Humberto García Larralde

Por Humberto García Larralde

La descomposición final de lo que una vez quiso aparecer como una revolución que implantaría el “socialismo de siglo XXI” le ha aclarado a los venezolanos y al mundo que lo que está en juego en Venezuela nada tiene que ver con un enfrentamiento entre izquierda y derecha. Si bien uno que otro periodista internacional despistado –o con demasiada pereza como para actualizar sus conocimientos sobre la realidad nacional—aún alude a Maduro como figura “socialista”, el encumbramiento de una casta privilegiada sustentada en el terrorismo de Estado y el sometimiento del país a un severo ajuste neoliberal revela, fehacientemente, que en absoluto lo anima criterio alguno de justicia social o de interés nacional. La crueldad y desdén de quienes ocupan el poder para con las desgracias a que han condenado a sus compatriotas es patológica. Habiendo fulminado el ordenamiento constitucional y violado abiertamente la voluntad del soberano, han quedado reducidos a una excrecencia insana que busca refugio cayéndose a embustes en lo que una vez fuera asiento de la representación popular –la Asamblea Nacional– y repitiendo, cual enajenados, cánticos supersticiosos: “¡Chávez vive, la lucha sigue!” Tal grado de aberración la extrema la mente enfermiza del Fiscal, Tarek W. Saab, quien le da rienda suelta a sus perversiones inventando conspiraciones que justifican la persecución y secuestro de centenares de venezolanos inocentes. Pero se palpa todavía más cuando el energúmeno del mazo asume el cargo de ministro de Interior y Justicia. ¡Si, la denominación del cargo incluye “JUSTICIA”!. En fin, el madurismo se ha desnudado, progresivamente, como una corporación criminal, alianza abigarrada de mafias de diferentes orígenes, unidas para perpetuar su expoliación de la nación.

No obstante, la degradación fascista de toda referencia que podría caracterizar un posicionamiento político no debe obnubilarnos respecto al hecho de que la derecha, definida claramente en términos de sus valores, posturas y acciones, si existe y que representa una grave amenaza para la paz y para la estabilidad de la democracia liberal. La asunción de Trump a la presidencia de EE.UU. no puede ser más elocuente. Si todavía faltasen indicios al respecto, su discurso ante la plenaria de las NN.UU. el miércoles no deja dudas. Además de irrespetar a sus iguales ahí presentes –y a la majestad del recinto—, regañándolos por permitir la inmigración y por “sucumbir” ante el engaño de una ciencia “de izquierda” (¡!) que habla del cambio climático, alardeó de sus notables aciertos al frente de la presidencia más poderosa de la tierra. ¡Un ejemplo para el mundo!. Al contrario de Chávez, que salpicaba su retórica fascistoide con poses antiimperialistas, Trump la llena, abiertamente, de bullying imperialista. Pero al señalar que el atascamiento de las escaleras mecánicas en la sede de la ONU y la falla de su teleprompter ahí son parte de un sabotaje en su contra que, por tanto, amerita ser investigado, se coloca en el mismo saco de autócrata narcisista y paranoico con el barinés.

A lo anterior habrá que añadir los juicios y acciones que se han venido imponiendo en USA sobre variados aspectos de la vida ese país desde posturas de un cristianismo ultraconservador: la mujer a la cocina, a criar hijos para hacer a America Great Again y a apoyar al marido; hay que prohibir el aborto y los derechos de comunidades LGTBI. Se despide a comentaristas críticos de la TV; se recorta el presupuesto de ayudas internacionales (USAID), para políticas sociales y la investigación científica; se eliminan programas para contener el agravamiento del cambio climático; se inventan mentiras para acabar con la vacunación; se acosan universidades prestigiosas; se imponen multas y demandas multimillonarias contra abogados defensores de opositores a Trump, como a medios de comunicación críticos. Agentes, muchas veces enmascarados y obviando derechos procesales, desatan razias para deportar, de manera forzosa, a inmigrantes, muchas veces separando a familias; se defiende a ultranza del porte de armas (incluso de guerra) a pesar de la mortandad que ha producido en escuelas y comunidades; el mandamás envía militares a ciudades gobernadas por el partido demócrata y ahora persigue, de manera cada vez más abierta, la libertad de expresión. Un sinnúmero de incidentes expone, además, el arraigo profundo de prejuicios racistas que lo acompañan, cultivados por sectores blancos ancestralmente resentidos, que encuentran el visto bueno ahora bajo su presidencia.

En fin, nos encontramos en presencia de un salto atrás, hacia un mundo regido por relaciones de poder más que por un entramado de normas que protegen al individuo de sus abusos. Y ocurre en el país más poderoso de la tierra, considerado, hasta hace poco, baluarte de la democracia liberal. Y es que, a pesar de que estas posturas ultraconservadoras alegan defender las libertades que definen lo que ellos consideran es “América”, no son más que una mampara para el dominio de una oligarquía super rica que suprime conquistas que han favorecido a la gran mayoría de la población. Nada debe interponerse a la acumulación de sus fortunas. En la más pura concepción neoliberal, anteponen sus “deals” a la esencia de lo que es la postura liberal –muy distinta—que fundamenta a la democracia, la pluralidad y la convivencia pacífica: la protección y defensa de derechos inalienables del individuo.

Lamentablemente, esta amenaza a la democracia liberal tiene eco en demasiados países del llamado mundo occidental. Se empalma con las pretensiones autocráticas de quienes gobiernan en Rusia, China, el mundo islamista y buena parte de África … como de América Latina. La lucha por la defensa de derechos humanos inalienables, aprobados en la Declaración Universal de Derechos Humanos, de la ONU, en 1948, hermana la lucha en Venezuela con la denuncia de su violación en tantos otros países. Y aquí entran las alianzas criminales que se han apoderado del Estado en Cuba y Nicaragua, además de Venezuela. Pero su peor expresión está, actualmente, en el genocidio que cometen las fuerzas de defensa israelíes contra la población gazatí, bajo órdenes de Benjamín Netanyahu. Ha hecho desaparecer, como Putin en su asalto criminal a Ucrania, toda noción de derecho humano. Con su desprecio notorio por las vidas de los más de 2 millones de seres que habitan la Franja de Gaza, Netanyahu y sus cómplices de extrema derecha se nivelan con el fanatismo asesino de Hamas que, envenenado de odios, desconoce el más elemental derecho, el de la vida, a la población judía.

Advierte la investigación de la Misión de Determinación de los Hechos de las Naciones Unidas en su informe del 22 09 2025: “La única esperanza de encontrar justicia para las víctimas” –la represión desatada por Maduro contra los venezolanos—“reposa sobre las instancias internacionales”. Ataña a las fuerzas democráticas, entre otras cosas, acentuar con sus denuncias y luchas el aislamiento internacional de tan nefasto régimen. Nada más agradecería al déspota poder descalificar a quienes se le oponen alegando su alineación con los peores representantes de la derecha internacional. Le daría la oportunidad de reivindicar un supuesto perfil “progre” y pasar agachado ante violaciones de derechos humanos –atribuibles a la ultraderecha– de las cuáles él es cruel perpetrador en Venezuela.

Se entiende el difícil y delicado malabarismo necesario para mantener el apoyo de EE.UU. en estas circunstancias. Pero apoyar a Netanyahu y confundirse con las posturas de un partido como VOX en España en vez de esforzarse por comprometer el apoyo de su gobierno, es trabajar para Maduro.  

Durante su ya –demasiado larga– ocupación de la primera magistratura, Maduro ha venido operando a discreción en materia económica, sin mayores limitaciones, salvo las derivadas de la creciente escasez de recursos. Una economía en ruinas, sin acceso al financiamiento internacional y muy mermados sus ingresos por exportación, tiene poco margen de acción. Debería llevar a quienes se han apoderado del país a formular e instrumentar medidas racionales para superar tales insuficiencias; pero pongo énfasis en la palabra “debería”. Porque, a través de estos años, Maduro ha mostrado, más bien, su desdén por los condicionantes que le posibilitarían enderezar la economía. Ha profundizado el desmantelamiento de las instituciones que resguardan la sana implementación de políticas económicas –ya muy adelantado por su mentor—como son la autonomía y separación de poderes; la rendición de cuentas y la transparencia de gestión; la observancia de los derechos de propiedad y procesales; y el reconocimiento de la racionalidad de mercado. Junto al resto de deberes y derechos del ordenamiento constitucional, son determinantes de la confianza, palabra casi mágica que está en la base de toda posibilidad efectiva de activación económica.

Lamentablemente, al desplomarse los precios del crudo a finales de 2014, Maduro inventó una fulana “guerra económica” en contra de Venezuela como explicación de la devastación que emergió. Carente de criterios y de coraje–no se atrevió a contrariar las malas políticas de Chávez—, pasó años repitiendo semejante idiotez como excusa, mientras mantenía los controles de precio, de tipo de cambio, las regulaciones arbitrarias y un gasto público altamente deficitario. Como resultado, la economía cayó al cuarto sótano, se desató una hiperinflación que empobreció drásticamente a todos (salvo a los enchufados), colapsó la industria petrolera, se desplomaron los servicios, como también las remuneraciones de los empleados públicos, y el país quedó aislado de los mercados financieros internacionales. Maduro aprobó más impuestos y tasas para mantener el gasto, pero, comoquiera que la devastación económica había encogido la base tributaria, se vio forzado a financiar el déficit público con dinero inorgánico, alimentando el alza del dólar y de los precios en general.

Ahora carece de las salvaguardas institucionales que podrían sustentar políticas sanas de ajuste y de reforma, capaces de enmendar el desastre que creó. Pero lo tiene sin cuidado. Dispone de una “Ley Antibloqueo”, aprobada por su genuflexa asamblea nacional, que le autoriza a desaplicar las normas que regulan la enajenación de activos públicos, sin rendir cuentas. Se le ha avalado, además, una sucesión de decretos de emergencia económica, en abierta contraposición a los artículos 338 y 339 de la constitución que limitan su duración. El viernes 8 de agosto aprobó uno nuevo.

