Por José Luis Farías
Su legado será la fecha o el vacío. El tiempo, en Venezuela, ha dejado de ser una flecha para volverse un bucle. No se trata del eterno retorno de los mitos, sino de la asfixia geométrica de un reloj al que le han amputado el segundero. La palabra «Constitución» resuena ahora como un eco en una catedral vacía: un código descifrado por herejes, donde el término «ausencia» no significa carencia, sino la plenitud ominosa de un poder que se nutre de su propia sombra. La mesa de negociación, ese rectángulo de madera donde se sientan los representantes de la ficción y los herederos del destierro, es el único escenario donde el verbo aún debe conservar su antigua dignidad. El teatro es precario, y el público —el pueblo— observa desde la penumbra, sabiendo que el desenlace no se escribirá con discursos, sino con la materia gris de unos votos que aún no han sido depositados en ninguna urna.
La ilegitimidad no es un accidente jurídico; es una gangrena que asciende desde el subsuelo del poder. Quien ocupa el trono vacío no fue ungida por la mano del ciudadano, sino por una artimaña lingüística —esa «falta absoluta» que, en el diccionario de los poderosos, significa todo lo contrario. Porque si la fuente del poder se ha secado, ¿acaso puede el agua del río ser pura? La comunidad internacional, ese coro de espejos que refleja nuestras propias contradicciones, ha señalado la herida, pero sus dedos son tan frágiles como la promesa de un tratado. Sin embargo, más allá de las notas diplomáticas, el verdadero árbitro —el Consejo Nacional Electoral que debería velar por la transparencia— se ha transmutado en un oráculo mudo, que dicta sentencias sin mostrar las runas de su adivinación. Las actas del 2024 son el fantasma que recorre la casa, un dato que no existe en la realidad pero que pesa más que cualquier evidencia empírica. Aquí radica la tragedia moderna: la contienda no es por los hechos, sino por la naturaleza misma de lo real. La oposición exige un nuevo oráculo, un árbitro que no haya vendido su vista al mejor postor; porque sin fe en el contador de votos, la democracia no es sino un simulacro, un juego de máscaras donde nadie reconoce ya el rostro del otro.
Pero el argumento definitivo, el que hace añicos cualquier sofisma, no se encuentra en las cláusulas de un texto legal ni en los comunicados de las cancillerías. Se encuentra en el cuerpo del venezolano: en la piel reseca por la falta de agua, en la retina dañada por la luz intermitente de los apagones, en el estómago que ha aprendido a digerir la inflación. Esta crisis no es la consecuencia de un error técnico; es la materialización más brutal de una mentira fundacional. Un poder que nace del fraude carece de la gravedad moral para exigir sacrificios. ¿Cómo pedirle a una madre que espere, cuando su hijo no tiene leche? ¿Cómo convocar a la reconstrucción, cuando los cimientos mismos están podridos? Aquí el texto roza la esencia del Leviatán hobbesiano, pero invertido: la guerra de todos contra todos no es el estado natural, sino el estado de la ilegitimidad. Y en esa guerra, el voto no es un privilegio, sino el único armisticio posible.
La designación del nuevo árbitro es apenas la llave de una puerta que aún no sabemos si conduce a un jardín o a un precipicio. Pero es, acaso, la única llave que nos queda. El tiempo se agota no por un capricho del calendario, sino porque la paciencia humana es un músculo que, como el corazón, también se fatiga. En la mano levantada del votante, en el silencio sagrado del cuarto oscuro, reside la única reconciliación posible. No la de los pactos de élite, sino la del pueblo consigo mismo, con su historia interrumpida. Todo lo demás —la retórica de los palacios, las argucias de los tribunales, el murmullo sordo de las embajadas— es apenas el ruido de fondo de una historia que, para no repetirse como farsa, debe reclamar su derecho a la épica. Y la épica, en este tiempo baldío, se escribe con lápiz, en una papeleta, o con el dedo en una pantalla donde la X trazada no es una tacha, sino un ancla en medio del naufragio. Porque Venezuela, en el fondo, no pide otra cosa que ser dueña de su propio tiempo, SOBERANA; y eso, como lo saben los que han vivido la dictadura y la democracia, solo es posible cuando el pueblo puede alzar la mano y decidir. En esa mano, en ese gesto mínimo y total, está la única soberanía que el mundo, expectante, todavía reconoce como verdadera.
Basta de profecías y de autopsias; el tiempo de la hermenéutica ha expirado. Lo único que puede hendir este bucle de asfixia es un número grabado en el calendario: la fecha de los comicios presidenciales, inaplazable e innegociable. Que la Comisión deje de ser caja de resonancia y se convierta en cronómetro; que el árbitro, una vez ungido, jure por su oficio que cada acta será aire público antes de que caiga la noche, y que fije el día de la votación en el margen de un puñado de semanas, no de años. Para los inquilinos del Palacio, el ultimátum es tan simple como implacable: sin una convocatoria efectiva en el próximo suspiro, la ficción que los sostiene se derrumbará bajo su propio peso, y el vacío que administran se volverá vorágine que los devorará también a ellos. Para el ciudadano, la consigna no es la resignación, sino la vigilia activa: no otorgar tregua a lo ilegítimo, ni un solo gramo de fe a quien ha hecho de la opacidad su oficio. El mundo observa, pero el milagro no vendrá de fuera; se forja en la paciencia de la cola, en el susurro de las esquinas, en el pulso firme de quien decide cruzar la X pese al estruendo de la metralla propagandística. No se trata de esperar la anhelada normalidad; se trata de imponerle a la historia una fecha de vencimiento. Porque Venezuela no pide que le devuelvan la ilusión; pide, en voz baja pero arteria, una oportunidad tangible —un día, una hora, una urna— para fabricarse su propio porvenir. Que suene, pues, la hora del árbitro. Que no sea el estertor de una agonía, ni el eco de un réquiem; que sea, de una vez, el pistoletazo que inaugure la única soberanía posible: la del instante en que el pueblo, al fin, deja de ser rehén de su propia historia para convertirse en su única autoridad.