Morfema Press

Es lo que es

José Luis Farías

No sorprende, pero duele. Duele porque Venezuela ya no resiste otro ciclo de ilusionismo financiero. La información que ha trascendido vía Bloomberg sobre el contrato  anunciado el 13 de Mayo con Centerview Partners —una firma de inversión neoyorquina que ha contratado expertos en deuda pública para simular ser avezada en el arte de las reestructuraciones soberanas— no es una simple nota de mercado. Es un síntoma. Todo indica que estamos ante una contratación a dedo, blindada por la discreción de pliegos nunca vistos, impuesta por la mano visible de Mauricio Claver Carone, el lobista cercano a la órbita de Donald Trump que ahora aparece, sin sonrojo alguno, como el padrino de este desaguisado, tal cual lo reveló el Washington Post. Un “virrey” suerte de zapatero de Trump.

Las cifras suenan obscenas incluso para el voraz estándar de Wall Street. Un mínimo de 150 millones de dólares, más una comisión del 0,1% del total de una deuda que muchos economistas insisten en que ronda entre 150 y 200 mil millones, más honorarios mensuales de 750 mil dólares. Y todo ello sin que mediara una auditoría pública, independiente y exhaustiva del resto de la deuda externa —esa madeja de bonos en mora, préstamos bilaterales opacos y laudos arbitrales que duelen como cuchillos—, y sin el más mínimo análisis de sostenibilidad de la deuda, apoyado en un programa económico confiable, para saber si el país puede pagar lo que debe sin morir en el intento. No hubo un solo número que llorara sobre el papel, ni una tabla que resistiera el viento de los factores de riesgo. Es un pacto de ciegos firmado al borde del abismo, sin aquella palabra mágica que los banqueros llaman sostenibilidad y que, en el largo y mediano plazo —esos plazos que ya nadie ve venir—, resulta tan invisible como el alma desde el punto de vista fiscal y de balanza de pagos. Todo ello elaborado sin un estudio serio del Fondo Monetario Internacional, que lleva más dedos décadas sin poner la lupa sobre las cuentas venezolanas. Porque en Venezuela, desde aquel entonces remoto donde el oro aún era oro y el bolívar pesaba en los bolsillos, nadie volvió a mirar si lo que se gastaba tenía algún pariente pobre llamado ingreso. Y así, entre documentos sin firmar y promesas sin respaldo, la deuda creció como una enredadera tóxica, mientras el Fondo, ni nadie, podía mirar.

Esta no es una reestructuración. Es una factura pagada por adelantado a los bonistas, los mismos que compraron deuda podrida a precio de ganga y ahora, con la complicidad de un gobierno necesitado de oxígeno político y divisas, pretenden cobrar como si hubieran asumido un riesgo heroico. La pregunta incómoda es otra: ¿quién vigila al vigilante? Sin un estudio del FMI que certifique cuánto puede pagar realmente el país sin condenar a varias generaciones al ajuste perpetuo, este proceso no es más que un brindis al sol. Grecia, Argentina y Ecuador ya escribieron esa tragedia: reestructuraron, cantaron victoria y, al poco tiempo, volvieron a caer en el precipicio de la cesación de pagos, porque el acuerdo inicial fue un maquillaje financiero, no una cirugía de fondo.

El régimen venezolano, que en otro tiempo vociferaba contra el FMI y los fondos buitre, ahora se sienta a la mesa con los mismos depredadores, pero sin las mínimas reglas de transparencia. Y el lobista Claver Carone, que antes sancionaba, ahora bendice. Así, mientras los bonos soberanos cotizan por encima de los 50 centavos —señal de que el mercado ya descuenta un rescate a la carta, sugiriendo una expectativa de recuperación cercana al 30% del total de las reclamaciones—, el país firma un contrato que hipoteca el futuro inmediato en nombre de una recuperación que nadie ha demostrado que sea posible.

O se para esta farsa, se audita la deuda completa y se somete cualquier negociación a un análisis vinculante del FMI, o estaremos asistiendo al montaje de una nueva reestructuración fallida. La historia es testigo: los mismos errores, los mismos intermediarios, los mismos abogados de siempre. Y al final, el mismo resultado: el pueblo, siempre el pueblo, pagando la cuenta de los banqueros.