Y tales desencuentros con la razón se inscriben, desde hace un año, en una violación mucho más grave, la de la usurpación flagrante del poder por parte de Maduro y los suyos, al trampear el resultado electoral del 28J 2024. No estamos hablando, por tanto, de un presidente legítimo, sino de quien cometió un fraude descomunal y grosero, en las narices de todos, para burlarse de la voluntad popular. No le importó, para nada, ser repudiado por la población. Para eso contaba con, e hizo uso de, un aparato represivo integrado por militares desalmados y la mentalidad enfermiza de un fiscal capaz de acusar de “terroristas” a quienes salieron a protestar por el robo electoral. Está al frente de una dictadura de clara orientación fascista, sostenida por militares que han traicionado a la patria.  

Nos topamos con la insólita conducta de quien ha roto, adrede, con toda atadura con los intereses de la nación. Actúa como un agente libre que no reconoce otro compromiso que no sea el que tiene con el núcleo mafioso con quien comparte el expolio de los venezolanos. Como ha quedado patente, su ejecutoria a través de los años, desprovista de todo resguardo institucional, se ha traducido en la destrucción sostenida de la economía, de los salarios y de las condiciones de vida de la población. Y, en vez de un decreto de Estado de Emergencia Económica orientado a corregir sus desaciertos y evitar que continúe la destrucción, ¡se hace aprobar un decreto para seguir haciendo exactamente lo mismo de antes!  Veamos, someramente, el decreto.

Como punto positivo, dejó de referirse a la idiotez de una “guerra económica” como excusa, aunque si hace referencia a la guerra comercial “contra la República Bolivariana de Venezuela, por parte de potencias extranjeras”, presuntamente los aranceles impuestos por Trump a todos los países de la región, cuyas exportaciones pagarían igual tasa que los de Venezuela.

En su artículo dos, el decreto autoriza a Maduro las mismas acciones que le venían alcahueteando la asamblea sumisa y el tsj cómplice, entre las que destacan:

3. Concentrar en el Tesoro Nacional [es decir, en sus manos] la recaudación de las tasas y contribuciones especiales creadas por leyes y redireccionar los recursos disponibles de todos los fondos existentes.”

9. Autorizar erogaciones con cargo al Tesoro Nacional y otras fuentes de financiamiento que no estén previstas en el Presupuesto Anual.

10. Dictar las normas que … sin sometimiento alguno a otro Poder Público, autoricen las operaciones de crédito público … que no estén previstos en la Ley Especial de Endeudamiento, así como las que permitan ampliar los montos máximos de endeudamiento que pueda contraer la República.”

¡Manga ancha para seguir malgastando los dineros que no posee! Por si alguien no captó, el artículo 3° lo aclara: “…se suspende por el periodo que dure la emergencia económica la garantía constitucional de la reserva legal en materia económica, financiera y monetaria.” Ni la Asamblea Nacional ni el Banco Central de Venezuela podrán interferir con el real saber y entender del Gran Perdedor. En dos platos, Maduro le anuncia al país lo que ya todos sabemos, ¡que lo va a seguir destruyendo! Es su sino.

Cómo saludo a la bandera, se burla del buen razonar de los venezolanos con estos dos propósitos:

7. Adoptar todas las medidas necesarias para estimular la inversión nacional e internacional en beneficio del desarrollo del aparato productivo, así como las exportaciones de rubros no tradicionales, como mecanismo para la generación de nuevas fuentes de empleo, divisas e ingresos; y

8. Autorizar las contrataciones que fueren necesarias para garantizar a la población el restablecimiento de sus derechos fundamentales.

Sus hazañas le preceden. ¿Cómo creerle? ¿Con qué se sienta la cucaracha? Ha contado con un Estado de Emergencia Económica de facto durante todos estos años y ha sido para destruir.

Las cartas están sobre la mesa. Ante la adversidad, Maduro no va a restablecer las garantías que alimentarían la confianza. Tampoco podrá negociar el financiamiento externo que hace falta. Porque necesitaría cumplir con los compromisos adquiridos ante el país y el mundo de respetar el voto popular y a los derechos humanos, señal de que se acoge a las reglas de juego del mundo democrático. Pero no le importa. No hay propósito alguno de enmienda, pues implicaría desmantelar su régimen de expoliación. Hizo desaparecer los datos sobre la economía y calló a los economistas a la fuerza.

La permanencia de Maduro en el poder solo puede asociarse a más destrucción. Ahora es señalado de ser cabeza del Cartel de los Soles, organización que pasó a caracterizarse de terrorista por el Depto. de Estado de USA. Y sigue violando los derechos de los venezolanos y secuestrando a inocentes, como Martha Grajales, desaparecida por apoyar a los familiares de quienes fueron detenidos por protestar su fraude electoral. No hay excusa para que los factores de poder que aún le quedan no negocien el restablecimiento de la democracia alrededor del presidente Edmundo González Urrutia. Realmente bochornoso es presenciar a Padrino López y demás generales corruptos profesando lealtad a Maduro, el gran destructor, el peor mandatario de toda la historia venezolana. La justicia gringa ofrece hasta $50 millones por su captura. 

Los movimientos populistas construyen narrativas que aprovechan resentimientos, envidias y ansias de revancha de aquellos que creen ser víctimas de engaños perversos. Se proyectan como la fuerza capaz de reparar sus agravios, reclutándolos, así, para conquistar el poder. Central es la identificación de los supuestos culpables de sus desdichas. Con una retórica maniquea llena de odios, edifican contraposiciones simbólicas, con base en mentiras y medias verdades para exacerbar las pasiones en su contra. Invocan épicas de una época de oro mitificada que retratan a un pueblo noble y puro enfrentado a sus crueles enemigos de siempre: con éstos no puede haber empatía alguna. Y como no merecen tener los mismos derechos que “nosotros”, suelen ser discriminados.

Si ello implica apelar a la violencia y/o a los mecanismos represivos del Estado y se les niega derechos básicos, adquiere una clara factura fascista. Construcciones ideológicas patrioteras justifican este proceder. Sus atropellos son absueltos por no ser más que expresión de legítimas pasiones de un pueblo en liza permanente por el destino glorioso prometido. Según esta perspectiva, se vive para la lucha. Con tal propósito se regimenta a la sociedad bajo la hegemonía de una casta militar que alega encarnar a la nación. Conforma un ambiente que aplasta toda expresión individualista capaz de interponerse a la consecución de lo que el líder visionario identifica como el bien común. La lealtad hacia él es un valor supremo que llama a cerrar filas en torno suyo. Se prohíbe toda disidencia.

Chávez pudo articular exitosamente estos elementos en su lucha por el poder. Supo aprovechar el desgaste del contrato social implícito que había forjado la democracia bipartidista con promesas de mejorarle continuamente al pueblo sus condiciones de vida a cambio de apoyo político. Se erigió en el redentor providencial que sí cumpliría sus ofrecimientos. Su procedencia castrense, su promoción de un creciente protagonismo militar y la apelación a la violencia de sus camisas rojas para disputarle la calle a sus contrincantes, proyectó claramente su cariz neofascista. En su segundo gobierno, sustituyó su retórica original patriotera y antiimperialista por un remedo de “socialismo del siglo XXI”. Así, las confiscaciones y controles crecientes permitieron acentuar el expolio a la nación, lejos de “liberar las fuerzas productivas” como pregonaba el marxismo. Y la centralización del poder en sus manos, con el desmantelamiento continuado de las instituciones que resguardaban la existencia de contrapoderes que podían contener sus apetencias, facilitó a su sucesor designado terminar de echar por la borda a la constitución nacional y convertirse, abiertamente, en dictador.

Lo que interesa destacar aquí es que, hasta su muerte, esta narrativa de Chávez encontró resonancia e identificación en amplios aspectos del imaginario popular. Tanto el patriotismo extremo, el tutelaje militar, como el culto al héroe personificado en el Libertador, forman parte de los valores nacionalistas que se nos han inculcado, incluso bajo la democracia. Y la idea de que Venezuela era rica, por lo que la pobreza era culpa de la incompetencia, corrupción o mala voluntad de quien ejercía funciones de gobierno, era prédica común de AD para descalificar a COPEI y viceversa. Chávez, en buena medida, no inventó nada. Tenía el lecho ya tendido. Le bastó recoger las promesas incumplidas de la democracia bipartidista, exacerbar sus prácticas populistas y clientelistas, y proyectarse como el genuino heredero de Bolívar para conquistar el favor de los venezolanos. Luego, la bonanza petrolera de su segundo gobierno permitió darle un contenido real a su prédica “socialista” mediante programas discrecionales de reparto que ocultaban la destrucción del tejido productivo nacional.

Por razones obvias, esta narrativa redentora desentona totalmente con la Venezuela de hoy. Ha sido tal el grado de destrucción del país, tal la degeneración de los valores y del sentido de justicia y tal la ausencia de responsabilidad y de compromiso con los intereses de la nación puesto de manifiesto por los que se apoderaron del Estado que, en lugar de perspectivas de un mundo mejor, el venezolano se asoma a un terrible vacío, carente de toda sustancia y sentido. Insólitamente, el núcleo fascista sigue apegada a su retórica chavista, si bien bajándole dos a sus críticas al sector privado –quiere que amplíen sus negocios–, y al imperio, para no provocar al imprevisible Mr. Trump. Del resto, se sigue proyectando como si condujeran una revolución asediada por una “derecha” defensora de privilegios, a causa de su defensa de los intereses del “pueblo”. Y, en este malabarismo, la palabra “pueblo” es usada como mampara para referirse a sí mismos. O sea, una exigua oligarquía militar-civil, en poder de las palancas de decisión del Estado y adueñada de Venezuela por el ejercicio de la violencia, no es tal, ¡es el propio pueblo! Tal usurpación es tanto más nauseabunda luego de haber cometido Maduro, con el auxilio del delincuente, Elvis Amoroso, el fraude más ramplón y torpe a la voluntad de ese pueblo: haber votado masivamente por el cambio el 28J en la figura de Edmundo González Urrutia. Pero, con el mayor descaro, fingen sentirse ofendidos cuando se les increpa por tan vulgar trampa, incluso cuando lo hacen quienes eran, hasta poco, sus aliados.

