Este 17 de abril, millones de cristianos alrededor del mundo conmemoran el Jueves Santo, una fecha clave en el calendario litúrgico que marca el inicio del Triduo Pascual, los tres días más intensos de la Semana Santa. La jornada recuerda la Última Cena de Jesús con sus discípulos, un momento cargado de simbolismo, amor fraterno y enseñanzas que han marcado la fe cristiana durante más de dos mil años.
Un acto de amor y entrega
Según los Evangelios, durante la Última Cena, Jesús instituyó el sacramento de la Eucaristía, al compartir el pan y el vino como su cuerpo y su sangre, anticipando el sacrificio que haría en la cruz. “Hagan esto en memoria mía”, dijo a sus discípulos, en un gesto que dio origen a la celebración de la misa cristiana.
Pero no fue solo una cena. Jesús también sorprendió a sus seguidores al lavarles los pies, un gesto reservado en la época para los sirvientes. Con ello, dio una poderosa lección de humildad y servicio: “Si yo, que soy el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros”.
Durante la misma velada, Jesús anunció que uno de los presentes lo traicionaría —se refería a Judas Iscariote— y predijo que Pedro, uno de sus discípulos más cercanos, lo negaría tres veces antes del amanecer.
Tradición y fe en movimiento
En las iglesias católicas, el Jueves Santo se celebra con la Misa Vespertina de la Cena del Señor, una de las liturgias más significativas del año. En ella se realiza el tradicional lavatorio de los pies a doce fieles, en recuerdo del gesto de Jesús.
Al concluir la ceremonia, el Santísimo Sacramento es trasladado a un lugar de adoración, el llamado “monumento”, donde los fieles lo acompañan en oración durante la noche, recordando la agonía de Jesús en el Huerto de Getsemaní antes de su arresto.
En varios países de América Latina, España y Filipinas, persiste la costumbre de visitar siete templos, una devoción popular que simboliza el camino de Jesús desde el Cenáculo hasta el calvario.
Más allá del rito
Para muchos creyentes, el Jueves Santo no es solo una fecha litúrgica, sino una invitación a la reflexión personal. La humildad, el perdón, el servicio al prójimo y la entrega sin reservas son valores que trascienden lo religioso y se proyectan como principios universales.
Mientras el mundo asiste a cambios acelerados y tensiones crecientes, el mensaje del Jueves Santo cobra especial relevancia: solo desde el amor y el servicio auténtico es posible construir una humanidad más justa, compasiva y fraterna.