La entrevista concede una lucidez incómoda, de esas que se agradecen a quien se atreve a nombrar lo evidente. Carrie Filipetti, la prestigiosa directora de la Vandenberg Coalition, con la frialdad de quien ha mirado de cerca las entrañas del poder, desnuda una verdad que en Washington parecen querer adormecer con licencias petroleras y cálculos de corto plazo: la transición democrática en Venezuela no avanza porque no se la ha empujado de verdad.

No es una queja ingenua. Es una advertencia. Filipetti enumera pasos concretos —fecha de elecciones, liberación de todos los presos políticos, rectores electorales independientes, amnistía real— que siguen sin cumplirse mientras la administración Trump se distrae con otros fuegos en el mapa del mundo. Y en esa demora, Delcy Rodríguez —a quien describe con precisión implacable como otra cabeza de la misma hidra— afianza su control, prueba límites y espera que la oferta de algunos barriles de petróleo baste para comprar la complacencia del Norte.

Pero el editorial más duro de esta conversación no lo escribe Filipetti: lo escribe el pueblo venezolano. Ella lo recuerda con una frase que debería grabarse en cada escritorio de la Casa Blanca: si el presidente Trump no exige un impulso hacia la democracia, el pueblo lo hará. No es una amenaza, es una constatación histórica. Los que han soportado la dictadura, los que han visto a sus presos políticos en celdas sin nombre, los que siguen sin bailar en las calles porque la gasolina y el salario no alcanzan, no esperarán eternamente.

Lo grave es que el argumento del realismo —el miedo a la inestabilidad, la supuesta falta de apoyo castrense a María Corina Machado— se ha convertido en coartada para la inacción. Y mientras tanto, Chevron, el oro, las FARC, el Tren de Aragua y los cárteles tejen su propia gobernanza criminal en los territorios que el régimen abandona.

Filipetti es escéptica, pero no cínica. Cree en la posibilidad del cambio, y por eso mismo denuncia la lentitud. Sabe que cada día sin presión es un día que Delcy Rodríguez gana y el pueblo pierde. Porque al final, como ella lo entiende, la democracia no es un lujo que se exporta en paquetes de ayuda: es un derecho que se ejerce o se posterga. Y la historia no perdona a quienes, pudiendo empujar, prefirieron esperar.

El pueblo venezolano ya no espera. Solo falta saber si Washington está dispuesto a caminar a su lado o a quedar, una vez más, del lado equivocado de la historia.

Por José Luis Farías

La presidenta encargada actúa, se dice, en cumplimiento de la orden explícita del señor Trump, quien desde hace días le conminó a cerrar El Helicoide y le concedió de plazo hasta fin de mes para liberar a todos los presos políticos. Pero la política es un tablero de múltiples jugadores, y en este caso los rusos también mueven ficha; quizá por eso el gobierno ha soltado el tubazo a Rodríguez Zapatero —amo y señor de El País—, un gesto calculado, un cubo de agua fría en la cara de la opinión pública, una distracción necesaria en este ajedrez sucio que opaca el entreguismo de la Licencia 46.    

Un documento que no perdona, ni libera, ni abre compuertas. Es, más bien, la arquitectura precisa de una celda un poco más amplia.

Que grita en cada una de sus cláusula que no hay ningún perdón general. Las sanciones contra el Gobierno, contra PDVSA, permanecen intactas, congeladas en el tiempo y en el Reglamento. Lo que se concede es un permiso, una licencia temporal y temática, un respiro estrictamente delimitado para el petróleo y sólo para el petróleo. Y un respiro que, además, no es para todos. Está pensado, cuidadosamente pensado, para «entidades estadounidenses establecidas». Es decir, un canal que reconduce el flujo del crudo venezolano hacia los muelles y los balances de empresas de ese país. Una reclamación, sutil pero firme, de la propiedad del juego.

Y el juego tiene reglas, por supuesto. Reglas que no se negocian, que se imponen. La primera es la de la ley del más fuerte, elevada a principio jurídico: los contratos deberán regirse por leyes estadounidenses y las disputas resolverse en sus tribunales. No es una cláusula técnica; es la institucionalización de una ventaja abrumadora, la extensión fría de la jurisdicción de Washington a cada barril de petróleo que se mueva bajo este paraguas. La segunda regla es la del control absoluto sobre el dinero. Los pagos no irán a cuentas venezolanas, sino a unos fondos de depósito bajo la mirada del Tesoro de EE.UU. Es el dinero secuestrado, vigilado, siempre a un paso de ser congelado de nuevo. No es un pago; es un depósito en custodia.