Lamentablemente, su falsía no se reduce a mostrarse “indignados” por una supuesta maledicencia. Con la mayor crueldad y alentados por acusaciones fabricadas por mentes enfermas como las de Tarek, “Torquemada”, Saab y la del energúmeno del mazo, sus esbirros desataron una salvaje andanada represiva contra los venezolanos que protestaron el fraude. Miles de detenidos, de los cuales todavía quedan unos mil presos políticos, más de 20 asesinados, numerosos torturados y desaparecidos, representan el saldo más inmediato de su despojo. Se añade, desde luego, el deterioro irrefrenable de las condiciones de vida de los venezolanos por cada día que permanece el usurpador al mando: fehacientemente, el peor presidente habido en el país. Pero este señor, campeón del fracaso, anda por ahí platicando acerca de unas supuestas “7 transformaciones” y anunciando reformas a la constitución para crear un “estado comunal” (¡!). Difícil saber qué es más ridículo, estos alegatos o Diosdado Cabello acusando a la oposición de “fascista”. Y para completar el bochorno, Jorge Rodríguez, mejor conocido como El Furibundo por sus destemplanzas, insulta, “ofendido”, al Alto Comisionado de las NN.UU. para los Derechos Humanos, Volker Türk, por incluir en su informe la mayor violación de estos derechos en el país por las protestas al fraude electoral perpetrado.

Y uno se pregunta, ¿A dónde pretenden llegar los maduristas con esta representación? Su narrativa hueca no tiene asidero alguno entre las grandes mayorías. Algunos argumentan que su radicalización obedece a la desesperación que sienten al ver estrecharse sus opciones. Puede ser. El fascismo necesita refugiarse en una burbuja de falsedades para absolver sus crímenes y continuar alimentando su espíritu de secta para no bajar la guardia. Pero también es cierto lo que vienen denunciando Moisés Naim y Anne Applebaum, entre otros. Estas falsedades –su “posverdad”– no pretenden suplantar la realidad tal como es por la suya, sino, más bien, destruir toda noción de verdad. Hacer que la gente no sepa a qué atenerse, alimentando su desesperanza y desolación. Una corporación criminal que toma decisiones para ampliar su poder y asegurar sus posibilidades de expoliación, queda como única certidumbre. No hay otra referencia asequible. Sus decisiones no requieren sustento alguno ni tienen por qué tomar en cuenta la pluralidad de sectores existentes en la sociedad. Allana el camino a cuanta arbitrariedad se le ocurra a Maduro y los suyos para afianzar su poder y negocios.

De ahí lo imperativo que es levantar una referencia alternativa, sólidamente fundamentada, como plan de recuperación. El que formuló el equipo de María Corina Machado en apoyo a la candidatura de Edmundo González Urrutia es excelente. Al tener reconocimiento internacional, la presidencia de EGU augura acceso al financiamiento requerido para atender de inmediato la emergencia humanitaria compleja, reformar el Estado, reestructurar la deuda pública y crear las condiciones propicias para un crecimiento sostenido de la economía. Maduro, por el contrario, no tiene nada que ofrecer sino más represión. Mantener a este campeón del fracaso no es, para nada, la mejor opción de los chavistas.

Por Humberto García Larralde

Nicolás Maduro lleva ya más de tres meses usurpando la presidencia de la República. Todo el mundo sabe que perdió las elecciones. El hecho de que todavía siga ahí, en Miraflores, ofende a los sentidos, a la razón y a toda noción de justicia. Constituye un contrasentido odioso. Y en muchas dimensiones.

El régimen político que encarna viola abiertamente los artículos 5º y 6º de la constitución, referentes a su debida fundamentación en la soberanía popular y a su carácter democrático, participativo, electivo, descentralizado, alternativo, responsable, pluralista y de mandatos revocables. No respeta la independencia y equilibrio de poderes, tampoco los derechos asentados en su Título III y confunde el manejo de los recursos públicos con los propios (patrimonialismo). Es decir, desde el punto de vista institucional, la permanencia de Maduro es un contrasentido. Es incompatible con la constitución.

Su comportamiento político no es democrático. Sus aspectos definitorios son de una innegable estirpe fascista. No tolera juego político alguno. Maduro en Miraflores personifica un contrasentido.

Al asumir la presidencia en 2013, lejos de atender las necesidades de la gente, libró una guerra en su contra, reduciendo la actividad económica a poco más de la cuarta parte de cuando entonces. Pero no se quedó en eso. Desató una de las hiperinflaciones más prolongadas y severas de que se tenga noticia, hundiendo los niveles de vida de los venezolanos en un abismo profundo y quebrantando toda confianza en las relaciones de precio para orientar la decisión económica. Al continuar depredando a PdVSA con fines personales y partidistas, como hizo su antecesor, destruyó a la industria petrolera, principal proveedora de divisas a la nación. Pero no paró ahí. Aumentó la deuda externa a niveles impagables, precipitando el país a una situación de insolvencia y aislándolo de los circuitos financieros internacionales. En tales condiciones, ha pretendido combatir la inflación anclando el precio del dólar, –¡sin contar con las divisas para ello!–, recortando servicios y sueldos públicos, y asfixiando el crédito bancario, para impedir que la capacidad de compra de la gente supere el abismo antes referido. Desde una perspectiva económica, por tanto, su gestión ha significado un notorio contrasentido.

Con referencia a la defensa de los intereses de la nación, obvió defender los derechos de Venezuela sobre el Esequibo ante la Corte Internacional de Justicia, aumentó la vulnerabilidad del país a embargos por incumplimiento de contratos y confiscaciones, contrajo deudas ofreciendo el petróleo del subsuelo y/o a CITGO como garantía, y abandonó la suerte de esta sucursal venezolana a los reclamos de empresas foráneas por indemnización. Hizo aprobar una ley “antibloqueo” para “desaplicar” toda normativa legal que interfiriera con la liquidación velada, sin rendición de cuentas, de activos públicos. Ha permitido la participación de bandas extranjeras en la explotación de recursos minerales de Guayana –oro, cobalto, diamantes y otros—y ha cedido ciertos territorios fronterizos al ELN como guarimba. Pero, sobre todo, y como es notorio, ha colocado servicios estratégicos para la seguridad ciudadana en manos de la inteligencia cubana y de otros países. Finalmente, muy a pesar de su vociferante “antiimperialista”, su gestión ha buscado el amparo ruso, haciendo de Venezuela un peón en el tablero imperialista de Putin. Maduro y sus acólitos vienen traicionando desde el poder los intereses de la nación y abiertamente, un imperdonable contrasentido.

 Desde una dimensión ética y humanitaria, no alcanzan las palabras para describir lo ocurrido bajo la gestión de Maduro. Una represión brutal, sostenida y en abierto conflicto con el orden jurídico, ha criminalizado toda protesta, dejado a más de trescientos manifestantes asesinados desde 2013, miles de detenciones, desapariciones y torturas extendidas, con varios casos de muerte por esos tormentos. Todavía quedan unos novecientos presos políticos, sin garantía procesal alguna, acusados de cuanto delito se les ocurra a mentes enfermizas como la de Tarek Saab y/o de quienes le dan las órdenes, y en condiciones de presidio deplorables. Y, más allá de los atropellos a los derechos humanos del venezolano (incluyendo el de la vida), está el saqueo descarado de los recursos públicos (PdVSA incluida), robos y extorsiones al sector privado y al ciudadano en general, la depredación de valiosos recursos minerales y la participación, bajo distintas vías, en el tráfico de estupefacientes.

Lo más insólito es que aquellos señalados como incursos en tales delitos, lejos de ser investigados y castigados –si así se amerita—son premiados por Maduro, quien los nombra para cargos de jerarquía y ensalza en público, como si fueran héroes de la Patria (¡!) Es decir, se promueve deliberadamente a los más perversos, a lo peor, para compartir “responsabilidades de gobierno”. Tal kakistocracia o gobierno de los peores, no es solo por incompetencia, sino también por su depravación moral, carencia absoluta de escrúpulos en su trato con los demás y de irrespeto por los compromisos asumidos, fuesen con la población o con particulares, como internacionalmente. Que semejante bazofia de seres pretenda perpetuarse en el poder es el mayor de los contrasentidos.

Pero toda esta degeneración se encobija en una retórica bizarra, que pinta la tragedia por la que atraviesa Venezuela como si fuera una especie de disneylandia pero a semblanza de las perversiones de quienes ocupan Miraflores. Es la famosa burbuja de falsedades en la que se refugian Maduro y sus cómplices para absolver sus pecados. Pero en esta era de difusión extendida de redes sociales, su neolengua no convence a nadie; sólo sirve para seguir engañándose a sí mismos y/o para encubrir, en sus conciencias, sus desmanes. En su mundo ficticio avanza una “revolución”, asediada por el imperio y sus terroristas, que es defendida por “Super-Bigote”. ¡Para ellos no hay contrasentido!

En boca de Maduro, a pesar de los densos nubarrones que se ciernen sobre el horizonte de la economía, ésta creció un 4,5% en el primer trimestre. Como no publica cifras sobre el desempeño real de la economía desde hace seis años, ni de inflación desde que se dispararon (de nuevo) las cifras a finales de octubre 2024, inventa lo que le da la gana. Para quien trampeó abiertamente y de forma tan flagrante el resultado electoral, a pesar de conocerse urbi et orbi más del 85% de las actas oficiales que certificaban el triunfo de Edmundo González Urrutia, ¡no hay límite a la mentira!

Es difícil encontrarle parangón al descomunal contrasentido que representa Maduro en Miraflores. Repudiado por la población, aislado de los demás países de la región, sin recursos, debería haberse ido hace tiempo. ¡Cómo se mantiene? Básicamente, existen dos explicaciones. Primero, Maduro fue formado como agente cubano y, como tal, ha podido contar con la experiencia de más de 50 años de los más perversos talentos en materia de represión y contrainteligencia, para aplastar toda amenaza a su mandato. Segundo, porque, a instancias de sus tutores, procedió, deliberadamente, a corromper el alto mando militar, al poder judicial, a las policías y a cualquiera que tuviese injerencia en las decisiones del Estado. Mientras cuente con los recursos, tendrá comprado a los peores para ejercer el poder, sin contemplación alguna por los derechos de los venezolanos. Y aquí, el gran condicionante es ese “mientras”, porque los recursos empiezan a escasear para atender tanta complicidad activa. Al no poder satisfacer lo que se ha convertido en una auténtica red de mafias, es solo cuestión de tiempo para que, en sus propias entrañas, surjan los reacomodos que permitan, junto a la movilización popular y el apoyo internacional, remover a quien personifica tan deplorable gestión. ¿Para qué seguir sosteniendo a quien exhibe un historial de fracasos como Maduro, cuya permanencia solo proyecta una mayor agudización de la tragedia nacional? Un contra sentido que no puede continuar.

