Fernando Savater

«Lo que no ha hecho nuestro indecente Gobierno podemos remediarlo mostrando nuestro apoyo a los valientes demócratas venezolanos»

oy, 9 de enero, víspera del día en que debería tomar posesión de su cargo como presidente de Venezuela Edmundo González Urrutia, ganador de las pasadas elecciones, hay convocadas movilizaciones ciudadanas en ese país y en el resto del mundo. Estos movimientos responden a la insólita desvergüenza con la que el usurpador Maduro se atribuye el triunfo electoral (naturalmente sin aportar pruebas de ello, frente a las que exhiben los partidarios de González) y se niega a reconocer a quien le venció democráticamente, al que llama terrorista y ha puesto precio a su cabeza. Incluso ha secuestrado a su yerno para presionarle atacando a su familia. La oposición a Maduro y al chavismo que ha arruinado el país la encabeza la admirable Maria Corina Machado, a la que se impidió presentarse a las elecciones presidenciales por medio de trapacerías innobles. María Corina llama a salir hoy a la calle: «Sal, grita, lucha», propone valientemente.

En realidad, impedir el golpe de Estado de Maduro no va a ser nada fácil. El dictador de facto tiene en su mano todos los recursos coercitivos del poder y cuenta por el momento con el más importante de todos, la complicidad del ejército, ligado hasta ahora por múltiples narcovínculos con su gobierno. Y digo «hasta ahora» porque parecen empezar a verse desafecciones en la milicia, que podrían abrir una ventana de posibilidad a la democracia en Venezuela. Hay también otro elemento que aporta una tibia luz de esperanza a la ciudadanía venezolana, pero es exterior al país: la presión internacional reconociendo como presidente legítimo a Edmundo González y exigiendo a Maduro una transición pacífica de la potestad presidencial. Pero esta necesaria presión no depende del coraje de los venezolanos demócratas, sino de la decencia práctica de otros países que alardean de su virtud democrática… como por dudoso ejemplo el nuestro.

Se ha repetido de diversas formas muchas veces: los Estados no tienen realmente principios sino intereses, aunque declamen lo contrario de modo altisonante. Su primera función es ser defensores acérrimos, aunque a veces disimulados de los egoísmos nacionales. Pero los ciudadanos que se sienten demócratas pueden permitirse el lujo de tener ideales, incluso de creer que el idealismo puede tener a medio plazo mejores resultados prácticos que el descarnado egoísmo. Si un tiranuelo de chicha y nabo, un Calígula tropical como Maduro, ladrón y asesino (o sea, en resumen: comunista), puede salirse con la suya convocando unas elecciones trucadas para lavar un poco su imagen, pero luego desoír escandalosamente el resultado porque su maltratado pueblo ha resultado más desobediente de lo que se esperaba, los finalmente perjudicados no sólo serán los venezolanos sino todos los que en este mundo político corrompido aún quieren creer en la utilidad de las maneras democráticas.

«La actitud del Gobierno español frente a la dictadura chavista y el robo de las elecciones presidenciales es de vergüenza ajena»

Si el infame Maduro se impone sobre los votantes y les obliga manu militari a someterse a él, nadie que en ninguna parte del mundo se presente a unas elecciones podrá sentirse seguro, ni siquiera en camino sensato. Y no, no será la espectral ultraderecha quien tendrá la culpa de ese desistimiento democrático, sino esa podredumbre autoproclamada izquierda que va desde el Che Guevara y Maduro hasta Monedero, Enrique Santiago o Yolanda Díaz. Y Sánchez, desde luego, porque Sánchez está siempre donde se amasa la mierda «progresista» que sirve para justificar lo peor de lo que ocurre en países que con numerosos impedimentos estructurales intentan incorporarse a los sistemas democráticos: ninguna democracia real es perfecta y rutilante, pero todas sus alternativas demagógicas –sobre todo si son de izquierdas- son infinitamente peores. Los ciudadanos venezolanos decentes y dignos, la gran mayoría, ya se han expresado al respecto en las urnas. Y no les quieren escuchar…

Algunos jefes de Estado como Milei o Biden han acogido como presidente electo a Edmundo González Urrutia en su reciente gira por América, previa a intentar su toma de posesión. Varios políticos hispanoamericanos significados, como Andrés Pastrana, dicen estar dispuestos a acompañarle el viernes en su reivindicación de la legalidad constitucional. También el parlamento de la UE ha reconocido a González Urrutia como presidente, sin el apoyo de los socialistas españoles. Porque la actitud del Gobierno español frente a la dictadura chavista y el robo de las elecciones presidenciales es de vergüenza ajena; digo ajena porque tanto Zapatero como el resto de los sanchistas –no socialistas- carecen de vergüenza propia. Por razones históricas, culturales y hasta genealógicas, España debía haber encabezado el apoyo a la democracia en Venezuela que representan Edmundo González Urrutia y María Corina Machado. En lugar de eso, ha sido uno de los valedores de Maduro y sus tejemanejes antidemocráticos. Pero, lo que no ha hecho nuestro indecente Gobierno podemos remediarlo en parte los ciudadanos españoles mostrando nuestro apoyo a los valientes demócratas venezolanos. Para empezar hoy mismo, jueves 9 de enero, a las 18 horas en la Puerta del Sol. Sal, grita, lucha.

