuyo con un pedido profundamente humano: háblale a tu familiar militar. Llámalo, escríbele, abrázalo. Hazle memoria. Recuérdale quién es. Dile con amor que su uniforme no fue hecho para traicionar su conciencia, ni para proteger privilegios ajenos, sino para honrar al pueblo que juró defender.

Dile que sus hijos merecen crecer sin miedo, que sus padres y abuelos merecen despedirse sabiendo que dejan un país digno. Que el juramento que hizo —él o ella— fue con la Constitución, y que esa Constitución —la de verdad— protege a quien lo hizo, a su familia y a toda Venezuela.

Recuérdale que el artículo 328 es claro: la Fuerza Armada Nacional está al servicio de la Nación, no de parcialidades políticas. Y que el artículo 333 lo llama —moral y legalmente— a restituir el orden constitucional cuando ha sido quebrado. Y ha sido quebrado. Ustedes lo saben.

El mandato del 28 de julio no puede ser ignorado ni burlado. No puede ser pisoteado por quienes ya no representan a nadie más que a ellos mismos.

Lo dice con claridad el artículo 5 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela: la soberanía reside intransferiblemente en el pueblo. Y ese pueblo la ejerció el 28 de julio. Millones lo hicieron de forma directa y pacífica, a través del sufragio, como dicta la ley. Ese mandato popular no puede ser negado por ningún poder que pretenda colocarse por encima de la voluntad nacional. Los órganos del Estado emanan de la soberanía del pueblo y están sometidos a ella, no al revés.

María Corina Machado, vicepresidenta electa y líder valiente, junto a Edmundo González Urrutia, presidente electo, representan hoy el salvoconducto para ti y tus compañeros. Son la garantía de una transición pacífica, sin persecuciones ni revanchas. María Corina viene a tender la mano, a ofrecer protección y amnistía para quienes elijan el camino correcto, a construir puentes hacia la reconciliación. Pero que no queden dudas: la justicia también llegará para quienes abusaron del poder y traicionaron al país.

Lo has vivido. Se llevan a compañeros de armas. No en silencio: los silencian. Los sacan de los cuarteles con acusaciones huecas, mientras otros —los que firman, los que callan— bajan la mirada, incapaces de sostener el peso de lo que permiten. Como si decir la verdad fuera traición. Como si obedecer a la conciencia fuera motivo de castigo. Has pasado frente a sus literas vacías, donde aún flota el eco de una broma… o un “nos vemos mañana” que nunca se cumplió. Las botas que solían alinearse junto a las tuyas ya no están. Tampoco sus uniformes, que ahora cuelgan como sombras en depósitos cerrados, esperando a quienes quizás no regresen.

Y en las casas… en esas casas donde una madre hierve el café esperando escuchar la llave girar, hay una silla menos en la mesa, un plato que no se sirve, una risa que se apaga. Esa ausencia no es ajena: te duele a ti también, aunque calles. Aunque saludes y obedezcas. Porque esa angustia no respeta rangos ni galones: la respiran tus hijos, la presienten tus padres, la cargan quienes te aman sin entender en qué momento esto dejó de ser patria y empezó a ser prisión.

Por eso este mensaje importa: porque ya no basta con mirar desde lejos ni obedecer en silencio. Lo que está en juego no es solo tu uniforme, es la conciencia de una nación, es el alma herida de un país que aún late. Y lo que tú decidas hoy, puede comenzar a sanar lo que el miedo, la injusticia y el abandono nos han intentado quitar.

Y cuando el país se recupere —porque lo hará— no solo serán recordados los que resistieron, sino también los que se atrevieron a rectificar.

Un hecho reciente confirma que el mundo ya no está dispuesto a mirar hacia otro lado. Al declarar oficialmente al Cartel de los Soles como una Organización Terrorista Global Especialmente Designada (SDGT) bajo la Orden Ejecutiva 13224, el gobierno de los Estados Unidos activó mecanismos legales más amplios y agresivos para perseguir a quienes estén vinculados con esa organización. Ya no es una advertencia: es una decisión. Y sus consecuencias son reales.

Familia venezolana: este mensaje está en tus manos. Léelo con el corazón abierto, con la valentía que se cultiva en los hogares donde se ama al país de verdad. Compártelo con tu familiar militar. Háblale desde el amor, desde esa verdad que no hiere, sino que alivia y despierta. Dile que estas palabras nacen del alma herida pero invencible de un pueblo que no se rinde.

Recuérdale la dignidad con la que saliste aquel 28 de julio. Él —o ella— también estaba allí. Fue testigo. Vio a su pueblo llenar las calles. Leyó los resultados que nadie pudo ocultar, escuchó el murmullo que recorrió los pasillos del cuartel… y sintió —como tú— que, desde ese día, algo había cambiado para siempre.

Dile que no está solo. Que una nación entera lo acompaña. Que el mundo lo observa. Y que su decisión, hoy más que nunca, importa.

Y cuando esta tormenta pase —porque está por pasar— sabrá que estuvo del lado correcto de la historia: del lado del amor que resiste, de la justicia que despierta, de la paz que por fin se acerca. Porque esta lucha nunca fue por poder. Fue —y sigue siendo— por dignidad. Por ese país que nuestros hijos merecen habitar.

Una patria no se levanta con armas ni con órdenes que contradicen la conciencia. Se levanta con coraje, con memoria… y con un amor inquebrantable por la verdad.

Que estas palabras lleguen a quienes amas, y que, al compartirlas, sientas que estás encendiendo una luz. Porque muy pronto —más pronto de lo que muchos creen— recordaremos este momento como el día en que comenzamos, juntos, a recuperar Venezuela.

Con todo nuestro corazón, nuestra esperanza y nuestro respeto,

El pueblo venezolano