Corresponde a las fuerzas democráticas alzar con insistencia y con la fe en nuestra fuerza y capacidades, la opción del proyecto político que encarnan Edmundo González Urrutia, María Corina Machado y de quienes los acompañan, único capaz de asegurar, junto a la participación activa de millones de venezolanos y el apoyo financiero internacional, la superación de nuestra tragedia.  

Por Humberto García Larralde

Para la oligarquía militar–civil que expolia al país, el fin de las elecciones pautadas para el 27 de abril no puede ser otro que postrar a la mayoritaria fuerza de cambio político que emergió nueve meses antes, el 28 de julio de 2024. En absoluto busca dirimir las preferencias del electorado para los representantes ante la Asamblea Nacional, o para gobernadores, alcaldes y concejales. La razón es evidente. Sabe que, de ser democráticas, con garantías y observadores internacionales confiables, esas elecciones proporcionarían una oportunidad a esa fuerza mayoritaria de hacerse de espacios decisivos de poder. A la crasa ilegitimidad política de Maduro, sellada con su grosero arrebato del resultado electoral en complicidad con el delincuente Elvis Amoroso y con magistrados corruptos de la sala electoral del tsj, se sumaría la pérdida –de calle– de todas las gobernaciones, la inmensa mayoría de los diputados a la AN y de casi todos los municipios del país. Crearía condiciones para forzar su salida, como el usurpador que es, de Miraflores. El desgaste derivado de su aislamiento internacional, la merma del botín con que mantiene a sus aliados al deteriorarse la economía, la amenaza de mayores sanciones y/o de ser condenado por crímenes de lesa humanidad, lavado de dinero y/o por vínculos con organizaciones terroristas, comprometen, cada vez más, su futuro. Y tales amenazas no desaparecerán mientras las actas de votación constaten a la vista de todos, de manera clara e irrefutable, que el pueblo venezolano escogió por una ventaja abrumadora, mayor a cuatro millones de votos, a Edmundo Gonzáles Urrutia como presidente para el período 2025-31.

Anular esta verdad representa un desafío enorme para el fascismo. Quiere reducir la debilidad y estrechez de posibilidades que resulta de su notoria ilegitimidad electoral, democrática y política, pero lo hace convocando a unas elecciones que sabe no pueden ser legítimas, pues perdería. Intenta desenredar esta contradicción encasillando a estas elecciones en una camisa de fuerza que impida que se manifieste libremente la voluntad popular y que, además, obligue a quienes deciden participar a renegar del triunfo democrático en las elecciones pasadas. Ya lo asomó Jorge, El Furibundo, basándose en el artículo 9 de su ridículamente estrafalaria Ley Orgánica Libertador Simón Bolívar contra el Bloqueo Imperialista y en Defensa de la República Bolivariana de Venezuela (¡!): no se inscribirá candidato que no reconozca al usurpador Maduro. Más bien, será encausado por desconocer la autoridad del cne (fascista). Y, por su lado, sabiendo que muchos chavistas votaron en su contra el 28J, Maduro anuncia que se arroga la potestad –muy “democrática”– de nombrar los candidatos del PSUV para las elecciones de abril. ¡Debe blindarse todo para evitar otra derrota!

Pero si bien es muy cuesta arriba para la oligarquía militar-civil legitimarse enrejando las votaciones para que no elijan, no lo es con respecto a su interés en desmoralizar a las mayorías. Apuesta a que, en una discusión interminable sobre si participar o no en las elecciones del 27 de abril las fuerzas opositoras se guinden a pelear entre sí, sembrando confusión y desaliento entre sus filas. Lo cierto es que la oposición debe asumir que una discusión a partir de razonamientos teóricos, sin tomar en cuenta la disposición efectiva de esa fuerza mayoritaria de movilizarse para derrotar al fascismo, como lo hizo en julio 2024, es un ejercicio estéril. Desde luego, ello ataña a las circunstancias y a cómo se maneja el liderazgo para aprovecharlas, pero lo decisivo es el fortalecimiento de esa fuerza.

A ello está obligado el movimiento democrático. El fin a proseguir ante esa convocatoria no puede ser otro que conservar y potenciar, aún más, la contundente fuerza mayoritaria que se manifestó por desplazar al madurismo del poder el pasado 28 de julio. El activo más valioso que tienen los venezolanos en esta lucha es la certeza, hecha del conocimiento de todos quienes tengan interés por Venezuela, de que quien debe ocupar la presidencia para el período 2025-31 es Edmundo González Urrutia. El liderazgo que representa María Corina Machado se ha mantenido enérgico y firme en reclamar esta incontestable realidad y ello debe marcar la pauta para las decisiones a tomar ante los comicios del 27 de abril. En este orden, la bandera a esgrimir tiene que ser presionar por las garantías requeridas para éstos que tengan sentido, de manera de desenmascarar la intención de tergiversarlas por parte de la dictadura. Implica asumir exigencias fáciles de enunciar, pero difíciles y complicadas de instrumentar, de cara a la represión y los abusos desde el poder.

Ya que el fascio-madurismo, no va a permitir que la oposición democrática pueda conquistar “espacios de poder” y le propine otra aplastante derrota –sabe que tiene los votos para ello—, no tiene cómo simular credibilidad para esas elecciones. Es su punto débil. Magnifica la ilegitimidad derivada de su grosera usurpación de la presidencia. De ahí que toca acentuar esta debilidad, reclamando los cambios que son menester para legitimar el proceso electoral y hacer confiables sus resultados:

1) Cesar a quienes han delinquido en el ente comicial y nombrar nuevas autoridades;

2) Participación de los partidos políticos democráticos establecidos, con sus símbolos legítimos;

3) Un cronograma realista que asegure condiciones equitativas para estos comicios;

4) Representación, de cada partido, en mesas y demás organismos electorales, respetando su integridad y libertad de acción en el cumplimiento de sus funciones legítimas;

5) Presencia de observadores internacionales confiables para atestiguar acerca de su credibilidad;

6) Libertad de medios para denunciar acciones ventajistas y/o amenazas a los votantes;

7) Acceso igualitario a los medios de comunicación de los distintos candidatos;

8) Publicación detallada de los resultados de los comicios electorales del 28 de julio del año pasado.

El reto, difícil pero ineludible, es hacer que éstas y otras exigencias de rigor adquieran preeminencia entre los venezolanos ante los comicios del 27A, de manera de colocar a la defensiva a los usurpadores. ¡Por supuesto que no van a cumplir con tales demandas! Pero, si logran convertirse en bandera de los centenares de miles de compatriotas que aportaron tanto en asegurar el triunfo del 28 de julio y captan la atención de organismos internacionales y regionales, gobiernos de países amigos, medios de comunicación reconocidos y redes sociales, no hay duda de que quienes salgan debilitados ante la convocatoria electoral no serán las fuerzas opositoras, sino el fascio-madurismo.

La consecuencia probable de asumir una campaña de esta naturaleza es la abstención. Porque la dictadura seguramente ignorará las demandas planteadas y/o responderá con más represión, denunciando conspiraciones subversivas como excusa. Es su naturaleza. Pero, la ofensiva estará claramente del lado de las fuerzas democráticas. El hecho electoral podría ser, por tanto, oportunidad para conservar y ampliar la fuerza manifestada en las elecciones presidenciales del año pasado. Hará más difícil las pretensiones de la oligarquía militar-civil de anular esa fuerza. Llamar simplemente a no votar, a abstenerse, sin aprovechar las circunstancias para movilizar esta resistencia, no tendrá el mismo efecto. Y si por casualidad emergen liderazgos regionales que aglutinen mayorías robustas dispuestas a participar con expectativas de éxito, a pesar de las trabas, bienvenidos sean.

En fin, lo decisivo para las próximas semanas será una estrategia que logre preservar y acumular las fuerzas de cambio puestas de manifiesto. No puede haber vuelta atrás en esto. María Corina Machado y Edmundo González Urrutia son nuestros activos principales para este esfuerzo. No hay chantaje que nos lleve a desconocerlos. Confieso mi incomodidad de opinar, desde el exilio, sobre lo que, entiendo, debe hacerse. A aquellos que se molesten, mis disculpas. Pero es difícil callarse.

Finalmente, debatir en frío los pros y los contra de participar el 27A, sin auscultar el sentir mayoritario de la población, me parece inconducente, si compromete la fuerza mayoritaria para el cambio. Continuemos confiando en la valiente, clara y sostenida lucha de tantos, con María Corina a la cabeza, por mantener las expectativas de triunfo democrático presentes. Continuar desenmascarando a un régimen ya bastante debilitado y alentar la salida de quienes sostienen la estructura de complicidades del fascio-madurismo debe culminar, más temprano que tarde, en su colapso definitivo.