«La gente dijo ‘¡Maduro no y mil veces no!’, pero lo dijo claro y fuerte para no tener que coger armas y lanzarse por la vía de la sangre»

El pasado martes, en el Congreso, tuvo lugar un acontecimiento singular que gracias a la sensacional ayuda de internet podemos en nuestras casas volver a evocar tantas veces como queramos. Fue el discurso de la diputada Cayetana Álvarez de Toledo en el debate sobre el reconocimiento de Edmundo González Urrutia como ganador de las elecciones presidenciales venezolanas y, por tanto, como legítimo nuevo presidente del país. No solo constituyó una excelente demostración de oratoria parlamentaria, de las que se oyen muy pocas en nuestra cámara, en apoyo de una causa políticamente justa, sino también y yo diría que sobre todo fue una auténtica lección acerca de en que consiste la democracia hoy y quienes son sus enemigos. La próxima vez, seguramente pronto, en que alguien vuelva a decirnos (repitiendo lo que ha oído) que está muy preocupado o preocupada por la amenaza que representa el crecimiento de la ultraderecha para nuestro sistema de libertades, podríamos hacerle ver si tiene paciencia el discurso de Cayetana sobre las diez razones para reconocer oficialmente la victoria del candidato González Urrutia. Y después, si insiste en lo de la ultraderecha y somos algo malhablados, podemos tranquilamente llamarle gilipollas. Por cierto, es relevante destacar que tampoco la chusma izquierdista que llama «ultraderechistas» a González Urrutia o a María Corina Machado niega que hayan ganado los comicios. Lo que dan por hecho es que, aunque hayan ganado, dada su ideología, no tienen derecho a ganar. Me recuerdan aquel genial chiste de Mingote en el que una beata comentaba preocupada las novedades del Concilio Vaticano II a un señor de aspecto tenebroso que la tranquilizaba: «No se preocupe, señora. Al Cielo, lo que se dice al Cielo, vamos a ir los de siempre».

«Movilizados por una líder valiente, carismática y sobre todo sensata, se alzaron y rechazaron con sus votos al grotesco aspirante a dictador que otra vez pretendía escamotear sus voluntades y ponerlas a su servicio»

En su intervención, Cayetana señala la importancia del respeto a la verdad como fundamento del funcionamiento democrático. Las elecciones, que tienen un procedimiento frecuentemente engorroso y siempre susceptible de fallos, no son una molestia caprichosa que se acepta por el respeto burgués a las formas (la democracia formal que tanto oímos denostar en nuestra juventud, cuando nos rodeaban «revolucionarios» que hoy ocupan carteras ministeriales y se sientan en consejos de administración) sino por algo mucho más grave: para impedir la guerra civil. Cuando la situación política de un país adquiere aspectos inquietantes, los bienintencionados o hipócritas (nunca logro distinguirlos bien) recomiendan «diálogo», la panacea de los autócratas que quieren que les dejen seguir siéndolo. Y para que el diálogo no sea simple parloteo que a nada conduce ni nada resuelve, es preciso desembocar en unas elecciones lo más limpias que sea posible. A eso se vio empujado por las circunstancias internacionales el autócrata Maduro, no sin poner todas las trabas y falsificaciones imaginables. Debió de pensar que, como en anteriores ocasiones, la mayoría de los venezolanos se le entregarían, para no enfrentarse a lo que parecía irremediable. Pues esta vez no fue así: movilizados por una líder valiente, carismática y sobre todo sensata, se alzaron y rechazaron con sus votos al grotesco aspirante a dictador que otra vez pretendía escamotear sus voluntades y ponerlas a su servicio. La gente dijo «¡Maduro no y mil veces no!», pero lo dijo claro y fuerte para no tener que coger armas y lanzarse por la vía de la sangre. Los resabiados cautelosos que desde fuera apoyaron a Maduro mientras duró (y a su petróleo y su narcotráfico) aconsejan prudencia (es decir, negación) antes de aceptar el evidente y abrumador resultado electoral. Los países europeos que están minando, quizá definitivamente, la esperanza y la confianza en Europa aconsejan no precipitarse en reconocer presidente a González Urrutia, para no cometer el «error» que hicieron con Guaidó. Como si el error no hubiese sido retroceder a las primeras de cambio en el apoyo a Guaidó, como si la situación de Guaidó y la del elegido González Urrutia fuese la misma.

¿Y el ejemplo? En un continente que ha padecido y sigue padeciendo terrorismo guerrillero, falsear tranquilamente unas elecciones y que eso no despierte escándalo y sanciones internacionales es la peor lección que puede darse. Después de eso, ¿cómo vamos a pedir a nadie que renuncie a la violencia y se someta a las normas democráticas? Actuar internacionalmente contra el dictador Maduro es algo que debe hacerse por nuestro propio interés y no solo por el de los maltratados venezolanos. Es una tarea que por razones históricas y culturales debería encabezar España en Europa, aunque a la vista del desapego con el que Sánchez recibió a González Urrutia en la Moncloa, nuestro gobierno no está por la labor. Claro, para Sánchez, los procedimientos autoritarios de Maduro no son un mal ejemplo, sino más bien un modelo a seguir. Y de Podemos, Sumar y demás escoria política para que hablar. ¡Cómo van a combatir en Venezuela lo que precisamente quieren ellos para España!

El día de los comicios me puso un WhatsApp desde Caracas una muy querida amiga, para decirme que ella y su madre ya estaban vestidas y arregladas para ir a votar. Por la hora en que me mandó el mensaje, lleno de sano optimismo, calculé que aún faltaban un par de horas para que abrieran los colegios electorales. Me emocionó imaginarlas, guapas y formales, dispuestas a cumplir su deber democrático, esperando el momento de iniciar su liberación política. Que, ay, aún no ha llegado.

Ánimo, amigas, os mando un beso de corazón,

Fernando Savater.

Este artículo fue publicado originalmente en The Objective el 15 de septiembre de 2024

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