Pero la cláusula más reveladora, la que desnuda el corazón geopolítico del asunto, es la de las exclusiones. Quedan expresamente, terminantemente, prohibidos los rusos, los iraníes, los norcoreanos, los cubanos. Y, con una precisión que no deja lugar a dudas, cualquier entidad controlada por chinos o que sea un empresa conjunta con ellos. Esto ya no es economía, ni sanciones al uso. Esto es cirugía mayor en el mapa de alianzas de Caracas. Es un intento de extirpar de la ecuación petrolera, del único negocio vital que le queda al país, a los principales rivales estratégicos de Estados Unidos. Es convertir una licencia en un arma para desplazar a Rusia y China, para debilitar sus vínculos con Venezuela, para reescribir desde una oficina en Washington la lista de amigos y enemigos de un país soberano.

Luego vienen los candados, los pequeños y grandes mecanismos de control que cierran cualquier posible ruta de escape. No se puede pagar en oro, ni en criptomonedas, ni hacer trueques. Se cierran así las vías de evasión que Caracas había buscado con desesperación, y se reafirma el monopolio del dólar, del sistema financiero occidental, como el único altar donde se puede ofrecer el tributo. Y luego está la transparencia, una transparencia forzada y asfixiante: informes detallados cada 90 días al Departamento de Estado y de Energía. Estados Unidos tendrá así una fotografía en tiempo real de volúmenes, valores, destinos e incluso los impuestos que paga Venezuela. Es la información convertida en instrumento de vigilancia y poder. Y por si alguien albergaba alguna esperanza, el texto recuerda, sobrio, que nada de esto desbloquea un solo activo venezolano previamente congelado.

¿Qué queda entonces? ¿Qué implica todo esto? Lo primero es entender que las sanciones no son un castigo estático, un muro que se levanta o se derriba. Son una herramienta dinámica, un instrumento de política exterior maleable. Esta licencia lo demuestra: es la presión convertida en grifo que se abre un cuarto de vuelta, para obtener concesiones, para reorientar alianzas, para extraer información. Venezuela puede, es cierto, aumentar sus exportaciones y obtener algunos ingresos. Pero lo hará desde una soberanía limitada, bajo reglas escritas en Washington, con su dinero retenido y sus socios históricos proscritos. Es un alivio económico que se compra con dependencia y con cesión de autonomía. El beneficio es asimétrico: el sector energético y logístico estadounidese se erige en intermediario necesario, en guardián del flujo. Venezuela respira, pero con un arnés que la sujeta a los intereses de otro.

Por eso hablar de «levantamiento» es un engaño, o como mínimo una simplificación burda. La realidad es más compleja y más dura. La Licencia General 46 es una recalibración calculada. Un movimiento de ajedrez geopolítico que busca, al mismo tiempo, meter más petróleo venezolano en el mercado global (para aliviar la presión sobre los precios), desplazar a Rusia y China de su patio trasero, recuperar el control sobre la principal arteria económica de Venezuela y, sobre todo, mantener una palanca de presión enorme, lista para accionarse si el gobierno en Caracas no se comporta. Es una jaula de oro. Una astuta oferta de un respiro a cambio de concesiones estratégicas, de información vital y de la renuncia a elegir con quién comerciar. En el fondo, es la demostración de que el poder hoy no se ejerce sólo con tanques, sino con regulaciones, con cláusulas jurídicas y con el control absoluto del dinero. Es el imperio de la ley, sí, pero de una ley hecha a medida para servir a un único y claro imperio. 

Pero, sea como fuere, con independencia de los hilos que se agitan en la sombra, hay que anotar el hecho: esa liberación masiva de presos se produce, y en sí misma, más allá de la voluntad que la impulsa, constituye una confesión. Una confirmación. La prueba involuntaria pero irrebatible de que el régimen, efectivamente, tenía presos políticos. Y que, por tanto, es lo que sus detractores decían que era. La libertad, así concedida, no redime al que la otorga; lo señala. Lo desnuda. Escribe, con letras demasiado grandes, su naturaleza última en el único lugar que importa: la memoria futura.