Humberto García Larralde, economista, profesor (j), Universidad Central de Venezuela, humgarl@gmail.com

Por Humberto García Larralde

El 10 de enero por la mañana Maduro y sus cómplices, con el amparo funesto de la cúpula militar traidora comandada por López Padrino, terminaron de consumar su anunciado golpe contra la República. El bochornoso acto de “investir” a un usurpador como presidente tuvo su momento más grotesco al juramentar Maduro su defensa de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela (¡¡!!). Y peor todavía, sin percatarse –o no afectarle— que cinismo tan vergonzoso lo degrada aún más ante los venezolanos, anunció su intención de reformar la constitución, ¡como si a semejante bribón y los “jueces” abyectos que le validan sus desmanes desde el tsj, respetasen lo contenido en un ordenamiento legal! Con la presencia de los déspotas Daniel Ortega y Miguel Díaz-Canel, la franquicia comprada de diputados alacranes, la bancada fascista y algunos ministros, un hemiciclo originalmente previsto para alojar debates de una representación popular democráticamente electa, fue vilmente mancillado. Ninguno de los presentes de tan despreciable aglomeración de individuos ignoraba que Maduro fue derrotado por una abrumadora mayoría de venezolanos que eligió presidente a Edmundo González Urrutia. Sin moral ni principios, convalidaron el fraude para continuar con sus expolios a la nación. Y ese resultado, público y notorio, es inobjetable, recogido en la casi totalidad de actas oficiales que pudieron recogerse. EE.UU., Europa, Canadá, Japón y la mayoría de los países de la región así lo reconocen.

Escaldado por derrota política tan contundente, Maduro decidió imponerse por la fuerza. Los millones que votaron por su salida están desarmados. Fracasado su intento por convencer a los venezolanos, de llegar a sus corazones y alimentar sus sueños, abandona la política como escenario de lucha. Opta por la imposición militar, aprovechándose de los oficiales y funcionarios corruptos que ha colocado al mando de la FAN y al frente de las instituciones del Estado. Abdicó de toda posibilidad de legitimarse, no sólo en el plano político e institucional, sino también en el plano económico, social, moral, con relación a los valores patrios y con respecto a las normas de convivencia democrática y pacífica con que aspira regirse el mundo. Su aparente supremacía, fundada en la fuerza, oculta una enorme debilidad. Su ilegitimidad profundiza el estado de anomia, con graves implicaciones para sus intentos de perpetuarse en el poder:

1) Plantea un insuperable problema de gobernanza por la pérdida de toda credibilidad. Se le esfumó su capacidad para el control social;
2) Destruye la confianza de potenciales inversionistas, tan necesitados para reactivar la economía, ante la ausencia del Estado de derecho, con sus garantías procesales y de respeto a la propiedad;
3) Estimula, eso sí, las acciones especulativas y las corruptelas que desangran a la nación. Éstas pululan ante la discrecionalidad decisoria de un marco institucional corroído;
4) Anula toda eventualidad de reestructurar la deuda externa y, con ello, de reincorporarse a los mercados financieros internacionales para acceder a créditos;
5) Atenta contra las posibilidades de atraer las cuantiosas inversiones requeridas para recuperar la producción petrolera, estimadas en unos USD 100 mil millones para la próxima década;
6) Propicia la suspensión de las licencias que habilitan la producción petrolera en Venezuela de las empresas Chevron, Eni, Repsol y Maurel & Prom;
7) Impide el usufructo de los USD 5 mil millones en DEGs que el FMI tiene retenidos a Venezuela, así como de las 31 toneladas de oro de la nación depositadas en el Bank of England;
8) Hace al Estado venezolano aún más vulnerable a embargos de activos externos (fletes de petróleo, CITGO, otros) por parte de acreedores buscando recompensar sus pérdidas por confiscación;
9) Aísla al país de la obtención de préstamos de los multilaterales para coadyuvar con la estabilización macroeconómica y las reformas estructurales requeridas para la recuperación económica;
10) Genera condiciones muy poco propicias para reemprender el crecimiento económico y la generación de empleo productivo. En una economía cuyo tamaño se ha reducido en más de un 70% desde que Maduro está en el poder, condena irremediablemente a la población a subsistir en la pobreza;
11) Alienta una mayor migración de venezolanos, descapitalizando al país de talentos y fuerza de trabajo productivo, en particular, al sector público, por los sueldos miserables devengados;
12) La salida de empleados agravará aún más el deplorable estado de los servicios públicos, de la salud, la educación, la seguridad, la cultura y el bienestar ambiental;
13) Dificulta la gestión pública, limitando sus ingresos. Los gastos mínimos imprescindibles que requiere la maquinaria del Estado habrán de perpetuar la brecha (déficit) fiscal;
14) Lo anterior obligará el financiamiento monetario del gasto público, aumentando la inestabilidad de precios y del tipo de cambio, como muestra el salto del dólar paralelo en estos días;
15) Destruye las posibilidades de derrotar las presiones inflacionarias con el marco actual de políticas contractivas. Esfuerzos por reforzar éstas sólo retroalimentarán la contracción económica;
16) Disuade o impide la participación en acuerdos internacionales en prosecución de objetivos comunes con otros países y descalifica a Venezuela para participar en acuerdos de cooperación con ellos, así como con la banca multilateral y/o las agencias de desarrollo;
17) Invita a mayores sanciones contra los señalados por violar derechos humanos y el tráfico de drogas de parte de EE.UU., la UE y otros países;
18) Hace más imperioso la necesidad de acelerar la imposición de sanciones penales y las órdenes de captura de Maduro y a sus esbirros que puedan resultar de las investigaciones por crímenes de lesa humanidad que realizan la CPI y el CDH de la ONU, con el fin de detener la ola represiva desatada;
19) Coloca a Venezuela en condición de paria y de país forajido, vulnerable a la imposición de todo tipo de puniciones, a la exclusión de avances y a un mayor aislamiento internacional.

La abdicación de toda legitimidad para perpetuarse en el poder, a cuenta de contar con unos generales traidores dispuestos a reprimir a la población, es lo más suicida que se le ha podido ocurrir a la casta fascista que controla al Estado. En una exhibición asombrosa de estulticia, el energúmeno del mazo se empeña en espantar lo que queda de sus antiguos aliados, emplazando al presidente Petro de Colombia por haber reclamado la detención de Enrique Márquez, excandidato presidencial, y de Carlos Correa, director de la ONG Espacio Público, “terroristas” según él. “Estulticia”, Diosdado, es otra manera de decir estupidez. Tales bravuconadas son silbidos en la oscuridad de quien busca controlar sus miedos. Conscientes de su prontuario y temerosos por la suerte de sus fortunas mal habidas, los integrantes del núcleo fascista que depreda a la nación nunca confiaron, lamentablemente, en que había una disposición auténtica de Edmundo González Urrutia y de su equipo por negociar condiciones que permitiesen una transición pacífica y democrática en cumplimiento de la voluntad popular; su mejor oportunidad de irse. Ahora Maduro y Cabello tendrán que pasar la noche en vela, con un ojo abierto, por temor a que, desde su círculo íntimo, los entreguen a la justicia a cambio de los USD 25 millones ofrecidos por EE.UU. para cada uno. Por Padrino López, los gringos ofrecen USD 10 millones. “Peanuts” en comparación con las inmensas fortunas que buscan conservar los personeros más pesados del régimen, pero no así para la mayoría de los oficiales y funcionarios que les sirven de sustento. Porque, por más que alardeen de la misión de su supuesta “revolución”, socialista, bolivariana y antiimperialista, nadie les cree.

Lejos de haber salido airosos, han creado las peores condiciones para su futuro. Porque el liderazgo de Maduro, en vez de proporcionar una máscara civilizada que encubriese los crímenes y corruptelas de sus allegados, representa, con su golpe de Estado, un fardo insoportable que, más temprano que tarde, habrá de enterrarlos. La pregunta no es si habrán de salir, sino cuándo. Con Maduro no hay futuro.

Paradójicamente, el único capaz de salvarlo, dada su carácter atrabiliario e impredecible, es Donald Trump, quien tan pronto anuncia que “todas las opciones están sobre la mesa” para sacarlo, como se sienta a negociar con él como mejor “nuevo amigo”, desplazando a Kim Jong-Un.

Humberto García Larralde, economista, profesor (j), Universidad Central de Venezuela, humgarl@gmail.com

Por Humberto García Larralde

Al confirmarse la abrumadora victoria de Edmundo González Urrutia en las elecciones del 28 de julio, la estrategia democrática, bajo el liderazgo de María Corina Machado, pasó a la siguiente fase, la de cobrar ese triunfo. Se volvió a insistir, pero ahora con mayor empeño, en la disposición a negociar con Maduro y su equipo las condiciones bajo las cuales accederían a entregar el poder, en cumplimiento del mandato popular. Previo al 28-J, el presidente de Brasil, Lula da Silva, como aliado, le había aconsejado a Maduro que aceptara el resultado de los comicios, sea cual fuese y, de salir derrotado, se preparara a recuperar fuerzas como oposición. Intentar forzar su triunfo con todo tipo de atropellos e irregularidades comprometía su vigencia política a futuro. Su otro aliado, el presidente de Colombia, Gustavo Petro, le hacía llegar sugerencias que iban en la misma dirección. En fin de cuentas, la alternabilidad es el riesgo de la lucha política en democracia cuando se es gobierno. Pero, al obligar a refrescar el mensaje y corregir los errores que llevaron a la pérdida del poder, pudiera potenciar de nuevo su opción política.

Sabemos que en el madurismo tales razonamientos cayeron en oídos sordos. Tenía que ser así. Los fascistas conciben la lucha política sólo en términos de guerra. La idea de una competencia por ganarse la confianza de la población y, por ende, sus preferencias electorales, no entra en sus esquemas. Los venezolanos veníamos atestiguando su proceder antidemocrático desde que asumieron el poder, con hitos tan emblemáticos como la anulación de las potestades de la Asamblea Nacional 2016-2020 con artimañas de un tsj abyecto, al lograr la oposición ser mayoría ahí. Lo insólito fue que, con esa actitud, pretendiesen legitimarse convocando a elecciones en 2018, lanzando un candidato tan malo como Nicolás Maduro. Era la cabeza visible de la peor gestión de gobierno que recuerda la historia del país, con una caída de la actividad económica del 50% para esa fecha, una hiperinflación brutal, el país aislado de los mercados financieros internacionales por el default de 2017, entre otros desastres, y unos 300 muertos por protestar contra su mandato. Como su única opción de ganar era trampeando el proceso, inhabilitó a los candidatos opositores con mayor opción y confiscó los símbolos de partidos políticos democráticos. Ante tamaña irregularidad, importantes corrientes opositoras llamaron a la abstención. Recordamos que tal embeleco provocó que más de 50 países democráticos lo desconocieran como presidente, sumiendo a Maduro en la peor crisis de su gestión. Pero con esa trampa, el CNE pudo publicar un resultado electoral que avalaba su triunfo, discriminado por centros electores y mesas.

