Por José María Ballester en El Debate

El presentador televisivo Marcel Granier y el profesor de Harvard Ricardo Hausmann debatieron sobre el futuro económico del país caribeño. Sin dictadura, por supuesto

Ricardo Hausmann fue ministro de Planificación de Venezuela a principios de los noventa durante el segundo mandato de Carlos Andrés Pérez. Hoy en día, se desempeña como director del Centro para el Desarrollo Internacional y profesor de Economía del desarrollo en la Kennedy School of Government de la Universidad de Harvard. Por su parte, Marcel Granier era uno de los presentadores televisivos más influyentes de Venezuela hasta que Hugo Chávez cerró su canal, RCTV, en 2007.

Ambos han dialogado en Madrid sobre los aspectos económicos de la futura transición venezolana, sin prescindir de los políticos. Por eso Granier empezó hablando sin tapujos: «[NicolásMaduro es un usurpador, no le puedo llamar presidente, pero es quien ejerce la presidencia de Venezuela y nos habla de un crecimiento del 8 %». Cifra que, como se puede comprobar, no se corresponde con la realidad.

El profesor Hausmann replicó diciendo que «en un país normal, hay estadísticas, prensa libre y rendición de cuentas. En Venezuela, no. Ni siquiera sabemos acerca del destrozo del sector público venezolano, ni de la situación de su economía privada, por no hablar del problema de gobernabilidad, sin olvidar las capacidades del Estado».

Por lo tanto, el docente de Harvard abogó por la prudencia: «hay que tallar el traje a la medida de la persona en el momento: no existen soluciones mágicas y universales» e insistió en la importancia de una recogida de información «para salir de la ignorancia sobre la economía».

Con todo, Granier incidió en el hecho de que «cualquier país envidia la estructura eléctrica de Venezuela», antes de destacar la importancia, la de los liderazgos de Charles de Gaulle y Konrad Adenauer en la recuperación de sus respectivos países después de la Segunda Guerra Mundial. Se refirió, a título de ejemplo, al programa del canciller alemán: «Seamos libres».

Hausmann se abstuvo de decir nombres, si bien puso énfasis en decir que «en Venezuela hay personas talentosas, que saben de agua, petróleo y electricidad». Lo que resulta necesario, en su opinión es reunir «tres ingredientes», que hoy se echan en falta: «dinero, tiempo y organizaciones capaces, que serán los que determinen la recuperación».

Una recuperación que precisará de un requisito: la ocupación del vasto territorio de Venezuela y el control, democrático de las instituciones, comparando el proceso al del Plan Marshall, «que funcionó mucho mejor de lo que nadie esperaba, porque acaeció en plena ocupación americana de Europa occidental; fue, además, una provisión muy grande de divisas», condición sine qua non para poder producir e importar.

Granier recogió el guante de Estados Unidos y enlazó con dos problemas que tiene ese país, las drogas y la inmigración, «íntimamente unidos a Venezuela. Si quieren resolver el problema, tenemos que hacerles ver por qué Venezuela importa». Un diagnóstico compartido por Haussmann, –confesó que hay grandes debates sobre Venezuela dentro de la Administración estadounidense– que no dudó en declarar que, «para poner a Venezuela en primer plano [de las preocupaciones estadounidenses], hay que hacerles saber que hay un pueblo movilizado» antes de añadir que «es más importante el retorno de la democracia a que la gasolina baje tres céntimos».

Una alusión educada a la necesidad de la unidad de la oposición para poder ganar las elecciones de julio. Una temática que Granier enfocó con algo más de franqueza: «uno de los problemas es la carencia de un mando unificado», si bien «la solidez de María Corina [Machado] ha terminado imponiéndose. Esa parte de la ecuación está resuelta». No tanto en opinión de Hausmann: «la unidad no puede ser pactada, ha de emerger. Los líderes hubieran sido mejores líderes si hubieran tenido el apoyo de las bases».

Una ecuación pendiente de resolver es el legado que deja el chavismo, siguiente tema que abordó Granier, y al que Hausmann respondió con claridad y poniendo los deberes: «una diáspora de 8 millones de personas, exiliada, con mucho talento: este se debe expresar. Por lo tanto, lo más importante es devolverle sus derechos a los treinta y pico millones de venezolanos, los protagonistas de la reconstrucción». Esta no será posible «si el Estado no recupera su capacidad», lo que cabe interpretar como un llamamiento a superar, mientras dure la recuperación, el dilema entre intervencionismo público y liberalismo.

Lo más importante, según Hausmann, es el futuro: «No regresaremos al pasado, no se trata de lo que fue Venezuela, sino de lo que puede ser. Un país futuro es posible».