Por José Luis Farías

Hace días, en una tertulia donde el habla se pulía hasta alcanzar la exquisitez, un viejo amigo se refería a la inequidad que impera en la actual campaña electoral de Venezuela. Con cierta eufemística, propia de su acendrado academicismo, señalaba el descarado actuar del candidato-presidente Nicolás Maduro. Este no se ha contenido en el empleo de recursos públicos para saturar los espacios mediáticos con su imagen hasta la náusea, cuya muestra más asqueante acaso sea su imagen del gallo pinto en la pantalla del Times Square de Nueva York, dejando a los demás contendientes a la sombra de su omnipresencia propagandística.

Desfalco y Derroche

El ejercicio democrático demanda virtudes que el gobierno de Maduro y su entorno están lejos de poseer.

La decencia mínima que debe caracterizar a todo funcionario público en el manejo de los recursos del Estado es una virtud ausente en su gestión. Más bien, su sino es el abuso y el atropello. Las calles y avenidas de Venezuela han sido invadidas por murales gigantescos (el uso del superlativo aquí es meritorio) que exaltan su figura como si de un mesías se tratase. La radio y la televisión se ven asaltadas por propagandas cínicas que buscan manipular la percepción ciudadana, mientras que en las redes sociales se despliegan campañas millonarias destinadas a asegurar que ningún internauta escape al funesto encanto de su presencia digital. Todo esto conforma un espejo fiel de cuán lejos están dispuestos a llegar con tal de perpetuar su dominio.

El desfalco en el uso de los recursos públicos es evidente. Grúas pertenecientes a Corpoelec, destinadas originalmente a reparaciones de infraestructura eléctrica, se emplean ahora para alzar pendones y pancartas del candidato-presidente. Vallas monumentales financiadas con dineros del pueblo interrumpen el paisaje urbano, mientras que miles de motocicletas son regaladas a jóvenes bajo la coacción del apoyo incondicional, acompañadas de repartos de dinero en efectivo con la clara intención de comprar voluntades.

El Silencio Cómplice

En la ardiente efervescencia de las campañas electorales, donde el ansia de perpetuidad en el poder y el deseo de dominio se entrelazan en una danza febril, el abuso de la autoridad emerge como un veneno corrosivo que, lejos de fortalecer la sagrada alianza entre gobernantes y gobernados, la corrompe desde sus cimientos más íntimos. Este mal no sólo desgasta la confianza del pueblo en sus líderes, sino que también horada los principios vitales sobre los cuales se erige la democracia misma, convirtiendo el noble ejercicio del sufragio en una trágica farsa, donde el destino de naciones enteras pende de hilos invisibles tejidos por la codicia y el oportunismo desbocado.

Sin embargo, nada de esto parece resonar en las autoridades del Consejo Nacional Electoral (CNE), quienes prefieren mirar a otro lado. El Contralor guarda silencio cómplice mientras que el Fiscal actúa con celo únicamente para perseguir y encarcelar a los adversarios políticos del régimen. Todo parece estar orquestado para proyectar una sensación de invencibilidad que desaliente al elector y lo induzca a la abstención. Diría Borges: «En el tumulto de ambiciones y engaños, el oscuro designio se oculta tras máscaras de poder.»

Autoritarismo Desbocado

En estos días aciagos, donde la política venezolana se tiñe de sombras y opresión, la figura del candidato-presidente Nicolás Maduro emerge como el epitome del autoritarismo desbocado. La persecución, la agresión y el encarcelamiento se han erigido como pilares fundamentales de su gobierno, desgarrando el tejido democrático y sembrando el terror entre quienes osan alzar la voz en disidencia. Siendo María Corina Machado y el candidato Edmundo González y su entorno las víctimas principales del terrorismo de Estado aplicado por el régimen.

Ian Kershaw, reconocido historiador británico, advierte que «los regímenes totalitarios del siglo XX nos enseñan que la represión y el control absoluto no son medios para sostenerse indefinidamente en el poder, sino caminos hacia la desestabilización y el colapso». Estas palabras resuenan con inquietante pertinencia en el contexto actual de Venezuela.

La violencia se ha ejercido contra decenas de comerciantes y ciudadanos honestos han sido víctimas de una maquinaria represiva implacable. Desde vendedoras de empanadas hasta dueños de hoteles y posadas, moto taxistas, todos han sufrido la brutalidad del Seniat y de los cuerpos policiales, quienes actúan como arietes del régimen, destruyendo medios de vida por el simple delito de apoyar a un candidato opositor. El silencio pétreo de las autoridades electorales y la diligencia represiva de la Fiscalía y los cuerpos de seguridad han sumido al país en un clima de temor y desesperanza.