Luego de semejante exabrupto cualquiera argumentaría como un disparate que los fascistas intentasen de nuevo buscar legitimidad por medio de elecciones, comprometiéndose ante naciones cercanas a respetar las normas –negociaciones en México, Qatar, Acuerdo de Barbados–, ¡pero lanzando de nuevo al peor candidato, Maduro! Tal incongruencia se despeja, empero, cuando entendemos que Maduro no lo postulaban para la lucha política, sino como cabeza de proa para la guerra. Porque, en términos de las preferencias políticas de los venezolanos era obvio que, si las elecciones fuesen confiables, su desempeño sería todavía peor. A la caída aún mayor del producto, se sumaba, ahora, el colapso de los servicios públicos y un deterioro bestial del nivel de vida de las mayorías, secuela de la hiperinflación. Y la inflación, ya no “hiper”, seguía siendo de las más altas del mundo. La verdadera incongruencia no fue lanzar a Maduro de candidato, sino comprometerse ante el mundo con reglas de juego democráticas, sabiendo que así no ganaría. Por fuerza desembocó en el arrebato fraudulento que todos conocemos, repudiado por la gran mayoría de los venezolanos y los países democráticos cercanos a Venezuela.

Como reza el conocido aforismo de Clausewitz, la guerra es la continuación de la política por otros medios. La lucha ya no se formulaba como política para ganar el favor de las mayorías, sino como guerra para someterlas. O sea, la guerra de Maduro es contra el pueblo, es decir, aquella mayoría abrumadora que él y los suyos no aceptan que pueda ser Pueblo (con mayúscula) porque no acepta su usufructo discrecional y arbitrario del poder. En tanto que guerra, cobran preeminencia los medios de violencia convertidos en órganos para la represión, sobre todo la DGCIM, el SEBIN y la GN. No está fuera de lugar decir que su control del país es el de un ejército de ocupación. Los casi 2000 presos políticos, así como los seis exiliados sometidos a un asedio cruel e inhumano en la Embajada de Argentina, sirven de rehenes en este contexto a ser negociados por alguna recompensa. El problema es que Maduro no puede desentenderse por completo del juego político para dedicarse a reprimir: la deslegitimación abierta que acarrea a su mandato tiene un indudable costo político que corroe sus bases de sustento militar.

El siguiente gráfico registra el resultado electoral de lo que podríamos englobar como “chavismo”, desde 2006. Incluye elecciones parlamentarias (no las regionales). Como el Instituto Nacional de Estadística (INE) publica cifras de población por cohortes quinquenales de edad, se puede computar la proporción de esta votación entre los mayores de 20 años (línea azul). Omite a los votantes de 18 y 19 años, pero, suponiendo que su peso es similar a lo largo de la serie, no altera la tendencia (línea negra punteada). La línea roja expresa sus votos, registrados por el CNE, que pasan de 7,3 millones en 2006 a menos de 4 millones en 2024 (se proyectaron los 3,3 millones recogidos en el 83,05% de las actas al total, 100%). Pero, como porcentaje de la población mayor de 20 años –el grueso de los votantes—el sufragio chavista bajó de un 45,6% del total en 2006 a apenas el 17,2% en 2024. Y tales guarismos esconden las coacciones y ventajismos descaradamente aplicados por el madurismo para maximizar su votación, así como el acoso, los atropellos y la represión de la opción democrática representada por EGU y MCM.

FUENTE: https://es.wikipedia.org/wiki/Anexo:Elecciones_en_Venezuela, consultado 16/12/24; e INE

Pero lo significativo no es sólo la tendencia sostenida de la votación fascista a la baja, sino que apunta a un quiebre definitivo de sus pretensiones de supremacía política que ni siquiera ellos están interesados en atajar. El torpe fraude de Amoroso y Maduro, alcahueteado por un tsj inmoral –sin publicar actas–, ha incrementado el rechazo de los venezolanos, más cuando la respuesta al justo reclamo ha sido una represión salvaje, alentadas por las acusaciones contra “terroristas al servicio del imperio” elucubradas por Torquemada Saab. Son miles los detenidos, incluyendo menores, y unos 30 muertos, algunos bajo custodia. Pero esta transmutación de la lucha a una guerra es socavada por tan precario apoyo político.

Al acabar por liquidar la institucionalidad republicana basada en la soberanía popular, el orden fascista de Maduro queda deslegitimado, definitivamente. Se retratan desnudos, apuntalados sólo por la traición de altos oficiales y la complicidad de corruptelas prolijeadas. Repudiados abrumadoramente adentro y en la mira de muchos países democráticos, no auguran solución alguna para el país. Tal estado de vulnerabilidad habrá de estimular el abandono de quienes buscan conservar algún futuro político y/o sus fortunas. Desde tal debilidad, ¿insistirán en robarle la presidencia a Edmundo González Urrutia el 10 de enero? Está en la familia venezolana, incluyendo los militares honestos, con apoyo de la comunidad democrática internacional, impedirlo. La única solución viable, es que el madurismo negocie su salida.

Humberto García Larralde, economista, profesor (j), Universidad Central de Venezuela, humgarl@gmail.com

Por Humberto García Larralde

Chávez entendió, desde el comienzo de su presidencia, lo central que era controlar a PdVSA para sus apetencias de poder. Disponer de enormes rentas provenientes de la exportación de crudo resultó clave para el éxito de su proyecto político. Como renta se entiende un ingreso extraordinario que obtiene el propietario de un recurso, muy por encima de la ganancia “normal” que obtendría de explotarlo en condiciones de abierta competencia. No obedece a esfuerzos productivos excepcionales sino a las particulares circunstancias del mercado, que le permiten aprovecharse de precios monopólicos de venta. No representa, por ende, una retribución a ningún factor de la producción.

Venezuela, como miembro de la OPEP, ha vendido su petróleo casi siempre a precios muy superiores a sus costos de producción, obteniendo sustanciales rentas. Obviamente, mientras más altos fuesen los precios de venta con el mismo volumen de producción, mayor la renta. En los trece años que estuvo Chávez en el poder, pudo captar unos USD 525 mil millones en rentas internacionales por la venta de crudo, neto de sus costos de producción, incluida lo que puede considerarse una ganancia “normal”. Además del gasto público financiado por los impuestos a PdVSA, pudo usufructuarlas desviando, para sus fines políticos, el flujo de caja de la empresa. Entre 2001 y 2012 se sustrajeron, según cifras de la propia PdVSA, USD 45 mil millones para financiar directamente las numerosas misiones creadas bajo su gobierno; otros USD 67 para fondos, planes y otros aportes sociales; y USD 60 mil millones para fondear a Fondespa y a FONDEN. En total, el gobierno de Chávez distrajo USD 284,3 mil millones de los proventos de PdVSA, adicional a lo cobrado por ISLR, Regalías y otros impuestos menores.

La discrecionalidad con la que dispuso de estos cuantiosos recursos, dada la anuencia de una Asamblea Nacional mayormente partidaria y la escasa transparencia y rendición de cuentas de la gestión de estos recursos, le permitió a Chávez capitalizar personalmente los réditos políticos que depararon estas transferencias. El consumo privado (real) por habitante se incrementó en 55,3% durante sus 14 años del gobierno. Lamentablemente, no guardó correspondencia con la evolución de la productividad laboral a lo largo del período, que apenas se incrementó en un 2,9%. Si se le resta la renta petrolera al PIB, la variación en la productividad no rentística prácticamente se estancó, variando apenas en un 0,6%. La popularidad de Chávez se basó en reemplazar la “siembra” del petróleo en otras actividades productivas, por su consumo presente. Y el aumento de éste fue abastecido, en buena parte, por las importaciones. Éstas se triplicaron con relación a los catorce años anteriores a la gestión chavista.

Dos consecuencias, de enorme importancia, se desprenden de tan “exitosa” política. 1) Privó a PdVSA de los recursos con los cuales mantener y/o ampliar adecuadamente su capacidad productiva, con lo que la producción se deterioró, progresivamente, desde los 3,07 millones de b/d en 2013 hasta los 500 mil y tantos b/d que alcanzó en 2020. 2) La diversidad de conductos por los cuales se transfirieron estos dineros, y la escasa transparencia y rendición de cuentas con que se efectuó, alimentaron una prolífica madeja de corruptelas y complicidades en el usufructo irregular de la renta petrolera, que alimentó las lealtades y compromisos con el poder. Fue el desangre de “Pudreval” y otros escándalos ampliamente denunciados por distintos medios. Pero fungió de argamasa efectiva del régimen chavista y nutrió sus bases de apoyo mientras estuvieron por las nubes los precios internacionales del crudo. Dominando esta trama estaba Rafael Ramírez. Sus numerosos contactos, comisionados, familiares y allegados estratégicamente ubicados le confirieron un enorme poder: fue apodado el zar del petróleo.

Maduro heredó esta estructura de alianzas y quiso seguir aprovechándose de ella para garantizar la sostenibilidad de su gobierno, consciente de que no gozaba de la ascendencia de su mentor y que tampoco proyectaba el carisma con el cual aquel logró cautivar tantas voluntades. Pero para capitalizar, personalmente, los réditos que deparaba el gasto discrecional financiado por el petróleo, debía desplazar a quien controlaba los resortes y los contactos de tal dispendio. Además, había que abrirle mayor espacio a la cúpula militar. Al no provenir de la FAN, ponía especial atención en contentarlas. Logró sacar a Rafael Ramírez y, al poco tiempo, luego de las gestiones de Eulogio del Pino y de Nelson Martínez, pudo colocar al general Manuel Quevedo, de la Guardia Nacional, como presidente de PdVSA, en compañía de otros oficiales en la directiva. Cabe recordar que Del Pino y Martínez fueron apresados por supuestas corruptelas, muriendo este último en la cárcel.

