Enrique Krauze

Por Enrique Krauze

“Venezuela se encamina a un proceso de destrucción acelerado”, declaró María Corina Machado a Letras Libres hace más de una década (“Venezuela alerta”, agosto de 2014). Me impresionó su coraje cívico. Había sido citada por el ministerio público para declarar sobre cargos que se le imputaban, desde luego de manera falsa. Y Diosdado Cabello la había privado de sus derechos parlamentarios. Pero cualquiera que leyese esa entrevista tenía claro que María Corina era indomable. Llevaba años de desplegar un activismo de oposición tan contundente que no se detuvo ante el mismísimo comandante Chávez cuando, rodeada de caras escépticas y burlonas, lo interpeló cara a cara desmontando sus mentiras y llamándolo a construir una Venezuela de concordia.

Tenía razón. Para Venezuela, la vida era un viacrucis. ¿Tendría fin, alguna vez? Tras dedicar un libro al estudio del chavismo y empeñar los modestos esfuerzos de Letras Libres en seguir la tragedia de Venezuela, llegué a pensar que la historia se repetía cruelmente. Con la sola excepción de Haití, ningún país iberoamericano, ni siquiera México, había sufrido una devastación similar a la de Venezuela en las guerras de independencia. No obstante, habían sido tropas populares venezolanas las que contribuyeron decisivamente a la liberación de la actual Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia. En el camino, Venezuela había perdido una cuarta parte de la población y casi toda su riqueza. Dos siglos después, Venezuela —con una de las mayores reservas petroleras del mundo— estaba en camino de reeditar la misma historia. Nadie acudía en su auxilio.

Nadie acudía en su auxilio, pero desde sus entrañas ocurrió una mutación que, vista de fuera, parece un milagro, que no lo es para aquel que conozca el temple estoico del bravo pueblo venezolano, y a la heroica mujer que ahora encarna la esperanza. Poco antes de las elecciones de julio de 2024, en una llamada que me llenó conmovió, me dijo:

“Tú no te imaginas el entusiasmo de la gente. En todos los pueblos por los que paso, la gente me pide que logre reunificar a la familia venezolana: las madres quieren volver a ver a sus hijos, los abuelos conocer a sus nietos. Anhelan un alivio a la miseria, a la represión y la inseguridad, pero quieren vivir sobre todo en libertad. Desean el abrazo de un venezolano con otro venezolano. Sueñan con la reconciliación nacional”.

Todo el mundo —literalmente— conoce ahora lo que ocurrió después: el fraude escandaloso, el cautiverio de María Corina en una clandestinidad autoimpuesta no por una vocación de sacrificio, sino por una actitud de ejemplaridad moral y virtud cívica que consignarán los libros de texto tan pronto Venezuela recupere su libertad.

Todo el mundo conoce lo que ocurrió, pero no todo el mundo lo reconoce. La izquierda latinoamericana (política, intelectual, académica) ha incurrido una vez más en la práctica que Vicente Huidobro describió como “la indignación unilateral: moral hemipléjica, paralizada del costado izquierdo”. Bienvenida la indignación, con bombo y platillo, mientras los dictadores sean “de derecha”, pero si son “progresistas” —ese término que enloda la palabra progreso, refiriéndola a Maduro, Díaz-Canel, Ortega— no importa a qué extremo tiránico y criminal lleguen. Solo con una mentalidad así se explica la respuesta de la presidenta mexicana cuando se le preguntó por el Premio Nobel a Machado. Su comentario fue “Sin comentarios”. Esa izquierda “moralmente hemipléjica” no ha cambiado nada, no ha aprendido nada: es la heredera de la que rendía culto a Stalin.

Pero no solo en esos ámbitos se distorsiona la realidad. También en círculos supuestamente liberales, y desde luego en ámbitos académicos donde pululan expertos autocomplacientes que nunca han corrido riesgos, se propagan mitos sobre lo que esperaría a Venezuela si cae el ilegítimo régimen que ahora la oprime.

“Será como Afganistán” —dicen, ignorando que por su carácter mestizo e incluyente el pueblo de Venezuela es ajeno a las diferencias identitarias. “Es un país dividido” —vocean, olvidando que el chavismo perdió toda su base social, como se demostró fehacientemente en las elecciones del 28 de julio. De hecho, si el gobierno no hubiera impuesto tantos controles autoritarios, el resultado favorable a Edmundo González y María Corina Machado se habría acercado al 90%. Hay, por tanto, un liderazgo electo en un país que cuenta con una respetable tradición democrática. “Podría desatarse un éxodo” —pontifican, y uno se pregunta: ¿qué es lo que ha sucedido hasta ahora? La realidad es la inversa: solo el cambio democratizador garantiza la reversión de los inmensos flujos migratorios. “Únicamente Maduro garantiza la paz”. ¿De verdad? Es Maduro quien creó el caos actual, con una economía destruida y un éxodo que alcanza al 30% de la población. Maduro no representa la paz sino la coacción y el caos permanente, así como una amenaza constante para la estabilidad democrática del hemisferio.

No paran ahí las piadosas alarmas. “María Corina está solicitando la invasión de Estados Unidos a Venezuela”. Ella no ha pedido tal cosa. Ha dicho que Venezuela está ya ocupada por Cuba, Rusia e Irán, ha apelado al apoyo multinacional y seguramente querría que la presión sobre el régimen condujera a una salida pacífica. Y otra cantinela: “María Corina Machado representa una posición de extrema derecha”. Reconstruir la economía devastada de Venezuela requerirá gran creatividad y compromiso empresarial, pero también la recuperación del entramado institucional público en salud y educación, en cultura y arte, que caracterizó a Venezuela por muchas décadas. ¿Derecha extrema?