Los Costos del Abuso de Poder

Las detenciones políticas arbitrarias han alcanzado cifras alarmantes, con 102 dirigentes encarcelados a ocho días del final de campaña. Periodistas y refugiados en sedes diplomáticas son blanco de acusaciones infundadas, mientras el gobierno se dedica a obstruir el libre tránsito y sabotear concentraciones políticas con barricadas y amenazas físicas. Esta política represiva, propia de regímenes totalitarios, pretende imponer el poderío del Estado como un muro infranqueable frente al clamor popular por un cambio democrático.

La coacción y el abuso del poder son como venenos que el régimen administra creyendo en su capacidad para contener sus efectos. Pero pueden desatar fuerzas que el régimen no puede prever ni controlar. De hecho, nunca imaginaron que sus errores continuos serían la piqueta que, desde las entrañas mismas del poder, erosionaría sus bases.

El desdén por la decencia y la justicia, la manipulación descarada de los recursos públicos para perpetuar una imagen de omnipotencia y la represión constante contra aquellos que osan cuestionar el status quo, han tejido una tela de araña que atrapa tanto al ciudadano común como al opositor más ferviente. Las calles pintadas con murales que glorifican al líder, los medios saturados con propaganda sin tregua y las instituciones del Estado cooptadas para servir como herramientas de intimidación, todo ello conforma el caleidoscopio de la tiranía moderna.

La Ilusión de Invulnerabilidad

En este juego perverso de apariencias y dominio, el régimen se aferra a una ilusión de invulnerabilidad, como si la voluntad popular y el deseo innato de libertad pudieran ser doblegados por la fuerza bruta y la coerción despiadada. Pero el tiempo, implacable y sabio, suele desvelar las falacias de los déspotas. La erosión de las bases desde sus entrañas es un proceso que avanza silencioso pero inexorable, gestado por la indignación de un pueblo que no olvida ni perdona.

En cada protesta silenciada y en cada voz que se alza contra la injusticia, late el latido firme de una democracia que espera ser restaurada. El régimen puede controlar los medios, puede encarcelar a sus detractores y puede manipular las elecciones, pero nunca podrá sofocar el anhelo de libertad que se arraiga profundamente en el espíritu humano.

Así, mientras las sombras del autoritarismo se alargan sobre la tierra, la resistencia persiste como un faro de esperanza en la noche oscura. La historia nos enseña que ningún régimen, por más opresivo que sea, puede negar eternamente el derecho natural de todo pueblo a ser libre.

Este reflexión adquiere una vigencia palpable al observar la situación desesperada de un país atrapado en las garras de un liderazgo que se aferra al poder a cualquier costo.

Equivocaciones del Poder

Sin embargo, Maduro y sus secuaces parecen ignorar la realidad que les rodea. Creyendo en la invulnerabilidad que otorga el abuso del poder y la manipulación propagandística, esperan sembrar la desilusión y la apatía entre los electores. Pero están equivocados. El próximo 28 de julio, la voluntad popular se alzará como un torrente indetenible, clamando por un horizonte nuevo donde la democracia sea el faro que guíe a Venezuela hacia la libertad y la justicia.

En medio de la oscuridad, la esperanza persiste. La lucha por la democracia en Venezuela es un llamado a la resistencia, una proclama contra la opresión y la tiranía. La historia nos enseña que ningún régimen puede suprimir indefinidamente el deseo innato de libertad que arde en el corazón de un pueblo.

La persecución, la agresión y el encarcelamiento son la práctica habitual del gobierno del candidato-presidente Nicolás Maduro.

Son decenas los comerciantes atropellados: vendedoras de empanadas o de sándwich, dueños de restaurantes o de hoteles, moto taxistas, dueños de transportes públicos o de carga e incluso caballos que han sufrido la actuación represiva del Seniat o de los cuerpos policiales dejados sin sus medios de vida por simplemente ofrecer sus servicios a un determinado candidato adversario o a dirigentes políticos.

La ola de detenciones políticas arbitrarias alcanzaron a 71 los dirigentes detenidos en apenas los primeros diez días de campaña, incluidos periodistas, y además de numerosos asilados en sedes diplomáticas todos bajo acusaciones sin fundamento co el silencio pétreo de las autoridades del CNE y con la diligencia represiva de la Fiscalía y los cuerpos de seguridad.