Pero los planes de Maduro se tropezaron con el desplome de los precios petroleros a finales de 2014. Aun así, logró aprovechar unos USD 74,3 mil millones adicionales sustraídos del flujo de caja de PdVSA hasta 2016, último año en que se publicaron cifras al respecto, sin contar los ingresos fiscales por ISLR y regalías. Si bien siguieron atendiéndose algunos programas sociales, rivalizaban, ante los precios reducidos, con las apetencias de numerosos enchufados. Para eso estaban las oportunidades del diferencial cambiario, que permitían gigantescas fortunas a quienes accedieran a los dólares de CADIVI para luego revenderlos a los precios del mercado petrolero, maná solo posible porque PdVSA estaba obligada a vender sus divisas a un precio absurdamente rezagado (bajo). Mientras, continuaba el desagüe de su caja hacia usos no corporativos y arreciaba el impacto de la inflación en sus costos.

Cabe señalar que entre 2014 y 2018, año anterior a la imposición de sanciones a la venta de petróleo venezolano por parte de EE.UU., nuestro país fue el que sufrió la caída más profunda de su actividad económica de todos los que integran la OPEP. Mientras el PIB sumado de sus miembros se redujo en un 10% durante ese lapso, el de Venezuela cayó en más del 50%. Si bien los precios reducidos del crudo afectaron (negativamente) a todos –solo Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos crecieron–, su impacto sobre la economía venezolana fue mucho mayor. Indicativo de que sus proventos se dedicaban, cada vez más, a atender otros fines, como parecen comprobar los numerosos reportes sobre corruptelas publicadas por Armando Info, Insight Crime y otros portales del periodismo de investigación.

En este contexto, la gestión militar de PdVSA fracasó. Queda la duda de si su pasantía tuvo que ver con la proliferación do empresas de todo tipo para contratar con el Estado, dirigidas, también, por militares. En 2019 EE.UU. sanciona la venta de internacional petróleo venezolano. Maduro nombra a su mano derecha, Tarek El Aissami, para asumir el negocio, siendo que sus conexiones con Hezbolá e Irán, habrían de ayudar a evadir los controles. Tan habilidoso fue él y su equipo en esconderles a los gringos sus transacciones que también les permitió birlar a la nación de unos USD 20 mil millones. Pero Tarek y cía, caen, no por corruptos, sino porque había logrado acumular enormes sumas, recursos con los cuales disputarle entre las mafias el poder a Maduro, que ya mostraba, visiblemente, sus costuras.

El último eslabón de esta cadena ha sido la detención del coronel, Pedro Tellechea, quien, por sus dotes profesionales, lo habían puesto al frente de PdVSA para enderezar el desastre dejado por El Aissami. Se especula que estaba vinculado con los hermanos Rodríguez. Las denuncias de que contrató a una empresa controlada por la CIA para el Sistema de Control Automatizado de la empresa podrían estar tapando manejos de quienes estarían cuestionando el liderazgo de Maduro. Ante la derrota contundente que le proporcionó el pueblo venezolano a el 28-J, el control de los ingresos petroleros, con todo y lo disminuidos, son ahora más cruciales que nunca para la sobrevivencia de más de un enchufado.

Y aquí es donde la cúpula fascista se ha colocado a sí misma en la cuerda floja. Su golpe de Estado contra la voluntad popular, arrogándose una victoria en la que nadie cree, invita a que se le reimpongan sanciones y/o que se reduzcan los aportes de Chevron y otras. Porque PdVSA está destruida. No alcanza para satisfacer las apetencias de todos. ¿Qué estará tramando Diosdado a todas estas?

Humberto García Larralde, economista, profesor (j), Universidad Central de Venezuela, humgarl@gmail.com

Por Humberto García Larralde

Los venezolanos hemos sido testigos de cómo uno de los países más ricos de América Latina, el nuestro, se fue transformado, en el lapso de tan sólo una década, en uno de los más pobres, en competencia con Haití, Honduras y Nicaragua. Aun así, en la medida en que caía la actividad económica nos ilusionábamos con la idea de que estábamos “tocando fondo”, por lo que vendría el inevitable “rebote” hacia la recuperación. Pero sucede que siempre se puede estar peor. Hoy, en el marco de la inestabilidad política y social que trajo la violación de la voluntad popular por parte del madurismo al arrogarse, falsamente, el triunfo en las elecciones del 28-J, se acentúan tres problemas básicos de nuestra economía que, de no ser atendidos acertadamente, llevarán a un retroceso aún mayor.

El más acuciante es el encarecimiento acelerado en el precio del dólar y la brecha creciente entre su cotización oficial y la del mercado paralelo. En efecto, desde el 28-J el deslizamiento del tipo de cambio en este último ha sido de un 20% y el diferencial con el precio del dólar anunciado por el BCV de igual magnitud. Cabe señalar que durante los primeros nueve meses del año el Instituto Emisor contuvo su cotización por debajo de los 37 Bs/USD, pero en el último mes se vio obligado a devaluar en más de un 17%, en persecución del dólar paralelo. Recordemos que la política antiinflacionaria de “anclaje cambiario”, junto a la astringencia crediticia (encajes elevadísimos) y la contracción drástica del gasto, sobrevaluó el bolívar. Pero ahora, en el contexto de la incertidumbre y desconfianza sobre el futuro del país provocada por el arrebato electoral que pretende Maduro, la población acentúa su demanda de divisas. Y, dada su escasez, el BCV ya no puede evitar el alza en su precio. Es previsible, por ende, que se incremente la inflación, perjudicando aún más la capacidad de compra de los asalariados, en particular, de los empleados públicos, cuyas remuneraciones están congeladas desde hace dos años. Golpea significativamente, además, al sector privado, pues debe fijar sus precios según la cotización oficial, pero la reposición de sus mercancías frecuentemente se hace con el dólar paralelo. El respiro que ofrecen las exportaciones de la empresa Chevron es insuficiente. Sólo las posibilidades de una salida pacífica, consensuada a la crisis del país podrá atajarse este descalabro.

El segundo problema consiste en el deterioro continuado en la capacidad de gestión del Estado venezolano. Repercute, entre otras cosas, en el colapso en la prestación de los servicios públicos, incluidas la educación y los servicios de salud. La descapitalización de talento por los bajísimos sueldos, el maltrato y la falta de expectativas promisorias, deja a escuelas y hospitales sin el personal requerido para poder cumplir a cabalidad con tan importantes funciones y se traduce, en otros ámbitos, en apagones cada vez más frecuentes, la falta de suministro regular de agua, gas y el estado caótico del transporte público. Esta situación tiene visos de empeorar ante el recrudecimiento de la inflación y la incapacidad del Estado de compensar el deterioro en las remuneraciones de sus empleados. La migración de muchos y las protestas reivindicando mejores condiciones de trabajo, amenazan con agravar aún más la prestación de estos servicios, en desmedro del bienestar de los residentes. Tampoco puede esperarse una mejora en las gestiones ante la administración pública, cada vez más engorrosas, inciertas y costosas, aumentando los niveles de frustración del venezolano común. Lamentablemente, el interés del Estado se ha concentrado en el uso de sus cuerpos represivos para acallar la protesta. Al sembrar un clima de terror entre quienes reclaman el respeto por los derechos de nuestro ordenamiento constitucional, Maduro incrementa la sensación de inestabilidad e incertidumbre arriba comentada.

El tercer gran problema estriba en el aislamiento financiero del Estado y la drástica reducción de su base impositiva. Dejaremos para un escrito posterior comentar acerca de la industria petrolera, tan importante para nuestra economía, pero aquí recordaremos la merma sostenida en sus capacidades productivas y la caída, consecuente, en sus ingresos. Ello incidió en la situación de insolvencia a la que arribó el Estado en 2017, al no poder honrar su deuda por los bonos 2020 de PdVSA, año y medio antes de la imposición de sanciones a la venta de petróleo venezolano por parte de EE.UU. Cabe señalar que esta empresa presentaba un proceso sostenido de deterioro en su flujo de caja bajo el régimen de control de cambio, al vender los dólares de sus exportaciones a una tasa absurdamente baja y afrontar gastos locales que se aceleraban al ritmo de la inflación. Asimismo, desviaba fondos para financiar actividades –las misiones sociales– ajenas a su misión corporativa, sin mencionar la corrupción, el despilfarro y la falta de inversiones en el mantenimiento de su capacidad productiva. Esta merma obligó a PdVSA a pagar buena parte de sus compromisos tributarios con financiamiento monetario del BCV, alimentando la inflación. Por último, la contracción de la actividad económica interna a la cuarta parte de lo que era diez años antes, complementa la inopia en los ingresos tributarios de las finanzas públicas. Tanto el aislamiento financiero del Estado, como la precariedad de sus finanzas, apuntan a un mayor colapso de la gestión pública, incluyendo el continuado deterioro de sus servicios.

No hay manera de superar la tragedia que agobia hoy a los venezolanos y evitar que la situación se siga empeorando si no se logra acceder a un generoso financiamiento internacional. Ello pasa por rescatar a la industria petrolera, garante, en última instancia, de nuestra capacidad de pago. Pero la ventana de oportunidades que se le presenta a Venezuela para aprovechar su petróleo se va cerrando ante los imperativos de la transición energética para afrontar el cambio climático. Además, el acceso a fuentes de financiamiento externo habrá de resolver, necesariamente, nuestra condición de país insolvente, negociando una reestructuración profunda de la deuda pública externa. Sin estos recursos, será prácticamente imposible resolver las graves deficiencias en la prestación de los servicios públicos y elevar la capacidad del Estado para atender los numerosos problemas que enfronta el país. Y el elemento clave para acceder a estos recursos y crear las condiciones propicias para desatar el cúmulo de iniciativas para superar estas insuficiencias, es, como estamos hartos de escuchar, la confianza.

Sabemos que esta confianza no se decreta, se construye cumpliendo con las reglas de juego (instituciones) que proveen las seguridades y garantías requeridas para que la gente arriesgue sus capitales y comprometa sus esfuerzos en emprendimientos promisorios. Es decir, sin un marco institucional capaz de generar confianza, difícilmente podrá reestructurarse provechosamente la deuda externa, ni tampoco conseguir los recursos para adelantar la reforma profunda que demanda el Estado para solventar sus cuentas y combatir la inflación, y para atender, satisfactoriamente, la emergencia humanitaria compleja que afecta a parte importante de la población.

