Francisco Santos

El crimen organizado, del cual el narcotráfico es quizás su mayor instrumento, es la amenaza más grande a la democracia en América Latina. Eso lo sabemos los colombianos desde los 80, México desde la primera década de este siglo y el resto del continente se ha despertado en los últimos diez años. Faltaba Estados Unidos que, por fin, con el presidente Donald Trump, entendió que el crimen organizado es una amenaza de seguridad nacional y como tal debe ser enfrentada.

Desde la primera cumbre contra las drogas en 1990 que se llevó a cabo en Cartagena y a la que asistieron los presidentes Virgilio Barco, George W. Bush, Jaime Paz Zamora, de Bolivia, y Alan García, del Perú, Estados Unidos ha ido poco a poco desarrollado, con vaivenes, una política antidrogas regional. Plan Colombia fue una parte de esta política, que Barack Obama y Juan Manuel Santos desmontaron, y ahora viene un nuevo momento donde se aborda como debe ser, como un riesgo de seguridad nacional.

La decisión de Trump de volver a los carteles organizaciones de crimen transnacional, y también a quienes les ayudan desde el mundo civil y político, amplía la base de acción de Estados Unidos contra estos criminales y sus asesores, y expande la acción extraterritorial en materia judicial, de sanciones e incluso a nivel militar. La diferencia con operaciones como la de la captura y extradición del líder panameño Manuel Antonio Noriega, en enero de 1990, donde se necesitaron tropas norteamericanas en ese país, es que hoy la tecnología tiene muchos otros mecanismos de neutralización de criminales.

Esta nueva política reversa el discurso de la legalización y pone en grave riesgo a quienes pregonan la política de “abrazos y no balazos” con el crimen organizado, como AMLO y Claudia Sheinbaum en México, y Gustavo Petro y sus ministros en Colombia. Esta etapa de acción viene más tarde, pues la primera es acabar con la dictadura mafiosa de Venezuela que tiene sus días contados, ya que como dijo la fiscal general de Estados Unidos, Pamela Bondi “bajo el liderazgo de Donald Trump, Maduro no va a escapar a la justicia y pagará por sus terribles crímenes”. Estados Unidos hoy considera a Maduro el líder de una organización criminal transnacional y van detrás de él y su círculo cercano. La movilización de barcos de guerra al Caribe esta semana es apenas el comienzo de una operación de estrangulamiento que, sin duda, va a acabar con estos líderes en la cárcel o muertos. Todo va a depender de ellos.

Por Francisco Santos

No olvide, eso sí, que la salida de Maduro y su mafia es solo el comienzo. Cuba y Nicaragua también necesitan que sus dictadores se vayan.

Qué diferencia tan brutal. Durante cuatro años nos acostumbramos a ver a funcionarios del Gobierno de Estados Unidos, principalmente a Juan González, de origen increíblemente colombiano, arrodillarse frente al dictador Nicolás Maduro o alguno de sus secuaces para pedirles concesiones mínimas que luego no cumplían. En Caracas, en Catar o en cualquier otro lugar del mundo, acordaban lo que fuera y, obviamente, solo consiguieron una cosa: la consolidación de la dictadura mafiosa.

¿Cómplices? Muchos. Los noruegos que aceptaban cualquier negociación a cambio de nada. Esas negociaciones tampoco llegaban a ninguna conclusión positiva. Eran utilizadas por Maduro para ganar tiempo y, al final, todos tan contentos. Noruega decía: “Traté de ayudar”, Maduro decía: “Traté de negociar”, mientras los presos políticos se pudrían o morían en la cárcel, la dictadura expulsaba millones de venezolanos y seguía con sus negocios criminales.

Otros personajes como el español José Luis Rodríguez Zapatero o venezolanos como Tomás Guanipa, hermano de ese héroe Juan Pablo Guanipa, que sigue dando la pelea, se prestaban para esas farsas de negociación y para esa narrativa perversa de estamos haciendo lo posible. Claro, que triste decirlo, en todas las familias hay alacranes que se prestan para obtener dividendos políticos, económicos o internacionales entregando la libertad, la democracia, los derechos humanos y, sí, la decencia de un país.

Eso cambió, y de qué manera, con la llegada de Donald Trump. Se acabó esa pleitesía con el dictador y ahora ya comenzamos a ver cómo se aprietan las tuercas, el círculo se cierra y los espacios con que los mafiosos venezolanos, y sus familias, jugaban ya no están disponibles.