Las interrupciones del gobierno de Maduro al libre tránsito por el territorio nacional son cotidianas, a diario se registran informaciones de obstáculos de todo orden como barricadas, incluido el uso de vehículos oficiales, en la vía pública para impedir el acceso de los líderes políticos a los sitios de concentración; así como agresiones físicas, amenazas e intimidaciones.

Prueba de Fuego

Con ésta abominable política represiva en medio de la campaña electoral presidencial, propia de regímenes totalitarios, se pretende igualmente que con el abuso propagandístico, crear un clima de intimidación, de amasamiento y de provocación imponiendo el poder de la fuerza para presentarse como inamovible, indestructible e inderogable. Pero cuán lejos están de la realidad Maduro y sus acólitos, nada podrá tener el curso de la voluntad popular a favor del cambio democrático el,próximo 28 de julio

El candidato-presidente se encuentra muy lejos de la realidad si cree que tales artimañas le asegurarán la victoria. Ignora por completo que hay un pueblo decidido a instaurar un cambio político a través de los cauces democráticos. La esperanza de una Venezuela libre y justa persiste en el corazón de sus ciudadanos, quienes no se dejarán intimidar por las artes oscuras del poder.

En este escenario, la democracia venezolana enfrenta una prueba de fuego. La batalla por la integridad electoral y la transparencia está en marcha, y el mundo observa con atención cómo se desenvuelven los acontecimientos en esta tierra tan golpeada por la discordia y el desencanto. Ésta desmedida campaña de amedrentamiento, estos actos de barbarie fascistoide, apuntan a un clima de caos para inducir a la violencia y justificar un zarpazo, pero no caeremos en ello, no nos desviaremos de la ruta electoral. Ésta desmedida campaña de amedrentamiento, estos actos de barbarie fascistoide, apuntan a un clima de caos para inducir a la violencia y justificar un zarpazo, pero no caeremos en ello, no nos desviaremos de la ruta electoral. En los corazones valientes de Venezuela, la llama de la esperanza arde con fuerza, desafiando las sombras del poder.

En la agitada trama de la política venezolana, se despliega una escena cargada de tensiones y desafíos, donde el presidente-candidato, Nicolás Maduro, lanza sus palabras con la furia de quien sabe que su destino se juega en cada sílaba. “Sé todo, quieren un hecatombe, una tragedia para gritar suspensión de las elecciones y saldrían los gringos, el malparido de Milei, saldría el Noboa, la derecha: suspendan las elecciones. Yo les digo: estamos preparados, nervios de acero, calma y cordura. Y llueva, truene o relampagueé, el 28 de julio habrá elecciones presidenciales en Venezuela”.

Es un ritornello de retórica, provocaciones y amenazas, una estrategia cuyo objetivo es claro como el cielo de Caracas en una tarde de lluvia torrencial: sembrar el caos para cosechar la abstención. Repito por enésima vez: Maduro sabe que sólo la abstención lo salva de una derrota histórica, de una barrida electoral sin precedentes. Y el pueblo sabe que en la abstención no hay solución.

Desafíos a la Democracia

Maduro, con su verbo pendenciero y vulgar, lanza desafíos a la democracia, no deja duda alguna sobre su juego: provocar el miedo, instigar la violencia y desdibujar la esperanza en la posibilidad de un cambio democrático. En sus palabras, la sombra de la suspicacia se alarga sobre el panorama electoral, pintando con trazos gruesos la amenaza de un desenlace incierto y perturbador.

Pero la respuesta no puede ser menos firme ni menos clara. La oposición, consciente de los peligros que acechan en cada esquina del discurso madurista, alza su voz en un coro de resistencia y advertencia. En la escena teatral de la política venezolana, donde las máscaras de la ironía y el poder se entrelazan, la respuesta de la oposición debe resonar como un eco de solemnidad impostada: ¡seguiremos en la ruta electoral!Conscientes de los peligros que se ocultan tras cada pliegue del discurso madurista, sus voces deben elevarse en un coro de resistencia y advertencia, como si las palabras solas fueran suficientes para desentrañar la madeja del poder.