Lamentablemente, el gobierno de Maduro viene haciendo todo lo contrario de lo que hace falta para construir confianza. Con su vulgar robo del resultado electoral, proclamándose torpemente como ganador sin presentar prueba alguna de ello y cuando las evidencias disponibles señalaban que sufrió una derrota contundente y, luego convalidar tal fraude con el poder judicial, declaraciones de quienes comandan la FAN, de la Asamblea Nacional y demás poderes, ha terminado por destruir lo que quedaba de legitimidad en los poderes públicos venezolanos. Ya lo dijo, claramente, Celso Amorím, asesor de su antiguo aliado, Ignacio Lula da Silva: “la confianza está rota”. Y si se mira más allá –España, la Unión Europea, el resto de América Latina (salvo Cuba, Nicaragua, Bolivia; ¿México?), EE.UU., el Reino Unido, Canadá—la desconfianza es todavía mayor. ¿Cómo confiar en quien es capaz de cometer una trampa tan chapucera a plena luz del día y luego desata una ola represiva que atenta contra las normas de respeto a los derechos humanos universalmente reconocidas? ¿Quién, entonces, acudirá a rescatar a Maduro de las torpezas que se auto inflige y con las cuales sigue destruyendo al país?

Es incomprensible que un liderazgo tan nefasto, fracasado, incompetente e inhumano logre mantenerse en el poder. Más allá de la cúpula militar corrupta, de los magistrados cómplices y de otros depredadores de la cosa pública, para el resto del andamiaje militar y de funcionarios es, sencillamente, suicida continuar acompañando al núcleo fascista de Maduro, “cuesta abajo en su rodada” al abismo.

Humberto García Larralde, economista, profesor (j), Universidad Central de Venezuela, humgarl@gmail.com

Por Humberto García Larralde

El general Vladimir Padrino López tiene conocimiento cierto de los resultados electorales del 28 de julio. Habrá confirmado que son consistentes con las encuestas previas que revisó, así como con los exit polls  recogidos mientras la gente votaba. Dispone de una sala de análisis situacional y de sistemas de inteligencia que le habrán informado que Edmundo González Urrutia más que duplicó la votación de Nicolás Maduro. Por ende, sabe que las cifras que presentó Amoroso para proclamar a Maduro son falsas. En su fuero interno, no tiene de otra que entender que la gente salió a protestar, no por “sediciosos” o “golpistas”, sino para defender sus votos. Padrino López es, desde hace 10 años, ministro de la defensa del régimen de Maduro. Pensar que desconoce la verdad lo acreditaría como el jefe militar más chapucero e incompetente de todos los que han pasado por ese cargo en Venezuela.

Sin embargo, a pesar de todas estas evidencias y sabiendo, por tanto, que la proclamación de Nicolás Maduro como ganador fue fraudulenta, el general Padrino López decidió aparecer el martes 06/08 para jurar su “absoluta lealtad al ciudadano Nicolás Maduro Moros (…), quien ha sido legítimamente reelecto por el poder popular para el próximo período presidencial 2025-2031″ (¡!). Y, en otro video que circula por ahí, se asoma un infeliz Santiago Infante Itriago, comandante general de la aviación, haciéndole eco.

Su confesión es sumamente grave, no sólo por violar lo dispuesto en el artículo 328 de la constitución: “En el cumplimiento de sus funciones, [la FAN] está al servicio exclusivo de la Nación y en ningún caso al de persona o parcialidad política alguna”. Torpedea al ordenamiento constitucional como un todo, pues desconoce la manifestación más clara de la voluntad popular sobre la cual se sustentan las instituciones y la soberanía en la República (art. 5 CRBV): su expresión directa en el voto, debidamente comprobado en las actas de los testigos de mesa hechas públicas (https://resultadosconvzla.com/).

Y es vergonzoso que se preste a la supuesta coartada institucional de que el tsj certifique las actas que, eventualmente, presentaría Amoroso en respaldo a su felonía electoral, claramente forjadas. Ese tsj, conocido por todos como bufete de abogados de Maduro, dictaminó que la primaria de octubre del año pasado en la que casi tres millones de venezolanos escogieron a MCM como su abanderada, “no existió” (¡!). ¿Va a dictaminar que las elecciones del 28-J no ocurrieron o que Edmundo González Urrutia “no existe”? ¿O simplemente avalará a esas actas, sin exigir que se hagan públicas y auditables?

Con su confesión, Padrino ampara las reiteradas amenazas de Maduro de desatar un “baño de sangre”, o desatar una “guerra civil” si no gana. Convalida la ofensiva represiva que éste ha desatado, que lleva ya más de 2000 presos, numerosas desapariciones y vejámenes de toda naturaleza contra el pueblo soberano. Y con más de 24 muertos. Y asiente la regresión a prácticas gomecistas, como la amenaza de Maduro de poner a los presos a construir carreteras. Faltaría que, también, con grilletes. Más allá, Padrino estaría consintiendo, implícitamente, barbaridades como la del gobernador del estado Trujillo, Gerardo Márquez, quien, además de incitar el odio contra la población civil, afirma que prohibirá la salida de alimentos hacia Caracas. “En Caracas se van a morir de hambre, pero de Trujillo no saldrá nada. Sobre mi cadáver. Camión que vaya a salir, camión que voy a quemar”.

Y, sin que esto agote las bestialidades, la confesión de Padrino avala la increíble estupidez de un Maduro desquiciado por haber sido sorprendido en flagrancia robándose las elecciones, de cerrar el uso de WhatsApp con el cuento de que está conspirando –con el imperio y con el “fascismo”, desde luego—contra él. ¡Y ahora, añade la suspensión de la plataforma “X” (antes twitter) por 10 días!

Pero esta última medida deja encantado al energúmeno del mazo. Desde su playground personal, del que se apoderó en la televisora estatal (¡”de todos los venezolanos”!), anuncia, gozoso que, si habrá que regresar a la edad de piedra (eliminando a las redes sociales), ¡pues, regresemos! Obviamente, sería el “paraíso” del troglodita, un reino de la ignorancia, la desinformación y el atraso, en el que podrá insultar, impunemente, a sus anchas. La anomia completa, que obedece solo a mazazos. ¿De acuerdo, Padrino?

En realidad, la inmoral confesión de Padrino va más allá. Lo que está reconociendo es que el chavo-madurismo, luego de encontrarse súbitamente despojado de toda pretensión de legitimidad con sus fechorías desnudadas a plena luz del día, se retrata como lo más retrógrado, represivo y primitivo del quehacer político. Ultraja la conquista más importante de la humanidad, la observación de los derechos humanos aprobados en la declaración de las NN.UU. en 1948, para someter a la población a la indefensión total frente a sus abusos de poder. Es el “porque a mí me da la gana”, contra la convivencia civilizada. Y, al haberse dedicado a expoliar la riqueza nacional y los frutos del trabajo honesto, retrotrajo las condiciones de vida de los venezolanos a las del siglo XIX. Y para nada esconde su pretensión de convertir al pueblo venezolano en “peonada” obligada a seguir el mando despótico de caudillos montunos, sin acceso a la información, los servicios básicos y carente de derechos fundamentales.  

Finalmente, ¿hasta cuándo desde cierta izquierda se va a seguir alcahueteando un régimen tan retrógrado y opresivo como el de Maduro. Se entiende que Lula y Petro no se atreven a desmontar el mito de que Maduro es “revolucionario” para no contrariar a los sectores más atrasados de su clientela de “izquierda”. Pero ya se pasaron. Están horadando la imagen que han intentado edificar de una izquierda democrática, responsable y, con ello, a su peso político internacional.

Pero el apoyo de algunos personeros de esa izquierda a Maduro, o su silencio cómplice, también parece confesar la intermediación de prácticas non sanctas. Dando y dando. Han salido a la luz pública los “incentivos” que hermanaban a Juan Carlos Monedero y al exembajador en España, del gobierno de J.L. Rodríguez Zapatero con el fascismo chavo-madurista. Y el silencio de Rodríguez Zapatero ante un régimen que viola abiertamente todos los atributos de “izquierda” que él pretende representar en España –libertad, conquistas sociales, condena a la violación de derechos humanos de dictaduras como Franco–, ¿a qué se debe? ¿Qué está “confesando” Rodríguez Zapatero?

General López Padrino, le corresponde ponerse a derecho, cumpliendo su deber de hacer respetar la constitución. Ud. sabe que el ganador de las elecciones del 28-J fue Edmundo González Urrutia. Y el país y la comunidad internacional sabe que usted sabe. No se siga hundiendo en el estercolero en que se transformó la “revolución” bolivariana. Porque la sobrevivencia de tan trágica impostura, a sangre y fuego, de quien depende es de Ud. en la medida en que todavía es respetado entre los que conforman la FAN. Ponga fin a este bochorno. Reconozca, so pena de perder definitivamente su ascendencia como jefe militar, la realidad manifestada en la abrumadora victoria electoral de EGU. Abra las puertas a la tan ansiada negociación que permita transitar exitosamente hacia la consolidación de instituciones democráticas y a la libertad, al reencuentro entre los venezolanos y a las oportunidades de prosperidad futura que merecen. Restituya el honor a la FAN, saneando la visible fractura y la descomposición que el fascismo chavo-madurista ha promovido entre sus filas. Porque, igualmente, Ud. está muy claro que lo que ha estado defendiendo no es ninguna “revolución popular antiimperialista y antifascista”. Usted es el baluarte que queda de un régimen abiertamente fascista y expoliador, que se empeña en seguir destruyendo a Venezuela.  Póngase a derecho, al lado de la constitución. En lo personal, también saldrá favorecido, pero tiene que ganárselo, respetando al pueblo al que juró servir. Ordena el cese inmediato de la represión y la libertad de quienes fueron injustamente detenidos.

“El que no conoce la verdad es simplemente un ignorante. Pero el que la conoce y la llama mentira, ¡ese es un criminal!”.  Bertolt Brecht, dramaturgo alemán. 

Humberto García Larralde, economista, profesor (j), Universidad Central de Venezuela, humgarl@gmail.com

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