Por George Friedman en GPF
En geopolítica, una evaluación neta (net assessment) es un resumen de alto nivel de la realidad geopolítica. No se centra en los detalles, sino en los rasgos generales de los sistemas. Es un resumen del sistema geopolítico actual y, hasta cierto punto, una explicación de cómo hemos llegado hasta aquí. Trata a las naciones como actores cuyo comportamiento se basa en imperativos geopolíticos y despersonaliza a sus líderes. Su valor no reside en ignorar los detalles, sino en agregarlos para proporcionar un modelo coherente que resuma las realidades geopolíticas. En tiempos de intensos cambios, elaborar evaluaciones netas resulta útil y, a veces, esencial.
En los últimos meses, se han producido giros radicales en el modelo geopolítico del mundo. Es momento de dar un paso atrás, contemplar el panorama completo e intentar comprender su significado. El cambio comenzó con la invasión rusa de Ucrania y su incapacidad para derrotarla. Desde nuestro punto de vista, aquello puso fin definitivamente a la Guerra Fría. La Guerra Fría se basaba en la respuesta de EE. UU. a lo que consideraba una amenaza rusa para Europa y en la competición con Rusia por la influencia y el poder en lo que en su día se llamó el Tercer Mundo.
Una consecuencia del fin de la Guerra Fría fue el esfuerzo de EE. UU. por reducir su presencia e implicación en el hemisferio oriental y centrarse en el hemisferio occidental. El principio básico de esta política era la creencia de que los aliados estadounidenses en Europa y Asia han evolucionado enormemente desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Europa, por ejemplo, ha crecido económicamente —el producto interior bruto colectivo de la Unión Europea es ligeramente superior al de China—, por lo que ahora es capaz de desarrollar y desplegar una fuerza militar para hacer frente a cualquier amenaza rusa, especialmente dado el deficiente desempeño de Rusia en Ucrania.
Además, EE. UU. se está alejando del sistema económico global que evolucionó tras la Segunda Guerra Mundial. Ese sistema económico, diseñado para reconstruir Europa Occidental y contrarrestar la influencia rusa en el Tercer Mundo, se consideró obsoleto. Washington desafió así el sistema de libre comercio con aranceles masivos impuestos a naciones de todo el mundo.
La cuestión fundamental para EE. UU. es China, cuya economía es ahora la segunda más grande del mundo. China se había convertido en una fuerza económica de gran peso en el propio EE. UU., vendiendo volúmenes masivos de exportaciones a precios más bajos que los productos fabricados en territorio estadounidense. También existía una creciente tensión militar. El problema de Washington era que una mayor dependencia de las importaciones, por no hablar de las inversiones estadounidenses en China, resultaba incompatible con mantener una relación militar potencialmente hostil con Pekín. Al margen de las consecuencias económicas de esa relación, la posibilidad de una guerra —por improbable que fuera— significaba que EE. UU. no podía seguir dependiendo de los bienes o recursos chinos.
La estrategia de China era muy diferente de la que había sido la de Rusia. Tras la muerte de Mao, China no buscó ocupar países como había hecho Rusia. En su lugar, utilizó su poder económico y su política de precios para inducir a las naciones a entablar relaciones económicas más estrechas, incluyendo inversiones masivas en muchos países. Esto, a su vez, incrementó la influencia china.
Sin embargo, China tenía una debilidad fundamental. Su capacidad de producción era mucho mayor de lo que su base doméstica podía consumir. Dependía de las exportaciones para estabilizar y hacer crecer su economía, y EE. UU. era su principal cliente. Dado que EE. UU. no podía depender de las importaciones de un país con el que mantenía relaciones potencialmente hostiles, los aranceles que Washington impuso a nivel global no solo estaban diseñados para alterar la economía de libre comercio posterior a la Segunda Guerra Mundial, sino también para ejercer presión económica sobre China. Esa presión buscaba limitar la influencia china en la economía estadounidense y forzar a Pekín a alterar su relación con EE. UU., tanto en el plano militar como en el económico. Dado que la tasa de crecimiento de China ha caído ahora a poco más del 4 %, la necesidad de Pekín de acceder al mercado estadounidense y a sus inversiones ha aumentado.