No sé cuándo asumirá el poder el gobierno legítimo de Edmundo González. Sé que el entusiasmo que sobrevendrá asombrará al mundo y no durará un día ni un mes sino años en los que el venezolano podrá ir recobrando, poco a poco, al país que le fue arrebatado. En esa tarea constructora María Corina Machado deberá asumir una labor pedagógica, en el sentido más alto de la palabra: con espíritu comprensivo, sin la inquina y la venganza que siempre movió a sus persecutores, podrá explicar al venezolano la realidad de estos 25 años y el rumbo a tomar en los siguientes lustros. La escucharán las familias unidas de Venezuela.

Enrique Krauze es historiador y ensayista. Autor de libros como El poder y el delirio o Spinoza en el Parque México (ambos en Tusquets).

La izquierda que permanece insensible al dolor y al heroísmo y, por el contrario, admira a Putin, ha abrazado los totalitarismos del siglo XX.

Una potencia nuclear invade a una nación pequeña y soberana. El mundo es testigo de esa guerra injusta, minuto a minuto, imagen tras imagen: bombardeos implacables contra la población civil, testimonios desgarradores, éxodos masivos, escenas de indescriptible dolor. Eso solo debería concitar el repudio unánime al agresor y el apoyo irrestricto al agredido. Pero no es así. Una corriente de la izquierda latinoamericana y mexicana ha adoptado la “narrativa” del agresor. ¿Qué ha pasado con su conciencia moral?

Para calibrar su degradación presente importa entender su actitud pasada, y compararlas. Hay un testimonio útil para hacerlo. Me refiero al libro Un viaje al mundo del porvenir, publicado por Vicente Lombardo Toledano tras su estancia en la URSS en 1935. Basado en fuentes soviéticas, Lombardo postulaba la superioridad del sistema comunista sobre Occidente. De esa premisa –muy propia de aquel tiempo cuando la Revolución rusa conservaba su aura redentora– se desprendía el contenido: propaganda asumida sinceramente, pero propaganda pura y dura.

En la visión lombardiana, la colectivización forzosa había sido difícil debido a la mentalidad conservadora de los campesinos: “Llegaron hasta a quemar sus pastos y sus cosechas, a destruir sus arados rudimentarios, a matar su ganado, azuzados por mil ideas y mil procedimientos arteros y habilidosos de los kulaks (propietarios individuales como ellos, pero de mayor dimensión) […] que se aprovechaban de su ignorancia”… Para colmo, estaba el problema de las “viejas y atrasadísimas nacionalidades”, un apego a la lengua, a la tradición, a las costumbres, particularmente hondo en Ucrania. A esas “naciones antiguamente oprimidas por el zarismo” no se les podía dar “la simple libertad para que vivieran la vida que quisieran […] sin haberles dado una cultura política, sin haber levantado su espíritu armónico y su nivel”. ¿Qué hacer para emanciparlas de sí mismas?

Por fortuna, Stalin había ideado la solución: un cambio súbito y estructural que Lombardo resume en una línea: “liquidación del problema de los kulaks” y “éxito material”. Y ahora sí, “en las poblaciones (ucranianas) como Kharkov, se aplaude y se vive con interés y con convicción la nueva vida […] una adhesión […] al comunismo […] que vibra y se manifiesta a cada instante”.

Eso vio, o pensó ver, o quiso ver, o creyó ver, o imaginó ver, Lombardo Toledano.

La realidad fue otra. La realidad fue la gran hambruna del invierno de 1932 a 1933, que Stalin orquestó para secuestrar el grano de Ucrania y someterla. Se llevó a cabo con unidades policiales soviéticas por diversas vías, incluido, por supuesto, el asesinato masivo. Murieron 3.3 millones de personas. Esa hambruna consolidó la nacionalidad ucraniana.

Lombardo Toledano legitimó con su libro un régimen criminal. Pero entre él y la realidad mediaba al menos una ideología universalista. Y, como muchos rusos hoy, es probable que desconociera los hechos de Ucrania.

No es el caso de nuestra izquierda. ¿Qué explica su actitud? Su apego no es ideológico, como el de Lombardo. Saben que Putin es anticomunista y hasta zarista. Tampoco hay en ella desinformación o ignorancia: los horrores en Ucrania están a la vista de todos. Inventan que el presidente Zelenski (hijo de judíos exterminados en el Holocausto) es un títere de los nazis: ¿son crédulos o los corroe la mala fe? Justifican la invasión por respeto a esferas geopolíticas: ¿han olvidado las guerras que Estados Unidos desató en América Latina, inspiradas en el “Destino manifiesto”? ¿Qué hay entonces?

Lo que hay es la entusiasta aceptación de una narrativa que exalta al hombre fuerte sobre las leyes, instituciones y libertades de la democracia liberal. Sembrada en parte por las redes rusas, esa postura ha encontrado suelo fértil en el caudillismo de nuestros países. Y no solo en ellos. Vivir en Occidente subvirtiendo los cimientos de Occidente es la nueva moda.

No importa que esa adhesión implique avalar la vuelta del terror estalinista. No importa que el líder a quien ahora se rinde culto tenga semejanzas con el genocida nazi que enardeció a las derechas mexicanas y latinoamericanas, con su búsqueda imperialista de un Lebensraum, sus designios de purificación étnica, su odio al “cosmopolitismo” y su absoluto desprecio por la vida humana.

El sector de la izquierda que permanece insensible al dolor y al heroísmo y, por el contrario, admira a Putin, ha traicionado los últimos residuos de su legado moral. Ha abrazado las dos ramas totalitarias del siglo XX.


Enrique Krauze es historiador, ensayista y editor mexicano, director de Letras Libres y de Editorial Clío

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