La última decisión de la administración de Trump rompe todos los parámetros y cierra los vacíos de financiación que anteriores Gobiernos americanos y europeos permitían y que facilitaban la supervivencia de la cleptocracia venezolana. Al colocar un arancel del 25 por ciento a los países que le compren petróleo o gas a Venezuela, aumenta la apuesta de sanciones y encuentra una ampliación muy eficiente del círculo de afectaciones a quienes las violen.

Dos hechos ya confirman que esto va en buen camino. El primero, Reliance, la gran petrolera hindú, se desmarca del petróleo venezolano y le cierra a Venezuela uno de los principales mercados del gran comprador. La segunda, Repsol, desvía unos barcos petroleros de Venezuela a México para que carguen su producto y así se eviten esas sanciones. Muy creativa esta decisión y, por ahora, muy efectiva.

Es muy importante el trabajo de la Secretaría del Tesoro y de la OFAC, la entidad encargada de la vigilancia y seguimiento al cumplimiento de las sanciones, para atajar todas las trampas que Rusia, Catar, Turquía, China e Irán tratarán de utilizar para poder obtener petróleo venezolano. El colombiano Álex Saab, a quien el Gobierno de Joe Biden liberó de la cárcel, es quien opera gran parte de este lavado de venta de petróleo. Nuevamente, gracias, Juan Sebastián González.

Hay otro indicador que comienza a moverse y es la disparada del dólar negro y la disparidad con el dólar oficial. El dólar paralelo, así se le dice al dólar negro, hasta hace unos días tenía una diferencia de entre 5 y 10 puntos. Hoy esa diferencia es de 40 puntos, lo que genera altos costos para los ciudadanos, la economía está dolarizada y seguramente dentro de poco tiempo habrá mucho más desabastecimiento del que hay hoy en día. Si le sumamos esto a la debilidad de la cúpula mafiosa del régimen, la tormenta perfecta poco a poco se concreta.

Y lo que falta también va a ser muy importante. Trump no se va por las ramas y, cuando anunció sanciones contra Colombia por la decisión de Petro de devolver dos aviones con deportados, dejó claro el camino que se le viene a Maduro, su cleptocracia, sus alacranes y sus familiares. Las visas van a ser el siguiente paso, pero no una por una y focalizadas, sino en bloque contra todos y, en especial, contra los hijos. Ya hay mucho pánico en este alacranero, así le dicen a los que colaboran con Maduro, los que se disfrazan de oposición y trabajan para él, de viajar a Estados Unidos. Señores, doña Cilia, esto es apenas el comienzo.

Muchos de los miembros de la cleptocracia creen que sus hijos y familiares están a salvo por vivir en Europa y en América Latina. Están muy equivocados, pues esta presión, donde solo los tienen que expulsar, se viene y con toda la fuerza. País que no ayude va a ser un país que va a sufrir consecuencias comerciales y políticas. México ya lo entendió y entregó más de 20 criminales de altísimo rango dentro de la mafia mexicana que purgaban penas en su país, fueron extraditados y hoy enfrentan cárceles de máxima seguridad en Estados Unidos.

Apriete más, presidente Trump. El final está cerca. Hace unos años, en una visita del presidente Iván Duque a la Casa Blanca, en su primer periodo, usted les preguntó a todos los asistentes cuándo se caía Maduro. El único que contestó que no se caía fui yo; lo escribe John Bolton, consejero de Seguridad Nacional de entonces, en su libro.

Por eso, apriete y apriete más, que las condiciones están dadas para que se negocie una salida. No olvide, eso sí, que la salida de Maduro y su mafia es solo el comienzo. Cuba y Nicaragua también necesitan que sus dictadores se vayan.

Por Francisco Santos

Hay que dejarnos de parecer a la oposición mexicana porque, si no, vamos a acabar en 2026 como ellos, destruidos y con el país al borde de un Gobierno de partido único.

Parece una comedia ver al presidente de Colombia hacerse la víctima, que es lo único que sabe hacer bien, mientras destruye y se roba el sistema energético, el de salud, el de pensiones y somete a gran parte de los ciudadanos a una violencia que hace años no sentían. Ya sabemos que a Petro la separación de poderes, la ley y las instituciones le importan un comino, y que mintiendo de manera descarada busca destruir lo primero, doblegar lo segundo y deslegitimar y acabar con el tercero.