En consecuencia, cada parte busca un acomodo con la otra. Para China, el acceso a la economía estadounidense es crítico. Para EE. UU., reducir la presencia militar en Asia es tan importante como reducirla en Europa.
Sin embargo, esto genera el mismo problema para los aliados de EE. UU. en Asia que en Europa. Dado el poder económico de sus aliados asiáticos, en particular Japón, Washington no ve razón alguna por la cual deba cargar con el peso de la seguridad en Asia.
Así ha surgido en la región un entendimiento de defensa mutua, incluyendo a la India, que a menudo está en desacuerdo y mantiene actualmente una disputa fronteriza con China. La India ha sido fundamental en la creación de lo que parece ser un sistema de alianzas alrededor del perímetro de China que incluye a Japón, Filipinas, Indonesia, Australia, Nueva Zelanda, las Islas Marshall y posiblemente Vietnam. Si se mantiene un sistema de alianzas entre estos países, podría limitarse el acceso de China a las aguas del Indo-Pacífico. Esto alivia a EE. UU. de intervenir en la región, lo que aumenta la posibilidad de una cooperación entre EE. UU. y China.
Un acontecimiento más radical ha surgido en Oriente Medio, desencadenado por la guerra de Washington en Irán (lo que irónicamente viola su principio de evitar conflictos en el hemisferio oriental). Allí también ha surgido una estructura de alianzas, con Turquía, Arabia Saudí y Pakistán uniéndose en un pacto de defensa que, en cierto modo, rodea a Irán. En gran medida, esta alianza se basa en la guerra de EE. UU. con Irán y en el temor a Irán si EE. UU. decide poner fin a la contienda.
Si pensamos en un probable sistema geopolítico futuro —con la aparición de dos nuevos sistemas de alianzas, uno en la región del Indo-Pacífico y otro en Oriente Medio, sumado a la continuada incapacidad de Rusia para derrotar a Ucrania, lo que inevitablemente obliga a un mayor poder militar europeo—, todo parece responder al imperativo estadounidense de reducir su exposición a los conflictos del hemisferio oriental.
También hay evoluciones predecibles en América Latina, basadas en parte en el giro del foco geopolítico estadounidense. Washington está ejerciendo presión sobre las naciones latinoamericanas para que se alineen con sus intereses. Venezuela fue el primer acto, Cuba el segundo. Mientras tanto, algunas naciones como Colombia han actuado para alinearse con las políticas y exigencias estadounidenses, aunque el resultado de este proceso aún no está claro.
Lo que sí está claro es que se ha producido, como esperábamos, una evolución económica significativa en el Cono Sur, particularmente en Argentina, cuya economía ha ido evolucionando y atrayendo una inversión extranjera considerable. Otras naciones del Cono Sur también están avanzando en lo económico.
El sistema geopolítico del hemisferio oriental está cambiando de forma drástica. La cuestión más importante al respecto es el futuro de Europa. Siendo una región económica masiva, sigue estando fragmentada, con un gran número de regiones persiguiendo sus propios intereses —algunas como parte de la OTAN y la UE— actuando en concierto mediante alianzas de voluntarios (alliances of the willing). Si Europa lograra unirse, sería una superpotencia. Si no lo hace, será manipulada por naciones más poderosas, incluidas China y EE. UU., en una relación entre ambas que podría seguir evolucionando.
Una evaluación neta no se puede resumir; es en sí misma un resumen centrado en los acontecimientos más significativos del sistema global, dejando de lado las evoluciones de regiones y naciones de escasa relevancia para el sistema geopolítico mundial.
