Morfema Press

Es lo que es

Fernando Luis Egaña

La Constitución establece que el fundamento de la soberanía es la voluntad intransferible del pueblo, la que se manifiesta o ejerce a través del sufragio. Por tanto los poderes tienen que emanar de la voluntad popular.

¿Qué pasa cuándo ocurre lo contrario? Es decir, cuándo la voluntad del pueblo queda pintada en la pared, por causa de fraudes colosales que se utilizan para justificar el despotismo.

Pasa, entre otros aspectos, que la soberanía se vuelve polvo y ceniza. En verdad, la hegemonía la vuelve polvo y ceniza.

A ello hay que agregar el desprecio notorio por las libertades y derechos generales. Lo que también erosiona la soberanía. Y lo más grotesco es que los destructores de la soberanía salen a defender su afán de continuismo en nombre de la soberanía.

La soberanía no es un pretexto o una guarimba para tratar de validar cualquier atrocidad. No. La soberanía es la vida independiente de una nación que se expresa y sostiene en comicios libres y justos, y que configura su convivencia en el derecho democrático, cuya piedra angular es la Constitución.

¿Hay o no soberanía constitucional? Usted tiene la palabra.

La nuestra es una nación encadenada. Una hegemonía despótica y depredadora que sólo le importa el continuismo, y que para ello no tiene escrúpulo alguno en imponer cadenas y en amenazar con otras.

Un fraude electoral colosal es una cadena a la voluntad popular, que se busca mantener por las malas y las peores.

El control arbitrario del poder es una cadena a la Constitución. Se le loa con desgastada retórica, pero la cadena anti- constitucional se refuerza.

La sumisión a gobiernos lejanos, sin empacho ni disimulo, es una cadena a la soberanía nacional. Y para más bochorno: en nombre de la lucha contra el imperialismo.

Esclavizar económica y socialmente a los venezolanos, como lo predijo y sustanció un socialista honrado, como Domingo Alberto Rangel, es una cadena bárbara que ha empobrecido a la abrumadora mayoría y ha enriquecido a las tribus de los mandoneros.

El desprecio y la represión de los derechos humanos son cadenas a la libertad, la justicia, la no- discriminación. Son cadenas infamantes. Los presos, perseguidos y exiliados políticos, lo confirman.

La crasa violencia del poder, y el chantaje de más violencia, para intimidar al pueblo, son cadenas a la protesta cívica, y a los derechos básicos de los venezolanos.

¡Abajo cadenas! Es una voz que se comparte y que tiene que resonar con la fuerza de la verdad.

Por Fernando Luis Egaña

En un sistema democrático, sea presidencialista o parlamentario, una oposición acomodada a las reglas del Estado de Derecho, es una condición indispensable para que esta pueda legitimarse, fortalecerse y eventualmente llegar al poder y ejercerlo. Esa oposición no necesita demasiada osadía o creatividad o compromiso ideológico original, más bien paciencia y sentido burocrático de la lucha política.

Pero en una realidad nacional signada por una hegemonía despótica y depredadora, una oposición acomodada al arbitrio del poder establecido, es un gran apoyo para el continuismo del despotismo y un gran obstáculo para las posibilidades de un cambio efectivo, es decir radical.

Una oposición de este tenor incurre en el error esencial de pretender sustituir una antidemocracia, con una «estrategia» de rigorismo democrático. Un imposible. En verdad, un absurdo.

Pasa el tiempo y la oposición acomodada, y por naturaleza ineficaz en estos contextos, corre el riesgo de transarse con el poder despótico en una gran farsa política, que no es de gratis sino que comporta beneficios de diversa índole para los voceros de esa oposición y sus entornos clientelares.

La consigna puede ser: «esto es lo que hay», y así lastimosamente los afanes de lucha se van frustrando, los jóvenes que se movilizan por su idealismo se van decepcionando, las protestas sociales se van desconectado, aún más, de la política; y el resultado de todo esto es un marasmo sin vitalidad ni destino, en el que la nación se sigue deslizando hacia abismos más profundos.

Una oposición aguerrida, decidida, clara en la defensa de los principios democráticos; dispuesta a enfrentar, movilizar y desafiar, es lo que se necesita para una lucha que tenga visos de triunfo popular, y apertura de nuevos y fructíferos caminos en lo político, económico y social.

La «oposición acomodada» es lo contrario a lo anterior. Y hasta prefiere la permanencia de la hegemonía despótica, que el surgimiento de fuerzas opositoras no acomodadas, ni mucho menos acomodaticias.

Cualquier parecido de estas breves consideraciones con la situación de Venezuela, no tiene nada de casualidad.

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