Hoy, más que nunca, cobra vigencia y relevancia el video de Petro contando dinero en efectivo, sacado de una bolsa negra, pues eso muestra un patrón que ahora simplemente llegó a un escenario mayor, el nacional, con una mayor visibilidad y con una entidad que al fin hace algo al respecto. No nos digamos mentiras, el Consejo Nacional Electoral (CNE) tiene un rabo de paja enorme, la campaña de Juan Manuel Santos recibió decenas de miles de millones de pesos de Odebrecht por debajo de la mesa con casi total impunidad. Lástima que en ese entonces el CNE no hubiera hecho lo mismo, con toda la evidencia que existió era muy fácil hacerlo, pues haberse hecho el de la vista gorda, entonces le da la presunción de legitimidad al discurso de víctima en el que ahora anda Petro.

Lo complejo del caso es que la decisión del CNE de abrir un pliego de cargos a la campaña y al entonces candidato del Pacto Histórico tiene un solo beneficiario: Gustavo Petro. Primero, logra distraer la atención del caos en el que está sumiendo a Colombia y le da margen de maniobra para seguir con el desfalco a manos llenas y la destrucción institucional que caracteriza su Gobierno. Sus múltiples discursos de víctima hacen mucho ruido mientras sus socios se roban la salud, y los narcos y los terroristas reciben todo tipo de prebendas a pesar de sus accionar brutal en contra de la sociedad.

Este proceso, que es legítimo, hay que reconocerlo, también le da oxígeno a Petro para colocarse en el centro de la discusión del poder y así fortalecer su narrativa de ‘no me dejan gobernar’. Ese 25 o 30 por ciento de ciudadanos que aún lo apoyan, en especial ese petrismo blando que puede llegar a ser la mitad de ese respaldo, creen sin duda que eso es así. Todos, y me incluyo con esta columna, caemos en esa trampa, acusamos a Petro de hechos delictivos ciertos, pero a esos ciudadanos les importa poco o nada.

En Colombia pasa lo mismo que en México. En la elección pasada en México, la oposición gastó millones en posicionar el mensaje de narcopresidente (Amlo, que además lo fue) y la narcocandidata (Claudia Sheinbaum), algo que les encantó a los que seguían a la candidata de la oposición Xóchitl Gálvez. Sin embargo, no cambió un voto, pues estaban disparando al lugar equivocado. Eso sí, cuando se dio una sequía que tuvo al país al borde de un racionamiento brutal, la campaña de la candidata se dio cuenta de la enorme debilidad frente al tema y enfocaron baterías en cómo lo enfrentarían, qué harían para superar la crisis y cómo minimizarían el daño si se daba. Se dieron cuenta de que era lo que le dolía al mexicano promedio y si bien este escenario no se dio, la campaña de Sheinbaum se gastó muy poco en el tema de narcocandidata y sí enfocó recursos y tiempo en lo que vieron podían generarles problemas.

El caso de Petro en Panamá muestra exactamente esto. A ese espacio de la opinión pública le importa cinco lo que digan de Petro por varias razones: por quién lo dice, por cómo lo dicen y por lo que dicen. Nadie ha entendido a ese petrismo blando que no sale a defenderlo, solo salen a la calle su primera línea y los indígenas comprados si les pagan, pero que tampoco le comen cuento al otro lado. No tenemos idea qué piensan, cómo sienten, qué les duele y por eso Petro los manipula y los usa con tanta facilidad.

El pliego de cargos del CNE es munición que Petro usa muy bien. Todos sabemos que eso no va a ir a ningún lado, pues es la Comisión de Acusación, o de absolución, como bien le dicen, de la Cámara la que tiene el poder y ya sabemos que los que no son de su partido los tiene en su bolsillo a punta de puestos y contratos. Eso sí, le da la argumentación para hablar de un inexistente golpe de Estado y para lanzar a sus bodegas y a sus bárbaros para asustar, por un lado, y para maltratar, por el otro, que también es lo único que saben hacer bien, y crear caos, que es el único escenario para Petro y sus compinches donde saben existir.

Hay que dejarnos de parecer a la oposición mexicana porque, si no, vamos a acabar en 2026 como ellos, destruidos y con el país al borde de un Gobierno de partido único. Se viene un apagón: el causante Petro. El racionamiento en Bogotá: el causante Petro. En ambos casos –para mencionar solo dos– Petro tiene mucho que ver. No dejemos que él ya imponga su narrativa mientras todos sufrimos las consecuencias de su horror de Gobierno.

Y se me olvidaba una más: la inseguridad. ¿Vamos a seguir en esa oposición que solo le juega a lo que él le sirve? Espero que no.

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