Mientras tanto, Jorge Rodríguez, habilidoso manipulador de los hilos retóricos, se erige como el eco y amplificador supremo de la estridencia presidencial. Con una maestría que raya en lo grotesco, pretende enturbiar las aguas cristalinas de la democracia con sus propias palabras de desafío y confrontación, como si la política fuera un juego de espejos donde la verdad se desvanece entre reflejos distorsionados.

En este burlesco escenario, donde las palabras se convierten en armas y las promesas en ilusiones fugaces, los actores políticos danzan en un equilibrio precario entre la farsa y la tragedia, mientras el telón se alza y cae sobre un público cautivo de su propia esperanza y desilusión.

El Poder del Voto

En medio de este conflicto retórico, María Corina Machado y ta gran mayoría de los venezolanos esgrimen la única arma que puede traer consigo el cambio pacífico y la renovación democrática: el voto. Con la memoria aún viva de los errores del pasado, saben que repetirlos sería condenar al país a más años de estancamiento y sufrimiento. Por eso ha repetido una y otra vez: «mano segura no se tranca». Que nada nos desvíe de la ruta electoral, cualquiera sea la provocación.

Es así como, entre la bruma de la incertidumbre y el fragor de las palabras incendiarias, se dibuja el camino hacia unas elecciones cruciales. Un camino marcado por la necesidad de resistir las provocaciones, denunciar los abusos y, sobre todo, mantener viva la llama de la esperanza en un futuro mejor, de un cambio en paz a través del voto.

En este drama político, donde cada acto y cada palabra son piezas de un rompecabezas cuyo diseño determinará el destino de millones, el pueblo de Venezuela se encuentra ante una encrucijada histórica. La apuesta por la democracia y la libertad debe ser más firme que nunca, rechazando las trampas del régimen y abrazando el poder transformador del voto como el único camino hacia la renovación.

Así, mientras las nubes de la incertidumbre amenazan con desatar la tormenta, los venezolanos se preparan para hacer historia el 28 de julio. Con la determinación de quien sabe que el futuro se construye paso a paso, votarán no solo por un cambio de liderazgo, sino por la oportunidad de escribir un nuevo capítulo en la historia de su amada Venezuela.

En la convulsa geografía política de Venezuela, las voces de indignación y hartazgo resuenan como un eco atronador en los callejones del descontento nacional. En cada esquina del país, el clamor unánime se eleva: ¡Basta ya de este gobierno nefasto que ha llevado a nuestra tierra al borde del abismo!

Ruina y Desgobierno

Son tiempos de unidad y acción conjunta, tiempos e reconstruir sobre escombros de promesas rotas y oportunidades perdidas. Venezuela, una nación rica en recursos naturales y talento humano, yace postrada ante el despojo y la ruina provocados por un régimen que ha hecho de la corrupción su marca registrada y del desgobierno su modus operandi.

La devastación es palpable en todos los ámbitos de la vida nacional. La economía, antaño pujante, languidece bajo el peso de políticas erráticas y la voracidad de intereses transnacionales que se sirven del desgobierno para su propio beneficio. La estabilidad institucional, una quimera lejana, es sustituida por la arbitrariedad y la opresión, donde la Constitución yace como letra muerta, un mero vestigio de lo que fue el pacto social entre ciudadanos y gobierno.

Resistencia y Esperanza por la Paz

Pero en medio de la desolación, resurge la esperanza. En cada venezolano late el deseo profundo de un futuro distinto, de un país donde la libertad y la dignidad sean más que meras aspiraciones. La tarea es monumental, pero la voluntad es inquebrantable. Es hora de dejar atrás las diferencias que nos dividen y unirnos en una sola voz, en un esfuerzo colectivo por rescatar nuestra patria del naufragio en el que ha sido arrojada.

Cada uno de nosotros tiene un papel crucial que desempeñar en esta gesta por la reconquista de nuestra democracia y nuestra soberanía. Es momento de alzar la voz, de alzar la mirada hacia un horizonte donde el estado de derecho prevalezca sobre el caos y la desesperanza. Unidos, con determinación y valentía, podemos tejer el futuro que anhelamos para las generaciones venideras.

PD: Presidente Maduro, deje de oír malos consejos, no hay forma de rebanar una diferencia de más de tres millones y medio de votos. Y tampoco nadie le va acompañar en un arrebatón.

WP Twitter Auto Publish Powered By : XYZScripts.com
Scroll to Top