Y, un gran crimen aún después de su muerte, la permanencia en el poder de su remplazo elegido, ese supremo insulto llamado Nicolás Maduro, la herencia maldita.

El año próximo, 2024, se cumplirán 25 años de la tragedia de Vargas, el terrible deslave que llevó toneladas de rocas desde las alturas del Ávila hacia la costa, destruyendo todo lo que encontraba a su paso: casas, edificios, carreteras y, lo más doloroso, vidas. Aunque nunca se sabrá cuantas fueron las vidas que se perdieron en ese terrible instante – las estimaciones van de 1000 a 30000 – fueron muchas más las vidas desplazadas de sus hogares, vidas para siempre traumatizadas y rotas.

El crimen no fue cometido por la naturaleza. La naturaleza no es benevolente ni trágica, se comporta en base a leyes que algunos llaman divinas, otros llaman científicas. El crimen de Vargas fue cometido por un demente, ignorante, narcisista, llamado Hugo Chávez, quien durante su primer año de gobierno intentaba remplazar la democracia que le había permitido llegar al poder por una autocracia que lo llevaría, esperaba él, a disfrutar para siempre del poder.

Para lograr su propósito Hugo Chávez obtuvo aprobación para llevar a cabo una consulta popular sobre el proyecto de constitución elaborada por una asamblea constituyente integrada casi exclusivamente por sus cómplices, un mamotreto de 350 artículos que le daría control casi absoluto del poder. Para ello necesitaba obtener la aprobación del pueblo venezolano. A ello dirigió todos sus esfuerzos y puso en movimiento todos los resortes y abusos del poder. La consulta se realizaría el 15 de diciembre de 1999 y, a fin de lograr su aprobación, Chávez ordenó a todos los funcionarios públicos que concentrasen sus esfuerzos en lograrlo, llevando a los venezolanos a votar.

Coincidiendo con ese objetivo electoral, desde el 3 de diciembre de 1999, comenzó a llover intensamente en el litoral central venezolano. Por casi dos semanas las lluvias continuaron y se intensificaron hasta el punto que el 10 o 11 de diciembre se registraron las primeras víctimas de un deslave que sería gigantesco. Durante este período, sin embargo, las directrices del gobierno de Hugo Chávez eran las de priorizar la asistencia de la gente a los centros electorales, a fin de asegurar su triunfo político. De nada valieron las advertencias de grupos de la sociedad civil que veían llegar una catástrofe de grandes proporciones.

En un momento, el 12 o 13 de diciembre, inclusive, Chávez se refirió de manera arrogante a esas terribles amenazas de la naturaleza y exclamó: “Digo como Bolívar, si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella e haremos que nos obedezca”. Ya en el litoral central se registraban muertes y el país entero estaba en emergencias. Ver video de Hugo Chávez en plan demagógico:

Por un día crítico Chávez se desapareció (corrió el rumor que se había ido a una fiesta en la Orchila) y, cuando reapareció, trató de minimizar la dimensión de la tragedia. “Hay unos 35 cadáveres y rezamos porque no hayan más víctimas”, dijo, pero terminó llamando a la gente a votar por su “constitución”.

Toda Venezuela conoce el fin de esa trágica historia: miles de muertos, miles de gentes desplazadas, muchos de quienes nunca lograron encontrar de nuevo el rumbo. Gran corrupción en el manejo de los dineros que trataron de llegar a resolver la tragedia. Lo peor, sin embargo, fue el inmenso crimen de Hugo Chávez de rechazar, por mezquindad y estúpidas razones ideológicas, la ayuda de USA a la tragedia de Vargas, la cual hubiera salvado muchas vidas.

Las primeras ofertas de ayuda por parte del gobierno estadounidense, en diciembre 1999, incluían dos hospitales de campaña, 120 expertos en salvamentos y toneladas de alimentos, pero fueron rechazadas por Chávez. En enero 2000 Estados Unidos debió suspender el envío de 450 efectivos para asistencia y de maquinaria pesada para construir carreteras debido al persistente rechazo de Hugo Chávez de esa ayuda, la cual había sido expresamente pedida por el ministro de la Defensa de Venezuela.

El 15 de diciembre Chávez había desestimado el pedido de Defensa Civil de declarar una emergencia nacional, argumentando que no se justificaba. Todo el esfuerzo del gobierno se enfocaba en la consulta sobre la constitución y, pensaba Chávez, evacuar a la población del litoral significaba reducir la cantidad de votantes que le darían la “victoria”.

La historia de cómo se politizó la tragedia, como Chávez decidió llamar “dignificados” a los damnificados, de la corrupción desatada en relación con los trabajos de reubicación de estos compatriotas, es vergonzosa y revela la despreciable dimensión moral de quién ya se convertía, aceleradamente, en dictador corrupto.

Luego vendrían en rápida sucesión otros grandes crímenes, tales como la entrega de petróleo gratis a los cubanos (una transferencia de dinero venezolano a Cuba que sobrepasaría los $50000 millones, la entrega de la soberanía nacional al Castrismo (literalmente, una castración de la dignidad venezolana), la corrupción creciente de la fuerza armada y sus bajísimos altos mando militares, la importación de comida podrida hecha por PDVAL, el masivo endeudamiento con China para financiar su campaña electoral, su morbosa insistencia de ser presidente aun agonizando, el colapso material y moral de la nación, su muerte en Cuba a manos de quien ya no lo veían útil y el traslado de su momia a un sitio triste llamado “Cuartel de la Montaña” donde ya nadie lo visita, excepto – dicen – quienes van a asegurarse que no ha desaparecido.

Y, un gran crimen aún después de su muerte, la permanencia en el poder de su remplazo elegido, ese supremo insulto llamado Nicolás Maduro, la herencia maldita.